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domingo, 2 de marzo de 2025

La plataforma

 

   Con unos pocos ahorros y una ayudita del banco, que me coloca a mí un préstamo al seis por ciento cuando recibe el dinero prácticamente gratis de las entidades europeas, que ya me gustaría a mí quitarme al intermediario de encima y contratar directamente, así se amasan las grandes fortunas en este mundo, sin correr riesgo económico alguno, incluso sin capital inicial, con eso, digo, me compré una plataforma. No vean las caras de horror de los míos. ¡Una plataforma! ¿Pero para qué? Y es que en nuestra sociedad se habla mucho de la libertad de expresión, del emprendimiento y de la iniciativa individual, pero cuando tomas una decisión que solo a ti te compete (bueno, al banco un poco también) ahí están los demás, allegados o no, para decirte enseguida lo equivocado de tu proceder.
   Pues sí, me compré una plataforma. Seguramente sería una inversión ruinosa. No me iba a dar ni un euro. Probablemente tampoco se revalorizaría y, por tanto, no sería posible venderla dando un pelotazo de esos antológicos que producen la admiración de todos y que disparan al máximo los índices de envidia. Como no iba a dar dividendos, ni me iba a convertir en un potentado, en general se me miraba al respecto por encima del hombro, a veces con desprecio, otras con conmiseración, como diciendo que por ahí pulula ese loco, ese inútil, con sus ideas de bombero. Pero a lo que creía, no todo en esta vida se reduce al dinero ni a las ganancias, aunque la mayoría de la gente se afane toda su vida por amasar fortunas para, al final, espicharla igual, dejando una herencia por la que se van a pelear, a veces hasta la muerte, sus afortunados sobrevivientes. Confiaba en que, salvo la plataforma, que nadie querría que se la endosaran ni por asomo, no tendría nada que legar a los pocos que aspiraran a convertirse en mis herederos. Así dejaría atrás muchos menos enemigos, propios o ajenos, lo que era un buen balance, al cabo, para una existencia humana media.
   La plataforma, por más que pareciera una mala idea, poco a poco fue teniendo mejor aceptación, no sé si porque yo me paso de tonto o de bueno. El caso es que, aplicando mis ideas humanistas, de manera generosa y desprejuiciada, todo tipo de fauna se asentó en ella para aprovecharla, que lo gratis llama mucho la atención y no faltan bocas, ni manos, ni pies, para hacerse con su trocito. Es verdad que al principio la tomaron con educación y buenas maneras, pero no es menos cierto que, en cuanto el espacio empezó a escasear, aparecieron los codazos, las amenazas y hasta las expulsiones. Claro que la plataforma es mía y que en última instancia aquí se hace lo que yo quiero, pero por cuestiones de urbanidad tuve que reducir el espacio que me quedé al principio para uso personal, negociar con mis invitados ciertas normas que no les parecían adecuadas y crear un servicio policial que sirviera para poner orden en el caos en el que habíamos terminado viviendo todos casi sin darnos cuenta.
   Ante los primeros signos de aparición de mafias y otros poderes paralelos al mío, que son consecuencia de la maldad intrínseca de ciertos individuos indeseables y asociales, convoqué entre mis fieles una tormenta de ideas para poner orden en el desgobierno. No fue nada fácil, porque para entonces ya se había instalado colectivamente la idea de que la plataforma era de todos y había todo tipo de organizaciones dispuestas a dar la batalla legal para mantener la situación de hecho como un uso y una costumbre debidamente adquiridas. Así que me las vi y me las deseé para ir ganando una a una cada batalla hasta convertirme en el ser más impopular del mundo por impulsar desahucios, deportaciones, expulsiones sumarísimas, evacuaciones preventivas y actuaciones judiciales, que acabaron por establecer una frontera jurídica en los límites de mi plataforma; finalmente no quedó en ella más que quien yo quise, que para eso era mía y la quería a mi gusto.
   Por supuesto, los problemas no acabaron ahí. Los deportados, los expulsados, los desahuciados…, creían seguir teniendo derechos y me denunciaron a los organismos internacionales para que aplicaran las leyes supranacionales a mi pequeña monarquía, porque a esas alturas yo ya había decidido convertirla en reino y dictar leyes que me protegieran, como rey omnipotente, de la voracidad ajena. Poco me importó, la verdad, que iniciaran esos procesos largos y tediosos, llenos de trampas judiciales y administrativas que siempre, siempre, favorecen a los propietarios, porque en el peor de los casos todavía estaba en mi mano convertirme en una autarquía, cerrar fronteras y defenderme con armas, nucleares o no, de cualquier amenaza.
   A estas alturas la plataforma cuenta con buena salud, afortunadamente. Después de tiempos convulsos y decisiones poco acertadas, tras haber superado esas dificultades que las grandes ideas traen aparejadas hasta que la mayoría las asume y las comparte, hoy es un modelo de éxito, incluso económico: da beneficios, reparte riqueza y se ha convertido en todo un paraíso fiscal, de tal modo que hay una lista de espera para ser admitido y puedo decir con todo rigor que en esta plataforma no hay un solo pobre, un solo sin techo, un solo enfermo; aquí nadie nos molesta a los que nos podemos llamar los buenos, los despiertos, los que sabemos aprovechar las oportunidades…
   Sigo pensando que no todo se reduce al dinero o a las ganancias, pero lo que no quiero ya parecer es tonto en una plataforma que es mía y en la que se hace lo que yo quiero. Es lo bueno que tiene el poder. Y en cuanto a quién la vaya a heredar, eso ya no es problema mío: el que venga detrás que arree, que el mundo es de quien lo conquista. Ahí se queden mis enemigos y se maten entre ellos, que nada podrá empañar ya una vida de éxito como la mía.



