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viernes, 21 de abril de 2023

Ideologías

 

   El castellano es una lengua muy rica en refranes y expresiones. Siempre hay una ocasión apropiada para decir lindezas tales como no es lo mismo predicar que dar trigo, la avaricia rompe el saco o no confundas el culo con las témporas. A veces, incluso, decimos cosas tales como témporas sin saber muy bien qué significan, que los cambios de costumbres se suceden en la cronología mucho más rápidamente que en el léxico: a estas alturas, la mayoría ya no ayuna ni en Semana Santa, aunque procesione porque hace bonito y los cambios de vestuario siempre emocionan lo suyo; en cambio, a nadie hace falta que le expliquemos qué diantres es el culo porque casi todos tenemos experiencia porque para eso nacemos con uno.

   De un tiempo a esta parte algunos políticos de esos que descuellan por sus largas y potentes luces, no me refiero a los que por las puertas giratorias han entrado en empresas del sector eléctrico, no sean ustedes mal pensados, que yo no pretendo en absoluto ennegrecer una labor tan importante, esos iluminados, digo y me reafirmo, han dado en descalificar los argumentos de los contrarios acusándoles de que sus proyectos y leyes son ideológicos. Tales acusaciones, para mí al menos, resultan más que chocantes, porque cuando era niño me educaron en el pensamiento racional, aunque fuera con poco éxito a lo que se ve, y me enseñaron que ser tonto era no tener idea sobre algo, no lo contrario. Pero ahora, los salvadores del mundo, en vez de acusar al enemigo de ser un imbécil de tomo y lomo, lo acusan de lo opuesto, es decir, de tener ideas, de haberse hecho un pensamiento estructurado y de exponerlo a los demás como si fuera algo importante para alguien. Lo señalan con el dedo y se ríen de él. Pero a quién se le ocurre desarrollar el intelecto… Pensar está sobrevalorado. En un mundo en el que todo está bien, la libertad campa por sus respetos y casi todos los artículos se pueden comprar por cuatro perras, ¿quién es el memo que se hace preguntas que no llevan a ningún sitio? Habrase visto mayor desafuero. A mí ya me tienen convencido.

   En pocos campos como en el de la educación se libra una batalla campal más encarnizada. Y esto no es de ahora, no. Los escolares y los profesores de este país hemos conocido tantas leyes educativas, todas eso sí con nombres casi idénticos, que seguramente el noventa por ciento no podríamos decir correctamente más de tres o desarrollar sus siglas con precisión. Porque, vamos a ver, usted puede decir así, a bote pronto, ¿qué es la LOMLOE? ¿Y de verdad le ha interesado en algún momento lo suficiente como para habérsela leído en el BOE? En un país en el que hay un cuarenta por ciento de ciudadanos que no leen ni un libro al año, ¿habrá diez ciudadanos justos, justos e ilustrados, que impidan al dios de la Biblia reenviarnos las diez plagas de Egipto?

   Hasta aquí el apartado de las témporas; vayamos ahora con el del culo. Que la literatura se suprime del currículo, pues eso es ideología. Que la filosofía, esa pseudociencia a la que se dedican los ricos aburridos, se elimina de los planes de bachillerato, eso es ideología. Y también es ideología la inclusión de la religión como asignatura en el bachillerato, si computa o no para la nota de la EBAU, la ausencia o presencia de educación sexual en las aulas, la segregación de alumnos y la política de becas ya sea por falta o por sobreabundancia. Todo en definitiva es ideología y, por tanto, nos dicen esas voces potentes y superiores debe ser barrida de nuestros centros escolares. Y yo digo, ¡bravo!, ¡hurra!, acabemos con todo el pensamiento, no sólo con el crítico, en nuestros establecimientos docentes, que nuestros alumnos vivan la paz de la ignorancia en plenitud, porque parafraseando a aquel maestro republicano, y corrigiéndole debidamente, claro, si logramos educar a una sola generación en la apatía absoluta, en el nihilismo más recalcitrante, ya nadie más les podrá robar nunca ese tesoro.

