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sábado, 7 de septiembre de 2019

Nostalgias



   A finales de agosto me siento como un personaje de la película “Grease”, dejando atrás los recuerdos de un amor pasional, de esos tan intensos que solo pueden incubarse y explotar como fuegos artificiales al calor veraniego. Los días pasados, con su enormidad de horas de luz y sus siestas eternas para no sucumbir a la canícula, se suman a las noches de cervezas muy frías, risas y despreocupaciones hasta las tantas de la madrugada. Durante un mes, y sin que a nadie le pueda parecer mal, los ritmos diarios los puede marcar uno mismo, eligiendo a qué hora se levanta de la cama, si come o no, o si quiere pasar la tarde tumbado al sol o tirado en el sofá del salón. Agosto nos permite, si queremos, desconectar de las consignas de los partidos políticos y de los medios de comunicación con la certeza de que el uno de septiembre, junto con los inevitables datos de la operación regreso del tráfico rodado, nos facilitarán un resumen, lo suficientemente medido y calibrado, para que volvamos a preocuparnos por la falta de gobierno, el cambio climático y los incendios del Amazonas, aunque en el fondo lo que pretendan sea solamente tenernos entretenidos para que nos quedemos en nuestra casa lamentándonos de nuestra mala suerte y resignados a la sumisión. Septiembre también será el mes del renacimiento de los nacionalismos y las independencias, con el sonido al fondo de las máquinas tragaperras en los bares, los ojos vidriosos y las visitas médicas pospuestas.
   Como el personaje de “Grease”, creo que se llamaba Danny Zucco, ya me veo cantando mis penas por las esquinas, relatando a mis amigos los detalles magníficos e idolatrados con los que decoramos el pasado y deseando en el fondo que ni vuelva a ser verano, porque se nos impone una felicidad dudosa a golpe de billetero, ni que llegue el otoño, que es el triunfo de la depresión y los ansiolíticos, la caída de las últimas ilusiones.
   El treinta y uno de agosto es justo ese momento en que uno pediría, si tal deseo fuera aún posible, el milagro de la detención del calendario y la multiplicación de los panes y de los peces, para vivir en un presente continuo en el que no hubiera ni negaciones ni olvidos, ni hambre ni necesidad. En ese presente edénico, puro y prístino, en el que no hubiera pandemias, hambrunas, conflictos bélicos ni saqueos por móviles económicos, en el que el ser humano viviera y dejara vivir a los semejantes y a los que no lo son, sí que me gustaría instalarme y darme el tiempo suficiente para llegar a aburrirme de ese espíritu paradisíaco. Un deseable día de la marmota.
   Tal vez porque la vida no es una película ni tiene reservado para nosotros un papel protagonista en el desarrollo de su guion es por lo que a veces sentimos nostalgia, esa araña que se instala en el corazón, se aferra a él con sus ocho patas articuladas y nos inyecta el veneno del ayer. Sus consecuencias no son letales, aunque los ojos expertos puedan observarlas a simple vista: una melodía, un aroma, un paisaje, nos despiertan de repente una sucesión de imágenes nítidas que a menudo vienen acompañadas de una lágrima, un sentimiento de congoja. Es una extraña forma de sentirnos vivos, porque solo lo conseguimos, curiosamente, con memorias de las que ya se ha enseñoreado la muerte, en las que campa por sus respetos y de las que ya sabemos que no pertenecen en modo alguno al mundo real. ¡Qué absurda forma la de estar vivo añorando entelequias y practicando el escapismo al modo del gran Houdini!
   Ustedes me dirán que “Grease” y “Atrapado en el tiempo” acaban bien y que sus protagonistas llegan al beso final pese a todo, que no es tan fiero el león como lo pintan y que en el fondo el ser humano no es sino un destello temporal hacia la muerte, que debe ser aceptada con resignación cuando se presenta. Y yo les diré que sí, pero que la muerte casi siempre llega tan callando como ya sabía Manrique y que muchos de sus servidores se van dando alaridos y lanzando blasfemias. En nuestra existencia humana son muchas las aventuras que acaban mal, con dolor y frustración. Por eso, si sienten en estos días un poco de nostalgia, por leve que sea, deténganse un momento y piensen en lo que son, en lo que fueron, en lo que serán, y beban, y rían, y canten, todo el año, a todas horas, siempre.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Septiembre



