lunes, 27 de abril de 2026

Himnos

 

   Me siento frente al televisor. No ha sido ésta una buena semana y los noticiarios se han enfangado con numerosos acontecimientos, a cada cual más catastrófico, y han conseguido, por lo que veo a mi alrededor, sembrar el miedo y la desesperanza hasta en los más escépticos: calamidades climáticas, inseguridad económica, inestabilidad social y política, guerras interminables e indefensión de las masas…, es todo cuanto alcanzamos a atisbar en el horizonte. Ni loco se me ocurriría en este contexto elegir una película distópica de ciencia-ficción, que bastante tengo ya con este mundo desquiciado, ni una tertulia de especialistas en la ropa interior que llevaba en los noventa cierta cantante gafe y algo choricilla, que ladrones los ha habido siempre y Pilatos también, ni, mucho menos, un canal de esos que llenan su programación con noticias sin fin y que repiten más que el pepino en el gazpacho. Para sufrir, me digo sin la más mínima culpa al respecto, siempre hay tiempo.

   Elijo, conscientemente, un canal de deportes en el que se va a retransmitir en directo una final europea. No importa de qué especialidad, la verdad, porque estos eventos son previsibles: se repiten cada cierto tiempo, está tasada su duración y, al final, solo cabe la victoria para uno de los contendientes y la derrota para el otro. Visto desde fuera, sin fanatismo, resulta un plan de lo más pacificador, pues durante dos horas todo cuanto ocurra en la cancha estará previamente definido y será sancionado para bien o para mal según el reglamento indique. En esa placidez, cuando uno no es un hincha de esos a los que se les revienta una vena del cuello de puro forofismo, alguien como yo podría dormitar las dos horas sin que nada de lo que apareciera en la pantalla le importase un pimiento.

   El espectáculo empieza como debe ser, con los dos equipos respetuosamente formados en fila para escuchar los himnos nacionales. El primero que suena, no importa ahora de qué país, es una marcha militar, que es bien conocido el gusto que tienen las naciones en general por la marcialidad y los desfiles de fuerzas armadas de todo tipo. Los seguidores de ese equipo, puestos en pie, con la mano derecha sobre el corazón, siguen la melodía bélica mientras corean a voz en grito la letra, una letra que habla de victorias, supervivencia, madres, guerras y mares. Siempre me sorprende la vehemencia de sus voces y de sus actitudes, sobre todo porque, me parece, si resulta muy difícil poner de acuerdo en algo a los miembros de una familia, ¿cómo lo han podido conseguir con toda una nación para cantar la misma letra? Sobre todo, cuando la letra del himno es tan rancia como ridícula (se entenderá ahora por qué no quise nombrar antes al país; si alguien se da por ofendido, lo siento en el alma, pero nada podría estar más lejos de mi intención que un conflicto internacional).

   Viene después el himno español, con idénticas actitudes por parte de los jugadores seleccionados y de los aficionados en las gradas: caras pintadas de rojo y gualda, camisetas y gorros chillones, la mano también en el pecho y algún bombo para dar color local a la grabación enlatada. En todo serían intercambiables con sus contrincantes, pues la parafernalia es la misma; solo cambian los colores de cada bando y, claro está, un pequeño detalle: el himno español, mientras suena, no viene acompañado por los cantos de los jugadores, que permanecen serios, concentrados y mudos. No así sus incondicionales, que se arrancan a cantar, a silabear, el himno marcial, con un fervor encomiable: unos con la sílaba “la”, otros con la “lo” y otros con la combinación de “chin” y “ta”, a lo que yo me quedo perplejo, pues no entiendo cómo no hemos sido capaces de conseguir unificar lo que cualquier otro país tiene conseguido desde los tiempos del ruido.

  Antes de empezar el partido, ahí estoy yo, preguntándome con qué sílaba la cantaría yo si me dijeran que la entonase en voz alta. Y también cómo la vocalizarían las personas que conozco, según su origen, formación, ideas políticas y poder adquisitivo. Claro que algunos no la cantarían de ningún modo, que son pacifistas y abominan las guerras y la industria armamentística. Otros, además, se podrían a discutir si los colores de la bandera les representan, o si se sienten o no del país así simbolizado, o si son más autonómicos o europeos que nacionales. Mientras el árbitro señala el comienzo de la contienda con el pitido inicial, yo sigo tarareando en mi mente el famoso y pegadizo lo lo lo lo…

   Después de varias alternativas en el marcador, al adversario del equipo nacional de nada le sirven las armas de su himno, la victoria, la supervivencia de la que tanto alardeaban cuando cantaban, porque, lo cierto es que los han barrido de la pista y ahora todo se ha teñido de amarillos destellantes y rojos sanguinolentos y la afición española se pone a chillar con pasión y a coro, esta vez con letra, ese himno no oficial que dice que el que pone la voz es “español, español, español…”

   Hasta yo me pongo contento. La victoria me ha alegrado la tarde y me ha hecho olvidar por un rato la espantosa sucesión de infortunios de la semana, y aun del mes, diría. Pero no ha conseguido disiparme las dudas, las incoherencias que veo, la inestabilidad que surge de las pantallas el resto de la semana y, por eso, no me arranco por soleares, no grito olé, no brindo con cava ni me siento el rey del mambo para cantar que soy español, porque, como cuenta la historia, después de cada batalla, se venza o no, siempre se hace necesario iniciar la reconstrucción.

miércoles, 1 de abril de 2026

Sepulcros blanqueados

 

   “Continuidad de los parques” es un cuento de Julio Cortázar que me encanta. Como casi todos los cuentos del autor argentino, debería añadir. Sumergirme en sus mundos, en los que la realidad resulta ser la ficción y lo imaginario el universo real para dejar sorprendido al lector en el tránsito, es un placer al que se debe volver de vez en cuando, sobre todo en los momentos de desconcierto o desamparo. El lector del relato arriba mencionado se convierte involuntariamente en víctima de una conspiración amorosa que no pudo prever, pues los límites entre la realidad y la ficción son tan borrosos como los de la naturaleza y la mano humana en un parque: ¿dónde empieza la hoja y concluye la podadora?; ¿dónde se corta la carne y termina el cuchillo? Son preguntas a las que, si difícilmente podrían responder el damnificado y el asesino, ¡cuánto más el lector o el personaje!

