lunes, 22 de junio de 2026

Espejismos

 

   Recuerdo con cariño aquellas lecturas de niño en que las aventuras eran fantásticas y vivía como si fueran realidad los torpes intentos de los protagonistas para escapar de arenas movedizas, depredadores feroces y enemigos emboscados en lo más intrincado de la jungla, sudando con ellos, maldiciendo a los traidores, invocando a la suerte para una salvación por los pelos que siempre acababa por llegar, como la carga del quinto de caballería dispersaba a los sioux y reestablecía la paz en el fuerte en las películas de indios y vaqueros. Los héroes, a menudo, estaban a punto de sucumbir en un mundo hostil que los llevaba al límite y los lectores sufríamos con sus desgracias, nos compadecíamos de sus dificultades y deseábamos tener más años para ser más fuertes, más inteligentes y poder tenderles una mano firme y capaz. Poco importaba en el fondo que sobrevivieran por sí mismos sin necesidad de una ayuda que, sin duda, despreciarían de haberla conocido; nosotros los admirábamos y eso hablaba bien de nuestra integridad moral y de nuestra empatía. 

   Entre las aventuras más exóticas se encontraban las que ocurrían en las extensiones desérticas de los continentes de África o Asia, porque allí donde apenas podía prosperar la vida todo viajero abandonado o perdido se veía sometido a los rigores del calor, la sed y la muerte. Se mirase por donde se mirase, el horizonte solo mostraba arenas kilométricas sin resguardo del sol; al desgraciado que había caído en tal laberinto le esperaba un final agónico en el que, además, no faltarían los temibles espejismos: barcos que sobrenadaban las olas de un océano brillante, oasis de palmeras cimbreantes que anunciaban un estanque delicioso, caravanas de nómadas que recorrían la ruta de la seda comerciando… El moribundo, con sus últimas fuerzas, se empeñaría en alcanzarlos, tal vez para descubrir finalmente que estaba solo ante su destino, que nunca es en sí la propia muerte, sino el conocimiento que viene a coronar toda experiencia.

   Hace mucho que dejé de ser un niño y también de creer que todas las aventuras terminan con un final feliz. Más bien, estoy seguro de que casi todas acaban rematadamente mal y, las que no, son producto del azar o de la ignorancia más que de la justicia poética. Por eso, cada vez llevo peor las películas de acción en que el protagonista, porque casi siempre es un varón musculoso y descerebrado, con su audacia, ingenio y violencia, se sobrepone a un antagonista cien veces más fuerte y lo reduce a polvo sideral sin apenas más que sus puños, un subfusil de asalto, una ametralladora de repetición o una bomba nuclear de bolsillo, que de algo tienen que vivir los trabajadores de la industria armamentística. Y las llevo tan mal, que directamente no las veo, salvo un colapso emocional que me deje el sentido crítico debajo del sofá y sin fuerzas para recuperarlo.

   Con los libros que selecciono y leo no tengo ninguna cavilación, la verdad. Asumo que leer mayoritariamente clásicos de la literatura del siglo XIX o incluso del XX, me mantienen a salvo de las alucinaciones colectivas del XXI: un siglo este lleno de banalidades y ridiculeces que las diferentes industrias nos quieren vender como la quintaesencia de lo artístico o de lo comprometido y que nos obligan al consumo colectivo de comida basura, cantantes que no saben ni entonar y espectáculos de masas sin el menor gusto ni encanto. No acudir a esos eventos planetarios está en mi mano y los evito fácilmente, pues la masa se encarga de agotar en minutos las entradas puestas a la venta y contribuir al éxito mundial de los hacedores de ruido. Pero salvarme en mi propia casa de la idiotez de los tiempos es mucho más difícil, pues habría que mantenerse en ella como en el claustro de un convento para evitar toda contaminación del exterior: basta con encender la radio o poner la televisión, para que tu cocina, tu salón, tu dormitorio…, se llene de una fauna variada de tertulianos y similares que pontifican sobre lo sagrado y lo profano, sobre todo de lo profano, para tratar de ilustrarnos y hacernos comprender el verdadero sentido de los tiempos. Y en estas narraciones orales, que tanto se parecen a las de mis lecturas infantiles, siempre hay buenos y malos, protagonistas y antagonistas, que se enfrentan solos o con la ayuda más o menos legal de otros a todo tipo de aventuras de las que pretenden salir incólumes y con la anuencia del público.

