martes, 6 de octubre de 2026

Sobre el olvido

 

   Hace poco me invitaron a una charla para que hablara sobre los libros que leía en la infancia. El proceso me resultó muy ameno, sobre todo porque la preparación de la intervención me obligó al ejercicio de traer al presente fragmentos deshilachados de un pasado ya remoto. Me sorprendió mucho descubrir que, junto a recuerdos que siempre han estado presentes en mi memoria, poco a poco, mientras reflexionaba, iban apareciendo detalles y vivencias que habían quedado enterrados por una capa de olvido con el paso de los años. Cuando llevaba varios días trabajando en la exposición oral, constaté contento que había logrado recuperar mucho más de lo que podía imaginar al principio, lo cual me compensaba de la evidencia triste de que ya no podía contar con los actores principales de aquellos momentos, mis padres, que se habían llevado con ellos la memoria externa de quien yo fui en mis primeros años.

   Me centré especialmente en una colección de veinte libros que fui haciendo desde los seis años y que me acompañó tantos sábados por la mañana mientras esperaba que fuera la hora de comer. Aunque todos los leí al menos una vez, había varios que había leído más de doce veces; y, aunque si cierro los ojos aún los puedo ver en la estantería de mi dormitorio de entonces ordenados por su número en el azul del lomo, no fui capaz de recuperar los veinte títulos, ni de asignarles correctamente el número que hacían en la colección. Afortunadamente, con la ayuda de internet, buscando por aquí y por allá, pacientemente, al final obtuve la lista completa y ordenada de mi primera colección de libros, aquella que dejé en casa de mis padres cuando me emancipé y de la que no sé finalmente qué destino tuvo.

   Durante mucho tiempo, supongo que interesado en asuntos mucho más urgentes y vitales, aquellas lecturas y aquellas vivencias quedaron fuera del radar de mi existencia. Y seguramente habrían quedado así, semiolvidadas, si no hubiera sido por la invitación recibida: la memoria se había activado por un agente externo y, como de repente, habían surgido miles de conexiones entre las neuronas que hasta ese momento se mantenían latentes.

   Todavía durante la intervención en la charla se sucedieron para mí algunas sorpresas: mientras disfrutaba compartiendo aquellos recuerdos recién recuperados, otros iban surgiendo mientras hablaba y los incorporaba a mi monólogo con naturalidad, como si siempre hubieran estado en el guion que había preparado (y para que no se me olvidaran en el momento los iba anotando rápidamente en mis papeles). Aquellas digresiones alargaron mi discurso tanto, que tuve que cortarlo sin llegar al final previsto para no extenderme más de la cuenta. No podía ser más evidente que la ejercitación de la memoria había logrado rescatar del olvido algunos momentos del pasado que, de no haber habido intención y trabajo, nunca habrían regresado.

   Dos conclusiones finales extraigo de esta experiencia tan enriquecedora. La primera es que, aunque al principio quizá no fui muy consciente y aunque sí lo sería el día mismo de la charla, en el fondo no se trataba tanto de hablar de mí, o de mis libros favoritos de cuando niño, sino de verbalizar el afecto por aquellas personas que me habían apoyado en mi primera aproximación a la literatura y a quienes les debo haber podido vivir siempre entre libros e historias, leyendo, estudiando, enseñando, creando…, es decir, se trataba de verbalizar el amor por mis padres, amor que yo aún encuentro cuando abro cualquier libro y que ya no les puedo dar directamente a ellos. La segunda conclusión es una acción que ya he empezado y que espero poder completar: volver a leer poco a poco aquellos veinte libros, en una versión completa y actual, para reencontrarme con el recuerdo del niño que fui. Muchas cosas han cambiado en el mundo desde entonces, pero yo todavía encuentro refugio seguro entre esas páginas de historias cuasi inmortales.

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