La
educación que recibimos en casa y en la escuela cuando somos niños nos marca
para siempre. No seríamos quienes somos si detrás de nosotros no existieran unos
padres que hicieron lo que fue necesario para sacarnos adelante y unos
maestros que nos formaron para que nos convirtiéramos en gente de bien.
La historia de Carmen me la contaron en una
reunión de amigos hace unos días y me conmovió, tal vez porque no estoy pasando
por una buena temporada, me emociono fácilmente y necesito modelos que me
sirvan para superar los malos tragos y crecerme. Supongo que es verídica al
ciento por ciento, excepto si descontamos algunas licencias que me he tomado
para no violar la ley de protección de datos en vigor: así, por ejemplo, el nombre
real de la protagonista no coincide con el auténtico, pero tampoco esto importa
mucho a la postre.
El primer recuerdo de Carmen, al menos el
que le venía primero a la mente cuando le preguntaban, estaba asociado a su
escuela, una pequeña casita en un pueblo de escasas cien familias en el este de
La Rioja. Tendría entonces unos cuatro años y aún ve, como si fuera hoy mismo,
la cara de la maestra preguntándole su nombre y qué quería ser de mayor; la
niña le contestó a la señorita Adela su nombre sin vacilar y todavía más segura
lo que esperaba de la vida. Como acababa de escuchar una canción en la radio
que le había gustado mucho, de unos cantantes que eran felices y tocaban su
música en un submarino amarillo, le dijo que de mayor quería vivir con los
cantantes y navegar muy, muy lejos, por el fondo del mar.
Doña Adela la miró con ojos como platos:
—Eso debe de ser muy difícil. Tendrás que
esforzarte mucho en la escuela, aprender a leer, a sumar y a restar sin
utilizar los dedos, y sobre todo tendrás que ser muy obediente.
Mientras se lo decía, se fijaba en el pelo
de la niña que estaba rústicamente cortado, en sus zapatitos desgastados, su
batita blanca y en los dos calcetines, uno negro y el otro rojo, que
discordaban incluso en el pobre conjunto.
—Y tienes que ser muy observadora para hacer
las cosas bien. Hoy por ejemplo no te has fijado y has traído los calcetines
desparejados…
La niña la miró con tristeza. Y no le respondió.
De haberlo hecho, la maestra hubiera comprendido que se había puesto los únicos
calcetines que tenía, que en ello no había ni rebeldía, ni intento de ser
original, ni nada extraño. No obstante, doña Adela lo comprendió pasados tres días
y empezó a tejer dos calcetines amarillos, como el submarino, para cuando
llegara el frío del invierno.
Por lo que me contaron en esta historia
abreviada, Carmen resultó ser una chica despierta, que destacó rápidamente en
todas las asignaturas, pues no había nada que no le interesara. Poco a poco se
convirtió en el ojito derecho de la maestra, que se encargó para cuando
terminara la educación general básica de que tuviera una beca para proseguir
con sus estudios en la capital.
Carmen hoy tiene cincuenta y seis años.
Desde los dieciocho ha trabajado de conserje en un instituto de enseñanza
secundaria en Soria: como tuvo que dejar de estudiar para ayudar económicamente
a su familia y durante muchos años cuidó a sus padres en sus dolencias, el
submarino amarillo quedó sumergido en un profundo océano donde el sonido de la
música se amortiguaba completamente. Sacó sus oposiciones, se casó y tuvo sus
propios hijos, y durante décadas los días fueron una sucesión de obligaciones
que encaraba con ánimo. Pero poco a poco su mundo se fue difuminando: la muerte
de sus padres, la marcha de sus dos hijos para cursar estudios universitarios
en Madrid, la separación inesperada de su marido, la llevaron a sentirse sola,
a creer que su vida no tenía sentido y una noche de invierno estuvo tentada de
quitarse la vida. La lenta deriva de la depresión la llevó por muchas consultas
psiquiátricas, por muchos grupos de autoayuda, por situaciones rechazadas de
plano por los que más la deberían haber apoyado, hasta que tocó fondo y
encontró que allí estaba, oculto en el fondo del almario, su submarino
amarillo.
Carmen se recuperó progresivamente. No fue
fácil y no lo consiguió de un día para otro, pero una tarde se vio de nuevo en
la puerta de otro centro educativo y dispuesta a empezar otra vez. Se sentó en
la primera fila y pronto se dio cuenta de que era de largo la persona con más
años entre los alumnos; la propia profesora no tendría ni treinta y la miraba
con cierta curiosidad. Al pasar lista se dirigió a ella:
—¿Y por qué le interesa a usted aprender
inglés? ¿Lo necesita por asuntos profesionales o familiares?— le preguntó
mientras escrutaba su aspecto general y en particular los dos calcetines
diferentes que le asomaban por debajo del pantalón.
—Nunca lo estudié. Cuando era niña, mi
maestra me adiestró en el francés, que era el idioma que se enseñaba entonces.
Lo hablo bastante bien y lo escribo con corrección —le respondió humildemente.
Y acordándose entonces de cuando tenía
cuatro años y no sabía todavía lo que la vida le iba a deparar añadió:
-Me gustaría aprender inglés para entender
las canciones de los Beatles, cantarlas bien en el karaoke y, sobre todo, para
saber qué dice exactamente la canción del submarino amarillo. Hubo un tiempo en
que creí que en el futuro todos viviríamos felices haciendo música y viajando
por el verde mar hasta más allá del horizonte; ahora tal vez me podría
conformar con saberlo cantar en su idioma original y hacerlo bien.
Carmen, que ya está en tercer curso de
inglés en la escuela oficial de idiomas, cree que los monosílabos ingleses son
extremadamente difíciles pero que en esa lengua se pueden decir las cosas mucho
más condensadamente, con una economía de medios que la admira y a la vez la
vuelve loca. Para el fin de curso se ha apuntado al viaje de estudios que la
clase ha organizado a Londres y ya está preparando su visita al Museo Británico,
a la Tate Gallery y al corazón económico de la City. Y tiene decidido que
quiere ver la ciudad del Támesis desde los ciento treinta y cinco metros del
London Eye. A lo mejor desde allá arriba puede ver la sombra amarilla de su
submarino; ella, por si acaso, llevará puestos sus calcetines desparejados por
si alguien es capaz de interpretar debidamente la contraseña y abrirle la
escotilla que, está segura, no tardaría en darle paso a los dominios fabulosos
de un mar que se extiende más allá del mismo tiempo.