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viernes, 24 de noviembre de 2023

Una cuestión de suerte

 

 

   Escuchaba hace unos días en una entrevista añeja a una de esas actrices que en su día llenaron páginas de papel cuché por su participación en los más importantes estrenos y por su implicación en escándalos de toda tipología: la importancia que se daba ante la cámara, la ironía de la que hacía gala, la trascendencia que otorgaba a su trabajo y a sus proyectos, la suficiencia condescendiente con la que se avenía a responder al entrevistador, resultan ridículas treinta años después, cuando al correr del tiempo y de las modas, la mayoría de la población ignora totalmente su trayectoria o, en el mejor de los casos, la ha olvidado. Así pasa la gloria del mundo, como dice uno de los tópicos literarios clásicos que más razón tienen.

   En esa sucesión de respuestas pretendidamente brillantes, la actriz a decir verdad ni había asistido mucho a la escuela, ni tenía nociones básicas de filosofía (lo que se le notaba incluso en contra de su voluntad), vino a afirmar que creía en la reencarnación y que, en su caso, algo que sin duda debía asombrar al periodista y a los televidentes, era capaz de recordar con todo detalle tres o cuatro de sus vidas anteriores. No obstante, pese a los ruegos del plumilla para que relatase los mejores de sus peripecias vitales anteriores, la susodicha no consintió en dar más información al respecto, excepto una pincelada, que trazó con ampulosidad y cierto misterio: había sido… cortesana en Venecia.

   No sé qué pensaría el reportero al respecto, ni se lo puedo preguntar porque también hace ya años que está requetemuerto y que yo sepa no se ha reencarnado todavía, pero sí puedo confesar lo que se me pasó a mí por la cabeza, aunque, eso sí, evitando las palabras coloquiales, que no vulgares, con las que tildé de insustancial y casquivana a la supuesta hija de la Serenísima. Porque resulta curioso que tales lumbreras, afectadas hasta las meninges por la fiebre de una reencarnación occidental y doméstica, siempre acaben por presumir de haber sido, en sus espléndidos y no documentados pasados, faraones de Egipto, madres fundadoras, navegantes descubridores y amantes licenciosas de reyes irredentos, gente al fin influyente y conocida, de la que han quedado documentos más o menos fiables. De la inmensa mayoría de los seres humanos, que son, han sido y siempre serán insignificantes, innumerables, ignotos y también remotos, nadie declara nunca ser una reencarnación, pues no aporta clase ni encanto el haber pasado por el mundo cumpliendo una función, digamos que menor y sin sentido aparente, como la del lactante que se muere a los tres meses súbitamente, la del adolescente al que le parte un rayo mientras cuida las cabras, la del azteca al que sacrifican a un dios para ofrecerle su corazón, o la de la virgen a la que tiran por un acantilado en una isla paradisíaca de los mares del sur para que se apacigüe la cólera de un volcán. Los pobres y miserables, que al final tampoco seguramente serán los primeros por mucho que nos guste la justicia poética, constituyen el noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de la historia de la humanidad, si no más, y no cuentan ni siquiera para los que juegan a haber desempeñado otros roles en el pasado: ¡quién querría conformarse con un leproso o con una tuberculosa de pantano pudiendo interpretar al noble ambicioso o a la querindonga de un letrado mayor del reino! ¡Vamos, ni que fuéramos tontos!  

   Los habitantes de este planeta azul, cada vez más contaminado y menos propicio, somos de lo más contradictorio: aspiramos en términos generales a la excelencia e ignoramos la inferioridad, sin ser conscientes de que para que haya una alteza tiene que haber miles de plebeyos o de que para que haya un rey tiene que haber cientos de miles de vasallos. Afincados a esa concepción vertical del mundo, miramos hacia arriba con ilusión, como si la lotería tocase siempre, e ignoramos el suelo, donde se pudren los muertos y se alimentan las raíces; con excepciones contadas, pero que nutren los sueños de los demás, nunca salimos del círculo que nos contiene de lunes a domingo, de año en año, de lustro en lustro, hasta que hacemos nuestro mutis por el foro y dejamos que otros continúen, mientras dure, el baile en este perpetuum mobile.

   Es una cuestión de suerte. Ni más ni menos. En un mundo cortado como una naranja en rodajas verticales y horizontales, nuestra fortuna depende primeramente de dónde venimos al mundo de cabeza, o por cesárea, y eso ya marca nuestro destino. Una línea más a la izquierda y perteneces a un país, a una comunidad, a un barrio rico, con todo tipo de ventajas, más si cabe si estás en la parte alta de la depredación; pero, a cambio, basta con que te toque habitar tras una línea más a la derecha y más abajo para que tus posibilidades de superar el primer año de vida se reduzcan a la mitad y cuentes sólo con un veinte por ciento de llegar a cumplir los cuarenta. En la ecuación del éxito y del fracaso también influyen los desastres naturales o artificiales, como la guerra, la hambruna, las epidemias o las crisis económicas, que pueden convertirte en un paria, si aún no lo eras, en un visto y no visto.

