sábado, 28 de febrero de 2026

Júbilo

 

   Creo que me había levantado de mal café después de unos días en que las noticias son a cada cuál peor, que uno no vive tantos años para que de repente, por unos millones más o unos misiles de menos, el mundo se vaya convirtiendo sin que nadie lo detenga en un terreno pantanoso en que pronto no crecerá nada digno. No me voy a detener en los numerosos motivos que veo y sufro para sentirme más que avergonzado, indignado, consternado, horrorizado, de pertenecer a una civilización, hasta hace poco globalizada, que se comporta peor que lo que lo hacían las tribus de tiempos pasados: a las puertas de una guerra total por los intereses económicos de unos cuantos tipos pijos y ricos, de esos que saben que lo mejor que pueden hacer con el dinero que les sobra es chantajear a los demás hasta quedarse con todos los recursos para su beneficio personal, los ciudadanos de a pie poco podemos hacer para frenar la progresiva escalada de amenazas (guerras, hambrunas, injusticias, totalitarismos…) que van camino de cristalizarse en una realidad distópica.

   Digo que me había levantado de mal café. Me imaginaba a todos esos que me acusan habitualmente de estar enfadado con el mundo y de ver la realidad más turbia de lo que es diciéndome que procurara ser más positivo, centrarme en las cosas buenas que muestra la publicidad y tratara de disfrutar alegremente, incluso sin pensar, de la existencia. Algunos hasta me recomendarían un loquero que me administrara una pastillita azul o roja, o las dos, para que volara por los espacios de mi mente como un pajarito feliz y no como un ave de mal agüero. Y es que a la mayoría lo que les disgusta es que los otros estén de mal café, seguramente porque no quieren verse enfrentados a un espejo delator que distorsiona la imagen idealizada que de su propia vida, satisfecha, burguesa, conformista, proyectan como quien posa con morritos y labios seductores para colgar una instantánea más que vulgar en las redes sociales.

   Pero ya se me ha pasado el enfado. Ahora las noticias siguen siendo igual de malas, o eso supongo, pero he decidido ignorarlas por activa: ha bastado desenchufar el descodificador de la televisión, apagar el mando de la radio y dejar que la batería del móvil se descargue para desembarcar en una mañana soleada, gélida y pacífica en la que cantan los mirlos del parque y corretean felices las criaturas con sus juguetes nuevos. Yo he quedado con dos amigos para tomarnos un café y celebrar la jubilación que les ha traído la nochevieja mientras se tomaban, sin atragantarse, las uvas de la suerte. No se debería celebrar nada de mal café, decía mi madre, a la que la cafeína le volvía loca y a la que tuvo que renunciar desde muy pronto porque le afectaba negativamente a su sistema circulatorio. Y eso mismo pienso yo, por lo que me he puesto en modo preinteligencia artificial y prerredes sociales para disponerme a compartir un rato de felicidad con mis amigos, esos que por su edad también han conocido tiempos remotos en que no teníamos teléfono, ropa de más, dinero, ni obsesión por acumular aparatejos tecnológicos que a menudo acaban en cajones donde duermen el sueño de los justos.

   Mis amigos son dos personas magníficas, claro. Después de más de cuarenta y cinco años trabajando, al fin han conseguido jubilarse a los sesenta y cinco, algo que poco a poco va a ser tan difícil como acertar la primitiva o descubrir la identidad de los poseedores de cuentas opacas en Suiza. Una bicoca para muchos que, claro, no piensan en los dieciséis mil días en que mis amigos han estado esforzándose con mejor o peor salud para levantar en este país un estado democrático, competitivo y solidario, algo que han hecho no solo con su trabajo, sino también con sus impuestos, su activismo social y cultural y su implicación política. Hoy, como contrapartida, pueden quedar conmigo, jubilado como ellos, para tomarse el café y mirar tanto para atrás como para adelante, a ser posible sin miedos.

   Como veterano en estas lides de la jubilación me toca educarles para que disfruten al máximo de su nueva vida. Lo primero, les digo, es que no presten oídos a todos los agoreros que pronostican el fin de su nueva situación; ha habido adivinadores de todo pelaje y condición anunciando el fin del mundo desde el año mil por lo menos y aquí estamos todavía, sin que nos hayan herido todavía las espadas flamígeras de los supuestos ángeles del infierno. Lo segundo, les aconsejo, es que no discutan con tontos, que es perder el tiempo: da igual que argumentes o no, que razones o disparates como don Quijote, que te inventes los razonamientos o los plagies, que el idiota seguirá repitiendo como un bot generado cibernéticamente el mantra para el que está programado hasta el agotamiento. Y lo tercero, les conmino, es a vivir de prisa y a dejar no un bonito cadáver, que para eso ya no es momento, sino agotadas las cuentas bancarias y, si es posible, un préstamo impagado en el banco de miles de euros que no pueda abonar nadie nunca jamás.