  Encendida la televisión o la radio, ya no hay vuelta atrás: para tu consternación descubres que vives en un mundo que arde por los cuatro costados, se hunde en arenas pantanosas, se lo comen las grandes multinacionales y es destruido por la voracidad del consumo o la industria de la guerra; la gente no solo no se respeta, sino que se insulta, se provoca con chulería, golpea al vecino o es agredida por las fuerzas del supuesto orden hasta hacer florecer el odio en los pisos, las ciudades, las naciones y los continentes. Pero, al contrario que pasaba en aquellas novelas, nadie sensato espera que llegue el quinto de caballería, porque sin duda sería peor el remedio que la enfermedad.

   Con las últimas imágenes televisivas de una agresión criminal en plena calle a una ciudadana anónima, todavía con el horror inundando mi mente, salgo por obligación, que no por devoción, a hacer la compra al supermercado. Vigilante, recorro las calles, tratando de controlar de dónde vendrá el golpe inesperado, el robo con violencia, en esta tierra donde todo está fuera de control y la convivencia ya no es posible. Me sorprende el cinismo de la gente, que va caminando como si no pasara nada y hasta se saluda, se da palmaditas en la espalda y conversa con hipocresía con los demás, ocultando el odio que siente contra la humanidad en lo más profundo de su corazón. Si no fuera porque me lo cuentan por la radio y lo acabo de ver por la tele, me creería a pies juntillas este espejismo.

viernes, 29 de mayo de 2026

Los de Cáceres

 

   Es bonito cuando, así porque así, te dan un premio. Da lo mismo que pienses que no te lo mereces, que lo hayas estado buscando durante años con estrategias más o menos limpias, o que lo tengas que compartir con el mayor de tus enemigos, que siempre por supuesto es un señor al que tú consideras amortizado, cansino y muy limitado intelectualmente, como se observa en cuanto se le ve sonreír farisaicamente y tratar de esconder las plumas de pavorreal bajo la chaqueta raída y con visos que se pone para todas las ceremonias. Desde fuera, uno pensaría que es muy hermoso, después de mucho esfuerzo, horas de desvelo y un poco de ingenio, esperar al momento de recoger el galardón y de recibir los aplausos de la concurrencia, si no fuera porque generalmente los actos de entrega suelen pertenecer a dos tipos básicos y repetidos: los hay inflados de aire como globos aerostáticos, pomposos, jabonosos, pringosos hasta la mugre en su intento de hacer parecer valioso lo que no es sino un gasto más del presupuesto que hay que justificar; y los hay costrosos, miserables y tristes, tan chabacanos e improvisados, que parece que más que hacer justicia al arte se le está ajusticiando con un garrote vil que no funciona, así de agónico es su desarrollo y su dilatado final, mientras todos, autoridades incluidas, están deseando que se acabe el tormento para cenarse en casa un bocata de chorizo antes de que amanezca. Naturalmente, hay excepciones a lo ya dicho, pero son más escasas que los lectores de “El Quijote”.

   Iba yo tan contento en estos días en que los libros salen a la calle, los escritores se exponen en tenderetes de un modo casi erótico, como algunas chicas aplicadas del barrio rojo de Amsterdam, y la cultura por una vez en el año tiene un aroma popular que no causa alergia ni sarpullidos, incluso entre los más reticentes al olor de la tinta, que no del tinto para ser fiel a la verdad, iba, digo, a una de estas ceremonias de entrega de premios a las que de vez en cuando me veo convocado por mis pecados, dudando si sería de las pomposas o de las costrosas. Si era de las primeras o de las segundas, juzgue el avisado lector, que para eso es tan listo y se atreve, entre otras cosas, a criticarme sin piedad sin apenas conocerme.

   A esta entrega de premios habían convocado, sorprendentemente a más de la mitad de los presentados al certamen. Habían recurrido al sutil sistema de conceder tropecientos diplomas a una lista inabarcable de reyes godos y reinas vikingas, algunos, pocos, foráneos como yo, pero la mayoría, como el vinillo, de la propia tierra, que, además de bulto, daban color local y producían una alegre algarabía con sus saludos cariñosos y comentarios torcidos o maliciosos. Los premiados éramos, por lógica, menos en número, pero entre nosotros también había glorias locales que estaban dispuestas a captar en exclusiva la atención de los medios, que para eso conocían de toda la vida a los cronistas del evento y a los fotógrafos encargados de inmortalizarlo.

