Es bonito cuando, así porque así, te dan un premio. Da lo mismo que pienses que no te lo mereces, que lo hayas estado buscando durante años con estrategias más o menos limpias, o que lo tengas que compartir con el mayor de tus enemigos, que siempre por supuesto es un señor al que tú consideras amortizado, cansino y muy limitado intelectualmente, como se observa en cuanto se le ve sonreír farisaicamente y tratar de esconder las plumas de pavorreal bajo la chaqueta raída y con visos que se pone para todas las ceremonias. Desde fuera, uno pensaría que es muy hermoso, después de mucho esfuerzo, horas de desvelo y un poco de ingenio, esperar al momento de recoger el galardón y de recibir los aplausos de la concurrencia, si no fuera porque generalmente los actos de entrega suelen pertenecer a dos tipos básicos y repetidos: los hay inflados de aire como globos aerostáticos, pomposos, jabonosos, pringosos hasta la mugre en su intento de hacer parecer valioso lo que no es sino un gasto más del presupuesto que hay que justificar; y los hay costrosos, miserables y tristes, tan chabacanos e improvisados, que parece que más que hacer justicia al arte se le está ajusticiando con un garrote vil que no funciona, así de agónico es su desarrollo y su dilatado final, mientras todos, autoridades incluidas, están deseando que se acabe el tormento para cenarse en casa un bocata de chorizo antes de que amanezca. Naturalmente, hay excepciones a lo ya dicho, pero son más escasas que los lectores de “El Quijote”.
Iba yo tan contento en estos días en que los libros salen a la calle, los escritores se exponen en tenderetes de un modo casi erótico, como algunas chicas aplicadas del barrio rojo de Amsterdam, y la cultura por una vez en el año tiene un aroma popular que no causa alergia ni sarpullidos, incluso entre los más reticentes al olor de la tinta, que no del tinto para ser fiel a la verdad, iba, digo, a una de estas ceremonias de entrega de premios a las que de vez en cuando me veo convocado por mis pecados, dudando si sería de las pomposas o de las costrosas. Si era de las primeras o de las segundas, juzgue el avisado lector, que para eso es tan listo y se atreve, entre otras cosas, a criticarme sin piedad sin apenas conocerme.
A esta entrega de premios habían convocado, sorprendentemente a más de la mitad de los presentados al certamen. Habían recurrido al sutil sistema de conceder tropecientos diplomas a una lista inabarcable de reyes godos y reinas vikingas, algunos, pocos, foráneos como yo, pero la mayoría, como el vinillo, de la propia tierra, que, además de bulto, daban color local y producían una alegre algarabía con sus saludos cariñosos y comentarios torcidos o maliciosos. Los premiados éramos, por lógica, menos en número, pero entre nosotros también había glorias locales que estaban dispuestas a captar en exclusiva la atención de los medios, que para eso conocían de toda la vida a los cronistas del evento y a los fotógrafos encargados de inmortalizarlo.
No puedo dejar de contar en este momento, que el concursito, internacional, no repartía dinero en metálico, ni una cesta con productos locales, ni siquiera un lote de libros de autores más o menos desconocidos, pese a lo que se habían presentado más de quinientos candidatos al diploma colectivo. Eso sí, la temática estaba limitada y se tenía que tratar, de forma original, creativa y sin recurrir a la inteligencia artificial, el tema del Sahara del modo y manera que a cada cual le diera el venazo. Bonita iniciativa, pensarán los más ingenuos, creyendo que el objetivo final era reivindicar el fin de la opresión de un pueblo sometido y no a la asociación local que lo promovía y que había sido debidamente financiada por la concejalía de turno.
Lo cierto y verdad, como dicen algunos redundantes, es que el Sahara apenas se nombró en toda la gala y no vi a nadie dispuesto a reivindicar nada que no fuera una foto, un apretón de manos o un trato deferente y preferente. La entrega de premios fue como todas en cuanto a discursos: muchos, largos, tediosos, con agradecimientos hasta el perro del hortelano y aplausos hasta la señorita que entregaba las bolsas que servían para promocionar la feria del libro. Allí hablaron todos, menos los autores, a los que no se nos pidió ni un saludo cuando salimos como figurantes a recoger los espantosos trofeos que luego no sabemos dónde esconder en nuestras casas; eso sí, a los autores locales, muchos, amigadísimos entre sí y dispuestos a hacer de esa jornada un acto de reivindicación, si no del Sahara, sí de su pluma, se les dejó decir algunas palabras a pecho descubierto que, de haber podido elegir, la musa hubiera preferido que nunca hubieran sido proferidas por su nula aportación a la cultura.
Para terminar acto tan emotivo y tan poco singular, los organizadores habían programado una actuación musical que pusiera un final apoteósico a la jornada literaria, así que nos dispusimos a disfrutar, al fin, de algo: una de las encargadas se fue a buscar a los músicos mientras nos animaba a esperar un momento, un momento, para volver cinco minutos después para contar que lo sentía mucho, que a los de Cáceres les faltaba cambiarse de ropa y que, mientras tanto, a lo mejor podíamos salir los premiados a leer nuestros textos para hacer tiempo. Solo le faltó, la verdad sea dicha, decir que la culpa de todo aquel desastre la tenían los cacereños, pero no se debió de atrever o tal vez ni siquiera se le ocurrió.
Y por mi parte, antes de que aquello fuera aún a peor y me salpicase más, me marché discretamente pensando en que si no es tan bonito recibir un premio como muchos creen, sí que resulta una experiencia ética, patética y peripatética.








