Mostrando entradas con la etiqueta capitalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta capitalismo. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de enero de 2023

La manzana

 

   Dice el refrán que lo que no mata, engorda. La sabiduría popular resume así la historia del hambre de todo un pueblo, el español en este caso, sin necesidad de recurrir a lecturas más sesudas de nuestra literatura, como la del pobre Lázaro de Tormes alimentándose de una cebolla cada cuatro días al servicio del clérigo de Maqueda o la de tantos personajes que nos estremecen por las penosas circunstancias de su vida de ficción. De la miseria, de eso tratan gran parte de nuestros clásicos, opuesta, claro está, a la magnificencia y al boato de los que disfrutaban las clases privilegiadas, ese escaso uno por ciento para el que no existía placer no alcanzable, ni deseo no satisfecho. Por eso tenemos tan arraigada la idea de que siempre habrá ricos y pobres, una convicción que procede de la observación de la realidad y de los múltiples sermones que desde los púlpitos querían persuadirnos de la existencia de una voluntad divina que amparaba a sangre y fuego, con las torturas inquisitoriales y la quema de brujas si eran pertinentes, la monarquía, la desigualdad social y la obligación a la sumisión ante los poderosos. Y así malvivían nuestros antepasados, la mayoría: flacos y necesitados, pobres pero honrados.

   Afortunadamente, me dirán, los tiempos han cambiado y aquellos tiempos de calamidades y hambrunas han pasado. Ahora es una mayoría la que toma sus cinco comidas diarias y muchos los que tienen que recurrir a dietas y cirugías para no padecer el exceso de peso y la obesidad, incluida la mórbida. ¡Cuántas muertes no se producen al año por una mala alimentación! No obstante, más vale que a nadie se le ocurra decirle a la ciudadanía que debería comer menos carne y evitar los alimentos azucarados o con exceso de sal, porque le saldrá su genética de hambriento perpetuo y hasta amenazará con defender violentamente su derecho a zamparse una hamburguesa dudosa con patatas grasientas y bebida pringosa. Que se puede renunciar a la libertad de conciencia, a la de pensamiento y hasta a la sexual, que podemos ser clones los unos de los otros, pero no estamos dispuestos a que se nos restrinja la libertad de consumir en los supermercados y en los bares lo que nos dé la gana. Faltaría más.

   El precio de la prosperidad lo conocemos muy bien y, sin duda, estamos dispuestos a pagarlo religiosamente mientras podamos. Claro que sabemos que aún quedan pobres, que todavía hay quien padece hambre en esta sociedad del bienestar y que son muchas las organizaciones gubernamentales o no que se dedican a atender a los miserables que se han quedado fuera del sistema. Podemos colaborar, incluso, con ellos, mientras nos quejamos de los subsidios a los parados, de la subida del salario mínimo interprofesional o del aumento de los impuestos, como si la miseria no tuviera que ver con nosotros, aunque paguemos con nuestra vida y con la de los demás la suma infinita de nuestras contradicciones.

   Estamos convencidos de que nos lo merecemos todo, como los ratones que encuentran un trozo de queso o de manzana al final del laberinto construido por el investigador científico. Mientras mordisqueamos la dádiva, hay quien nos observa, nos estudia y nos conoce mejor que nosotros mismos. No lo pensamos mientras trabajamos de sol a sol para pagar la letra de la hipoteca bancaria, el crédito del coche o los intereses de la tarjeta, porque nos consolamos diciéndonos que es lo que hacen todos, al menos quienes nos rodean a diario. Y seguimos adelante, constantes pero nunca satisfechos, como el burro al que le azuzan con una zanahoria que no alcanzará. Luego, un día cualquiera, estalla un volcán, una pandemia, una guerra, una crisis energética, o todo a la vez, y el sistema se desajusta: la inflación se dispara y comenzamos a sentir miedo ante un mundo cambiante, en el que nada es gratis ni fácil. Pero ya es tarde: el ratón se acostumbró a encontrar el queso o la manzana al final de un laberinto mucho más pequeño y doméstico y, ahora, hay menos recompensa, muchos más competidores y se reducen las oportunidades individuales ante la curiosidad de los estudiosos. Aún así nos animan mucho, porque toda crisis es una oportunidad, al menos para los más despiertos.