  Y por eso ya no estoy de mal café, la verdad. Que nos hemos conjurado los tres amigos, como si fuéramos los tres tenores, los tres mosqueteros, los tres reyes magos, las tres gracias de Rubens o los tres cerditos del cuento, para no permitir que nos avasallen por pertenecer de pleno derecho a la tercera edad y para gastarnos en vino y en cerveza la paga mensual que vamos a seguir recibiendo hasta que nuestro último médico nos certifique el fallecimiento por fallo cardiaco. O, mejor aún, para gastarnos en farmacia y viajes la paga mensual, para que dicha certificación tarde más de cuatro lustros y podamos resarcirnos de todo lo que hemos sacrificado por un país que sigue siendo nuestro.

lunes, 5 de enero de 2026

Unos y ceros

 


   El tiempo pasa tan deprisa…, o tan lento..., según se mire, que hoy es ayer, y mañana, también es pasado. En estas profundidades estoy yo divagando mientras como un yogur desgrasado, que a lo mejor fue yogur ayer, pero desde luego hoy ya no lo es, porque solo le ha quedado lo que no le aprovecha a un cuerpo harto de alimentos que no tienen nutrientes, grasas ni sacramentos. ¡Qué nostalgia de otros tiempos! ¡Sobre todo de los futuros, de esos que afortunadamente no conocemos y nos aportan ansiedad y esperanza a partes iguales! ¡Qué más da que en breve sean también un recuerdo, uno tan malo como todos los demás que ya hemos vivido y desaprovechado, si hasta que llega tiene el encanto de lo que está por estrenar y parece que pudiera llegar para remediarnos la angustia vital y el insomnio!

   De niño hubiera querido ser astronauta o filósofo. Hubiera querido, digo, de no haber sabido que tales oficios estaban vedados para la gran mayoría por imperativo legal. Veíamos en las películas antiguas a héroes de todo tipo salvando al mundo de enemigos poderosos y admirábamos en secreto a todos aquellos espías dobles, policías rebeldes, bomberos indisciplinados y militares arrojados, cuya temeridad estaba a la altura de su astucia, su valor a la par que su ética. Pero, hijos de otra época, sin duda menos épica e idealista, nos teníamos que conformar con crecer sabiendo que nuestro papel social se limitaba a mirar por la ventana, pasear por las calles sin rumbo fijo y dormir sin sueño para matar al aburrimiento. Con tales horizontes, no es de extrañar que en nuestra infancia ya no quisiéramos ser nada de nada, pues solo los hijos de los muy afortunados, uno de cada cien mil, tendría un oficio, un trabajo, un sueldo y un poder que perpetuar en sus vástagos. Así que nuestros padres nos educaban para que no quisiéramos ser nada el día de mañana, para que fuéramos como ellos, mientras nosotros en secreto envidiábamos en la pantalla a cuantos tenían un destino y el don de la rebeldía en los genes.

   Nuestro estado de desilusión es producto de nuestras circunstancias, por supuesto. No crean ustedes que nosotros nacimos sin sangre en las venas. Pero a ver quién es el guapo que arremete contra un sistema que te anula del derecho y del revés desde que empiezas a entender lo que te rodea y sale incólume de la colisión con el gran aparato… Domesticados, eso es lo que estamos. Como los gatos. Casi como los cerdos en sus pocilgas: no nos falta el alimento, no tenemos nada que hacer en toda nuestra santa vida más que verla pasar sin objeto e individualmente no contamos para nada hasta el día de nuestra muerte. A diferencia de los cerdos, nosotros no servimos en absoluto, excepto por nuestra labor reproductora, que, por motivos obvios, está limitada al máximo y controlada por unos algoritmos que se escapan a nuestra comprensión. Dicen que hubo un tiempo en que los superordenadores no dominaban el mundo, que estaban bajo el control de los humanos y que las decisiones, muchas de ellas tan estúpidas como los individuos que las tomaban, eran desconcertantes y hasta creativas; pero todo eso fue mucho antes de que nacieran mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos, es decir, en un tiempo mítico y remoto que seguramente tendrá más de ficción que de realidad.

   Con el acceso prohibido a los antiguos fondos de bibliotecas y de archivos digitales, sin conexión plus a la red de datos y careciendo de medios económicos para comprar en el mercado negro los últimos programas de conocimiento inmediato, la mayoría nos pasamos el tiempo especulando sobre el tiempo, el sentido de la vida, la materialidad de lo digital y la espiritualidad de lo físico, dando vueltas a ideas recurrentes y baldías, como las que da un ventilador para enfriar un procesador de datos.

