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lunes, 17 de marzo de 2025

Catálogo de facistoles

 

 

Cruje la madera en las tardes de primavera
y las beatas que fatigan el coro con sus rezos
asisten, turbadas, al ímpetu de la memoria de la savia.
Sus corazones susurran las antiguas melodías
de la música a capela, las vetas de la carne
se sostienen sobre un armazón de notas:
sándalo, palosanto, cedro del Líbano, caoba,
que bien pudieran ser bálsamos o perfumes orientales,
pues visten de nostalgia los duelos, los confortan,
en una cascada salvaje de aerolitos encendidos.


¡Qué desazón tan lenta, qué desgarro inesperado
el de las fibras salpicadas de ascuas palpitantes!
En bibliotecas y museos, ajenos al comején del siglo,
duermen el sueño de los justos, en silencio turbio,
los libros miniados, los historiados volúmenes
que un día se iluminaron con el oro de los reyes
y en el atril vencieron sus lomos de cuero guarnecido.
Apenas nadie interpreta los laberintos de sus hojas
y comprende los delicados trasuntos del bosque,
donde pían los pájaros exóticos de roncas voces.


Y qué alegría estalla en las copas de los árboles
cuando se retira Selene ante la diosa de rosáceos dedos!
Si la tristeza se destila en odres amargos de crudeza,
de entraña negra y sombra taciturna, aborrecida,
para la luz y la mañana se engalanan los torrentes,
corren palpitantes de ansia y vida aguas abajo,
inventando los salmos, concibiendo los himnos
que sonarán después en las presas eléctricas.
Un hormigueo recorre la espina dorsal de los orfebres
que trasmutan el rayo en cuentas y diamantes.


Los catálogos pueden recoger el número, la calidad,
el estado de conservación y su manufactura,
con una precisión arqueológica que raya en la demencia:
colección de mariposas, sarta de perlas refulgentes,
repertorio de grillos que no frotan sus patas en la noche.
Pero los facistoles se resisten, firmes, a la condena
y se revuelven inesperadamente en sus troncos secos,
agitando brevemente la existencia de las sombras,
exigiendo de la memoria ritmos y armonías,
negando el imperio del olvido y los silencios.

 

(Este poema obtuvo el Segundo Premio en el XVI Encuentro de Poesía "Premio José Carlos Capparelli" en Buenos Aires en 2014. Asimismo ha sido traducido al valenciano y publicado en el llibret "Sintonía 2024" de la Falla Plaza Elíptica de Gandía)

sábado, 8 de agosto de 2020

Repulsión verde menta

 

   La abuela fue testigo del prodigio: la vecina del primero, desgranando sobre su falda los guisantes, lanzando las vainas vacías al balde común, narraba la historia de su familia, desde que salieron de las costas mediterráneas hasta que se asentaron en un Buenos Aires de leyenda y nostalgia infinitas. Sus palabras tenían un efecto hipnótico, no solo en mí, que estaba absorto en las extrañas imágenes que se proyectaban en el techo de la cocina: gentes pardas despidiéndose entre pañuelos blancos, pavorosas tormentas en alta mar que obligaban a amarrarse a los muebles, sirenas que incitaban a los marineros a la deserción con sus pechos desnudos, y extraños obeliscos que apuntalaban las nubes de ceniza del cielo. Mientras mi madre y mi tía se miraban cómplices, dudando escépticas del relato de la reconocida mentirosa oficial de la casa, mi abuela me reconvenía seria:

   -Mira y aprende, que algún día harás la ruta marítima entre Barcelona y la Argentina.

   Obedecí, como me habían acostumbrado. Cuando le pedí a la Trini que volviera a narrar la provocación de las sirenas y estaba dispuesto a no perder ripio, mi madre me dio tal coscorrón, que desde entonces aborrezco los guisantes.

 (P.D. Todavía hoy Facebook se permite la censura de no publicar esta entrada porque aparece en ella el dibujo de una sirena a la que se le ven los pechos; bombas nucleares, matanzas múltiples, falsos testimonios y noticias sin contrastar, sin embargo, no suponen problema alguno para estos gurús de la posmodernidad a quien, con perdón, yo llamo de la posmierda.)