   Volvamos, pues, a ignorar el presente, la situación social, la historia inmediata, las corrientes filosóficas, los postulados científicos, el conocimiento del funcionamiento del cerebro, el propio cuerpo y sus empeños hormonales, que tan infelices nos hacen, y volquémonos todos en lo que de verdad importa y no es ideología, esto es y a saber, los Reyes Católicos, el imperio español en el que nunca se ponía el sol, la reserva espiritual de Occidente, el nacionalsocialismo, los consejos atinadísimos del consultorio de Elena Francis, la virginidad hasta el matrimonio, la misa diaria y la caridad de fin de semana para con los pobres.

   Porque, no se equivoquen ustedes, defender lo que ya está establecido no es, no puede ser, ideológico. Es que no hace falta ni pensarlo ni argumentarlo; basta con asumirlo y salir a defenderlo con una mano en la bandera y otra en la cartera por si te la roban los mendigos o los inmigrantes. Las cosas siempre han sido así y eso es por algo. Y quien quiera cambiarlas con su ideología sabe que nos tendrá en contra con la fuerza que nos dan la tradición y las consignas. Lo que hay que hacer con la ideología es limpiarse el culo, para que brillen limpios y esplendorosos los muros de la patria.

 

 

 

jueves, 21 de julio de 2022

La guerra

 


   A lo mejor va a tener razón y todo mi profesor de filosofía en el último año de la educación secundaria que yo cursé, todo hay que decirlo, sin hacerle demasiado caso. Era un señor mayor, con pipa y postura desdeñosa hacia la juventud, que a mí me parecía un anciano nada venerable. Pasaba mucho de su tiempo llamándonos iconoclastas, hedonistas, nihilistas y otras lindezas que a nosotros nos daban igual, porque en aquellas clases con aroma a tabaco rubio holandés lo que estaba en juego era la concepción del mundo: si él representaba el logos sólo por el hecho de ser funcionario del estado y lo adornaba con una postura, digamos por ser suaves, conservadora, nosotros éramos la generación de adolescentes a los que se nos había muerto un dictador al terminar la infancia, no nos habían dejado votar a favor o en contra de la Constitución en 1978 y estábamos decididos a cambiar el orden de las cosas: apostábamos por el divorcio, la eutanasia, el aborto, el antimilitarismo y muchas otras reformas necesarias para entrar en la modernidad. Formábamos sin saberlo una antinomia que duró tan sólo un curso escolar, porque al año siguiente la mayoría nos fuimos a la Universidad y a nuestro profesor le dio un patatús y ni siquiera llegó a jubilarse.

   Digo que a lo mejor tenía razón pero no estoy defendiendo ahora sus ideales de orden social cerrado y privilegios políticos para pocos, que tan bajo no he caído aún. Me refería a su defensa cerrada de Heráclito y su guerra perpetua y permanente, una idea que debía de tener mucha profundidad para él y que en mis apuntes de clase apenas si merecían dos líneas y gracias. Entonces me parecía una solemne tontería, para qué lo voy a negar, y me decía a mí mismo que Heráclito podía haber aseverado de igual manera que la esencia del mundo era, en vez de la dichosa guerra, el hielo, el alcohol etílico o el té verde; la patata, no, que ésa vino de América y Heráclito no salió nunca a lo que parece de la actual Turquía y no pudo por tanto matar jamás a un escarabajo patatero. No obstante, y asumiendo que de las pocas cosas que yo no aprendí en el instituto una es la filosofía, me pregunto ahora si no tendría razón Heráclito al buscar la esencia de las cosas, es decir, del mundo, en el perpetuo enfrentamiento de lo uno contra lo otro, con independencia de lo que sean uno y otro, para concluir que todas las cosas son en realidad tan sólo una.

