MORIR DE MAR Y VINO OSCURO
Han
sembrado la ciudad de estatuas griegas
las
últimas lluvias.
Con la llegada del arte,
las
avispas sacan al sol sus aguijones dolorosos
y
arremeten contra la recóndita soledad de los efebos.
¡Qué
pasión de carne y mármol! ¡Qué angustia
de
vida en las vetas sin sangre de la piedra!
En
sus múltiples posturas, los durmientes,
luna
de oliváceos ojos sus anillos de musgo,
parecen
estirarse tras el fin del invierno
y
se despojan, metal, adobe, mortero y escayola,
de
los postreros pegotes de la escarcha.
Mojan
sus labios -mancha el rubí en las noches de celos-
latidos
de savia nueva que no me pertenecen,
pero
cuya humedad siento, una vez más,
en
esta explosión arquitectónica de las amapolas salinas.
Ocultas
tras los lirios de Van Gogh,
tras
los nenúfares del viejo Monet,
puedo
oír los chapoteos en la alberca,
los
dulces baños en la charca de Arcadia,
barcas
mecidas por la brisa en Leyden,
susurros
amorosos del jardín de Giverny.
Pero
que no te engañen los ecos de la ciudad dormida,
que
ahora apenas se despierta del letargo:
el
mundo ya no es tan solo hojarasca yerta
que
oculta a las voraces arañas de la muerte,
ni
flores desnortadas soñando manantiales;
la
ciudad es una galería de torsos y de brazos
que
exponen su belleza a los hombres dormidos,
para
aguijar su ruina y su nostalgia.
Viajar,
acaso divagar, sentir la furia del vértigo
en
las curvas sinuosas de la ciudad de estatuas,
una
vez más, otro abril más, tan de repente.
¡Qué
mortal desazón! ¡Qué angustia el arte!
¡Qué
sombrero de mármol la traición del sexo!
Y,
mientras tanto, las figuras tienden al sol sus lentas carnes.
Acaso
yo también, en esta vegetación recién recuperada,
me
asome hasta los ojos verdes de tu piel desnuda.
Que
necesito el calor acumulado en tus piedras
y
la caricia sensual de las vetas de luz,
para
no morir de mar y vino oscuro
ante
la incesante floración de los almendros.
(Este poema fue galardonado con el IV Premio Nacional de Poesía "Desconfinados" en Valladolid 2023)