El tiempo pasa tan deprisa…, o tan lento..., según se mire, que hoy es ayer, y mañana, también es pasado. En estas profundidades estoy yo divagando mientras como un yogur desgrasado, que a lo mejor fue yogur ayer, pero desde luego hoy ya no lo es, porque solo le ha quedado lo que no le aprovecha a un cuerpo harto de alimentos que no tienen nutrientes, grasas ni sacramentos. ¡Qué nostalgia de otros tiempos! ¡Sobre todo de los futuros, de esos que afortunadamente no conocemos y nos aportan ansiedad y esperanza a partes iguales! ¡Qué más da que en breve sean también un recuerdo, uno tan malo como todos los demás que ya hemos vivido y desaprovechado, si hasta que llega tiene el encanto de lo que está por estrenar y parece que pudiera llegar para remediarnos la angustia vital y el insomnio!
De niño hubiera querido ser astronauta o filósofo. Hubiera querido, digo, de no haber sabido que tales oficios estaban vedados para la gran mayoría por imperativo legal. Veíamos en las películas antiguas a héroes de todo tipo salvando al mundo de enemigos poderosos y admirábamos en secreto a todos aquellos espías dobles, policías rebeldes, bomberos indisciplinados y militares arrojados, cuya temeridad estaba a la altura de su astucia, su valor a la par que su ética. Pero, hijos de otra época, sin duda menos épica e idealista, nos teníamos que conformar con crecer sabiendo que nuestro papel social se limitaba a mirar por la ventana, pasear por las calles sin rumbo fijo y dormir sin sueño para matar al aburrimiento. Con tales horizontes, no es de extrañar que en nuestra infancia ya no quisiéramos ser nada de nada, pues solo los hijos de los muy afortunados, uno de cada cien mil, tendría un oficio, un trabajo, un sueldo y un poder que perpetuar en sus vástagos. Así que nuestros padres nos educaban para que no quisiéramos ser nada el día de mañana, para que fuéramos como ellos, mientras nosotros en secreto envidiábamos en la pantalla a cuantos tenían un destino y el don de la rebeldía en los genes.
Nuestro estado de desilusión es producto de nuestras circunstancias, por supuesto. No crean ustedes que nosotros nacimos sin sangre en las venas. Pero a ver quién es el guapo que arremete contra un sistema que te anula del derecho y del revés desde que empiezas a entender lo que te rodea y sale incólume de la colisión con el gran aparato… Domesticados, eso es lo que estamos. Como los gatos. Casi como los cerdos en sus pocilgas: no nos falta el alimento, no tenemos nada que hacer en toda nuestra santa vida más que verla pasar sin objeto e individualmente no contamos para nada hasta el día de nuestra muerte. A diferencia de los cerdos, nosotros no servimos en absoluto, excepto por nuestra labor reproductora, que, por motivos obvios, está limitada al máximo y controlada por unos algoritmos que se escapan a nuestra comprensión. Dicen que hubo un tiempo en que los superordenadores no dominaban el mundo, que estaban bajo el control de los humanos y que las decisiones, muchas de ellas tan estúpidas como los individuos que las tomaban, eran desconcertantes y hasta creativas; pero todo eso fue mucho antes de que nacieran mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos, es decir, en un tiempo mítico y remoto que seguramente tendrá más de ficción que de realidad.
Con el acceso prohibido a los antiguos fondos de bibliotecas y de archivos digitales, sin conexión plus a la red de datos y careciendo de medios económicos para comprar en el mercado negro los últimos programas de conocimiento inmediato, la mayoría nos pasamos el tiempo especulando sobre el tiempo, el sentido de la vida, la materialidad de lo digital y la espiritualidad de lo físico, dando vueltas a ideas recurrentes y baldías, como las que da un ventilador para enfriar un procesador de datos.
Nuestras vidas carecen de todo interés. También de ánimo. Son rutinarias, baldías, insuficientes… El sistema nos facilita unos medios básicos, casi precarios: viviendas obsoletas y tristes, que en nada se parecen a los modernos rascacielos bunkerizados donde viven las élites con sus privilegios, y un ingreso mínimo vital que a veces da y otras no para alimentos, ropa y artículos de higiene. A falta de trabajo y de oportunidades en un mundo en que todas las tareas las realizan las máquinas y todas las necesidades las gestionan ellas con programas tan sofisticados que solo los pueden mejorar con análisis de datos que necesitan cálculos casi infinitos y que monopolizan con exhaustividad, nosotros nacemos, comemos mal, nos aburrimos, nos reproducimos (si nos dan permiso) y nos morimos, mientras la vida pasa sin nosotros y nosotros cruzamos un páramo de días y de noches en los que nada puede consolarnos de una vida sin sentido ni propósito.
El tiempo pasa tan deprisa, o tan lento, según se mire, que poco importa ya si es ayer, hoy o mañana, porque todos los días son idénticos los unos a los otros y no aportan nada. Son como unos puestos en fila de forma infinita en un teclado: hay un momento en que ya no ves más que unos y a la vez ninguno te importa lo más mínimo porque nadie se puede acostumbrar nunca a ver un uno tras otro infinitamente, orgánicamente, aburridamente. Claro que uno desea que de vez en cuando haya algo diferente, algo que no sea un uno, porque de la variedad surge el ímpetu, la ilusión y el coraje. ¡Pero si hasta los ordenadores basan su lenguaje en una dualidad de unos y ceros…!
En todo esto pienso mientras le doy vueltas con una cucharilla al yogur desgrasado que me acompaña en este momento continuo y siento la necesidad de hacer algo que no sé concretar, algo que me crea una angustia y una nostalgia que se viene conmigo por la noche a la cama y de día me atormenta en mi vagabundeo por la calle…


Un buen regalo de reyes. Jesús. Un abrazo enorme
ResponderEliminarJesus lamento mucho que veas la vida de esa manera! No es tan mala como la pintas. Abrazos
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