miércoles, 19 de febrero de 2020

Vil metal



 Cuando era pequeño, nada me hacía más feliz que salir de casa con dos pesetas o un duro en el bolsillo. Por el camino de la escuela iba pensando en qué gastarme aquellas perras de entresemana que me habían dado o bien mi abuelo o bien mis tíos de forma inesperada y que ya tenían destinado su patíbulo particular: el quiosco de chucherías que dominaba los horizontes de mi colegio. A veces era capaz de esperarme hasta la hora de la salida de clase y entonces era mayor la fiesta del regaliz negro, del regaliz rojo, del sidral y los chicles. Educados como estábamos para ahorrar una parte de nuestras pagas semanales y depositarla en nuestras cartillas para cuando hiciera falta más adelante, estos gastos imprevistos para quienes teníamos tan poco no eran sino la constatación de que de vez en cuando uno tenía algún derecho al derroche. Sin embargo, lo más común era salir a la calle con los bolsillos vacíos y el corazón, no obstante, feliz y contento.
   Hoy me he acordado de aquellas jornadas de infancia y casi de adolescencia, tal vez con cierta nostalgia, sin duda con bastante sorpresa. Hacerse adulto, hacerse mayor, es abandonar un lugar de preferencia en el autobús de la existencia y no observar el horizonte como lo hacen los niños: sin darnos casi cuenta dejamos de mirar por la ventanilla, de sentarnos atrás, de formar grupos ruidosos y tal vez molestos, y nos ubicamos en los asientos delanteros, cerca del conductor, con las manos aferradas a las barras de seguridad y con tanta indiferencia que casi ni morir nos asusta. Uno se acomoda a una realidad que no le gusta pero que, sospecha, es posible que no pueda cambiar por más que lo intente. Y puede que lleve los bolsillos llenos de monedas, pero seguro que no está tan feliz y contento como cuando era un mozuelo.
   Toda esta reflexión anterior no es sino la consecuencia de la observación de hechos reales: las jornadas diarias se van sucediendo, como el ritmo de las mareas o el del fluir de un río, y en apariencia todas son iguales, hasta que llega un momento en que el individuo se detiene, observa la superficie del agua, la toca para comprobar su temperatura y se da cuenta, como diría aquel griego de cuyo nombre no me quiero acordar, de que nunca se mete la pata dos veces en el mismo líquido.
   Y en ese sentido ayer fue para mí como el bautizo en el Jordán. No se trata de que hiciera nada especial, la verdad: salí de casa como todos los días para hacer mis obligaciones diarias, a la vuelta entré en un supermercado para comprar el pan y algo de fruta; más tarde asistí a una cita médica que no era sino una revisión rutinaria y luego me tomé un café con leche en compañía de un amigo de toda la vida, antes de asistir a un recital de canciones vascas cantadas por una soprano estupenda y un pianista genial, para después coger el metro, llegar a casa, leer un rato y dormirme a una hora razonable. Bueno, pues un día más en el paraíso, como diría la famosa canción de Phil Collins.
   Fue cuando no me podía dormir cuando mi cabeza se puso a darle vueltas a todo tipo de cosas: virus asiáticos, ralentización de la economía, muertes de cineastas, posibles reuniones del gobierno con otros fanáticos de todo tipo y condición, pactos imposibles, portazos de salida y brindis al sol, cuando me di cuenta de que llevaba como veinte días sin acercarme al cajero a sacar dinero: incluso me percaté de que llevo en la cartera enteros y verdaderos los mismos veinte euros que extraje hace más de medio mes en esa última visita al banco. No sé en detalle cómo ha sido este proceso gradual por el que en mi día a día he ido sustituyendo el dinero en metálico por el uso indiscriminado de tarjetas de plástico con chip inteligente incorporado, pero he llegado a este punto, cómodo sí, pero también un tanto frío y virtual, por el que ya apenas manejo dinero en efectivo. Nunca el metal ha sido más vil que en la actualidad, cuando ya lo ha sustituido la tarjeta electrónica hasta para comprar un par de regalices sin sidral: mientras en la red de redes te descuentan un euro con veinte sin que apenas lo notes, masticas un regaliz duro que para nada te sabe ya como cuando eras pequeño. Y, para colmo, ya no tienes ni siquiera el aliciente de ahorrar para cuando lo necesites de mayor.
  

