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viernes, 6 de junio de 2025

Mundo toc

 

   Bien sabido es que cada cual tiene sus manías. Los seres humanos somos como somos, nos guste o no, y nacemos con muchos defectillos y generalmente nos morimos con ellos sin que haya cambiado casi nada, aunque alcancemos los cien años. Una vida larga solo significa, por tanto, que el fracaso ha sido mayor, que hemos tenido que convivir con nosotros mismos y nuestras extravagancias durante más tiempo de lo que hubiéramos deseado, así de lamentable es nuestra existencia, como saben muy bien los psicólogos y sus cuentas bancarias. Sin embargo, ¡qué materia sin fin para el cine y la novela este asunto de las rarezas de cada cual! No existiría la comedia si no se poblara de pobres tipos de los que nos podemos reír sin cortapisas porque son más tontos, más feos, más ridículos, más impresentables, que nosotros mismos. ¡Y qué superioridad moral nos da mirarlos desde arriba, verlos afanarse en absurdos problemas y situaciones hilarantes, creyéndonos falsamente que tales dislates no nos pasan nunca y que nadie se atreve, por tanto, a reírse de nosotros! En esto, como en todo, la risa va por barrios.

   No quiero resultarles incómodo. No pretendo que hagan una introspección, un análisis de su propia personalidad, persuadido de que tal actitud se volvería contra mí, un cuentista del que la mayoría pensaría con inquina lindezas tales como quién se habrá creído que es este mamarracho o por qué no se va a psicoanalizar a su querídisima madre… Hasta en clave de humor resulta difícil pensar en uno mismo, ese ser legendario para cada uno de nosotros que habita nuestra personalidad, la fagocita y nos estropea las relaciones con la pareja, los compañeros de trabajo y los conocidos, dejando a su paso un yermo en el que solo crece la hierba del rencor. Y, puesto que no voy a ponerles a ustedes en la diana y solo voy a recurrir a figuras culturales cuando la complejidad de la situación lo requiera, seré yo mismo quien ocupará el centro de este debate con mis miserias y mis contradicciones. Si les parece mal, pueden dejar de leer aquí mismo.

   No puedo negar, después de la primera frase, que yo tengo mis propias manías. Como esos personajes que tienen un toc y que aparecen sobre las tablas del teatro con sus peculiaridades de higiene, innumerables repeticiones, supersticiones, cálculos extravagantes y expresiones de ira inesperada, yo también padezco mi trastorno obsesivo compulsivo, que se manifiesta en numerosos rasgos que me convierten en un divertido objeto de miradas y críticas: me toco la nariz cada vez que un pensamiento perturbador me cruza por la mente, como si con ese gesto pudiera borrarlo, entrechoco rítmicamente mis dedos pulgares ante una emoción intensa y, sobre todo, no soporto, ni remotamente, sentirme sucio, por lo que una simple mancha en la ropa o en mi cuerpo me hace sentir la imperiosa necesidad de eliminarla inmediatamente. Es verdad que podría ser peor, como el caso de ese presentador de televisión que se tiene que duchar veinte veces al día, porque yo, al menos, no lo necesito si no existe realmente la mancha fatal.

   Esta obsesión por no mancharme ya la descubrí de niño. Y, por supuesto, también los demás, porque nada hay más evidente que lo cierto (excepto para los políticos, que han desarrollado sus propias manías y miopías) y no puedo negar que dicha observación me ha suscitado muchas críticas a lo largo de mi vida. Hoy mismo, por poner un ejemplo, he comprado un kilo de patatas y me las han vendido con una parte de tierra adicional incorporada; pues bien, me he aguantado como he podido hasta llegar a casa, en donde rápidamente he llenado un barreño y he puesto allí los tubérculos para que se libraran de toda impureza antes de proceder a guardarlos y a lavarme muy aplicadamente las manos para evitar que quedara rastro alguno de tierra en palmas, dedos y uñas.

