Hasta hace poco, a la hora de acostarme, tenía la ilusión, acompañada por la experiencia, de que mis horas de sueño serían más que placenteras. Era agradable sentir el tacto de las sábanas, el acomodo de la cabeza en la almohada, que te acogía y se adaptaba a ti como un guante, la caída progresiva en el mundo del subconsciente, no sin antes pasar por un momento desconcertante de pensamientos absurdos y huidizos. La entrada en el mundo de lo onírico tenía un no sé qué de emocionante, pues muchas de mis ensoñaciones eran como esas comedias clásicas en que los personajes pasan por infinidad de peripecias que siempre consiguen superar con total satisfacción. Despertarse de una noche intensa y grata no deja de ser un privilegio, un golpe de fortuna, que te capacita generosamente para enfrentar con ánimo y fortaleza una nueva jornada. De hecho, el mundo a las ocho de la mañana presenta dos tipos de personas en su muestrario: los que han dormido mal y tienen que tirar de café en vena y los que han descansado bien y producen envidia a los demás.
Pero, ahora, ya ven, mi relación con las horas nocturnas no es tan fluida ni tan grata. Me acuesto temiendo las horas venideras, el paisaje infernal que me va a acompañar hasta la madrugada, duerma o no. Las horas de vigilia son desagradables: la cabeza no para de darle vueltas a todo tipo de asuntos, como si fuera una agenda y tuviera que cuadrar cada detalle, cortar cada fleco, cerrar todos los melones que ha abierto y no ha sido capaz de comer o de tirar al cubo de la basura. Y son largas, largas como las tardes de domingo de la infancia, cuando el tiempo se extendía tanto, tanto, que podrías haber merendado siete veces antes de las seis. La horas de sueño, sin embargo, no son mejores: después de mucho rato para encontrar la posición adecuada y poder ignorar casi por completo los dolores de las articulaciones y de los huesos, cuando por fin me dejo vencer por el cansancio y la fisiología me arrastra, cuando espero que el sueño sea tan profundo y reparador que me despierte fresco como una lechuga, lo que consigo es un carrusel de pesadillas en el que se disputan mi atención una colección de fantasmas y de miedos que me sobresaltan hasta acabar gritando a deshoras con las manos sudadas y los pies fríos.
Y es que los sueños, las pesadillas, tienen un carácter real mientras los vives. Casi nunca desconfías de ellos, porque están llenos de detalles, de curiosas imágenes que a veces has visto hace años y que ya habías olvidado, aunque otras te son ajenas y, contradictoriamente, te parecen conocidas, cuando no más que sabidas. Uno navega entre los sueños en un mundo imaginario, levemente real, levemente imposible, y trata de no naufragar en los peligros que le acechan detrás de cada puerta cerrada, de cada abismo, de cada fiera salvaje que te salta al cuello y te clava las fauces hasta dejarte sin respiración. Que luego, una vez despiertos, nos parezcan tonterías, ridiculeces para asustar niños, es lógico, porque si de algo adolece nuestra existencia contemporánea es precisamente de falta de emoción, de tensión narrativa.
Decía que, ahora, mis horas nocturnas no son tan plácidas como lo eran antes, pero no he explicado todavía por qué. Y me los imagino a ustedes con la mosca tras la oreja, haciendo todo tipo de cábalas, considerando mis años y mi estado de salud, tratando de compararse conmigo para ver si, para su fortuna, están todavía un poco mejor que yo. Sin duda, lo están. Eso se lo puedo asegurar. Porque yo llevo ya más de tres meses despertándome todas las madrugadas a las cuatro de la mañana dando voces y maldiciendo mi suerte a causa de una pesadilla que se repite hasta la extenuación. Y, luego, no me quedo mejor, porque lo que he soñado no me parece ni una tontería, ni una ridiculez para sobresaltar a los infantes. Me quedo oculto bajo las sábanas, temblando, esperando a que los primeros rayos de sol se cuelen por las rendijas de la persiana para levantarme y dejar el campo de batalla hasta nueva orden.
Mi pesadilla no puede ser más simple, ni puede estar más clara: una noche tras otra, familiares y amigos muertos me visitan con cara de consternación para avisarme, para que me prepare para la llegada del fin del mundo. Esto se acaba, me dicen, preocupados supongo que por mí, que a ellos ya les debería dar lo mismo, y me aseguran, serios y contritos, que la llegada del fin del mundo será en 2027, en fecha que no se atreven a concretar más porque aún no se puede precisar si será en junio o julio. Yo trato de preguntarles cómo me puedo preparar para tan magno acontecimiento, pero es inútil porque no me salen las palabras cuando lo intento y me quedo sumido en la incertidumbre.
He tratado de buscar consuelo entre mis allegados contándoles la naturaleza de mis sueños y la revelación que se me ha trasmitido. La mayoría me dice que no me preocupe, que ya se sabe que, si la mente va por libre, cuánto más el subconsciente y que trate de tomarme unas vacaciones para limitar el estrés y aumentar la serotonina; algunos, incluso, me han sugerido que visite a un psiquiatra para que me trate con psicofármacos la obsesión. Pero sus consejos no me sirven: cada noche vuelvo a tener las mismas visitas y me vuelen a recomendar que prepare (¿mi alma?, ¿mi cuerpo?) para el advenimiento del fin de los tiempos. A mí me gustaría no acordarme de nada cuando me despierto, pero, luego, durante el día, las noticias de la televisión, de la radio, no hacen más que recordarme lo que sueño por las noches, que el mundo está muy torcido. Yo, por si acaso, ya les doy también a ustedes por avisados.