viernes, 17 de enero de 2020

Lo público



   Yo era uno de esos niños repelentes que a los Reyes Magos les pedía un ajedrez, algún cuaderno de pintar y muchos libros. Claro que eso era desde que aprendí a leer, porque antes, me acuerdo bien, me gustaban mucho los fuertes con indios y vaqueros, maquetas de aviones como la de un Boing 737 que me hizo feliz todo un invierno y una minúscula motocicleta de hoja de lata a la que se daba cuerda para que corriese. Pero a partir de los seis años, cuando no estaba jugando en la calle al balón prisionero, a la guerra o al escondite, es que me encontraba en casa enfrascado en alguna historia de barcos noruegos que cazaban ballenas o de islas donde los piratas habían enterrado un tesoro y lo habían cifrado en un mapa cuarteado y misterioso. En aquella España de los años sesenta, con sus largos inviernos en la mesa de la cocina donde sonaba la radio a todas horas, a mi casa no había llegado, y aún habría de tardar un tiempo, la televisión, los niños teníamos todo el tiempo del mundo para hacer los deberes, cantar la tabla de multiplicar, jugar a las cartas y, en mi caso, leer, leer mucho, leer en cuanto tenía ocasión.
   En mi hogar no había muchos libros y menos que fueran específicos para gente menuda. Por eso, aunque no levantara muchos palmos del suelo, yo se los pedía a los Reyes y ellos me iban trayendo, poco a poco, unos libritos preciosos que yo guardaba en el cajón de la mesilla de mi habitación; en tres o cuatro años, me hice con los veinte de una colección y me los leí hasta que casi me los sabía de memoria: entre ellos, casi puedo verlos todavía, títulos como “Aventuras del capitán Singleton”, “Mujercitas”, “Tartarín de Tarascón” o “Capitanes intrépidos”. Guardé la colección como un tesoro hasta que fui mayor y me pareció hora ya de regalarla a alguien que estuviera entonces aprendiendo a leer, aunque aquellos ya eran tiempos de una televisión triunfante en el salón de las casas y sin duda fueron relegados a un olvido inmerecido.
   Como ni mi presupuesto ni el de mi familia me permitía tener acceso a muchos libros, con nueve o diez años me saqué el carné de la biblioteca pública. Allí, manejando fichas de cartón y utilizando el préstamo a domicilio que siempre me ha parecido tan útil individual como socialmente, fui brujuleando entre autores clásicos y modernos, entre libros historiados, cómics y novelas serias, hasta desembocar necesariamente en Quevedo, Cervantes, Jonathan Swift o Shakespeare. Por entonces, todavía aspiraba a tener mi propia biblioteca y seguía solicitando libros por mi cumpleaños y por la Navidad. Algunos pensarán que después estudiara Literatura en la universidad era lo más lógico, y no diré que no, excepto porque a principios de los años ochenta casi todo el mundo quería ser abogado, médico, ingeniero o fresador, y que la mayoría no veía en las letras más que un largo camino a la cola del paro y al fracaso.
   Estudiar en la facultad con una beca exigua, lejos de casa y en un piso compartido, no me permitía verdaderamente tener los libros imprescindibles para cursar Filología: ¿cómo comprar más de treinta libros al año cuando escasamente se tiene para comer toda la semana? Ahí estaban al rescate las bibliotecas públicas, ya fueran las de la facultad, las provinciales o las municipales, a las que siempre les he estado agradecido.
   Ahora que ya no me caben más libros en casa, vuelvo la vista atrás y pienso en la suerte que fue para un niño y para un joven de una humilde familia trabajadora tener libre acceso a los fondos bibliotecarios de una institución pública y sigo creyendo que, más que acumular libros en la propia vivienda, lo mejor es tener un servicio público a disposición de todos los ciudadanos, bien dotado de fondos, debidamente actualizado, y bien interconectado con el entorno. Sin duda, muchos de los jóvenes que usan habitualmente las bibliotecas para estudiar (yo los veo y siento a veces nostalgia de otros tiempos), agradecen ese ambiente de paz y silencio que tan poco se parece a un mundo cada vez más líquido y ruidoso. Me gusta pasar por la biblioteca de vez en cuando, sacar dos o tres libros a préstamo, incluso alguna película, y solicitar algún volumen poco común al servicio de Préstamo Intercentros, aunque hasta en esto estamos ahora mismo condicionados por la mala política: la Comunidad de Madrid, la misma que no tiene presupuestos por falta de, digamos, empuje, lo tiene inactivo porque no ha renovado la adjudicación a empresa alguna. El niño que aún soy en parte les ha pedido a los Reyes Magos que a la muy lenguaraz Isabel Díaz Ayuso le traigan un saco de carbón, porque es probable que ella no supiera qué hacer con unos cuantos libros.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Diez lecturas



