Antes de ser mayores, incluso
viejos, hemos sido jóvenes. Aunque ahora pueda parecer un absurdo, hubo
momentos de nuestras vidas en que creíamos que no íbamos a morir nunca, que
nadie sabía más que nosotros lo que de verdad es interesante y que los que
presumían de años, y aun de experiencia, eran todos unos cargantes que solo
pretendían estropearnos la diversión. Con esas ínfulas transitábamos por el
mundo con la cabeza muy alta y el sexo siempre presente entre las dos cejas: seguramente
nada nos parecería más importante que el presente, ni más inmediato y
gratificante que el placer que se intuía en las fantasías. Hoy observamos a los
jóvenes y muchas veces lo hacemos con un gesto desdeñoso, como si estuviéramos
por encima de sus torpes necesidades, nosotros que en tantas cosas ya estamos
de vuelta. Y no valoramos que tienen la virtud de vivir en el presente con
intensidad, seguramente porque aún no han comprendido que no están a salvo de
la muerte por mucho y bien que la ignoren.
La diversión siempre es una experiencia individual y no depende sino de
nuestra capacidad de adaptarnos al entorno y reírnos de él. Es posible que la
risa sea la más curativa de las actitudes humanas, porque en el fondo de su
estallido está la certeza de que nada importa y nada es respetable. Cuando unos
adolescentes irrumpen en el metro o en el autobús con sus carcajadas
destempladas, lejos de comprender que se sienten como un alien en un teatro,
pensamos que son unos exagerados, unos falsos, los peores actores del mundo,
sin percatarnos de que no somos quiénes para juzgar sus interpretaciones y que
seguramente somos tan postizos, al menos, como ellos. Porque en nuestros casos
ya hace tiempo que no salimos de marcha después de la medianoche, que no
esperamos ligar con desconocidos en las discotecas porque sí y que no nos pasamos
la noche en blanco para acabar en las gasolineras tomando los churros con el
café del amanecer. Nadie espera de nosotros que hagamos una locura, no volvamos
a dormir a casa sin dar explicaciones, ni que amanezcamos al borde del mar a
trescientos kilómetros de casa haciendo manitas como principiantes.
Somos esos señores mayores y respetables que nos vestimos por los pies y
peinamos canas. En los últimos meses nos hemos convertido, además, en grupo de
riesgo al cuadrado y el resto de la población nos ha dejado a nuestro aire:
como mucho se preocupaban de llamar por teléfono para dar vuelta, traernos la
compra a la puerta de casa para que no saliéramos a la calle y tenernos
surtidos de revistas, medicinas y caramelos de menta para la tos. En cierta
medida, habíamos recuperado la libertad, a salvo de comidas con los hijos, de
las miradas asesinas de las nueras, del control de las citas médicas en la
agenda, de la revisión minuciosa de la limpieza de la casa, cristales incluidos…
Después de tantos días viviendo solos, a nuestro placer, habíamos llegado a la
conclusión de que hacía tiempo que no estábamos tan relajados, libres de
conflictos y en paz con nosotros mismos.
Y toda esa paz tan arduamente alcanzada, de repente está a punto de
desaparecer para siempre. Y no se trata de que el famoso desconfinamiento nos
vaya a devolver irremisiblemente a la realidad, a la nueva realidad, y por
tanto nos eche en los brazos amorosos de nuestros familiares y amigos, con sus
comidas de fin de semana y las celebraciones de cumpleaños, aniversarios y
efemérides varias, sino de que nos han abierto las puertas de la jaula y sin
apenas darnos cuenta, sin pararnos a reflexionar, hemos vuelto de golpe a la
calle con la juventud que celebra el presente como un bien absoluto y nos hemos
lanzado a vivir a pleno pulmón incluso con mascarillas y guantes desechables.
Sabemos, claro, que la muerte acecha, pero vivimos la ocupación de las vías
públicas con la alegría inconsciente del actor que se infla porque ha perdido
la perspectiva del personaje y quiere dejar su huella en la memoria del
público.
Pero imaginen, conociendo que los seres humanos nos hacemos de costumbre
y de miedos, de repeticiones tediosas y de sueños inalcanzados, cuánto nos va a
durar esta alegría otoñal: es posible que estemos dispuestos a exprimir la
naranja mientras tenga un poco de jugo, pero estamos eternamente de vuelta y
conocemos a la perfección que la euforia, como la felicidad, es efímera.
Cuanta verdad hay en este texto, nos creíamos mayores y solo éramos aprendices a serlo.
ResponderEliminarComo siempre una realidad relatada con todo esplendor. Seguiremos siempre igual, nada nos hace cambiar.
ResponderEliminarJesús, me gusta mucho tu reflexión sobre la vejez.
ResponderEliminarEstoy muy malito
No sé si voy a salir de esta, cáncer de colon.
Me operan.
Vamos a ver.
Un abrazo grande