lunes, 13 de abril de 2020

La zanahoria



   En el discurso neoliberal, hasta hace muy poco, se nos decía que las crisis no eran sino oportunidades para desarrollar ideas y proyectos, levantar nuevos negocios y, cómo no, ganar mucho dinero. Teniendo en cuenta que ya sumo unos añitos y que no empecé a peinar canas anteayer, debo de haber sido un gran inconsciente, pues he vivido tropecientas crisis de todo tipo, como la del petróleo y su famoso ajuste de cinturón de principios de los setenta, y no he conseguido convertirme, ni por asomo, en un hombre de negocios famoso, multimillonario y con influencia política. Y no debo de haber sido un torpe único, la verdad, porque en mi entorno hay un ejército de almas parecidas que veo vivir de forma muy similar a la mía, la verdad. En esta supuesta tierra de oportunidades, proliferan como la peste entidades de crédito con tendencia inocultable a la usura, ladrones de guante blanco y corporaciones de todo tipo que inoculan sus intereses por encima de los de la ciudadanía, eso sí, ufana y contenta porque vive en democracia, no le falta un huevo para comer tortilla y le permiten votar una vez cada cuatro años.
   Bien mirado, la normalidad era esto: un continuo bregar de lunes a viernes insertados en un sistema de producción capitalista, un sueldo bastante corto y un palo de zanahoria, con la felicidad colgada en su extremo, para no parar de correr hacia la tierra prometida. Poco importaba, claro, que dicho armazón se sostuviera sobre un implacable crecimiento, siempre estábamos creciendo, ¿lo recuerdan?, a partir de los recursos limitados de un pequeño planeta que ya daba síntomas de agotamiento. Aceptábamos con gran indiferencia que la riqueza estuviese repartida de forma radicalmente injusta, que mientras unos se morían de hambre otros se pasasen de enero a diciembre inmersos en ineficaces dietas de adelgazamiento, que muchos no supieran leer ni escribir a cambio de que dejaran las escuelas tempranamente para pasar a engrosar esa caterva de niños explotados a lo largo y ancho del mundo. Teníamos la sensación de que otros estaban peor que nosotros y, claro, también el miedo de perder esas migajas de la diferencia que nos hacían vivir tan contentos de nuestra suerte. Una normalidad de sangre y muerte, resumido al modo lorquiano, poeta al que en esos tiempos todos admiraban pero que, no lo olvidemos, fue asesinado por diferente y sobre todo por crítico.
   Recluidos en nuestras casas como conejillos asustados, nos hemos dado cuenta de que papá estado es mucho más débil de lo que ya sabíamos: hemos permitido que muchos de nuestros gobiernos hayan dejado de invertir en los últimos años en los servicios comunes y que hayan desviado esos fondos económicos que salen de nuestros impuestos a engordar a sus partidos, sus empresas, sus rentas y su patrimonio, mientras admitíamos, como lo más normal del mundo, que quien gobierna lo hace siempre por interés personal y no colectivo. Algunos gobernantes, incluso, afortunadamente no el nuestro, han afirmado que poco importa sacrificar la vida de los más ancianos para asegurar que no caen en bolsa las cotizaciones de las siempre voraces empresas.
   Los pobres de a pie, ahora, presos como leones en sus jaulas de oro (una gran mayoría tiene al fin lo que siempre quiso: estar en casa, disfrutar de su familia, no vivir obligados al toque inmisericorde del despertador, tener tiempo para ver la televisión, oír música, ser creativos…), suspiran por volver a su vida anterior, tal vez porque la impuesta actualmente tampoco les gusta, y descuentan los días que faltan para pisar las calles nuevamente. Aspiran a una normalidad que es en sí misma un fraude, una gran mentira, un palo y una zanahoria.
   Si de verdad las crisis fueran grandes oportunidades y supiéramos afrontarlas como tales, no nos conformaríamos con regresar a la vida conocida, si es que nos dejan, tratando de reconstruir un estado con fallas tan alarmantes, sino que estaríamos meditando en cómo nos vamos a transformar para evitar futuras pandemias, crisis, injusticias y desórdenes, de tal modo que hubiera un antes y un después de esta desgracia. Sin embargo, no cabe duda de que, para cuando salgamos de casa, ya se nos habrán adelantado, y se habrán establecido las normas del nuevo estado mundial con el propósito de que lo secundemos, a no ser que uno esté dispuesto al sacrificio y a quedarse definitivamente atrás. Mientras aplaudimos en los balcones, algunos ya han tomado la plaza pública para cuando la podamos volver a pisar. Como siempre, solo algunos desobedientes no seguirán las consignas, pero esta es la disyuntiva: el palo y la zanahoria o la revolución civil.