   Para mí, entre otros muchos placeres, el 2019 ha sido un año de muchas lecturas, unas nuevas y otras revisitadas después de los cambios que por fuerza inflige la vida. De todas esas experiencias, he decidido hacer una lista de las que más me han impactado y gustado más, sobre todo porque me han permitido inmiscuirme sin miramientos en las mentes y en las perspectivas de otras personas que aspiran al conocimiento y lo muestran con emoción y hondura, con una evidente intencionalidad artística y con originalidad. No lo he hecho a propósito, pero en mi lista hay paridad de autores y autoras, eso sí, todos son novelistas y han publicado sus obras en los últimos doscientos años, lo que no es sino una veleidad más del que elabora la lista, que se expone, sin más, por orden cronológico de publicación:


-1813, "Orgullo y prejuicio" de Jane Austen;
-1869, "El idiota" de Fiodor M. Dostoyevski;
-1877, "Belleza negra" de Anna Sewell;
-1895, "Jude el oscuro" de Thomas Hardy;
-1901, "Kim" de Ruyard Kipling;
-1956, "El Jarama" de Jesús Sánchez Ferlosio;
-1997, "El dios de las pequeñas cosas" de Arundhati Roy;
-2003, "La noche del oráculo" de Paul Auster:
-2016, "El bosque infinito" de Annie Proulx;
-2019, "Fragmentos del futuro" de Siri Hustvedt.

   Si compartes conmigo el entusiasmo o el disfrute por alguna de las diez obras citadas, te agradecería que compartieras conmigo algún comentario sobre ella. Y si no, que también me indicaras, a modo de sugerencia, alguna que pienses que puede ser buena compañía para mí en el 2020. Gracias por adelantado y que el nuevo año traiga también mucha literatura.



viernes, 20 de diciembre de 2019

Que lo disfruten



   Nada más absurdo que la repetición de clichés lingüísticos; nos hacen parecer tontos por muy bien que los defendamos. Y por otra parte, nunca han existido más clichés en las conversaciones diarias que ahora, lo que no quiere decir indefectiblemente que también ahora haya muchos más tontos que nunca (o al menos yo no voy a defender esa tesis, no sea que usted se ofenda y no le falte razón). La ciudadanía repite frases con una alegría que se podría considerar beatífica: que si los políticos son todos iguales, que si se avecina otra crisis económica, que si nunca se ha vivido tan bien como ahora, que si los catalanes quieren romper España y no vamos a consentirlo, etc., etc.; muchas de estas frases y otras peores que no me atrevo a reproducir, llamando cabrones a unos y cara pollas a otros, son mantras que se lanzan desde todo tipo de plataformas, en la creencia ¿falsa? de que una mentira, mil veces repetida, se convierte en verdad.
   Trate usted de argumentar otra cosa, aunque solo sea por el mero afán de llevar la contraria (uno de esos deportes que se aprenden en la adolescencia pero que luego con la madurez abandonamos, tal vez de manera irresponsable) y se llevará unas sorpresas de agárrate que hay curvas. Lo primero que le llamará la atención es que su antagonista accidental se sentirá herido en lo más profundo, socavando como está sus creencias más lúcidas, máxime si usted lo plantea con un tono asertivo, que sin duda entenderá como un intento por su parte de quedar por encima y dejarle por bobo irredento; lo segundo será su reacción: cuando usted podría esperar un discurso mínimamente organizado, sin demasiada retórica bien es cierto, se encontrará con un par de gritos furibundos, una apelación a los santos cojones de no quiero decir quién y al manto sagrado de la virgen María, todo ello finiquitado con un contundente y altamente español “¡coño!”.
   Lo cierto es que poco a poco la superficialidad va calando hondo en nuestros huesos de transeúntes del siglo XXI. Fuera de los círculos universitarios e intelectuales, los personajes pensantes de las películas de Woody Allen o las tesis filosóficas de Ingmar Bergman, por ejemplo, son percibidas como las entelequias de unos individuos psicóticos, cuando no alunados, a los que es mejor ignorar. El cine, como reflejo de la vida, se ha convertido en una sucesión de historias de súper héroes que, desde su diversidad funcional de mutantes, luchan por los valores tradicionales de los blancos, protestantes y anglosajones, los inevitables buenos contra los siempre amenazantes malos, o en una infinitud de comedias descerebradas para que la peña se ría de unos semejantes que muy bien se diría que son ellos mismos, con sus problemas de dinero, autoestima y sexo fracasado. Eso sí, superficiales pero dignos, muy dignos.
   En este 2019 que ahora va camino de terminar y de marcharse aliviado de lo que aquí nos deja, quiero recapacitar brevemente en algunos de esos mantras que se han puesto de moda o se han consolidado contra nuestra cordura. Como señor de cierta edad y de cierta experiencia, no puedo soportar que en muchos restaurantes, cafeterías e incluso bancos, se me invite a sentarme con una expresión especialmente odiosa: “bienvenido, chico”, o “chicos” si somos varios. Y lo peor viene después, cuando te sirven y te hacen el favor de desearte lo máximo para ellos, incluso cuando te traen una de esas hamburguesas que uno no le daría ni al gato, diciéndote “que la disfrute”.
   Porque es evidente para mí y para esos camareros imberbes que no soy ningún chico, y aún más evidente que yo, que podría, si se diera el caso, disfrutar de una comida en Lardhy o de un Möet and Chandon en una suite del Hotel Palace, no voy a disfrutar precisamente con una hamburguesa de McDonalds, un sándwich club en Vips o unas palomitas llenas de grasa de un cine de barrio, que si pido eso es por puro utilitarismo, sin convicción ni apasionamiento, pero que echo de menos en todo el glamour de antaño, actrices como Amparo Rivelles o Katherine Hepburn, y aún echo mucho más de más este aroma de banalidad que inspira en la actualidad los menús del día y la ropa de usar y tirar. Que, afortunadamente, ni somos ya tan chicos, ni estamos aquí de paso para consumir irreflexivamente la mierda que nos quieren vender como modernidad.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Marina y la cometa