   No puedo dejar de contar en este momento, que el concursito, internacional, no repartía dinero en metálico, ni una cesta con productos locales, ni siquiera un lote de libros de autores más o menos desconocidos, pese a lo que se habían presentado más de quinientos candidatos al diploma colectivo. Eso sí, la temática estaba limitada y se tenía que tratar, de forma original, creativa y sin recurrir a la inteligencia artificial, el tema del Sahara del modo y manera que a cada cual le diera el venazo. Bonita iniciativa, pensarán los más ingenuos, creyendo que el objetivo final era reivindicar el fin de la opresión de un pueblo sometido y no a la asociación local que lo promovía y que había sido debidamente financiada por la concejalía de turno.

  Lo cierto y verdad, como dicen algunos redundantes, es que el Sahara apenas se nombró en toda la gala y no vi a nadie dispuesto a reivindicar nada que no fuera una foto, un apretón de manos o un trato deferente y preferente. La entrega de premios fue como todas en cuanto a discursos: muchos, largos, tediosos, con agradecimientos hasta el perro del hortelano y aplausos hasta la señorita que entregaba las bolsas que servían para promocionar la feria del libro. Allí hablaron todos, menos los autores, a los que no se nos pidió ni un saludo cuando salimos como figurantes a recoger los espantosos trofeos que luego no sabemos dónde esconder en nuestras casas; eso sí, a los autores locales, muchos, amigadísimos entre sí y dispuestos a hacer de esa jornada un acto de reivindicación, si no del Sahara, sí de su pluma, se les dejó decir algunas palabras a pecho descubierto que, de haber podido elegir, la musa hubiera preferido que nunca hubieran sido proferidas por su nula aportación a la cultura.

   Para terminar acto tan emotivo y tan poco singular, los organizadores habían programado una actuación musical que pusiera un final apoteósico a la jornada literaria, así que nos dispusimos a disfrutar, al fin, de algo: una de las encargadas se fue a buscar a los músicos mientras nos animaba a esperar un momento, un momento, para volver cinco minutos después para contar que lo sentía mucho, que a los de Cáceres les faltaba cambiarse de ropa y que, mientras tanto, a lo mejor podíamos salir los premiados a leer nuestros textos para hacer tiempo. Solo le faltó, la verdad sea dicha, decir que la culpa de todo aquel desastre la tenían los cacereños, pero no se debió de atrever o tal vez ni siquiera se le ocurrió.

   Y por mi parte, antes de que aquello fuera aún a peor y me salpicase más, me marché discretamente pensando en que si no es tan bonito recibir un premio como muchos creen, sí que resulta una experiencia ética, patética y peripatética. 

viernes, 15 de mayo de 2026

El fin del mundo

 

   Hasta hace poco, a la hora de acostarme, tenía la ilusión, acompañada por la experiencia, de que mis horas de sueño serían más que placenteras. Era agradable sentir el tacto de las sábanas, el acomodo de la cabeza en la almohada, que te acogía y se adaptaba a ti como un guante, la caída progresiva en el mundo del subconsciente, no sin antes pasar por un momento desconcertante de pensamientos absurdos y huidizos. La entrada en el mundo de lo onírico tenía un no sé qué de emocionante, pues muchas de mis ensoñaciones eran como esas comedias clásicas en que los personajes pasan por infinidad de peripecias que siempre consiguen superar con total satisfacción. Despertarse de una noche intensa y grata no deja de ser un privilegio, un golpe de fortuna, que te capacita generosamente para enfrentar con ánimo y fortaleza una nueva jornada. De hecho, el mundo a las ocho de la mañana presenta dos tipos de personas en su muestrario: los que han dormido mal y tienen que tirar de café en vena y los que han descansado bien y producen envidia a los demás.

   Pero, ahora, ya ven, mi relación con las horas nocturnas no es tan fluida ni tan grata. Me acuesto temiendo las horas venideras, el paisaje infernal que me va a acompañar hasta la madrugada, duerma o no. Las horas de vigilia son desagradables: la cabeza no para de darle vueltas a todo tipo de asuntos, como si fuera una agenda y tuviera que cuadrar cada detalle, cortar cada fleco, cerrar todos los melones que ha abierto y no ha sido capaz de comer o de tirar al cubo de la basura. Y son largas, largas como las tardes de domingo de la infancia, cuando el tiempo se extendía tanto, tanto, que podrías haber merendado siete veces antes de las seis. La horas de sueño, sin embargo, no son mejores: después de mucho rato para encontrar la posición adecuada y poder ignorar casi por completo los dolores de las articulaciones y de los huesos, cuando por fin me dejo vencer por el cansancio y la fisiología me arrastra, cuando espero que el sueño sea tan profundo y reparador que me despierte fresco como una lechuga, lo que consigo es un carrusel de pesadillas en el que se disputan mi atención una colección de fantasmas y de miedos que me sobresaltan hasta acabar gritando a deshoras con las manos sudadas y los pies fríos.