   No seré yo quien critique al ejército de consumistas que han sido sistemáticamente entrenados desde la televisión y las redes sociales para siempre querer más, un poco más. En un planeta de recursos finitos, el crecimiento económico es para mí todos los trimestres una puñalada en la espalda. Pero aún es peor el impacto en la naturaleza: un cambio climático descontrolado, agua de lluvia que ya no es potable, aire contaminado en las ciudades, alimentos llenos de pesticidas y de hormonas, de edulcorantes y aditivos… Pero nadie, incluso ante la evidencia más catastrófica, está dispuesto a cambiar para revertir la situación, pues debe de ser mejor, como dice el refrán, lo malo conocido que lo bueno por conocer. Mientras nos quejamos de los atascos de tráfico para ir al trabajo, abominamos de las zonas de baja emisión de gases por su inoportunidad e insultamos a quien nos obliga a modificar nuestras inconvenientes rutinas, lo cierto es que nos estamos comiendo con ansiedad la manzana envenenada y acabaremos por sufrir la agonía de los necios.

lunes, 13 de abril de 2020

La zanahoria



   En el discurso neoliberal, hasta hace muy poco, se nos decía que las crisis no eran sino oportunidades para desarrollar ideas y proyectos, levantar nuevos negocios y, cómo no, ganar mucho dinero. Teniendo en cuenta que ya sumo unos añitos y que no empecé a peinar canas anteayer, debo de haber sido un gran inconsciente, pues he vivido tropecientas crisis de todo tipo, como la del petróleo y su famoso ajuste de cinturón de principios de los setenta, y no he conseguido convertirme, ni por asomo, en un hombre de negocios famoso, multimillonario y con influencia política. Y no debo de haber sido un torpe único, la verdad, porque en mi entorno hay un ejército de almas parecidas que veo vivir de forma muy similar a la mía, la verdad. En esta supuesta tierra de oportunidades, proliferan como la peste entidades de crédito con tendencia inocultable a la usura, ladrones de guante blanco y corporaciones de todo tipo que inoculan sus intereses por encima de los de la ciudadanía, eso sí, ufana y contenta porque vive en democracia, no le falta un huevo para comer tortilla y le permiten votar una vez cada cuatro años.
   Bien mirado, la normalidad era esto: un continuo bregar de lunes a viernes insertados en un sistema de producción capitalista, un sueldo bastante corto y un palo de zanahoria, con la felicidad colgada en su extremo, para no parar de correr hacia la tierra prometida. Poco importaba, claro, que dicho armazón se sostuviera sobre un implacable crecimiento, siempre estábamos creciendo, ¿lo recuerdan?, a partir de los recursos limitados de un pequeño planeta que ya daba síntomas de agotamiento. Aceptábamos con gran indiferencia que la riqueza estuviese repartida de forma radicalmente injusta, que mientras unos se morían de hambre otros se pasasen de enero a diciembre inmersos en ineficaces dietas de adelgazamiento, que muchos no supieran leer ni escribir a cambio de que dejaran las escuelas tempranamente para pasar a engrosar esa caterva de niños explotados a lo largo y ancho del mundo. Teníamos la sensación de que otros estaban peor que nosotros y, claro, también el miedo de perder esas migajas de la diferencia que nos hacían vivir tan contentos de nuestra suerte. Una normalidad de sangre y muerte, resumido al modo lorquiano, poeta al que en esos tiempos todos admiraban pero que, no lo olvidemos, fue asesinado por diferente y sobre todo por crítico.
   Recluidos en nuestras casas como conejillos asustados, nos hemos dado cuenta de que papá estado es mucho más débil de lo que ya sabíamos: hemos permitido que muchos de nuestros gobiernos hayan dejado de invertir en los últimos años en los servicios comunes y que hayan desviado esos fondos económicos que salen de nuestros impuestos a engordar a sus partidos, sus empresas, sus rentas y su patrimonio, mientras admitíamos, como lo más normal del mundo, que quien gobierna lo hace siempre por interés personal y no colectivo. Algunos gobernantes, incluso, afortunadamente no el nuestro, han afirmado que poco importa sacrificar la vida de los más ancianos para asegurar que no caen en bolsa las cotizaciones de las siempre voraces empresas.
   Los pobres de a pie, ahora, presos como leones en sus jaulas de oro (una gran mayoría tiene al fin lo que siempre quiso: estar en casa, disfrutar de su familia, no vivir obligados al toque inmisericorde del despertador, tener tiempo para ver la televisión, oír música, ser creativos…), suspiran por volver a su vida anterior, tal vez porque la impuesta actualmente tampoco les gusta, y descuentan los días que faltan para pisar las calles nuevamente. Aspiran a una normalidad que es en sí misma un fraude, una gran mentira, un palo y una zanahoria.
   Si de verdad las crisis fueran grandes oportunidades y supiéramos afrontarlas como tales, no nos conformaríamos con regresar a la vida conocida, si es que nos dejan, tratando de reconstruir un estado con fallas tan alarmantes, sino que estaríamos meditando en cómo nos vamos a transformar para evitar futuras pandemias, crisis, injusticias y desórdenes, de tal modo que hubiera un antes y un después de esta desgracia. Sin embargo, no cabe duda de que, para cuando salgamos de casa, ya se nos habrán adelantado, y se habrán establecido las normas del nuevo estado mundial con el propósito de que lo secundemos, a no ser que uno esté dispuesto al sacrificio y a quedarse definitivamente atrás. Mientras aplaudimos en los balcones, algunos ya han tomado la plaza pública para cuando la podamos volver a pisar. Como siempre, solo algunos desobedientes no seguirán las consignas, pero esta es la disyuntiva: el palo y la zanahoria o la revolución civil.