      Lo que sí tenía claro entonces, e incluso hoy, era que la guerra para mí suponía una cosa muy fea que aún estaba muy reciente en Europa y que había dejado unas cicatrices recosidas varias veces sobre los mapas y los cerebros de mis paisanos, quienes todavía, no obstante, disfrutaban con el visionado de películas bélicas en las que los buenos, los de siempre, vencían a unos soviéticos fríos como robots. En aquel adoctrinamiento ideológico exportado por Hollywood con la aquiescencia de los países occidentales, se nos empujaba a defender el suelo patrio, los valores democráticos, la religión y el sistema monetario, como si algo de aquello nos perteneciera en realidad. Unos estaban a favor de la OTAN, otros en contra, pero la mayoría de los jóvenes ya no queríamos hacer el servicio militar obligatorio y algunos comenzaban a hacerse objetores de conciencia con toda conciencia.

   Hace ya muchos años que afortunadamente desapareció la mili obligatoria y en su defecto el ejército español se profesionalizó, o eso nos cuentan. Entramos en la OTAN a paso de plebiscito popular y con gran jaleo mediático, y poco a poco nos convertimos en los adláteres del gendarme mundial, al que acompañamos en misiones al parecer importantísimas, aunque luego no se encontraran armas de destrucción masiva en Iraq o tuviésemos que salir de Afganistán a la carrera con el rabo entre las piernas. Y así poco a poco nos fuimos convirtiendo en turistas por el mundo, tirando de tarjeta VISA para comprar souvenirs y aportando donativos a causas sociales de desprotegidos lejanísimos para limpiar nuestra conciencia. El mundo era un patio de recreo, con algunos rincones no recomendables por sus circunstancias, pero que en general podíamos vivir como un gran parque de atracciones.

   Y llega este 2022 de mierda y nos vuelve a traer la guerra a Europa, un conflicto bélico en el que por supuesto de nuevo hay buenos y malos, los buenos son rubios y de piel muy blanca, y los malos son uno solo que se llama Putin y es un tirano al modo tradicional, incluso con cuernos y rabo de demonio. Claro que, bien mirado, ésta no es sino otra guerra que se suma a las muchas que ya estaban abiertas: la de los medios de comunicación contra la verdad, la de los lobbies económicos contra los derechos sociales, la de los políticos contra la cultura, la de los jueces contra la justicia y la de los empresarios contra la remuneración justa del trabajo. Y así, me digo, a lo mejor Heráclito tenía razón y mi profesor de filosofía estaba en lo cierto cuando nos negaba el futuro y nos llamaba ilusos e iconoclastas.

jueves, 23 de junio de 2022

En el suelo

 

   Cuando yo era niño no sentía demasiado interés por los asuntos de los mayores, lo digo con total indiferencia. Ellos vivían en un mundo ajeno al mío. Los veía desde abajo y apenas me fijaba en lo que decían, concentrado como estaba en sus ropas oscuras, sus miradas inquisidoras y su falta de interés por mí; por supuesto, yo no hablaba, que bien aprendida tenía la consigna de que fuera de casa lo conveniente era cerrar la boca y estarse quieto. Cuando quería que dijese algo, mi madre me daba un golpecito en la espalda y me animaba a contestar a preguntas relacionadas con el colegio o los recuerdos que tenía o no del vejestorio de turno. A veces, con suerte, acertaba con la respuesta y me daban caramelos o una moneda de cinco pesetas, y acto seguido me dejaban volver a mis cavilaciones, esperando el momento feliz de soltar aquel lastre de los encuentros callejeros fortuitos, que tan a menudo se producían y tan aburridos resultaban siempre. Yo los temía porque parecía que la disposición para la conversación de los adultos era una lacra generalizada e impedía hacer lo más banal de manera certera y eficiente. Tenía la sensación de que les gustaba perder el tiempo y hacérmelo perder a mí.

