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jueves, 18 de junio de 2020

¿Doble o nada?


   -Llegados aquí, doctora, he renunciado a entender el origen de mi enfermedad. Para eso están los científicos y, cuando lo consideren rentable, las farmacéuticas. Ahora lo que me preocupa es el hoy, esta incertidumbre en la que vivo desde que se declaró la pandemia y que ha modificado para mal mis rutinas -le digo a mi psiquiatra, que llama desde el centro de salud mental para una consulta telefónica.
   Casi todos los médicos de su unidad, como ella misma, se contagiaron en los primeros días por el contacto directo con los pacientes y han tenido que seguir atendiéndonos mediante el teletrabajo. Me digo a mí mismo que es una suerte no tener que salir de casa para ir a verla, toda vez que generalmente no me sirve de ninguna ayuda; al menos así puedo estar en pijama y zapatillas, desparramado en el sofá mientras me interroga por el aparato.
   -¿Me podría decir en que le está afectando el confinamiento? -me pregunta.
   En su tono advierto esa sonrisa telefónica de cursillo, tan artificial que además de dar un poco de lástima denota que el cansancio de la jornada ya le va pesando lo suyo. Dudo en decirle la verdad, porque temo que me aumente la dosis del antidepresivo y acabe demasiado inquieto para poder contenerme en las cuatro paredes de la casa. Pero tampoco quiero pasarme las horas muertas mirando la pared como un zombi y sin noción del tiempo transcurrido, así que trato de expresarme con cautela:
   -Me he quedado solo, sin ayuda de nadie. Ha dejado de asistirme la persona del ayuntamiento que venía dos horas diarias de lunes a sábado a ayudarme con las tareas que yo no puedo realizar. Me siento desamparado. Les he llamado, pero me dicen que aún no tienen previsto reanudar el servicio, que tienen que velar por la salud de su personal. Me he visto obligado a encargar la compra y los medicamentos por internet, y rezar para que no se estropee nada de la casa y no tener que llamar a ningún técnico. Con decirle que ni bajo las persianas, hágase usted la cuenta.
   -Pero, usted ya estaba acostumbrado a salir poco y a no ver a casi nadie. Si hay alguien que viviera en una burbuja de todas las personas que conozco, es usted. Su agorafobia le había obligado a recluirse en casa y a no pisar un espacio público así le estuvieran matando o usted mismo muriéndose. Pero si ni siquiera aparece por consulta muchas de las veces que tiene programadas…
   Respiro profundamente para contener la ira que empieza a dominarme. ¿Podría comprender esta señora que un dolor nuevo no hace olvidar un sufrimiento anterior, ni lo mitiga?
   -Verá, no sé si se lo podré explicar, no me resulta fácil y tal vez me sienta un poco irritado. No es lo mismo no ver a casi nadie, que a nadie; ni sentirse aislado del mundo, que sentirse absolutamente solo. Sin tener un trabajo, ni una afición, con este miedo al futuro y esta angustia que se acrecienta a cada día, lo que me preocupa es la falta de sentido que parece tener mi existencia, y su fragilidad.
   -Entonces, no cree usted que haya mejorado, sino que podría afirmar que desde el confinamiento está incluso peor, ¿no es eso?
   -Eso exactamente. Encerrado en mi vivienda, viendo el cielo solo a través de las ventanas y sufriendo la monotonía de una existencia plana, sin alicientes, cuando un día se parece completamente al anterior y al siguiente, sin preocuparme de saber si es lunes o viernes, todo igual, todo pequeño y  tedioso,  y solo solísimo, pues no se me ocurre cómo podría ser mejor para nadie esta vida de miseria que me está machacando hasta la obsesión.
   -Y el futuro, ¿cómo lo ve? ¿Le parece que será mejor o no?
   -El futuro es una amenaza de repeticiones y aburrimiento infinitos. Lo imagino lleno de virus inundando las calles y las plazas, esperándome en cada portal, en cada escalera, en cada ascensor. Y yo no pienso salir nunca más de casa. Aquí al menos estoy seguro.
   -Me parece que va a ser conveniente que doblemos la dosis del antidepresivo. Probamos y le vuelvo a llamar en dos semanas, ¿vale?
   Pero cómo decirle que no, que no vale, que para ella solo soy un número de expediente anotado en su agenda para dentro de quince días y que en la mía no caben ya ni más dilaciones ni más frustraciones.