   Nuestras vidas carecen de todo interés. También de ánimo. Son rutinarias, baldías, insuficientes… El sistema nos facilita unos medios básicos, casi precarios: viviendas obsoletas y tristes, que en nada se parecen a los modernos rascacielos bunkerizados donde viven las élites con sus privilegios, y un ingreso mínimo vital que a veces da y otras no para alimentos, ropa y artículos de higiene. A falta de trabajo y de oportunidades en un mundo en que todas las tareas las realizan las máquinas y todas las necesidades las gestionan ellas con programas tan sofisticados que solo los pueden mejorar con análisis de datos que necesitan cálculos casi infinitos y que monopolizan con exhaustividad, nosotros nacemos, comemos mal, nos aburrimos, nos reproducimos (si nos dan permiso) y nos morimos, mientras la vida pasa sin nosotros y nosotros cruzamos un páramo de días y de noches en los que nada puede consolarnos de una vida sin sentido ni propósito.

   El tiempo pasa tan deprisa, o tan lento, según se mire, que poco importa ya si es ayer, hoy o mañana, porque todos los días son idénticos los unos a los otros y no aportan nada. Son como unos puestos en fila de forma infinita en un teclado: hay un momento en que ya no ves más que unos y a la vez ninguno te importa lo más mínimo porque nadie se puede acostumbrar nunca a ver un uno tras otro infinitamente, orgánicamente, aburridamente. Claro que uno desea que de vez en cuando haya algo diferente, algo que no sea un uno, porque de la variedad surge el ímpetu, la ilusión y el coraje. ¡Pero si hasta los ordenadores basan su lenguaje en una dualidad de unos y ceros…!

  En todo esto pienso mientras le doy vueltas con una cucharilla al yogur desgrasado que me acompaña en este momento continuo y siento la necesidad de hacer algo que no sé concretar, algo que me crea una angustia y una nostalgia que se viene conmigo por la noche a la cama y de día me atormenta en mi vagabundeo por la calle…


 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Tres lecciones de resiliencia

 

 


 

 

TRES LECCIONES DE RESILIENCIA

 

 

EN EL PARQUE

 

A estas horas no viene nadie.

Hay una placidez durante la noche

que resulta imposible a la luz del sol,

cuando los monstruos campan a sus anchas.

 

He elegido su banco favorito, el especial,

el que nos niegan a los que son como yo,

para escribir sus nombres y apellidos

uno por uno,

concienzudamente,

para que no quede duda, mientras dure la madera

y la lluvia no borre los trazos de mi pulso,

de quiénes son los acosadores, las fieras,

los energúmenos que nos gritan en las calles

y nos insultan en las redes.

 

He calculado mal,

seguramente no será suficiente.

Tendría que haber escogido un banco

mucho más grande.

 

 

CUERPOS

 

Me esfuerzo inútilmente en el gimnasio,

hago dieta discontinua de forma continuada,

me aplico cremas hidratantes y antiarrugas,

elimino todos los pelos del cuerpo con saña.

 

El espejo siempre denuncia mis miserias:

no estoy tan musculado como los actores

de Hollywood,

mi barriga no luce los abdominales

de un futbolista,

mi cara muestra el acné y las impurezas

de cualquier adolescente,

mis folículos pilosos se rebelan

y revelan, para mi vergüenza,

al austrolopithecus que me habita.

 

No quiero ser el gordito gracioso

de las series,

el simpático y triste amigo gay

que se queda compuesto y sin novio.


 

 

PORNOGRAFÍA

 

Mi profesor de historia del instituto

se indigna cuando llego en pantalón corto

y me lanza pullas, cada vez más hirientes,

por llevar camisetas ceñidas y sin mangas.

 

A él no debería importarle cómo visto,

ni si llevo herrajes en los pantalones

o un piercing nuevo en la lengua o en la axila.

Al ser una escuela pública, no hay uniforme.

Las chicas también visten como quieren:

enseñan sus ombligos a los héroes del 2 de mayo,

lucen sus muslos rotundos bajo las minifaldas

y no disimulan los tirantes de sus sujetadores.

Contra ellas no hay inquina, no muestra indignación:

bastante tiene con contener la baba.

 

La doble vara de medir,

el odio que se disfraza de chiste ingenioso,

la falta de respeto por la libertad que me niega:

eso es lo pornográfico.

 

 (Este poema ha obtenido el XIII Premio Internacional de Poesía "María Eloísa García Lorca" en Melilla 2025 que anualmente convoca y concede la Unión Nacional de Escritores de España)