viernes, 29 de mayo de 2026

Los de Cáceres

 

   Es bonito cuando, así porque así, te dan un premio. Da lo mismo que pienses que no te lo mereces, que lo hayas estado buscando durante años con estrategias más o menos limpias, o que lo tengas que compartir con el mayor de tus enemigos, que siempre por supuesto es un señor al que tú consideras amortizado, cansino y muy limitado intelectualmente, como se observa en cuanto se le ve sonreír farisaicamente y tratar de esconder las plumas de pavorreal bajo la chaqueta raída y con visos que se pone para todas las ceremonias. Desde fuera, uno pensaría que es muy hermoso, después de mucho esfuerzo, horas de desvelo y un poco de ingenio, esperar al momento de recoger el galardón y de recibir los aplausos de la concurrencia, si no fuera porque generalmente los actos de entrega suelen pertenecer a dos tipos básicos y repetidos: los hay inflados de aire como globos aerostáticos, pomposos, jabonosos, pringosos hasta la mugre en su intento de hacer parecer valioso lo que no es sino un gasto más del presupuesto que hay que justificar; y los hay costrosos, miserables y tristes, tan chabacanos e improvisados, que parece que más que hacer justicia al arte se le está ajusticiando con un garrote vil que no funciona, así de agónico es su desarrollo y su dilatado final, mientras todos, autoridades incluidas, están deseando que se acabe el tormento para cenarse en casa un bocata de chorizo antes de que amanezca. Naturalmente, hay excepciones a lo ya dicho, pero son más escasas que los lectores de “El Quijote”.

   Iba yo tan contento en estos días en que los libros salen a la calle, los escritores se exponen en tenderetes de un modo casi erótico, como algunas chicas aplicadas del barrio rojo de Amsterdam, y la cultura por una vez en el año tiene un aroma popular que no causa alergia ni sarpullidos, incluso entre los más reticentes al olor de la tinta, que no del tinto para ser fiel a la verdad, iba, digo, a una de estas ceremonias de entrega de premios a las que de vez en cuando me veo convocado por mis pecados, dudando si sería de las pomposas o de las costrosas. Si era de las primeras o de las segundas, juzgue el avisado lector, que para eso es tan listo y se atreve, entre otras cosas, a criticarme sin piedad sin apenas conocerme.

   A esta entrega de premios habían convocado, sorprendentemente a más de la mitad de los presentados al certamen. Habían recurrido al sutil sistema de conceder tropecientos diplomas a una lista inabarcable de reyes godos y reinas vikingas, algunos, pocos, foráneos como yo, pero la mayoría, como el vinillo, de la propia tierra, que, además de bulto, daban color local y producían una alegre algarabía con sus saludos cariñosos y comentarios torcidos o maliciosos. Los premiados éramos, por lógica, menos en número, pero entre nosotros también había glorias locales que estaban dispuestas a captar en exclusiva la atención de los medios, que para eso conocían de toda la vida a los cronistas del evento y a los fotógrafos encargados de inmortalizarlo.

   No puedo dejar de contar en este momento, que el concursito, internacional, no repartía dinero en metálico, ni una cesta con productos locales, ni siquiera un lote de libros de autores más o menos desconocidos, pese a lo que se habían presentado más de quinientos candidatos al diploma colectivo. Eso sí, la temática estaba limitada y se tenía que tratar, de forma original, creativa y sin recurrir a la inteligencia artificial, el tema del Sahara del modo y manera que a cada cual le diera el venazo. Bonita iniciativa, pensarán los más ingenuos, creyendo que el objetivo final era reivindicar el fin de la opresión de un pueblo sometido y no a la asociación local que lo promovía y que había sido debidamente financiada por la concejalía de turno.

  Lo cierto y verdad, como dicen algunos redundantes, es que el Sahara apenas se nombró en toda la gala y no vi a nadie dispuesto a reivindicar nada que no fuera una foto, un apretón de manos o un trato deferente y preferente. La entrega de premios fue como todas en cuanto a discursos: muchos, largos, tediosos, con agradecimientos hasta el perro del hortelano y aplausos hasta la señorita que entregaba las bolsas que servían para promocionar la feria del libro. Allí hablaron todos, menos los autores, a los que no se nos pidió ni un saludo cuando salimos como figurantes a recoger los espantosos trofeos que luego no sabemos dónde esconder en nuestras casas; eso sí, a los autores locales, muchos, amigadísimos entre sí y dispuestos a hacer de esa jornada un acto de reivindicación, si no del Sahara, sí de su pluma, se les dejó decir algunas palabras a pecho descubierto que, de haber podido elegir, la musa hubiera preferido que nunca hubieran sido proferidas por su nula aportación a la cultura.

   Para terminar acto tan emotivo y tan poco singular, los organizadores habían programado una actuación musical que pusiera un final apoteósico a la jornada literaria, así que nos dispusimos a disfrutar, al fin, de algo: una de las encargadas se fue a buscar a los músicos mientras nos animaba a esperar un momento, un momento, para volver cinco minutos después para contar que lo sentía mucho, que a los de Cáceres les faltaba cambiarse de ropa y que, mientras tanto, a lo mejor podíamos salir los premiados a leer nuestros textos para hacer tiempo. Solo le faltó, la verdad sea dicha, decir que la culpa de todo aquel desastre la tenían los cacereños, pero no se debió de atrever o tal vez ni siquiera se le ocurrió.