   Las reflexiones anteriores me asaltan hoy a la hora de la tostada con aceite de oliva y tomate. Muy poco oportunamente, que, si me distraigo, aunque sea solo brevemente, se me enfría el café con leche y luego ya vale tan poco que se tuerce el resto de la mañana. El caso es que hace tres días me invitaron a participar en una mesa redonda sobre arte urbano en el contexto de unas jornadas culturales de creación artística y literatura social. Y no sé qué hacer, la verdad. Pagar, pagan bien, lo que es interesante por poco común; en general, las concejalías de cultura de ciudades pequeñas y pueblos grandes la mayoría de las veces pretenden que uno asista de gratis, como si no tuviera otras cosas que hacer que desbravar morlacos por pura vocación. Pero, aun así, estoy dudándolo, porque no acabo de ver claros el objetivo literario, el sustento ideológico y el fundamento intelectual del asunto, que tendrá, cómo no, su busilis, pero que a mí se me escapa. 

   Claro que podría aceptar sin más, como hacen alegremente todas esas personas que no tienen principios ni finales, ni remordimientos, ni pensamientos, y que lo mismo dan una conferencia sobre las pústulas serosas de santa Teresa que pontifican sobre las cualidades sanadoras de las bayas de goji; son personas todo terreno, sapientísimas, más preparadas que un rey moderno e insaciables de fama y pasta, hasta el punto de que lo ocupan todo, pueden más que un ejército de tetas y se pavonean de su talento sobre las cabezas infecundas de unos oyentes que los idolatran como al becerro de oro. Pero hace ya mucho tiempo que yo no juego en esa liguilla y creo, modestamente, que hay planes mucho más gratificantes que participar en olimpiadas tan doradas, por lo que, antes de que acabe el plazo de confirmación para la participación en las jornadas, tengo que enviar un correo electrónico declinando la invitación, lamentándome de no poder asistir por compromisos previamente adquiridos y quedando a su disposición para otra ocasión más oportuna, sin decirles, por supuesto, que los cambio por un encuentro con amigos alrededor de una pizza margarita y unas risas bajo la luna llena de un junio irrepetible. ¡Para qué contarles el secreto de la felicidad si no podrían apreciarlo…!

   Arte urbano. Literatura social. Esos son los sintagmas elegidos. Suenan tan bien… Son tan posmodernos, tan creativos, tan sugerentes…, que apenas los oyes y se te llena la cabeza de imágenes a todo color vistas en pueblos y ciudades de todas partes: mariscadoras del Atlántico con su capacho de berberechos, gatos que aúllan a la luz de la luna, trampantojos que simulan edificios que hace tiempo que fueron abatidos, amantes exhibicionistas y flores irreales surgiendo del cemento y confrontando a los cañones de los tanques… Ponen una nota de color en las ciudades, tapando las fealdades de su crecimiento orgánico y desorganizado, como queriendo ocultar la miseria, la incapacidad, los derrumbes de los muros de las patrias quevedescas y quijotescas. Si algo tiene el arte, es que no es natural, no existe per se, no surge de repente como las setas en el bosque otoñal, ni estalla como una supernova en el fondo oscuro de la noche de agosto. Para que exista hacen falta un creador y un observador (que podrían ser el mismo si no fuera un ejercicio de onanismo), individuos no necesariamente cuánticos, ¿o sí?, que lo colapsen, legándolo a la posteridad como un tesoro, una herencia inmaterial o un enigma.

  Todo arte se da en el seno de la sociedad humana que de por sí, por su conformación en clanes, tribus, países y alianzas supranacionales, es siempre urbana al tener que sobrevivir y prosperar de acuerdo con unas normas, unas leyes colectivas que la protegen, o al menos tratan de hacerlo mientras puedan, de la destrucción.

   Lo mismo pasa con la literatura social: ¿qué novela, drama o tragedia, poema, ensayo, diálogo, epopeya, no lo es? ¿Acaso sería posible crear con palabras una obra que no perteneciera a ninguna cultura, a ningún idioma, a ningún estado, de tal modo que se pudiera afirmar de ella que es totalmente asocial? Estoy seguro de que no es posible, porque la literatura implica a un emisor y a un receptor que tienen en común un código y un contexto que les permiten la comunicación (Jespersen dixit).

   Y por eso he decidido renunciar a participar en esa farsa, en esa feria de las vanidades a las que he sido invitado para hacer bulto y contribuir a la confusión, porque estoy en contra de los adjetivos innecesarios: otra cosa sería si me hubieran invitado a hablar simplemente de arte o de literatura, a las que, además, prefiero con mayúsculas. Pero me niego a blanquear con epítetos la fealdad de las ciudades, la injusticia en las calles y la tristeza de los corazones de los habitantes maltratados y doloridos de este 2026 tan desabrido y desasosegante.