   Y es que los sueños, las pesadillas, tienen un carácter real mientras los vives. Casi nunca desconfías de ellos, porque están llenos de detalles, de curiosas imágenes que a veces has visto hace años y que ya habías olvidado, aunque otras te son ajenas y, contradictoriamente, te parecen conocidas, cuando no más que sabidas. Uno navega entre los sueños en un mundo imaginario, levemente real, levemente imposible, y trata de no naufragar en los peligros que le acechan detrás de cada puerta cerrada, de cada abismo, de cada fiera salvaje que te salta al cuello y te clava las fauces hasta dejarte sin respiración. Que luego, una vez despiertos, nos parezcan tonterías, ridiculeces para asustar niños, es lógico, porque si de algo adolece nuestra existencia contemporánea es precisamente de falta de emoción, de tensión narrativa.

   Decía que, ahora, mis horas nocturnas no son tan plácidas como lo eran antes, pero no he explicado todavía por qué. Y me los imagino a ustedes con la mosca tras la oreja, haciendo todo tipo de cábalas, considerando mis años y mi estado de salud, tratando de compararse conmigo para ver si, para su fortuna, están todavía un poco mejor que yo. Sin duda, lo están. Eso se lo puedo asegurar. Porque yo llevo ya más de tres meses despertándome todas las madrugadas a las cuatro de la mañana dando voces y maldiciendo mi suerte a causa de una pesadilla que se repite hasta la extenuación. Y, luego, no me quedo mejor, porque lo que he soñado no me parece ni una tontería, ni una ridiculez para sobresaltar a los infantes. Me quedo oculto bajo las sábanas, temblando, esperando a que los primeros rayos de sol se cuelen por las rendijas de la persiana para levantarme y dejar el campo de batalla hasta nueva orden.

  Mi pesadilla no puede ser más simple, ni puede estar más clara: una noche tras otra, familiares y amigos muertos me visitan con cara de consternación para avisarme, para que me prepare para la llegada del fin del mundo. Esto se acaba, me dicen, preocupados supongo que por mí, que a ellos ya les debería dar lo mismo, y me aseguran, serios y contritos, que la llegada del fin del mundo será en 2027, en fecha que no se atreven a concretar más porque aún no se puede precisar si será en junio o julio. Yo trato de preguntarles cómo me puedo preparar para tan magno acontecimiento, pero es inútil porque no me salen las palabras cuando lo intento y me quedo sumido en la incertidumbre.

   He tratado de buscar consuelo entre mis allegados contándoles la naturaleza de mis sueños y la revelación que se me ha trasmitido. La mayoría me dice que no me preocupe, que ya se sabe que, si la mente va por libre, cuánto más el subconsciente y que trate de tomarme unas vacaciones para limitar el estrés y aumentar la serotonina; algunos, incluso, me han sugerido que visite a un psiquiatra para que me trate con psicofármacos la obsesión. Pero sus consejos no me sirven: cada noche vuelvo a tener las mismas visitas y me vuelen a recomendar que prepare (¿mi alma?, ¿mi cuerpo?) para el advenimiento del fin de los tiempos. A mí me gustaría no acordarme de nada cuando me despierto, pero, luego, durante el día, las noticias de la televisión, de la radio, no hacen más que recordarme lo que sueño por las noches, que el mundo está muy torcido. Yo, por si acaso, ya les doy también a ustedes por avisados.

 

lunes, 27 de abril de 2026

Himnos

 

   Me siento frente al televisor. No ha sido ésta una buena semana y los noticiarios se han enfangado con numerosos acontecimientos, a cada cual más catastrófico, y han conseguido, por lo que veo a mi alrededor, sembrar el miedo y la desesperanza hasta en los más escépticos: calamidades climáticas, inseguridad económica, inestabilidad social y política, guerras interminables e indefensión de las masas…, es todo cuanto alcanzamos a atisbar en el horizonte. Ni loco se me ocurriría en este contexto elegir una película distópica de ciencia-ficción, que bastante tengo ya con este mundo desquiciado, ni una tertulia de especialistas en la ropa interior que llevaba en los noventa cierta cantante gafe y algo choricilla, que ladrones los ha habido siempre y Pilatos también, ni, mucho menos, un canal de esos que llenan su programación con noticias sin fin y que repiten más que el pepino en el gazpacho. Para sufrir, me digo sin la más mínima culpa al respecto, siempre hay tiempo.