  Los seres humanos nos movemos entre la rutina y el terror a la repetición indefinida de actos y pasiones. Por una parte, nos horroriza observarnos en un proceso monótono, sin cambios,  durante mucho tiempo y, por la otra, somos conscientes de que, ni queriendo, podemos hacer que se establezcan costumbres que duren cien años. Nada más difícil que la repetición sine die de aquellas ocupaciones que nos dan placer y nada más doloroso que pensar que acabarán pasando y convirtiéndose en nostalgia de un tiempo tal vez más feliz que otros. Hasta las peores experiencias se terminan y dejan un poso de vino agridulce en el recuerdo.
   Durante meses, posiblemente años, no puedo precisar las fechas porque tiendo a no grabar datos innecesarios en la memoria, estuve dirigiendo una tertulia literaria en una calle del Madrid de las Letras. Se celebraba los jueves. Por eso del ahorro energético, soy una de esas personas que funcionan como la batería del móvil y me descargo progresivamente a lo largo del día, solía tomar un café largo en el ambigú de un hotel de las inmediaciones de la estación de Atocha. No estaba solo: en muchas ocasiones me acompañaba una amiga de la tertulia, maestra de primaria y dibujante, con la que compartía confidencias y opiniones sobre arte, educación o literatura, mientras se hacía la hora de la reunión en torno a la poesía. Poco a poco, fue creciendo una amistad profunda, de cariño, de curiosidad hacia el otro, que desafiaba los rigores del otoño, el invierno y la primavera madrileños.
   Se llamaba Marina y era una superviviente. Alegre, de ojos chispeantes, con una risa tímida y risueña que hacía vibrar el aire, llenaba mis tardes de jueves de una paz serena, levemente desencantada, mientras la conversación giraba del mismo modo en que creaba sus cuadros: empezaba con una línea delgada que formaba círculos, triángulos, ojos, y poco a poco los iba compartimentando, limitando, rellenando, hasta que al final se convertían en un entramado denso en el que los pájaros, los ángeles o los peces competían por el espacio con las más dispares formas geométricas. En esas conversaciones, transitando por líneas delgadas a la aventura, no había límite para temas ni para digresiones, porque no había otro fin que el que imponía el reloj para abonar el importe de los cafés y llegar a la carrera a la tertulia, que rara vez tenía el encanto o la profundidad de las horas previas.
   Ahora que lo pienso, nunca tuve una discusión con Marina. No se trataba de que ella fuese dulce, porque mi amargura podría haber creado a veces desencuentros, ni de que fuera tolerante, porque mi propia intolerancia podría haber creado malentendidos, sino de que tenía la capacidad, poco común, de la suavidad en el trato con los demás, como un lápiz que se desliza por el papel en una línea firme pero continua para acabar dibujando un paisaje propio y ameno. Algunas personas tienen la cualidad de hacernos mejores y, lo sepan o no, a su paso dejan un mundo mejor, porque nos enriquecen profundamente. Como Marina.
   Luego, en una fecha cualquiera, dejamos de vernos. Ella se jubiló y yo dejé la tertulia. Seguimos en contacto por teléfono, por las redes sociales, por el correo electrónico, y nos dijimos muchas veces que teníamos que vernos, tomarnos un café, retomar aquellas conversaciones de piratas sin rumbo que tanto nos gustaban. Pero siempre sufríamos alguna contrariedad: un resfriado, un problema de movilidad, un post operatorio, un viaje, y la cita se iba posponiendo y posponiendo. Los cumpleaños pasaban, los dos del signo de Leo, y siempre nos decíamos que de ese año no pasaba. Este 2019 lo teníamos señalado como el definitivo y el café ya estaba servido encima de la mesa de nuestro ambigú de siempre, que en la espera ya había sido hasta reformado. Pero no pudo ser: un ingreso de urgencia en el hospital dejó la taza humeante sobre la mesa. Y nos tuvimos que despedir en una habitación de hospital, de un modo que nos hacía confiar en que llegaría ese café en otoño, y lo que llegó, sin embargo, fue un desenlace que no estaba previsto y que siempre es inevitable.
   Marina en mi recuerdo es una risa franca que se conmueve ante el azar y que juega a jugar el juego, mientras dice qué divertido y lanza líneas al aire hasta que te acaba enredando en su cometa. 