   Y por mi parte, antes de que aquello fuera aún a peor y me salpicase más, me marché discretamente pensando en que si no es tan bonito recibir un premio como muchos creen, sí que resulta una experiencia ética, patética y peripatética. 

viernes, 15 de mayo de 2026

El fin del mundo

 

   Hasta hace poco, a la hora de acostarme, tenía la ilusión, acompañada por la experiencia, de que mis horas de sueño serían más que placenteras. Era agradable sentir el tacto de las sábanas, el acomodo de la cabeza en la almohada, que te acogía y se adaptaba a ti como un guante, la caída progresiva en el mundo del subconsciente, no sin antes pasar por un momento desconcertante de pensamientos absurdos y huidizos. La entrada en el mundo de lo onírico tenía un no sé qué de emocionante, pues muchas de mis ensoñaciones eran como esas comedias clásicas en que los personajes pasan por infinidad de peripecias que siempre consiguen superar con total satisfacción. Despertarse de una noche intensa y grata no deja de ser un privilegio, un golpe de fortuna, que te capacita generosamente para enfrentar con ánimo y fortaleza una nueva jornada. De hecho, el mundo a las ocho de la mañana presenta dos tipos de personas en su muestrario: los que han dormido mal y tienen que tirar de café en vena y los que han descansado bien y producen envidia a los demás.

   Pero, ahora, ya ven, mi relación con las horas nocturnas no es tan fluida ni tan grata. Me acuesto temiendo las horas venideras, el paisaje infernal que me va a acompañar hasta la madrugada, duerma o no. Las horas de vigilia son desagradables: la cabeza no para de darle vueltas a todo tipo de asuntos, como si fuera una agenda y tuviera que cuadrar cada detalle, cortar cada fleco, cerrar todos los melones que ha abierto y no ha sido capaz de comer o de tirar al cubo de la basura. Y son largas, largas como las tardes de domingo de la infancia, cuando el tiempo se extendía tanto, tanto, que podrías haber merendado siete veces antes de las seis. La horas de sueño, sin embargo, no son mejores: después de mucho rato para encontrar la posición adecuada y poder ignorar casi por completo los dolores de las articulaciones y de los huesos, cuando por fin me dejo vencer por el cansancio y la fisiología me arrastra, cuando espero que el sueño sea tan profundo y reparador que me despierte fresco como una lechuga, lo que consigo es un carrusel de pesadillas en el que se disputan mi atención una colección de fantasmas y de miedos que me sobresaltan hasta acabar gritando a deshoras con las manos sudadas y los pies fríos.

   Y es que los sueños, las pesadillas, tienen un carácter real mientras los vives. Casi nunca desconfías de ellos, porque están llenos de detalles, de curiosas imágenes que a veces has visto hace años y que ya habías olvidado, aunque otras te son ajenas y, contradictoriamente, te parecen conocidas, cuando no más que sabidas. Uno navega entre los sueños en un mundo imaginario, levemente real, levemente imposible, y trata de no naufragar en los peligros que le acechan detrás de cada puerta cerrada, de cada abismo, de cada fiera salvaje que te salta al cuello y te clava las fauces hasta dejarte sin respiración. Que luego, una vez despiertos, nos parezcan tonterías, ridiculeces para asustar niños, es lógico, porque si de algo adolece nuestra existencia contemporánea es precisamente de falta de emoción, de tensión narrativa.

   Decía que, ahora, mis horas nocturnas no son tan plácidas como lo eran antes, pero no he explicado todavía por qué. Y me los imagino a ustedes con la mosca tras la oreja, haciendo todo tipo de cábalas, considerando mis años y mi estado de salud, tratando de compararse conmigo para ver si, para su fortuna, están todavía un poco mejor que yo. Sin duda, lo están. Eso se lo puedo asegurar. Porque yo llevo ya más de tres meses despertándome todas las madrugadas a las cuatro de la mañana dando voces y maldiciendo mi suerte a causa de una pesadilla que se repite hasta la extenuación. Y, luego, no me quedo mejor, porque lo que he soñado no me parece ni una tontería, ni una ridiculez para sobresaltar a los infantes. Me quedo oculto bajo las sábanas, temblando, esperando a que los primeros rayos de sol se cuelen por las rendijas de la persiana para levantarme y dejar el campo de batalla hasta nueva orden.

  Mi pesadilla no puede ser más simple, ni puede estar más clara: una noche tras otra, familiares y amigos muertos me visitan con cara de consternación para avisarme, para que me prepare para la llegada del fin del mundo. Esto se acaba, me dicen, preocupados supongo que por mí, que a ellos ya les debería dar lo mismo, y me aseguran, serios y contritos, que la llegada del fin del mundo será en 2027, en fecha que no se atreven a concretar más porque aún no se puede precisar si será en junio o julio. Yo trato de preguntarles cómo me puedo preparar para tan magno acontecimiento, pero es inútil porque no me salen las palabras cuando lo intento y me quedo sumido en la incertidumbre.

   He tratado de buscar consuelo entre mis allegados contándoles la naturaleza de mis sueños y la revelación que se me ha trasmitido. La mayoría me dice que no me preocupe, que ya se sabe que, si la mente va por libre, cuánto más el subconsciente y que trate de tomarme unas vacaciones para limitar el estrés y aumentar la serotonina; algunos, incluso, me han sugerido que visite a un psiquiatra para que me trate con psicofármacos la obsesión. Pero sus consejos no me sirven: cada noche vuelvo a tener las mismas visitas y me vuelen a recomendar que prepare (¿mi alma?, ¿mi cuerpo?) para el advenimiento del fin de los tiempos. A mí me gustaría no acordarme de nada cuando me despierto, pero, luego, durante el día, las noticias de la televisión, de la radio, no hacen más que recordarme lo que sueño por las noches, que el mundo está muy torcido. Yo, por si acaso, ya les doy también a ustedes por avisados.