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domingo, 23 de noviembre de 2025

A la última

 


   Tengo una amiga de esas que siempre están a la última. Con ella es imposible no saber qué color triunfará en la próxima temporada, qué está definitivamente pasado de moda y qué sería mejor que fueras abandonando para no parecer un muerto de hambre o un cateto. Se lee todas las revistas del quiosco en cuanto salen a la venta, sigue al dictado las recomendaciones de las influencers más cotizadas y no se fía de nadie que no tenga, al menos, quinientos mil seguidores en Instagram.  Su mundo es un delirio líquido, en el que todo o sube o baja, en perpetuo movimiento, de manera vertiginosa, de tal manera que, si cierras los ojos, ya te has perdido. Ni me imagino qué sobresaltos sufrirá cada mañana al despertarse, viendo que el mundo se ha dado la vuelta boca abajo mientras dormía y que hasta el salto de cama con transparencias, si es que lo usa, ya está más que obsoleto.

   Pues esta amiga me llama y me propone lo más para estas navidades, que no me lo piense y que me vaya con ella a conocer los mercadillos navideños de Alemania. Tía, que este año lo está rompiendo en las redes y que desgraciado aquel que en enero no pueda contar lo divertido que es tomar vino caliente al relente teutónico y pasearse entre puestos de mercancías exóticas ligando con bigardos que te invitan graciosamente a salchichas con ensalada de patata. Lo de menos es comprar nada, que luego hay que facturar la maleta en el avión y eso está descartado a poca clase que tengas; en cambio, la nieve, los patinadores, las gafas oscuras y la ropa de montaña hasta para cruzar la calle, le dan al plan un toque maestro, de elegancia natural, máxime ahora que no nieva en España por eso del cambio climático y casi nadie puede cantar “Blanca navidad” sin que le dé una terrible nostalgia de las muñecas de Famosa y de la vuelta a la casa para reunirse con su familia bajo el almendro.

   Comprenderán ustedes que una aventura así no es para pensársela ni dos minutos. Y menos con una loca de la compra electrónica que, antes de que digas sí o no, ya ha sacado los pasajes, reservado los hoteles y asegurado nuestras vidas para todo caso de vicisitudes, que no hay nada como la previsión para que viajar, aparte de apasionante, no cause estrés ni te oxide el cutis. Así que, antes de que ella decida por mí y me vea de hoz y coz atrapada en su telaraña, le digo que cuánto lo siento, que qué pena me da y qué lástima haberlo sabido tan tarde, pero es que ya he concertado la visita a mi prima de Salamanca, a la que no veo desde hace cinco años, y que pretende juntar a toda la familia, la que queda después de varios años un tanto funestos, a orillas del Tormes. Que ya sé que no se puede comparar Salamanca con Alemania, ni la vida provinciana de la Castilla interior, tan unamuniana y seca, con el resplandor de la filosofía germánica, que todo lo ilumina y dignifica. Que tenga cuidado, le digo, que los mercadillos no son como esos que se ven en las películas románticas, llenas de gente joven, sana y guapa que va disimulando malamente que están rodadas en agosto en pleno desierto de California, sino unos lugares un tanto siniestros donde una multitud de zombies vestidos de rojo colapsan las calles, se apretujan en los puestos de perritos calientes y mean detrás de las carpas ante la falta de servicios públicos. Eso cuando no te atropella alguna camioneta de terroristas puestos de coca hasta el cogote y siembra el caos entre la muchedumbre, que huye en todas direcciones tratando de llegar al año nuevo para, seguramente, dejarle la pasta a un psicoanalista que le prometerá aprender a gestionar el trauma paranoide surgido del ataque. Para mirar sin comprar, ya está el Primark, y El Corte Inglés, y hasta las tiendas de marca de la calle Serrano, donde peregrinan con la ilusión de ser una Kardashian las cursis de medio mundo mientras cuentan mentalmente los euritos que les quedan en la cuenta bancaria.

   Este alegato final pretendo que sea definitivo. No por su contundencia, que ya sé yo que Europa vive un periodo gris pero mayoritariamente seguro todavía, sino porque creo que mi amiga habrá comprendido que, por un lado, ya estoy comprometida y, por el otro, que la idea de ir a macerarme entre extranjeros por unas calles masificadas por un turismo cada vez más generalizado no me hace la menor gracia. Que para sentir lo mismo, me basta con darme una vueltecita por la Gran Vía madrileña entre visitantes de las más variadas procedencias y lenguas, y, encima, sale mucho más barato.

