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miércoles, 22 de marzo de 2023

Cuatro mujeres


   Como nació en 1936 tiene ya cumplidos los ochenta y siete años y, por supuesto, cuenta con una guerra civil en la mochila solo por haber nacido en España y en el seno de una familia republicana. En su infancia, los más antiguos lo recordarán bien, se crecía con el peso del miedo al diablo, al infierno y a los tocamientos impuros, bajo una presión social que comenzaba en casa y se reconcentraba en la escuela y en la santa misa obligatoria de todos los domingos y fiestas de guardar. Casi todo lo que no fuera una obediencia ciega a los mayores era pecado y enfermaba como la lepra de los proscritos evangélicos, dejándote marcado, más aún si eras mujer, para toda la vida. Por tu culpa, por tu culpa, por tu grandísima culpa, se rezaba en los templos mientras el cura, casi siempre gordo y turbio, se comía la hostia y se bebía el vino frente a un rebaño hambriento y, pese a todo, culpable de todo lo divino y lo humano. Casi la mitad de su vida la ha pasado sometida a un sistema político dictatorial que le negaba su propia autonomía: de la tutela del padre a la del marido, sin otra vida social que no fuera la propia de sus labores y sin atreverse a levantar la voz no fuera a recibir una de las hostias, consagradas o no, de los que tienen la sartén por el mango, es decir, los ricos, los poderosos, los religiosos, los maridos y demás fauna depredadora. Hoy viuda y felizmente libre, mira para atrás y suspira por los casi cuarenta años que le robaron y por los que nadie, nunca, se ha disculpado.

   Quiso estudiar una carrera técnica a mediados de los años 70, cuando apenas contaba con veinte años, y nadie se lo negó. Su madre trató de encauzarla hacia la enfermería o el magisterio, caminos trillados que no levantaban sospechas ni suponían estigma social ninguno, y estuvo varios años sin dirigirle la palabra por querer ocupar, usurpar, decía, los puestos de los hombres, que por cierto eran sus compañeros de estudios, quienes la contemplaban con desdén y cierta sorna mientras tomaba apuntes de física aplicada o de química inorgánica. Sus profesores fueron, sin duda, más crueles, porque los más benignos la ignoraban y los otros la vejaban y corregían sus exámenes con un rasero que nunca habrían utilizado con el hijo del juez o el nieto del marqués. Hoy es aparejadora y ejerce su profesión a las mil maravillas; de aquellos tiempos difíciles, de la soledad de las pioneras, casi no queda recuerdo alguno en las estudiantes que ahora se pasean por las facultades de Ingeniería o de Medicina con el ombligo al aire y tatuajes varios a la vista.

   Como representante de los primeros integrantes de la Generación Z, habita un mundo tecnológico desde que se levanta hasta que se acuesta, e incluso se mantiene conectada al móvil durante la noche, no vaya a pasar algo importante y se lo pierda. Es atea por la falta de dios, pues no fue bautizada, ni disfrazada para la primera comunión, ni tuvo interés en matricularse en la asignatura optativa de religión; no ha conocido los terrores nocturnos causados por los ejercicios espirituales de los jesuitas ni cree que su cuerpo, ni parte alguna de él, sea sucia y escondible. Le gusta el placer y lo busca. Ha empezado cuatro carreras universitarias y todas las tiene a medias, mientras viaja por todo el mundo con el dinero de sus padres hablando francés, inglés y japonés, de forma tan fluida que la envidian hasta los políticos profesionales, que, en su mayoría, hablan solo español y bastante mal. No tiene prisa para nada porque cuenta con el valor que más se cotiza en el siglo XXI: la sacrosanta juventud. Ya se preocupará del futuro más adelante, si es que alguna vez llega, que nunca se sabe con tanta guerra, pandemia y desgracias climáticas.

   Con tres años ha conocido un mundo cambiante: al principio todos llevaban mascarillas y era difícil saber quién era quién y si todos tenían boca y nariz como las personas de su casa, pero ahora la mayoría ya no las lleva y puede divertirse mirando los enormes apéndices nasales de las personas mayores, a quienes no les gusta, qué raro, sacarse los mocos y comérselos. Casi siempre está enferma; cuando no tiene un catarro, le duele la garganta o le sube la fiebre a casi cuarenta, sobre todo desde que se incorporó a la guardería, por lo que es asidua al servicio de urgencias de su hospital, porque al centro de salud ya no la llevan porque casi nunca hay médico. No le gustan los sanitarios, a los que distingue de buenas a primeras por la bata blanca y porque esconden su nariz bajo unas mascarillas verdes y desagradables. A diferencia de su bisabuela, en su mundo no cabe la culpa ni tiene la obligación de someter su voluntad a la de los hombres; a diferencia de su abuela, podrá elegir sus estudios libremente y nadie cuestionará su feminidad por no seguir los estereotipos rígidos de una élite dominante; a diferencia de su madre vive en un entorno bastante pequeño y repetitivo, en el cual todo es apasionante y ameno. No lo sabe, pero le ampara la libertad de sus mayores y ojalá siga siendo así durante muchos, muchos años.

