domingo, 6 de septiembre de 2026

Inflamación


   Con el fin del verano vuelven las monsergas de siempre a colarse en nuestra vida, repitiendo una y otra vez los tópicos que desde siempre nos han acompañado: el regreso al colegio, el reencuentro (aborrecido y aborrecible) con los compañeros de trabajo, la necesidad de aprender inglés, la idoneidad de empezar un coleccionable (piedras, coleópteros o barcos de vapor) y la conveniencia de apuntarse al gimnasio, a ver si este año no pinchamos a los tres días y amortizamos el gasto en forma de barriguita menguante.

   La llegada del otoño anticipa un tiempo de posibilidades que nos enfada tanto como nos inquieta: nos cabrea porque ya lo hemos vivido antes y conocemos que el fracaso llega en forma de tableta de turrón y que lo masticaremos más de lo que deberíamos sin saber inglés y sin haber recuperado la línea; nos inquieta porque nos han convencido con esa frase que tanto daño ha hecho: “si quieres, puedes” y, claro, así el fracaso, de llegar, siempre es personal e intransferible, pues no has sido lo suficientemente tenaz, disciplinado, firme ni constante. El mundo es perfecto; el imperfecto eres, sin duda, tú.

   Entre las novedades que traen los tiempos este año se ha colado en la publicidad una palabra que se repite en medicamentos, recetas de cocina, anuncios de supermercados, libros pseudosesudos de medicina y de autoayuda… Seguramente usted también la ha escuchado ya y hasta es posible que haya sucumbido a sus cantos de sirena, pues cómo resistirse a las modas y a las campañas de desinformación masiva. La palabreja es, como ya habrá adivinado por el título arriba destacado, inflamación. Y, según parece, se ha convertido en un enemigo silencioso que nos ha invadido sin darnos cuenta y nos ha convertido en seres hinchados y semi gaseosos.

   Como yo no estoy dispuesto a mi edad a ir haciendo enemigos nuevos, me puse en modo crítico al respecto, incluso aunque cupiera la posibilidad de que lo que se me hincharan al final fueran otras partes, nobles o no según se mire, de mi noble naturaleza. Resulta que la inflamación es una alteración patológica que cursa con enrojecimiento, calor, hinchazón y dolor. Y resulta también que, según siempre esos expertos en convertirnos en enfermos sin serlo, ahora, de golpe y porrazo, todos estamos inflamados y tenemos que medicarnos, tomar suplementos y comer crudités y hierbajos para no sufrir de tamaña plaga bíblica. Así que a la peña supuestamente enferma, tan obediente como terraplanista, le ha dado por mirarse a la barriga y tratar de encontrarse de nuevo el ombligo.

   No seré yo quien tire la primera piedra contra la inflamación. Me pregunto qué pensarían mis bisabuelos, mis abuelos y mis padres, de esta estupidez propiciada por las farmacéuticas y los influencers, y no me cabe duda de que se pasarían horas y horas riéndose, lo que sin duda es más sano que pasarse el día despotricando contra los monigotes de la televisión y los bots de las redes sociales. Tal vez, si fuéramos capaces de tener más templanza, de ser más amables y sonreír más, de descubrir alguna gotita de felicidad en algún momento de nuestra jornada, de alimentarnos mejor y preocuparnos de verdad por los demás, tal vez, así, no llegaríamos a sentirnos inflamados, ni enfermos.

  Hace unos años una antigua amiga me invitó a comer en su casa y luego se empeñó en que nos diéramos un chapuzón en su piscina. Se puso un bikini de esos que apenas tapan nada y se exhibió ante mí como si fuera una adolescente. Me quedé de piedra cuando me preguntó qué me parecían sus abdominales, mientras yo le miraba la barriga cervecera que caía en cascada sobre su monte de Venus. Fue una situación tan absurda que apenas pude reprimir un golpe de risa y, claro, ella se enfadó por no haberle consultado al espejo de la madrastra de Blancanieves en vez de a mí. No llegó a preguntarme si yo pensaba que estaba gorda; eso habría sido ya demasiada humillación. No sé por qué, pero dejamos de tratarnos al poco. Estoy seguro, sin embargo, de que en este final de verano mi ex amiga será de las que se han apuntado a un carísimo programa de desinflamación, uno de esos que te vacían los bolsillos de dinero y el cerebro de neuronas.

  


viernes, 3 de julio de 2026

Flores en la nevera

 


 

FLORES EN LA NEVERA


Para que no me duela tu amor,

he puesto las fotos en la nevera,

 

las del día en que te conocí

tan joven

florecen donde las verduras y las frutas

 

las de nuestra boda

en la cajita de ahumados,

 

las de nuestros primeros hijos

junto a las hueveras de plástico

(no cojan frío)

 

las de nuestra separación

en el estante de las bebidas,

así mis lágrimas como vino espumoso

 

y las de tu muerte,

junto las flores de tu ramo de novia,

en la parte más alta

 

Qué más da

si ya no me alimento

sino de tu recuerdo

 

Echarás de menos

las fotos con tus desnudos

 

Perdóname,

esas duermen en el congelador

 

me daba miedo que se echaran a andar solas

y me buscaran de noche por la cama

 

 (Este poema pertenece a “Cuando abro la nevera, unas veces me encuentro el mar y otras a Venus insultando a Boticelli” que recibió en Quintanar del Rey en 2007 el Premio de Poesía Villa de Quintanar)



lunes, 22 de junio de 2026

Espejismos

 