El último día del curso escolar llega con su cosecha de asignaturas rotas. Donde uno esperaba conseguir un cinco misericordioso, se encuentra un suspenso con todas sus letras mayúsculas. Y donde se esperaba el suspenso, surge de improviso el recuerdo a la miserable familia del profesor de turno, el homenaje a todos sus muertos y el sentido laudo a la madre que lo pariera. Ha sido un final de trimestre, excepto por las notas, glorioso: de fiesta en fiesta, todo tan lleno de eventos, partidos del siglo, timbas de strip póker y gin tonics a deshoras, que apenas si recuerdo de qué estoy matriculado y en qué universidad. Es lo mejor que tiene la vida de la facultad: dispones de un tiempo que es solo para ti y que puedes perder sin ningún tipo de culpabilidad, al fin y al cabo siempre queda septiembre como para otros en ocasiones perdura París.
Con cinco suspensos de cinco asignaturas lo más importante es no perder la esperanza, me autoconvenzo en dos minutos. Lo fundamental ahora es organizarme un buen plan de trabajo para los meses de julio y agosto: tres o cuatro horas de estudio a primera hora de la mañana, que es cuando se está más fresquito; un chapuzón en la piscina a media mañana para hacerme unos cuarenta largos que ya se sabe que mens sana in corpore sano; una buena siesta de tres horas para recargar las pilas cuando el calor aprieta de lo lindo y solo los locos salen a las calles; y de vuelta al estudio al atardecer, para aprovechar las mejores horas del día, las más productivas, las que me permitirán aprobar en septiembre. Tan contento estoy de haber organizado tan bien el estudio en tiempos de estío, que me largo el día dos de julio de juerga a sanfermines y me pierdo por la calle Estafeta de Pamplona hasta el día 13. Y ya que estoy tan al norte, a ver quién es el tonto que no se acerca a la playa de Gros a disfrutar del sol del Cantábrico. He tenido la precaución de llevarme unos libros para ir repasando algo, al menos en los trenes, pero estoy por Las Landas francesas cuando descubro que por error me he llevado los libros de preparación al parto de mi hermana…
El regreso a casa, además de inesperado, es bastante tragicómico. Solo descubre uno que la alta velocidad no es tal cuando tiene una urgencia como la mía y, sea porque sí o porque quién sabe, acabo tardando tres días completos en llegar desde la costa francesa hasta mi domicilio, donde me esperan mis libros a que me los meriende en el mes y cuarto que tengo hasta el uno de septiembre. Durante dos días consigo mantener mi ritmo de trabajo y hasta ordenar los apuntes de una de las materias, pero la felicidad dura poco en casa del pobre, porque se me presenta toda la peña para celebrar mi santo cumpleaños, que quién lo diría parece que me lo han puesto ahí para jorobarme justo ahora que había comenzado a adelantar un poco. La celebración me cuesta algún eurillo de más y me deja con agosto lanzado a la carrera, un fuerte dolor de cabeza producto de unas resacas de cervezas con limón natural y la sensación de que es ya o nunca el momento en que debo hacerme con las riendas de mi destino. Consigo sacar con mucho esfuerzo tres días de estudio a tope y hasta duermo bien, sin remordimientos.
Pero empiezan las fiestas del pueblo de mis abuelos y me llama mi vecina de toda la vida para que me sume a los encierros, los bailes agarraos de las verbenas y las borracheras con la cuadrilla. Trato de resistirme una, dos, tres veces, pero a la cuarta me digo que solo se es joven una vez, y me largo al pueblo, donde las fiestas de la virgen de agosto se me suben a la cabeza y me mantienen en todo lo alto hasta finales de mes, en que parece que se me ve haciendo balconing en algún lugar no definido de Ibiza.
Por los pelos llego a Madrid el día en que empiezan los exámenes y, sin ducharme ni nada, que por no llevar no traigo ni bolígrafo, me presento al primero de los exámenes, que no sé ni cuál es. Lo cierto es que no me sale del todo mal, teniendo en cuenta que la pregunta me sonaba de algo lejano, como repasado levemente y por casualidad en julio. Y así, con la energía que dan las cosas que empiezan bien, me dispongo a coronar septiembre por todo lo alto, a ver si de esta puta vez termino la carrera y me pongo a trabajar aquí o en el extranjero, que lo mismo me da que me da lo mismo.