Quién fuera la interesada aún lo ignoramos, no por negligencia, que en absoluto se nos puede acusar de tal vicio a quienes ponemos esfuerzos ímprobos en estudiar su volumen lúbrico y su fisonomía (la cara redonda, los ojos sin cejas, la sonrisa entre enigmática y estólida…), sino por la intención del artista, que magistralmente usó los pinceles con la determinación de no dar pábulo a las voces del escándalo, que retratar al amante del Papa y que no se sepa es casi un imposible en Roma. Encubrió al pecador y solamente nos dejó las manchas.