   La difunta actriz-cortesana veneciana de mi entrevista tal vez se haya reencarnado en una influencer o en un cantante de reaggeton de éxito y esté por ahí dando por saco con sus letras ripiosas y concupiscentes. Lo que no imagino es que haya querido reencarnarse en vecino de la Cañada Real, en indígena de la selva del Amazonas, en niño en la franja de Gaza o en intocable en la India, porque eso es de pobres y el mundo ya es bastante feo para, encima, no tener cuartos, ni formar parte de los elegidos para la gloria y la fortuna.

  

martes, 19 de diciembre de 2017

El balance



   Aunque serían muchos los extranjeros que se atreverían a decir que aquí nos pasamos los días de fiesta en fiesta, bebiendo sangría, bailando flamenco y durmiendo la siesta al fresco, lo cierto es que los españoles vivimos de sobresalto en sobresalto. Basta con mirar atrás en este año de 2017, ahora que ya va siendo hora de hacer el balance anual, para comprobar que nos hemos pasado el año acogotados por la corrupción política, la crisis económica y sobre todo por el asunto catalán, ese que nos ha llevado, según las zonas y las convicciones políticas de cada cual, a sacar las banderas de los armarios, a retumbar con las cacerolas en la calle, a pelearnos con los vecinos por un quítame allá esas urnas… Es cierto que también se han puesto de moda los equidistantes, un tipo de divergentes que no parecían ser ni moros ni cristianos, y que por eso mismo han sido denostados por la mayoría, no sea que ahora pretendan sacar partido en estas aguas revueltas los más judaizantes. No ha faltado ni un experimento sociológico, tipo Gran Hermano televisivo, para tratar de demostrar que desde la Edad Media las tres culturas han sabido vivir juntas, sin recelos y poco revueltas: lo ha aplicado el gobierno y muchos lo han aplaudido entusiasmados.
   Todos los años también por estas fechas los españoles nos volvemos locos por la lotería. El sorteo del día 22 de diciembre es el cohete con el que empiezan las fiestas navideñas, unas fiestas de más de dos semanas pensadas para que gastemos nuestro dinero de forma generosa y disfrutemos del privilegio de haber llegado a cumplir un año más, aunque en materia de asuntos sociales y derechos de ciudadanía vayamos para atrás como los cangrejos. Dos semanas para que dejemos de sentirnos acogotados mientras pelamos langostinos y brindamos con cava, si es que hemos decidido no hacer boicot a los productos catalanes. Y si no, pues brindamos con champán francés o con sidra asturiana, que en el fondo tanto monta.
   Es cierto que este año las fiestas de navidad van a comenzar justo el día después de las elecciones catalanas y ya se encargan los medios de comunicación de masas de tenernos debidamente en vilo. Pero como le decía yo a una amiga mía, jubilada, votante del PP y muy asustada por la situación, a la que le cuesta llegar a fin de mes con su exigua pensión, lo peor es que no va a pasar nada de nada, como siempre, y al final, tras tanta preocupación por el porvenir, lo único seguro es que tendrá que subir la cuesta de enero arrastrando el trasero por la grava, como siempre, que eso es lo que trae tanta paz social y tanto miedo.
   En materia de desgracias, todos los años hay una fecha destacada para los amantes de las catástrofes. Los más aficionados a los holocaustos la convierten en objeto de devoción personal y confían en que el premio de la lotería tendrá alguna relación con ella. Así este año algunos han confiado en el 11017, la fecha de la consulta del huido Puigdemont, y están rezando a la Virgen de Bruselas para que les toque un pellizco, pero si hay un número que se lleva la palma en esto de los efectos de la suerte y de la superchería, ese es el 00155, un número bajito, pero que encierra todo el poder de la constitución española de 1978. Quien más, quien menos, ha soñado que este número tan de moda va a ser el agraciado con el premio gordo y se ha visto impelido a encargarlo a Manises, Madrid, Toledo, Alcalá de Henares, Granada, Elche y, ¡oh sorpresas te la da vida!, a Lloret de Mar y Barcelona.
   Ya sabemos que la lotería siempre le cae al gobierno: aparte de los márgenes legales de la recaudación, que suelen ser en torno al 33%, y del IVA aplicado transitoriamente a los agraciados con más de 2.500 euros, el que parte y reparte se lleva la mejor parte. Este año ellos también han apostado al 00155 y parece que les ha salido bastante bien; con el consabido sonsonete de la absoluta independencia del poder judicial, con los palmeros de los mass media haciendo de clac, con un montón de sinvergüenzas procesados por tratar de dar un golpe de estado bananero, y la población inmersa en una guerra de banderas y de consumo o no de productos con denominación de origen catalán, nuestro máximo líder se está frotando las manos, que no quiero yo  pensar que se las está lavando como Herodes, mientras aplica el 155: trinco, trinco y por el trasero os la hinco. A lo peor es el único español que no sabe aún lo que es un sobresalto.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Feliz Navidad

 

   Un año más no nos tocó el gordo de la lotería de Navidad, que va a resultar  tan falso como el orondo y pecador de Santa Claus. Pero, como no todo va  a ser negativo en fechas tan abrumadoramente señaladas, aprovecho estos días tan cortos y estas noches tan largas para desearos una Feliz Navidad en compañía de los vuestros, por más raros e inaguantables que sean. Besos y abrazos navideños.