   Hoy en día esta manía de la limpieza ya no me causa graves problemas, si bien procuro no tocar sin protección pomos de puertas, barras de transporte público, pulsadores de timbres, monedas e incluso las manos de otras personas, que me figuro continuamente llenas de todo tipo de virus y bacterias. Pero me acuerdo ahora de cuando de niño me llevaban mis padres al campo y me decían que cogiera una piedra y aplastara a los escarabajos de la patata: ¡qué divertido era buscar aquellos coleópteros de franjas negras y amarillas y dejarlos secos de un golpe certero! Recuerdo que me decían que eran muy malos y que se lo comían todo, y entonces yo, con todo cuidado para no mancharme, los odiaba más y los reventaba con rabia.

   No me negarán que lo anterior es bastante absurdo: hoy no soporto que las patatas tengan tierra cuando la realidad es que mis abuelos y mis padres eran campesinos y se pasaban sus vidas bregando con la naturaleza para ganarse el pan. A ninguno se le hubiera ocurrido ni remotamente preocuparse de si se manchaban durante el trabajo, como tampoco se les hubiera pasado por la imaginación no lavarse concienzudamente al volver a casa, porque limpios sí que eran.

   Soy uno de los miembros de esta sociedad que ha olvidado sus orígenes, que se ha integrado en la categoría de urbanitas que solo ven el campo desde las autovías, y que cree que los vegetales y las frutas vienen mejor si están limpios, partidos y pelados, listos para consumir y envueltos en un kilo de plástico.

   Estas son algunas de mis miserias y de mis contradicciones. Seguramente causen risa, sean un motivo para la superioridad moral de muchos. Pero también deberían producir pena, porque detrás de una manía lo que hay es una grave desadaptación al entorno y para sobrevivir en el mundo se necesita tener los pies anclados en el barro por muy sucio que esté: somos parte de la naturaleza y, cuanto más nos olvidamos de ella, peor nos va.    


 

 

viernes, 20 de enero de 2023

La manzana

 

   Dice el refrán que lo que no mata, engorda. La sabiduría popular resume así la historia del hambre de todo un pueblo, el español en este caso, sin necesidad de recurrir a lecturas más sesudas de nuestra literatura, como la del pobre Lázaro de Tormes alimentándose de una cebolla cada cuatro días al servicio del clérigo de Maqueda o la de tantos personajes que nos estremecen por las penosas circunstancias de su vida de ficción. De la miseria, de eso tratan gran parte de nuestros clásicos, opuesta, claro está, a la magnificencia y al boato de los que disfrutaban las clases privilegiadas, ese escaso uno por ciento para el que no existía placer no alcanzable, ni deseo no satisfecho. Por eso tenemos tan arraigada la idea de que siempre habrá ricos y pobres, una convicción que procede de la observación de la realidad y de los múltiples sermones que desde los púlpitos querían persuadirnos de la existencia de una voluntad divina que amparaba a sangre y fuego, con las torturas inquisitoriales y la quema de brujas si eran pertinentes, la monarquía, la desigualdad social y la obligación a la sumisión ante los poderosos. Y así malvivían nuestros antepasados, la mayoría: flacos y necesitados, pobres pero honrados.

   Afortunadamente, me dirán, los tiempos han cambiado y aquellos tiempos de calamidades y hambrunas han pasado. Ahora es una mayoría la que toma sus cinco comidas diarias y muchos los que tienen que recurrir a dietas y cirugías para no padecer el exceso de peso y la obesidad, incluida la mórbida. ¡Cuántas muertes no se producen al año por una mala alimentación! No obstante, más vale que a nadie se le ocurra decirle a la ciudadanía que debería comer menos carne y evitar los alimentos azucarados o con exceso de sal, porque le saldrá su genética de hambriento perpetuo y hasta amenazará con defender violentamente su derecho a zamparse una hamburguesa dudosa con patatas grasientas y bebida pringosa. Que se puede renunciar a la libertad de conciencia, a la de pensamiento y hasta a la sexual, que podemos ser clones los unos de los otros, pero no estamos dispuestos a que se nos restrinja la libertad de consumir en los supermercados y en los bares lo que nos dé la gana. Faltaría más.

   El precio de la prosperidad lo conocemos muy bien y, sin duda, estamos dispuestos a pagarlo religiosamente mientras podamos. Claro que sabemos que aún quedan pobres, que todavía hay quien padece hambre en esta sociedad del bienestar y que son muchas las organizaciones gubernamentales o no que se dedican a atender a los miserables que se han quedado fuera del sistema. Podemos colaborar, incluso, con ellos, mientras nos quejamos de los subsidios a los parados, de la subida del salario mínimo interprofesional o del aumento de los impuestos, como si la miseria no tuviera que ver con nosotros, aunque paguemos con nuestra vida y con la de los demás la suma infinita de nuestras contradicciones.