   Recuerdo con cariño aquellas lecturas de niño en que las aventuras eran fantásticas y vivía como si fueran realidad los torpes intentos de los protagonistas para escapar de arenas movedizas, depredadores feroces y enemigos emboscados en lo más intrincado de la jungla, sudando con ellos, maldiciendo a los traidores, invocando a la suerte para una salvación por los pelos que siempre acababa por llegar, como la carga del quinto de caballería dispersaba a los sioux y reestablecía la paz en el fuerte en las películas de indios y vaqueros. Los héroes, a menudo, estaban a punto de sucumbir en un mundo hostil que los llevaba al límite y los lectores sufríamos con sus desgracias, nos compadecíamos de sus dificultades y deseábamos tener más años para ser más fuertes, más inteligentes y poder tenderles una mano firme y capaz. Poco importaba en el fondo que sobrevivieran por sí mismos sin necesidad de una ayuda que, sin duda, despreciarían de haberla conocido; nosotros los admirábamos y eso hablaba bien de nuestra integridad moral y de nuestra empatía. 

   Entre las aventuras más exóticas se encontraban las que ocurrían en las extensiones desérticas de los continentes de África o Asia, porque allí donde apenas podía prosperar la vida todo viajero abandonado o perdido se veía sometido a los rigores del calor, la sed y la muerte. Se mirase por donde se mirase, el horizonte solo mostraba arenas kilométricas sin resguardo del sol; al desgraciado que había caído en tal laberinto le esperaba un final agónico en el que, además, no faltarían los temibles espejismos: barcos que sobrenadaban las olas de un océano brillante, oasis de palmeras cimbreantes que anunciaban un estanque delicioso, caravanas de nómadas que recorrían la ruta de la seda comerciando… El moribundo, con sus últimas fuerzas, se empeñaría en alcanzarlos, tal vez para descubrir finalmente que estaba solo ante su destino, que nunca es en sí la propia muerte, sino el conocimiento que viene a coronar toda experiencia.

   Hace mucho que dejé de ser un niño y también de creer que todas las aventuras terminan con un final feliz. Más bien, estoy seguro de que casi todas acaban rematadamente mal y, las que no, son producto del azar o de la ignorancia más que de la justicia poética. Por eso, cada vez llevo peor las películas de acción en que el protagonista, porque casi siempre es un varón musculoso y descerebrado, con su audacia, ingenio y violencia, se sobrepone a un antagonista cien veces más fuerte y lo reduce a polvo sideral sin apenas más que sus puños, un subfusil de asalto, una ametralladora de repetición o una bomba nuclear de bolsillo, que de algo tienen que vivir los trabajadores de la industria armamentística. Y las llevo tan mal, que directamente no las veo, salvo un colapso emocional que me deje el sentido crítico debajo del sofá y sin fuerzas para recuperarlo.

   Con los libros que selecciono y leo no tengo ninguna cavilación, la verdad. Asumo que leer mayoritariamente clásicos de la literatura del siglo XIX o incluso del XX, me mantienen a salvo de las alucinaciones colectivas del XXI: un siglo este lleno de banalidades y ridiculeces que las diferentes industrias nos quieren vender como la quintaesencia de lo artístico o de lo comprometido y que nos obligan al consumo colectivo de comida basura, cantantes que no saben ni entonar y espectáculos de masas sin el menor gusto ni encanto. No acudir a esos eventos planetarios está en mi mano y los evito fácilmente, pues la masa se encarga de agotar en minutos las entradas puestas a la venta y contribuir al éxito mundial de los hacedores de ruido. Pero salvarme en mi propia casa de la idiotez de los tiempos es mucho más difícil, pues habría que mantenerse en ella como en el claustro de un convento para evitar toda contaminación del exterior: basta con encender la radio o poner la televisión, para que tu cocina, tu salón, tu dormitorio…, se llene de una fauna variada de tertulianos y similares que pontifican sobre lo sagrado y lo profano, sobre todo de lo profano, para tratar de ilustrarnos y hacernos comprender el verdadero sentido de los tiempos. Y en estas narraciones orales, que tanto se parecen a las de mis lecturas infantiles, siempre hay buenos y malos, protagonistas y antagonistas, que se enfrentan solos o con la ayuda más o menos legal de otros a todo tipo de aventuras de las que pretenden salir incólumes y con la anuencia del público.

  Encendida la televisión o la radio, ya no hay vuelta atrás: para tu consternación descubres que vives en un mundo que arde por los cuatro costados, se hunde en arenas pantanosas, se lo comen las grandes multinacionales y es destruido por la voracidad del consumo o la industria de la guerra; la gente no solo no se respeta, sino que se insulta, se provoca con chulería, golpea al vecino o es agredida por las fuerzas del supuesto orden hasta hacer florecer el odio en los pisos, las ciudades, las naciones y los continentes. Pero, al contrario que pasaba en aquellas novelas, nadie sensato espera que llegue el quinto de caballería, porque sin duda sería peor el remedio que la enfermedad.

   Con las últimas imágenes televisivas de una agresión criminal en plena calle a una ciudadana anónima, todavía con el horror inundando mi mente, salgo por obligación, que no por devoción, a hacer la compra al supermercado. Vigilante, recorro las calles, tratando de controlar de dónde vendrá el golpe inesperado, el robo con violencia, en esta tierra donde todo está fuera de control y la convivencia ya no es posible. Me sorprende el cinismo de la gente, que va caminando como si no pasara nada y hasta se saluda, se da palmaditas en la espalda y conversa con hipocresía con los demás, ocultando el odio que siente contra la humanidad en lo más profundo de su corazón. Si no fuera porque me lo cuentan por la radio y lo acabo de ver por la tele, me creería a pies juntillas este espejismo.