   Vale, vale, me dice, como quien ya ha captado el mensaje en todos sus niveles de interpretación. Pero, claro, no está dispuesta a quedar por debajo, una vez que ya ha manifestado su interés por la actividad turística puesta de moda por su agencia de viajes favorita, y no tarda en rearmarse como corresponde a una verdadera reina de las tendencias más sublimes y glamurosas. Te mandaré un whatsapp cuando llegue y algunas fotitos, ante las cuales ya verás como cambias de opinión; en el extranjero, sobre todo en Europa, y en Alemania concretamente, la vida se ve de otra manera, de una mucho más grata e intensa, como corresponde a un pueblo lleno de historia y tradiciones ancestrales, a las que ni Madrid ni Salamanca se acercan ni borrachas. Es una pena que seas tan provinciana, tan apegada a la familia y no evoluciones. Qué compasión te tengo, hija mía.

  Y me cuelga sin darme tiempo a darle las gracias, la muy hija de puta. Pues tendrá mucho estilo y estará a la última, pero a mí me parece que ésta todavía no ha salido de la porqueriza.

jueves, 18 de mayo de 2017

La velocidad




   Cuando estudiaba en la escuela los conceptos de tiempo, velocidad y distancia, convertidos en absurdos problemas de móviles, coches que salían de un punto A y un punto B a distintas velocidades y que tenían que encontrarse, esa era la cuestión, dónde, yo me imaginaba siempre que acababan colisionando estruendosamente, desintegrándose en el acto, no dejando ni los restos, para que mi profesora coja y malhumorada tuviera que aceptar que no había evidencia alguna, prueba alguna, de que el encuentro pudiera producirse. Y qué aburrimiento aquello de que la velocidad es igual a la distancia partida por el tiempo. Verdades universales: el tedio eterno para quien piensa tan solo en jugar por la tarde en el parque mientras se come un trozo de pan con chocolate.
   Ahora que soy mayor y que hace años que me libré de mi profesora de matemáticas, que supongo que todavía andará por el mundo con su trantrán y sus pasitos cortos pero sin haber descubierto aún lo que es de verdad la velocidad, debo reconocer que a mí me gusta conducir una barbaridad y que adoro pisar el acelerador y comerme los kilómetros a bocados. Y también es verdad que maldita la falta que me hacen las fórmulas físicas para encender el motor y salir a quemar goma por las carreteras; necesito dinero para llenar el depósito y tiempo libre para disfrutar del ocio, pero nada de eso me lo han facilitado las horas muertas e inútiles pasadas en la escuela calculando ecuaciones de segundo grado o memorizando las formas verbales del español. Que nadie va y te dice en una cena de amigos que el futuro de subjuntivo de conducir es condujere ni que la velocidad es eso del tiempo y de la distancia, que si alguien dijere esa tontería todos nos quedaríamos como estupefactos, pensando que le ha dado un aire: si la velocidad fuere igual a la distancia partida por el tiempo, qué mal rollo, oye, que éste está zumbao. Y qué ricas están estas almejas.
   A mí lo que me gusta es conducir de prisa, con la música a tope, sin pensar en casi nada más, derrapando, dándole al claxon para hacerme notar. Y dejar el coche donde me pete. Sé que a muchos amigos míos no les gusta mi forma de conducir y que casi nunca se montan conmigo, pero yo lo prefiero, porque estoy hasta las narices de todos esos listillos que te miran con prevención, te sugieren que dejes de mirar al móvil mientras negocias las curvas y te recuerdan cada poco que la velocidad está limitada a cincuenta o que el semáforo está rojo, como si yo no lo supiera. Me salto los pasos de cebra porque se me pasa por el forro y me meriendo las señales de tráfico porque me importan un pito: ya tengo el gepeese para que me avise de los rádares de control de velocidad, que es lo verdaderamente importante. Hace años que en mi coche no monta nadie de mi familia y todos salimos ganando: a mí no me dan la chapa y yo les sigo hablando en las cenas de Nochebuena.
   Pensarán que no sé lo que me hago y que estoy gilipollas, que me habrán crujido a multas y que no tendré ya puntos en mi carné de conducir, pero están errados como burros: ya me encargo yo de que no me cojan en ningún renuncio, que no es tan difícil. Ya se sabe: hecha la ley, hecha la trampa. Hay quien roba un chupachups y le meten un puro, y quien asalta las arcas del tesoro y, sin embargo, le condecoran con la orden del mérito nacional, todo es cuestión de modos y maneras, de fórmulas de esas que no te enseñan en las clases, pero que te abren las puertas de la sociedad aun con las manos manchadas y te cierran las puertas de la cárcel aun con las manos limpias. Me gusta correr con el coche, sí, avasallar, apretar, imponerme en la carretera y comerme los pasos de cebra, parar en doble fila, aparcar en zonas reservadas a minusválidos.., pero, mientras no se demuestre lo contrario, mi honestidad está a salvo y tengo todos los puntos en el carné. La cuestión fundamental es no dejar pistas, desintegrar las evidencias, hacer desaparecer las pruebas, y no quedará ni rastro de los hechos. En ese caso la culpabilidad es igual a la distancia partida por cero. Si yo solo había parado un minuto para sacar dinero en el cajero automático…

