Me siento frente al televisor. No ha sido ésta una buena semana y los noticiarios se han enfangado con numerosos acontecimientos, a cada cual más catastrófico, y han conseguido, por lo que veo a mi alrededor, sembrar el miedo y la desesperanza hasta en los más escépticos: calamidades climáticas, inseguridad económica, inestabilidad social y política, guerras interminables e indefensión de las masas…, es todo cuanto alcanzamos a atisbar en el horizonte. Ni loco se me ocurriría en este contexto elegir una película distópica de ciencia-ficción, que bastante tengo ya con este mundo desquiciado, ni una tertulia de especialistas en la ropa interior que llevaba en los noventa cierta cantante gafe y algo choricilla, que ladrones los ha habido siempre y Pilatos también, ni, mucho menos, un canal de esos que llenan su programación con noticias sin fin y que repiten más que el pepino en el gazpacho. Para sufrir, me digo sin la más mínima culpa al respecto, siempre hay tiempo.
Elijo, conscientemente, un canal de deportes en el que se va a retransmitir en directo una final europea. No importa de qué especialidad, la verdad, porque estos eventos son previsibles: se repiten cada cierto tiempo, está tasada su duración y, al final, solo cabe la victoria para uno de los contendientes y la derrota para el otro. Visto desde fuera, sin fanatismo, resulta un plan de lo más pacificador, pues durante dos horas todo cuanto ocurra en la cancha estará previamente definido y será sancionado para bien o para mal según el reglamento indique. En esa placidez, cuando uno no es un hincha de esos a los que se les revienta una vena del cuello de puro forofismo, alguien como yo podría dormitar las dos horas sin que nada de lo que apareciera en la pantalla le importase un pimiento.
El espectáculo empieza como debe ser, con los dos equipos respetuosamente formados en fila para escuchar los himnos nacionales. El primero que suena, no importa ahora de qué país, es una marcha militar, que es bien conocido el gusto que tienen las naciones en general por la marcialidad y los desfiles de fuerzas armadas de todo tipo. Los seguidores de ese equipo, puestos en pie, con la mano derecha sobre el corazón, siguen la melodía bélica mientras corean a voz en grito la letra, una letra que habla de victorias, supervivencia, madres, guerras y mares. Siempre me sorprende la vehemencia de sus voces y de sus actitudes, sobre todo porque, me parece, si resulta muy difícil poner de acuerdo en algo a los miembros de una familia, ¿cómo lo han podido conseguir con toda una nación para cantar la misma letra? Sobre todo, cuando la letra del himno es tan rancia como ridícula (se entenderá ahora por qué no quise nombrar antes al país; si alguien se da por ofendido, lo siento en el alma, pero nada podría estar más lejos de mi intención que un conflicto internacional).
Viene después el himno español, con idénticas actitudes por parte de los jugadores seleccionados y de los aficionados en las gradas: caras pintadas de rojo y gualda, camisetas y gorros chillones, la mano también en el pecho y algún bombo para dar color local a la grabación enlatada. En todo serían intercambiables con sus contrincantes, pues la parafernalia es la misma; solo cambian los colores de cada bando y, claro está, un pequeño detalle: el himno español, mientras suena, no viene acompañado por los cantos de los jugadores, que permanecen serios, concentrados y mudos. No así sus incondicionales, que se arrancan a cantar, a silabear, el himno marcial, con un fervor encomiable: unos con la sílaba “la”, otros con la “lo” y otros con la combinación de “chin” y “ta”, a lo que yo me quedo perplejo, pues no entiendo cómo no hemos sido capaces de conseguir unificar lo que cualquier otro país tiene conseguido desde los tiempos del ruido.
Antes de empezar el partido, ahí estoy yo, preguntándome con qué sílaba la cantaría yo si me dijeran que la entonase en voz alta. Y también cómo la vocalizarían las personas que conozco, según su origen, formación, ideas políticas y poder adquisitivo. Claro que algunos no la cantarían de ningún modo, que son pacifistas y abominan las guerras y la industria armamentística. Otros, además, se podrían a discutir si los colores de la bandera les representan, o si se sienten o no del país así simbolizado, o si son más autonómicos o europeos que nacionales. Mientras el árbitro señala el comienzo de la contienda con el pitido inicial, yo sigo tarareando en mi mente el famoso y pegadizo lo lo lo lo…
Después de varias alternativas en el marcador, al adversario del equipo nacional de nada le sirven las armas de su himno, la victoria, la supervivencia de la que tanto alardeaban cuando cantaban, porque, lo cierto es que los han barrido de la pista y ahora todo se ha teñido de amarillos destellantes y rojos sanguinolentos y la afición española se pone a chillar con pasión y a coro, esta vez con letra, ese himno no oficial que dice que el que pone la voz es “español, español, español…”
Hasta yo me pongo contento. La victoria me ha alegrado la tarde y me ha hecho olvidar por un rato la espantosa sucesión de infortunios de la semana, y aun del mes, diría. Pero no ha conseguido disiparme las dudas, las incoherencias que veo, la inestabilidad que surge de las pantallas el resto de la semana y, por eso, no me arranco por soleares, no grito olé, no brindo con cava ni me siento el rey del mambo para cantar que soy español, porque, como cuenta la historia, después de cada batalla, se venza o no, siempre se hace necesario iniciar la reconstrucción.

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