   Estamos convencidos de que nos lo merecemos todo, como los ratones que encuentran un trozo de queso o de manzana al final del laberinto construido por el investigador científico. Mientras mordisqueamos la dádiva, hay quien nos observa, nos estudia y nos conoce mejor que nosotros mismos. No lo pensamos mientras trabajamos de sol a sol para pagar la letra de la hipoteca bancaria, el crédito del coche o los intereses de la tarjeta, porque nos consolamos diciéndonos que es lo que hacen todos, al menos quienes nos rodean a diario. Y seguimos adelante, constantes pero nunca satisfechos, como el burro al que le azuzan con una zanahoria que no alcanzará. Luego, un día cualquiera, estalla un volcán, una pandemia, una guerra, una crisis energética, o todo a la vez, y el sistema se desajusta: la inflación se dispara y comenzamos a sentir miedo ante un mundo cambiante, en el que nada es gratis ni fácil. Pero ya es tarde: el ratón se acostumbró a encontrar el queso o la manzana al final de un laberinto mucho más pequeño y doméstico y, ahora, hay menos recompensa, muchos más competidores y se reducen las oportunidades individuales ante la curiosidad de los estudiosos. Aún así nos animan mucho, porque toda crisis es una oportunidad, al menos para los más despiertos.

   No seré yo quien critique al ejército de consumistas que han sido sistemáticamente entrenados desde la televisión y las redes sociales para siempre querer más, un poco más. En un planeta de recursos finitos, el crecimiento económico es para mí todos los trimestres una puñalada en la espalda. Pero aún es peor el impacto en la naturaleza: un cambio climático descontrolado, agua de lluvia que ya no es potable, aire contaminado en las ciudades, alimentos llenos de pesticidas y de hormonas, de edulcorantes y aditivos… Pero nadie, incluso ante la evidencia más catastrófica, está dispuesto a cambiar para revertir la situación, pues debe de ser mejor, como dice el refrán, lo malo conocido que lo bueno por conocer. Mientras nos quejamos de los atascos de tráfico para ir al trabajo, abominamos de las zonas de baja emisión de gases por su inoportunidad e insultamos a quien nos obliga a modificar nuestras inconvenientes rutinas, lo cierto es que nos estamos comiendo con ansiedad la manzana envenenada y acabaremos por sufrir la agonía de los necios.

jueves, 19 de mayo de 2022

El espejo


   Los seres humanos estamos tan acostumbrados al presente que nos resulta difícil adaptarnos a los cambios. Mientras el mundo sigue girando y los acontecimientos se suceden los unos a los otros a un ritmo vertiginoso, las personas seguimos viviendo en cierto modo en una realidad cuya conformación tuvo lugar en nuestra infancia: diríase que seguimos viendo la realidad con nuestros ojos de niños, de tal modo que, con el paso del tiempo y las lógicas transformaciones consecuentes, sentimos que nos alejamos cada vez más de un epicentro seguro, el cual funcionaba como la palabra “casa” en nuestros juegos infantiles, y nos quedamos en un vasto espacio desolado donde todo es ajeno, hostil e incomprensible. Quién no ha fantaseado alguna vez diciéndose eso de qué pensaría su abuela si viera los adelantos de ahora y pudiera disfrutar de las novedades del mundo, sin pararse a calcular, sin embargo, en qué pobrecita de ella, qué suplicio, porque no habría suficiente plasticidad en su cerebro para asimilar el presente en el que sobrevivimos a duras penas los nietos.