sábado, 16 de mayo de 2020

La juventud


   Antes de ser mayores, incluso viejos, hemos sido jóvenes. Aunque ahora pueda parecer un absurdo, hubo momentos de nuestras vidas en que creíamos que no íbamos a morir nunca, que nadie sabía más que nosotros lo que de verdad es interesante y que los que presumían de años, y aun de experiencia, eran todos unos cargantes que solo pretendían estropearnos la diversión. Con esas ínfulas transitábamos por el mundo con la cabeza muy alta y el sexo siempre presente entre las dos cejas: seguramente nada nos parecería más importante que el presente, ni más inmediato y gratificante que el placer que se intuía en las fantasías. Hoy observamos a los jóvenes y muchas veces lo hacemos con un gesto desdeñoso, como si estuviéramos por encima de sus torpes necesidades, nosotros que en tantas cosas ya estamos de vuelta. Y no valoramos que tienen la virtud de vivir en el presente con intensidad, seguramente porque aún no han comprendido que no están a salvo de la muerte por mucho y bien que la ignoren.
   La diversión siempre es una experiencia individual y no depende sino de nuestra capacidad de adaptarnos al entorno y reírnos de él. Es posible que la risa sea la más curativa de las actitudes humanas, porque en el fondo de su estallido está la certeza de que nada importa y nada es respetable. Cuando unos adolescentes irrumpen en el metro o en el autobús con sus carcajadas destempladas, lejos de comprender que se sienten como un alien en un teatro, pensamos que son unos exagerados, unos falsos, los peores actores del mundo, sin percatarnos de que no somos quiénes para juzgar sus interpretaciones y que seguramente somos tan postizos, al menos, como ellos. Porque en nuestros casos ya hace tiempo que no salimos de marcha después de la medianoche, que no esperamos ligar con desconocidos en las discotecas porque sí y que no nos pasamos la noche en blanco para acabar en las gasolineras tomando los churros con el café del amanecer. Nadie espera de nosotros que hagamos una locura, no volvamos a dormir a casa sin dar explicaciones, ni que amanezcamos al borde del mar a trescientos kilómetros de casa haciendo manitas como principiantes.
   Somos esos señores mayores y respetables que nos vestimos por los pies y peinamos canas. En los últimos meses nos hemos convertido, además, en grupo de riesgo al cuadrado y el resto de la población nos ha dejado a nuestro aire: como mucho se preocupaban de llamar por teléfono para dar vuelta, traernos la compra a la puerta de casa para que no saliéramos a la calle y tenernos surtidos de revistas, medicinas y caramelos de menta para la tos. En cierta medida, habíamos recuperado la libertad, a salvo de comidas con los hijos, de las miradas asesinas de las nueras, del control de las citas médicas en la agenda, de la revisión minuciosa de la limpieza de la casa, cristales incluidos… Después de tantos días viviendo solos, a nuestro placer, habíamos llegado a la conclusión de que hacía tiempo que no estábamos tan relajados, libres de conflictos y en paz con nosotros mismos.
   Y toda esa paz tan arduamente alcanzada, de repente está a punto de desaparecer para siempre. Y no se trata de que el famoso desconfinamiento nos vaya a devolver irremisiblemente a la realidad, a la nueva realidad, y por tanto nos eche en los brazos amorosos de nuestros familiares y amigos, con sus comidas de fin de semana y las celebraciones de cumpleaños, aniversarios y efemérides varias, sino de que nos han abierto las puertas de la jaula y sin apenas darnos cuenta, sin pararnos a reflexionar, hemos vuelto de golpe a la calle con la juventud que celebra el presente como un bien absoluto y nos hemos lanzado a vivir a pleno pulmón incluso con mascarillas y guantes desechables. Sabemos, claro, que la muerte acecha, pero vivimos la ocupación de las vías públicas con la alegría inconsciente del actor que se infla porque ha perdido la perspectiva del personaje y quiere dejar su huella en la memoria del público.
  Pero imaginen, conociendo que los seres humanos nos hacemos de costumbre y de miedos, de repeticiones tediosas y de sueños inalcanzados, cuánto nos va a durar esta alegría otoñal: es posible que estemos dispuestos a exprimir la naranja mientras tenga un poco de jugo, pero estamos eternamente de vuelta y conocemos a la perfección que la euforia, como la felicidad, es efímera.