Todavía
tenía interés por las noticias del mundo, así que me sentaba y le leía el
periódico, como a él le gustaba, del final al principio. Solía hacer alguna
observación aguda y nos reíamos después, como hacíamos en casa en mi adolescencia.
Cuando comprendió que no había cura y que debía perder toda esperanza, no dijo
nada, pero ya no quiso escuchar ni los titulares. Se quedó mudo y sordo, como
sumergido en un líquido amniótico, y se movía tan poco como los ciclámenes del
jarrón junto a la ventana. Recuerdo que a lo lejos se quemaba el palacio de los
deportes y yo pulverizaba por la habitación perfume para que no se llegara
percibir ni el más mínimo olor a quemado. Hasta entonces no había notado la
soledad en el hospital. Cuando alguien me sugirió que también pensase en mí, entendí
que el tiempo sin palabras era ya irremisible.
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lunes, 9 de marzo de 2020
lunes, 2 de enero de 2012
El Manicomio
Me cuesta mucho levantarme de la cama. Hace ya rato que ha amanecido, los rayos de luz se cuelan por las rendijas de la persiana, pero me siento pesado como un fardo, un peso muerto anclado a la cama, hundido en el colchón. Debería levantarme, me digo sin apenas convicción, pero ¿para qué? ¿Acaso tiene sentido? Y van pasando los minutos, las medias horas, mientras voy dando vueltas, girando, reacomodándome en la superficie hostil de la cama, hasta que no la soporto más y me veo de pie, otro día más, como escupido impíamente al mundo desde el teatro de los sueños.
Lo primero es ir a la cocina, buscar en el cajón de los medicamentos si aún me quedan un par de cápsulas e ingerirlas rápidamente antes de que no comprenda qué hago de pie, de nuevo de pie, para nada. Mientras las tomo con agua, pienso en lo largo que se me va a hacer el día sin nada que hacer: no tengo trabajo, no me quedan amigos, no me trato con la familia, no puedo pagar un terapeuta, no me esperan en ningún sitio… Me trago las pastillas y espero que hagan su efecto, que me den el valor suficiente para lavarme la cara, vestirme de diario y salir a la calle a dar vueltas, con suerte quizás encontrarle sentido al día de hoy.
Al cerrar la puerta, aún no me he resuelto. Podría coger el tren hasta Guadalajara, ida y vuelta, y pasar así un par de horas largas tan entretenido, viendo caras distintas y paisajes con sol. Pero lo descarto, sale demasiado caro para ir y volver tan solo para perder el tiempo. Lástima, me hubiera gustado tanto… El resto de posibilidades ya me las sé de memoria: sentarme en un banco del parque al sol leyendo un periódico gratuito, caminar hasta el centro comercial mirando al suelo para ver si me encuentro algo útil (un día me encontré un billete de diez euros, aunque lo normal son moneditas rojizas que valen para bien poco), sentarme en la terraza de una cafetería y ver pasar las horas y el mundo desde la mesa, todo por un euro con veinte céntimos, nada más y nada menos que doscientas pesetas de las de antes. Difícil elegir alguna, porque ninguna me gusta más que las otras, solo tengo la necesidad de que pasen las horas lo más rápidamente posible, sentir sueño y volver a mi casa, a dormir otra vez, una jornada más.
Antes había días en los que también iba a la consulta del médico del seguro. Lo empecé a hacer cuando el psiquiatra me dio el alta y me dijo, dándome una palmadita en la espalda, que a partir de entonces se encargaría de mí el médico de cabecera, que ya estaba bien y que tenía casos mucho más graves que el mío para atender. Sería mi médico el que me recetaría los medicamentos y que no me preocupara por nada, que tendría una vida plena y feliz. Tan contento como estaba, fui a la seguridad social a contárselo a mi médico y este me soltó un par de improperios, diciéndome que ya estaba bien de que a todos los locos los estuvieran dejando en la calle y sin seguimiento, y que él no había hecho el mir de medicina general para acabar cargándose con los pacientes que los demás no querían. No dejó de recetarme los medicamentos, pero las más de las veces lo hacía mediante una enfermera que me recibía en unas escaleras y que me largaba las papeletas con displicencia, como si le incomodase mucho atenderme. Poco a poco el médico del seguro se convirtió en un ser inaccesible para mí, al que no veía ni cuando tenía un fuerte dolor en las vísceras. Las recetas me las seguían dando, pero de un modo totalmente impersonal y, además, cada vez era más alto mi gasto en la farmacia. Genéricos a precio de boutique, decía la boticaria y se reía maliciosamente. En las dos últimas semanas el caso aún ha sido peor: me han cobrado por visitar al médico, aunque a él no lo he visto, pues fue una auxiliar la que me dio las recetas del tratamiento. He tenido que dejar de ir definitivamente, pues no puedo pagar tanto por una simple visita.
El parque, el centro comercial, las cafeterías… son mi mundo. Ya se me están acabando las pastillas del tratamiento y no pienso volver a por más. Solo espero a tener sueño, volver a casa y que acabe este día tan largo, tan frío.
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