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sábado, 21 de agosto de 2021

La Atlántida



     Durante más de veinte años, mi padre fue el guardés de la finca. Con cuatro años, estaba convencida de que allí se ocultaba un misterio, que realmente nosotros éramos los dueños de la tierra y que, como en los cuentos de hadas, me estaban ocultando que era la heredera legítima del pazo. En lo más profundo de mí había una princesa. Seguramente un hada, como las malvadas de la bella durmiente, me había hechizado en la cuna para impedirme ser quien realmente era. Así que jugaba a creerme aquella apariencia de normalidad que se respiraba en casa: comía con obediencia los grelos con cachelos, pero por la noche ponía un guisante bajo el colchón y comprobaba que me impedía dormir; me comportaba humildemente en la escuela mientras imaginaba la sorpresa que causaría la revelación de mi secreta majestad. Cuando terminé mis estudios primarios, mis padres pretendieron enviarme como aprendiz de costurera, por lo que decidí interrumpir la broma y me pinché con una rueca en el índice. Y desperté, vaya si desperté.

sábado, 25 de febrero de 2017

El tiempo



A lo mejor porque me crié con aquellos absurdos libros para aprender inglés en la Educación General Básica me ha quedado residualmente una cierta antipatía hacia las conversaciones basadas en tópicos. Ya se sabe, te subes a un ascensor porque con los años has acabado por odiar las escaleras y tienes que soportar subir acompañado, aunque con los años también has acabado por odiar a los compañeros ocasionales del elevador, y dices buenos días porque te educaron en eso, y ves la respuesta forzada de tu interlocutor, una mueca que no llega a ser sonrisa, incómoda, y de buenas a primeras ya estás hablando de si hoy hace frío, menos que ayer, pero al menos no llueve, y como decía Cecilia tal vez mañana nieve. Que a ti no te importa lo más mínimo, la verdad, que en invierno ya se sabe que hace frío y en verano el sol te torra como a un cacahuete, aunque los medios de comunicación se empeñen en amargarnos la temporada con las alertas amarillas y naranjas. El caso es tenernos entretenidos y que no pensemos ni mucho ni poco.
Y de un tiempo a esta parte, los tópicos sobre el tiempo es que te asaltan en cualquier sitio y de la manera más inesperada. Que voy el otro día a una cena, a una de esas desmadradas cenas de despedida de soltero, el novio era bastante mayorcito y estaba más para hacerse una dentadura nueva que para casarse de primeras, pero el amor tiene eso, que llega cuando quiere y te convierte en un títere, y como decía la canción de María Dolores Pradera, cuando el amor llega así de esta manera, uno no tiene la culpa, y en mitad de la cena, agotadas varias botellas de vino de Rueda, el padrino, que era al menos tan viejo como el novio, se pone estupendo y no para de reflexionar imitando a Aristóteles sobre lo humano y lo divino. Si no estuvo perorando media hora, debió de ser más, porque algunos nos dormimos a ratos, alguno incluso roncó, y la cháchara siguió su ritmo monótono como las aguas del Ebro desembocan poco a poco en Tortosa. Bueno, abreviando, que el padrino nos informó concienzudamente de que el único tiempo real es el presente, que el pasado no existe y el futuro es una mera entelequia, y que por eso la verdadera sabiduría consiste en disfrutar del hoy y del ahora, que carpe diem, collige virgo rosas, tempus fugit y que el último apague la luz ahora que tiene estos picos de tarifa no sea que al final no podamos pagar la factura. Que fue tan aburrido y tan deprimente que todos todos, hasta el novio, estuvimos por agarrarnos una buena moña y que fuera a la boda al día siguiente, si es que existía, Rita Pavone o Rita la cantaora.
Con el grupo de conocidos con los que hago senderismo una vez al mes por aquello de la mente sana en el cuerpo sano trato de no entrar en conversaciones delicadas, es decir, que no hablo ni de política, ni de religión, ni de sexo, que ya son varios los grupos estos artificiales que he visto estallar por tratar de temas poco adecuados al ejercicio físico y la tonificación de piernas, y eso que siempre hay alguno, o alguna, con mala baba o ignorancia supina, que mienta la soga en casa del ahorcado y acaba por ponernos en riesgo a todos. Para esas ocasiones los más avezados tienen un repertorio que ni Rocío Jurado: fauna salvaje, flora de los montes, recolección de fósiles, filatelia y colombofilia nunca están de más y encajan siempre en el momento preciso. Y el tiempo, el consabido tiempo, nublado, aquí y ahora, con el sonsonete democrático de que antes, cuando todos éramos más jóvenes, todos lo hemos sido aunque ahora tengamos una edad, el tiempo pasaba más despacio y sin embargo a día de hoy todo lo arrasa que es una barbaridad y hasta hay quien afirma que cumple los años de dos en dos.
Hasta yo le echo la culpa de todo al tiempo. Si no tengo ganas de ir a hacer la compra, si no me apetece ver a la petarda de mi mejor amiga, si me olvido de una cita médica o si me paso un mes sin cortarme las uñas, siempre puedo esgrimir el argumento de que lo que me falta es tiempo: qué cruel y qué implacable. Qué socorrido. ¡Qué hartura de tiempos y costumbres!