  

jueves, 24 de octubre de 2019

Entrevista en "Lo que opinan mis poetas"




El poeta segoviano Norberto García Hernanz me pidió que le respondiera a una encuesta sobre poesía que está realizando a algunos poetas que el considera suyos y por eso los recopila en una página electrónica que se llama "Lo que opinan mis poetas". Os dejo aquí el enlace a su blog y mi encuesta, en la que podéis encontrar algunas respuestas como la siguiente:

Me encantan los poemas largos. Me gusta hacerlos y me gusta leerlos. Narrativos, épicos, descriptivos, teatrales, crípticos, surrealistas, existencialistas o creacionistas, presentan un cosmos absoluto y total cuando están conseguidos, en los que el lector puede sentir de un modo similar al que lo hizo el autor. Estoy pensando en “La tierra baldía” de Eliot, en “La balada del viejo marinero” de Coleridge, en las “Soledades” de Góngora, en el “Altazor” de Huidobro… También en las “Coplas a la muerte de su padre” de Jorge Manrique o en el “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” de García Lorca, por ejemplo. 

Si os interesa conocer el resto de la entrevista, que incluye algunas preguntas muy interesantes sobre el proceso creativo, solo tenéis que seguir el vínculo siguiente:

Jesús Jiménez Reinaldo






sábado, 12 de octubre de 2019

Unitario



   -Pues sí que has tenido mala suerte…- me dijo mi madre cuando le conté, recién publicada, la noticia.
    -Con lo grande que es España te tenían que dar a ti, precisamente a ti, un pueblo perdido. Si casi no has salido de Madrid ni en vacaciones, y ahora ya ves, Artieda, qué Dios sabe dónde está…
   En la cara de mi madre había contrariedad, claro, pero también una pizca de picardía maligna, como si esperara que el mayor de sus retoños se pusiera a llorar, como cuando era pequeño, y le fuera a pedir, por lo que más quieras, que le librara de aquella desgracia de tener que dejar su cómoda casa en un barrio bien de la capital para empezar a ejercer su carrera de maestro en una escuela unitaria de Zaragoza. Pero si creía que yo iba a renunciar a mi vocación, con lo que me había costado aprobar aquellas oposiciones a maestro del estado, estaba muy equivocada, que lo importante para un docente, lejos de los habituales comentarios sobre sus largas vacaciones o el hambre que gastamos, es tomar posesión de su aula y formar a hombres y mujeres libres para un futuro mejor.
   A mis veintitrés años, con una conocida afición por el transporte público capitalino que me había convertido en un experto en líneas de metro, autobuses y trenes de cercanías, un urbanita independiente y orgulloso de no contribuir innecesariamente a la contaminación, lo primero que hice fue sacarme el carné de conducir para poder llegar hasta un pueblo que apenas tenía cien habitantes y al que difícilmente se podía acceder si no era con un vehículo propio. Con la letra L en un coche de segunda mano, me presenté en Artieda y me dirigí a la dirección que me habían dado por teléfono. Era 1988 y un piso en alquiler allí tenía un precio de diez mil pesetas al mes, que bien podía pagar sin apuros con mi recién inaugurado sueldo de maestro.