domingo, 19 de julio de 2015

Cuadriculado



   No se trata de que tenga una vida cuadriculada, sino de que no me gusta improvisar, que no es lo mismo. Se lo digo, doctor, porque usted, en ocasiones, ha puesto en duda mis hábitos y mis costumbres, aunque ahora lo niegue con la cabeza y se sonría con ese gesto de prepotencia que tanto he llegado a odiar en el transcurso de estas sesiones. Usted no lo sabe todo, acabáramos, ni puede conocer a ciencia cierta las ideas que se retuercen por los laberintos de mi mente, día sí y día también. Ni soy un libro, ni me puede usted leer, por más que me trate de convencer de lo contrario. Y si tiene alguna vaga idea del atlas de mi cerebro, se debe, no a su inteligencia, que hasta se podría dudar de que la posea, sino a que en ocasiones le he cartografiado para no desanimarlo del todo algo así como la ruta de la seda de mi pensamiento, aunque le haya puesto trampas en el recorrido como Ayers Rock y el Gran Cañón del Colorado. Sí, me divierte cuando pica y se le queda la cara de atorrado que debía de tener antes de empezar su licenciatura universitaria. Es parte del juego, en el que, ya ve, cabe la improvisación. Pasa que entonces resulta que es a usted al que no le gustan estos giros inesperados del arroyo de la conciencia. Me temo que está usted hecho un alemanote de los pies a la cabeza.
   Le voy a poner un ejemplo: si usted me llama por teléfono dos días antes de la consulta y me propone posponer la cita porque, digamos, ha conocido una muchacha en un bar y en la fogosidad de los primeros encuentros no puede apenas salir de la cama para ir a la ducha o a la farmacia, pues a mí no me importa un pimiento si entra o si sale, cuántas veces y cómo. Cambio la anotación en mi agenda y me quedo tan tranquilo, incluso más porque he tenido la fortuna de atrasar un poco estas estúpidas conversaciones por las que percibo una ayuda social tan exigua como su amabilidad para conmigo. Pero, si por el contrario, se atreve usted a interferir en mi independencia llamándome por teléfono con la absurda intención de adelantar la fecha de la consulta porque, digamos, tiene que atender un asunto familiar en Holanda y las fechas no son negociables, ya sabe asunto de notarios, abogados y administraciones públicas, pues no espere de mí más que una patada en el trasero, porque no habrá nada, pero nada en el mundo, que me haga modificar una cita ya establecida debidamente para que se acomode a sus intereses.
    No, a mí no me importa que me llame egoísta. Es lo que soy y se lo reconozco abiertamente. Yo no vengo a verlo por gusto ni por placer. Estoy aquí porque el juez me impuso esta penitencia si quiero percibir la cantidad con la que malvivo todo el mes; y bastante es que tenga que verle el rostro cada quince días, como para que encima pretenda que lo haga con alegría, colaboración y afecto. Es usted verdaderamente un ser abyecto, entregado como un idiota a esa tonta actividad de tratar de comprenderme, como si eso fuera posible para usted, que no pasaría nunca de las primeras líneas de “American Psycho” porque le ahogaría su falta de ética. El mundo está mál hecho, sí, ya lo sabemos, pero usted no está capacitado para cambiarlo, ni mucho menos para sobrevivir en él más de dos domingos de ramos. 
   Mientras hablaba, usted ha estado tomando notas y dibujando esas extrañas cuadrículas con las que trata de ocultar su nerviosismo ante el desprecio que me merece. Le parecerá mentira pero si lo compara con el de la semana pasada, si es que sabe qué fue de él, verá que es prácticamente el mismo, porque la conversación es prácticamente idéntica y el dibujo también. No me diga que no se ha dado cuenta. Resulta usted bastante previsible, incluso cuadriculado me atrevería a decir, si no fuera porque es ahora cuando me pone ese rictus de mala leche con el que pretende asustarme y me dice amablemente, ¡qué civilizado!, que ya es la hora y que vuelva dentro de dos martes, si no hay cambios. Y usted ya lo sabe: llámeme solo si tiene que posponer la consulta; si no, más vale que no salga a establecer contactos sociales en ningún bar.