domingo, 23 de abril de 2017

Azul



Lo que me gusta, ahora que ya he perdido las tontas ilusiones juveniles, es estar de vacaciones, mano sobre mano, sin hacer nada, tomándome unas cañitas con calamares mientras miro al horizonte y no se atisba novedad alguna. Si además ese tiempo libre puede ser en verano y puedo aposentar mis reales en un lugar cercano a la playa, una que no esté atestada de gente jugando con niños, palas y frisbies, eso puede parecerse mucho al paraíso. Claro que no estoy hablando de Benidorm, la Manga del Mar Menor ni de Oropesa del Mar, lugares todos ellos que desgraciadamente me parecen el colmo de la chabacanería y lo cursi, eso tan español del quiero y no puedo, la apoteosis del mal gusto, la guerra por la croqueta revenida en los bufés de los hoteles con pensión completa… Que uno se va de vacaciones a descansar del mundanal ruido, no a sumergirse en él como si viviera en un primer piso exterior de la Gran Vía madrileña.
Me dirán entonces que lo mejor será quedarse en casa, porque no hay en nuestro litoral un metro cuadrado libre de la consabida sombrilla madrugadora, la familia con nevera que se reparte gazpacho y tortilla de patata, el abuelito que ronca como un leñador tumbado sobre la toalla de Frozen y la santa que discute con su maromo porque les mira los pechos libres y erectos a las nórdicas desatadas. Es lógico que a ustedes les falte fe, al fin y al cabo viven, vivimos todos nosotros, en un país que se ha acostumbrado a sostener a políticos corruptos, banqueros vividores, artistas mediocres y periodistas domesticados: cuando se consiente tanta mugre, es normal que la porquería se instale en cada rincón de la patria, incluida la playa, que es el experimento sociológico donde se tira a los pobres y los venidos a menos todos los veranos para ver cuánto más son capaces de tragar sin soliviantarse. Pero no se olviden ustedes de que quedan esos pocos sitios exclusivos donde se atracan yates fabulosos, se come marisco de primera y se liga con jóvenes de extrema perfección sin que llegue hasta allí el olor a ajo o a Nivea: esos son los sitios que me gustan y a ellos pertenezco por devoción, lo merezca o no, que eso no lo tiene nadie en cuenta mientras se descorcha el champán de marca y se reparten rayas.
No obstante, mi pasión es el submarinismo y a eso dedico todo el tiempo que puedo. Hay algo emocionante en conducir el yate hasta una isla tan pequeña como remota, atracar en sus aguas frías y solitarias, y zambullirse en ese mundo olvidado para pasar allí las horas muertas. En el momento en que caes al agua y comienzas a deslizarte hacia abajo, mecido por las corrientes, comienzas a ver el espectáculo de algas, peces y esponjas, y esa quietud, ese silencio, te transporta a una suerte de paz universal. Un azul delirante, unas luces secretas. Todo envuelto en una silenciosa cadencia, donde no tienen sentido la invención de la radio, el entretenimiento de los programas televisivos, la vibración del teléfono móvil avisando de la llegada de un mensaje de whatsapp… Ser consciente de que respirar, despacio y profundamente, es vivir, vivir con plenitud, como lo hacen los tiburones martillo, los atunes rojos y los gobios, es quizá lo más gratificante de la inmersión, que acaba, claro, cuando la prudencia avisa de que el oxígeno se agota y hay que regresar a ese mundo exterior de ruido y guerra, a la inconsciencia pesada de los seres terrenales.
Mi espíritu pertenece al mar, a su silencio, y no a este siglo agitado por el ruido tecnológico y la necesidad de no sentirse nunca solo: si se le quitara a esta humanidad entretenida ese contacto falso de las redes sociales y se la dejara sin sus series favoritas, sin sus canciones enlatadas, sin sus juegos estúpidos de frutas que estallan entre luces y puntos, es posible que, de repente, se sorprendiera porque todavía trinan los pájaros en sus ramas, suena el viento en las hojas de los plátanos y a lo lejos, muy a lo lejos, donde dicen que Alfonsina Storni sigue recitando sus versos, allá lejos, se oye cantar al mar.