   Cuando regreso ahora, con lo poco que me resta para la jubilación, Artieda me parece un paraíso en la tierra. Íntimo, recoleto y pacífico, sin las prisas de la gran ciudad, con gente que te mira a los ojos y que no tiene prisa, que prefiere la conversación de horas en la puerta de su casa o en el banco de la plaza a los programas de la telebasura o a los cotilleos de las redes sociales. En el mundo líquido de la sociedad actual, sus vecinos, a muchos de los cuales yo he tenido en mis aulas y he aprendido a conocer y respetar, me parecen los supervivientes de un orden antiguo en el que la bondad estaba por encima de la inteligencia, la solidaridad por encima del egoísmo, la justicia por encima de los intereses económicos. Por eso me gusta volver, porque no les faltan los medios tecnológicos, sino la voluntad de usarlos contra el sentido común o contra el vecino.
   Pero entonces, al principio, yo me sentí morir: aparte de impartir mis clases y de prepararlas bien, corregir ejercicios y exámenes, no tenía nada más que hacer. No había gimnasio, no había centro social, no había actividades culturales. Los más se desplazaban a Sangüesa o a Sos del Rey Católico para hacer las compras o ir al cine; los menos, a Pamplona o incluso a Zaragoza. Por mi edad yo no encajaba en el bar del pueblo, donde se jugaba al dominó o al subastado, ni en las reuniones con el farmacéutico, el alcalde y el cura, que me pasaban entre los tres más de cien años. Así los días eran una sucesión de jornadas escolares, donde las caritas de mis once alumnos, de cuatro a trece años, eran las únicas novedades que me interesaban lo suficiente entre Navidades y Semana Santa, entre Semana Santa y el verano. Nunca en mi vida he recibido más cariño ni me he sentido más útil que en aquellos dos años que pasé formando a unos niños, que hoy son ya adultos, tienen sus propios hijos y comienzan en algunos casos a peinar canas, mientras yo aprendía a conocer los signos de la lluvia en el cielo, los efectos del viento sobre el valle y el ciclo vegetal en los campos. Aprendí a pasear mientras mi corazón rememoraba los versos de Antonio Machado en Soria.
   De regreso a mi ciudad, para siempre me sentí viudo del cierzo, al que añoraba irremisiblemente cuando la brisa primaveral castellana me bañaba con una suavidad que ya no me complacía; echaba de menos ese viento contra el que hay que caminar tumbado hacia delante, con los pies bien plantados en el suelo, para hacerle frente y vencerlo. En aquellos años ya no era el caballero, ni el molino, sino un híbrido de campo y ciudad, de sombra y sueño. Me movía por la ciudad como un sonámbulo de horizontes infinitos, con la mente más allá de las vallas publicitarias, de las fachadas de los edificios, de los adornos que rematan los bloques de hoteles y cinematógrafos.
   Quien regresa ahora a Artieda en Navidades y en Semana Santa es un mixto aristótelico del campo y la ciudad, con el alma ardiendo en puro fuego y el cuerpo consumido de tanto respirar, oxidado pero no vencido, que sabe que no se trata de que los extremos se toquen, sino de que en él no se puede disociar el oxígeno del hidrógeno, el agua del aceite, la bondad de la inteligencia, porque solo en el equilibrio, en el respeto, en la igualdad de naturaleza y tecnología, se puede mantener la esencia de la humanidad, que está hecha de observación, de paciencia y de valores sociales.
   -Pues sí que has tenido mala suerte…- me dijo mi madre cuando le conté, recién publicada, la noticia.

(Este relato obtuvo el tercer premio en el Certamen Internacional de Relatos Breves "En torno a san Isidro" en Saldaña, Palencia, 2019)