   Creo que nunca fui un niño normal, si tal cosa existe. Lo digo porque la mayoría de las personas que conozco cuentan que las tardes de su infancia, las vacaciones de verano y el periodo que iba de Reyes a Navidad se les hacían eternas, interminables. Y luego remachan el comentario con la consabida velocidad que alcanzan los años en la madurez y en la vejez, que todos coinciden en lo breve que es la vida y lo deprisa que se pasa el arroz y te cubres de arrugas; de nada sirve invocar a sus dioses del Photoshop y del Botox, pues hasta en eso la gravedad y el envejecimiento celular le ganan la partida al más pintado. A mí, sin embargo, el tiempo siempre me pareció un amigo fugaz y por eso odiaba que me lo hicieran perder los adultos en la rúa publica cuando ya tendría que haberme comprado los zapatos o puesto la inyección el médico. Tan atareado estaba y tan poco provecho les sacaba a mis obligaciones diarias, que muchas veces no hacía nada sólo por no estresarme pensando en todo lo que dejaba sin resolver. Fue por entonces que mi padre, que ya daba muestras de conocerme bien, pronunció la agorera frase de que su hijo no iba a tener tiempo ni para morirse.

      Mi rareza de niño dejó de serlo en cuanto los demás crecieron. Hay una edad, que generalmente suele ser la adolescencia, en que todos los seres humanos nos convertimos en unos extraterrestres de lo más sorprendente: no solo somos raros por nosotros mismos, sino que además nos gusta juntarnos con otros especímenes similares. Antes la diversidad era manifiesta y recibía nombres muy variados, pero ahora, prácticos que nos hemos vuelto, con la palabra frikis los englobamos a todos y no se escapa ni uno. Rodeado de aspirantes al éxito pese a su acné, la extrema delgadez o su contraria, y la falta de curiosidad por la verdadera dimensión de la realidad, recuerdo esa época como un ciclo efímero en el que florecen en la necedad el amor, la bondad y la geometría de los cuerpos gloriosos. Luego, ya no.

   Como yo, todos mis contemporáneos tuvieron la desdicha de crecer, algunos más y otros menos, y poco a poco se pusieron al nivel de los ojos de las personas que, de niños, veíamos desde las distancias del suelo como aves picudas y desdeñosas. Las obligaciones, los valores, las órdenes más o menos tácitas, nos convirtieron en seres parecidos, similares los unos a los otros, excepto los casos que se salían a toda velocidad por la tangente y que no merecían más que reproches y responsos. Daba lo mismo si vivías a toda velocidad para hacer un bonito cadáver o si te lo tomabas con calma para acartonarte el día de mañana en un sofá con vistas a un televisor coronado por una flamenca, porque la existencia en cualquier caso iba a ser breve y decepcionante, como hubiéramos sabido de haber dedicado la adolescencia a leer filosofía y no a bailar hasta el amanecer practicando posturas con o sin precauciones.

   Ahora que los más iluminados nos cuentan en los foros de whatsapp que no existen ni el presente ni el futuro, me pregunto para qué nos ha servido este viaje, al menos a la mayoría: en mi caso para poco, lo digo con total indiferencia. No cuenten conmigo para hacer macramé, clubes de lectura, senderismo por la sierra, pan casero o esculturas con corcho de alcornoque. Tumbado en el suelo, los miro y me digo que ni les intereso ni me interesan. No me hagan perder el tiempo. Ignórenme. Total, para lo que vamos a durar…


jueves, 18 de febrero de 2021

Supersticiones

 


   Quizás una de las ventajas de hacerse mayor es que con los años se pierden muchas de las certezas que apuntalaban tu vida y te quedas como un equilibrista sobre el alambre, desnudo: no puedes volver atrás (porque la vida ya te empuja con un aullido…) y tampoco vas a pretender quedarte contra el viento, que ya sabes por experiencia que torres más altas han caído y se han hecho pedazos contra las erizadas peñas del suelo, allá lejos; es obvio, pues, está más claro que el aire que apenas notas que respiras, que no te queda otra que continuar pasito a pasito, deslizándote como un minúsculo bichito por el cordel, en pos de un horizonte que conoces pero que, sin embargo, tampoco tienes mucho interés en alcanzar. Convertido así en un deseo, más reptante que andante, superadas ya las diversas fases por las que los filósofos más audaces ya te habían clasificado antes de hacer tu primer pis, a saber, felicidad elemental, certezas inamovibles, relativismo acomodaticio y finalmente escepticismo total, cuando no cinismo gesticulante, las jornadas transcurren ni plácidas, ni tormentosas, ni siquiera en modo ejemplar: transcurren y punto.