   Elijo, conscientemente, un canal de deportes en el que se va a retransmitir en directo una final europea. No importa de qué especialidad, la verdad, porque estos eventos son previsibles: se repiten cada cierto tiempo, está tasada su duración y, al final, solo cabe la victoria para uno de los contendientes y la derrota para el otro. Visto desde fuera, sin fanatismo, resulta un plan de lo más pacificador, pues durante dos horas todo cuanto ocurra en la cancha estará previamente definido y será sancionado para bien o para mal según el reglamento indique. En esa placidez, cuando uno no es un hincha de esos a los que se les revienta una vena del cuello de puro forofismo, alguien como yo podría dormitar las dos horas sin que nada de lo que apareciera en la pantalla le importase un pimiento.

   El espectáculo empieza como debe ser, con los dos equipos respetuosamente formados en fila para escuchar los himnos nacionales. El primero que suena, no importa ahora de qué país, es una marcha militar, que es bien conocido el gusto que tienen las naciones en general por la marcialidad y los desfiles de fuerzas armadas de todo tipo. Los seguidores de ese equipo, puestos en pie, con la mano derecha sobre el corazón, siguen la melodía bélica mientras corean a voz en grito la letra, una letra que habla de victorias, supervivencia, madres, guerras y mares. Siempre me sorprende la vehemencia de sus voces y de sus actitudes, sobre todo porque, me parece, si resulta muy difícil poner de acuerdo en algo a los miembros de una familia, ¿cómo lo han podido conseguir con toda una nación para cantar la misma letra? Sobre todo, cuando la letra del himno es tan rancia como ridícula (se entenderá ahora por qué no quise nombrar antes al país; si alguien se da por ofendido, lo siento en el alma, pero nada podría estar más lejos de mi intención que un conflicto internacional).

   Viene después el himno español, con idénticas actitudes por parte de los jugadores seleccionados y de los aficionados en las gradas: caras pintadas de rojo y gualda, camisetas y gorros chillones, la mano también en el pecho y algún bombo para dar color local a la grabación enlatada. En todo serían intercambiables con sus contrincantes, pues la parafernalia es la misma; solo cambian los colores de cada bando y, claro está, un pequeño detalle: el himno español, mientras suena, no viene acompañado por los cantos de los jugadores, que permanecen serios, concentrados y mudos. No así sus incondicionales, que se arrancan a cantar, a silabear, el himno marcial, con un fervor encomiable: unos con la sílaba “la”, otros con la “lo” y otros con la combinación de “chin” y “ta”, a lo que yo me quedo perplejo, pues no entiendo cómo no hemos sido capaces de conseguir unificar lo que cualquier otro país tiene conseguido desde los tiempos del ruido.

  Antes de empezar el partido, ahí estoy yo, preguntándome con qué sílaba la cantaría yo si me dijeran que la entonase en voz alta. Y también cómo la vocalizarían las personas que conozco, según su origen, formación, ideas políticas y poder adquisitivo. Claro que algunos no la cantarían de ningún modo, que son pacifistas y abominan las guerras y la industria armamentística. Otros, además, se podrían a discutir si los colores de la bandera les representan, o si se sienten o no del país así simbolizado, o si son más autonómicos o europeos que nacionales. Mientras el árbitro señala el comienzo de la contienda con el pitido inicial, yo sigo tarareando en mi mente el famoso y pegadizo lo lo lo lo…

   Después de varias alternativas en el marcador, al adversario del equipo nacional de nada le sirven las armas de su himno, la victoria, la supervivencia de la que tanto alardeaban cuando cantaban, porque, lo cierto es que los han barrido de la pista y ahora todo se ha teñido de amarillos destellantes y rojos sanguinolentos y la afición española se pone a chillar con pasión y a coro, esta vez con letra, ese himno no oficial que dice que el que pone la voz es “español, español, español…”

   Hasta yo me pongo contento. La victoria me ha alegrado la tarde y me ha hecho olvidar por un rato la espantosa sucesión de infortunios de la semana, y aun del mes, diría. Pero no ha conseguido disiparme las dudas, las incoherencias que veo, la inestabilidad que surge de las pantallas el resto de la semana y, por eso, no me arranco por soleares, no grito olé, no brindo con cava ni me siento el rey del mambo para cantar que soy español, porque, como cuenta la historia, después de cada batalla, se venza o no, siempre se hace necesario iniciar la reconstrucción.