   La ciencia-ficción nos ha enseñado los estragos causados por el tiempo. Nadie en su sano juicio querría despertarse, por ejemplo, en el año 2322 y tratar de entender qué fue de las democracias europeas, del cambio climático y de la rivalidad entre China y Estados Unidos, conceptos que seguramente no sólo estarían superados, sino que incluso solamente interesarían a algunos historiadores, si quedan, dispuestos a naufragar en documentos periclitados y, sin duda alguna, poco apasionantes. Porque la vida de ahora, con sus crisis bélicas, sanitarias, políticas y económicas, ya ha ocurrido de forma similar cientos y cientos de veces, con una monotonía inveterada y una reiteración obsesiva, y no nos ha dejado un aprendizaje colectivo del que podamos sentirnos orgullosos desde la Patagonia hasta Kamchatka. Para salir dignamente del globo cuando nos toque el momento del traslado, no nos es necesario conocer al completo el devenir histórico; seguramente baste con saber que nada de todo cuanto hicimos tendrá un significado en trescientos años, si no antes. Y en esa lucidez, donde puede crecer la irresponsabilidad y arraigar el credo hedonista lo mismo que sustentar al más violento iconoclasta, acabamos viviendo nuestra madurez, sintiéndonos exiliados de nuestra propia existencia, como ciudadanos enviados al ostracismo, no lo suficientemente jóvenes y guapos para merecer el presente y aspirar al futuro. Apenas te apunta una cana y ya no puedes pretender el éxito; esa es la regla inflexible del culto al presente.

   Esto iba yo pensando, con la cabeza perdida en mis elucubraciones, cuando salí el lunes pasado a comprar el pan, una tarea tan irrelevante que apenas tendría cabida en relato alguno y menos en éste que parecía tan trascendente antes de llegar hasta aquí, donde da un giro de realidad y se llena del barro de la última tormenta primaveral. No diré nada de la calidad del pan precocido, congelado y recalentado que en nada se parece al pan candeal de mi infancia y con el que ahora sería feliz, de encontrarlo, una semana entera. Tampoco de los desastrosos efectos de una primavera que lo mismo parece invierno que verano y que ya no viene anunciada infaliblemente por unos refranes tradicionales y acertados, esos que marzeaban, abrileaban y mayeaban antes de quitarse el sayo en su debido momento. Ese lunes me faltaba el pan, la climatología, el pueblo de mi infancia, mis seres queridos y los sueños de entonces, que, como para tantos, son ya del siglo pasado: en el fondo de mí mismo nunca seré un habitante pleno del siglo XXI, anclado como estoy a otro momento histórico que sin duda me otorgó sus valores, haciendo de mí un individuo con sus circunstancias. Ese lunes, digo, que otra vez me voy por las ramas, llegaba al supermercado a comprar el pan con mis eurillos en el bolsillo (no a la panadería de olor atrayente en la que aún podía pagar con pesetas) y me vi, de repente, reflejado en las cristaleras del establecimiento, las cuales, a la luz del sol de mayo, parecían espejos bruñidos, tal vez como los que descubrieron los bárbaros cuando conquistaron Roma (Konstantinos Kavafis dixit) y me vi en toda mi adustez actual: mientras los de dentro y fuera lucían sus sonrisas más corteses mostrando sus dientes blanqueados, sus brackets correctores o sus piezas cariadas, yo todavía llevaba mi mascarilla y me aferraba a una pandemia que la Organización Mundial de la Salud afirmaba a la par que la mayoría de los gobiernos la ocultaban bajo las alfombras de la conveniencia. Entonces lo sentí definitivamente: los otros me miraban con el desdén con que se mira a un troglodita, contoneándose ante un espejo en el que ellos eran los héroes y yo el esperpento reflejado en el callejón del gato. Comprendí que estaba hollando terreno enemigo y sumé otro exilio involuntario a la carga bastarda de los años.

lunes, 21 de febrero de 2022

Efectos del cambio climático

 


   Desde los doce años viajaba con cuadernos, anotando ideas, abocetando paisajes, pegando cuidadosamente billetes de autobús, posavasos, recibos de compras suntuosas o insignificantes, tratando de dejar cumplida constancia de sus pasos y experiencias. No descartaba que algún día aquellos cientos de volúmenes se podrían convertir en libros de viajes, tal vez en literatura. Proyectaba poner orden algún día en aquella yuxtaposición de ríos de tinta donde flotaban las tardes de Lisboa, las mañanas de Bangkok, las noches de Sao Paulo…, para culminar exitosamente la suma de sus días. Una lástima que el papel arda tan bien en una tierra afiebrada y seca.