   Así se ha simplificado la existencia, de modo global y manifiesto, desde que la Covid19 tuvo la desdicha de aparecer en las exóticas tierras de China y de extenderse como la afición general por las apuestas y las loterías por los paralelos de la esfera terrestre: los ancianos (me refiero por supuesto a los afortunados supervivientes de una pandemia que parece ir dirigida contra su profundo descreimiento y su notorio interés por seguir comiendo pollo y bebiendo buen vino) y los jóvenes, a quienes se les insulta continuamente por su supuesta falta de responsabilidad (cuando ellos y ellas lo único que quieren, como sus mayores, es beber alcohol y comer también mucho pollastre, mucho bollo y mucho filete), todos, pues, habíamos asumido a duras penas que la interrupción de nuestro paseo por el alambre durara un par de meses, tal vez seis, y en cualquier caso no más de un año, y dábamos por justificadamente perdido el año 2020, un bisiestazo con vocación de jodefiestas, un año de miércoles que trataríamos de olvidar pronto recurriendo a las drogas legales de farmacia, supermercado o herboristería, incluso a las no legales si el trauma dejaba una trayectoria ascendente y no cicatrizable.

   Pero lo que no podíamos imaginar, lo que demuestra que nuestros gobiernos siempre manejan información privilegiada y se blindan con sus escudos de seguridad del sí pero no y vuelva usted otro día a preguntar por lo suyo, que lo nuestro ya lo tenemos cocido y colado, es que nos íbamos a ver en las mismas en 2021, el año que habían bautizado como el de la recuperación, y que al paso que vamos acabará llamándose el olvidable, el triste, el disfuncional, un año en el que, sin recaer sobre él el augurio adverso de la negra suerte y las catástrofes librescas, se ha convertido en toda una demostración de magia: ante ustedes desaparecerán las vacunas como si fueran contribuciones y aparecerán infecciones con sabor a mazapán, trozos mal digeridos de uvas y masa de roscón de Reyes, de aquí al verano, por lo menos.

   Por esta suma de desencantos y de malas acciones, cometidas a troche y moche por tantos y tan incontables, no es extraño que a nivel social hayamos dado un salto cualitativo en nuestra disposición en el alambre: ahora todos, aunque tal vez podamos exceptuar a los matasietes que aprendieron a volar y suplantaron a sus mayores para arrebatarles la dosis de vida que les correspondía, estamos retratados en modo escepticismo total, incluso en el de cinismo gesticulante, lo que quiere decir que, lejos de haber aprendido algo de aquellos encierros con aplausos y mirada al tendido, hemos emergido con el culo al aire y las vergüenzas colgando.

   La triste realidad es que en estas circunstancias resulta difícil creer en el ángel de la guarda, en la filosofía de Kant, en la declaración de los derechos humanos o en las leyes de la probabilidad, y aún mucho más en las supersticiones que uno se ha ido construyendo en la vida sólo porque le ajustaban bien. Y si ya no puedes creer ni en lo que tú mismo te has fabricado como consuelo en un mundo competitivo, despiadado y desleal, ¿para qué tanto medio de comunicación, tanta red social, tanta noticia, falsa o no? A mí, por ejemplo, me resulta más sencillo creer en la existencia de la decimoprimera dimensión que en supersticiones como la de la integridad de los partidos políticos o de los periodistas. Exagerado que es uno, ¿no?