miércoles, 24 de abril de 2019

Miguelito y el carro de la farsa




De la calle Mayor a Libreros, corre Miguel a cumplir el encargo de su padre: un cuartillo de vino, que es para hoy. Hay un bajel pirata en la costa de la universidad y los berberiscos se han disfrazado de pastores para representar una comedia de amores no correspondidos. Apenas si unos pocos frailes mercedarios se han parado a mirar la tosca pantomima y enganchado de sus haldas se queda Miguelito contemplando el retablo jovial en lengua bárbara. Un viejo verde, casi sin dientes y de rostro caprino, se declara a una oronda Aldonza, cuyos remilgos hacen reír al niño, sobre todo cuando el sexagenario le mete la mano debajo de la camisa a la ninfa y recibe a cambio un buen mamporro que le acaba quebrando la voluntad. Si él pudiera escribir esta comedia, no pasaría en Alcalá de Henares, ni sus personajes serían tan catetos; no, él no compondría el final a palos para hacer reír a los asistentes y ablandar sus bolsas, sino que amenamente dejaría un sabor agridulce, para que el público  se deleitara pero también aprendiese. Pasa  con su gran sonrisa el pirata del parche en el ojo pidiendo la voluntad por el entremés representado y Miguel no puede evitar darle la media blanca al cómico, que le hace una zapateta para agradecérselo. Cuando vuelva, ahora despacio, a su casa, pensando en un mundo de corsarios y pastores, caballeros y princesas, le esperará una buena tunda, algunos gritos, el castigo, que no sabemos dónde tiene el seso este niño, en qué piensa, pero también el sueño caerá sobre él con la noche y entonces será Sevilla, la corte, Italia y la más gloriosa jornada que vieron los siglos, Argel, los ideales del caballero, la libertad y el amor…


martes, 19 de marzo de 2019

El reencuentro


   Hay días en que todo es absurdo de tan rutinario. El despertador suena a la misma hora precisa de siempre, el consabido desayuno prescrito por el nutricionista, el paseo hasta la tienda para comprar el pan y dar los buenos días a la señora del quiosco de periódicos, el café solo en el bar de la esquina, el banco al sol y el regreso a casa a mediodía para preparar con la merecida lentitud la comida. Parecería que debieran cambiar las noticias, pero son las mismas de siempre, con los insultos y descalificaciones que, de tan viejos, casi parecen de una vida anterior a la mía. Me siento como Vladimir y Estragón, esperando a ese señor Beckett que nunca dijo que me visitaría pero que tal vez sea la solución a tanta rutina, a tanto absurdo.
   Como tantas otras veces me dirijo a la parada de autobús, con la barra de pan en la mano y el amargo sabor del café todavía en el cielo del paladar, dispuesto a regresar a mi aburrido mundo doméstico de noticias radiofónicas y cebolla finamente picada, cuando de repente el corazón me da un vuelco y se pone a palpitar con emoción. Me ha parecido ver a mi amiga Luci, a la que hace veinte años que no veo; tomo aire y respiro profundamente, que sé que no vive aquí, pero la alegría es tanta que por mi boca sale su nombre imparable mientras espero que sea ella y se vuelva, que no me haya equivocado. Antes iba de rubia, me digo, pero ahora tiene el pelo más bien rojizo y parece un poco más baja. Cuando me mira, sonríe y veo que me reconoce, casi lloro de la alegría, de un modo que solo se puede comparar al doméstico de las cebollas.
   Nos alegramos los dos. La última vez que nos vimos fue cuando ella se fue a vivir a Moratalaz y, ya instalada, nos invitó a ver su piso: fuimos con nuestros hijos, la pequeña era todavía un bebé que apenas gateaba y ahora está acabando la universidad y a punto de ingresar en las listas del paro. Sus hijos también son mayores; el pequeño, que tantas horas se pasaba en nuestra casa jugando y merendando pan con chocolate, ahora está en Alemania, trabajando en una multinacional y pensando en casarse con una teutona autóctona, y sin ganas de regresar para disgusto de su madre, que ya está viuda y a veces se siente muy sola.
   ¡Pero qué contentos estamos de habernos reencontrado! Me dice que hace ya un año que se volvió al barrio y que no sabía cómo encontrarme, que había pensado en ir a preguntar al ayuntamiento pero que alguien le disuadió alegando eso de la ley de protección de datos, eso y que tampoco estaba segura de mis apellidos. Nos intercambiamos los teléfonos, las direcciones, las novedades, en menos de cinco minutos, pero ninguno de los dos propone al otro tomar un café aquí al lado, en el viejo café de Lucas: mi autobús llega en menos de dos minutos y a ella le espera el fisioterapeuta para aliviarle el dolor de las cervicales. En el fondo, ni mi comida, ni su cuello, son tan importantes como estos veinte años que hace que no nos vemos, pero es desagradable romper la rutina y encontrarnos de nuevo con el parque convertido en jungla, limpiar la maleza, arrancar los hierbajos del paso del tiempo, desbrozar el terreno para cultivar la intimidad de la amistad… Desde el autobús la veo alejarse por la acera, a buen paso, como quien tiene un objetivo y no lo va a dejar escapar. Yo voy en la misma dirección. Como si tuviéramos prisa por morirnos del todo. En ese momento, con un ligero desencanto  y una pizca de tristeza, pienso qué lástima de oportunidad perdida, que a lo peor dentro de veinte años ya ni nos reconocemos.

martes, 5 de marzo de 2019

En la sesenta y seis


Desangrándome en este pueblo de mala muerte me golpeaste,
y al día siguiente montamos, yo inconsciente,
rumbo al mundo del plástico en el Cadillac Eldorado de tu padre.
Con la magia de diez dólares de los de antes en los tejanos
y recolectando envases en los márgenes de la sesenta y seis,
California se te figuraba el reino de las sacerdotisas del cinematógrafo,
un edén de diosas culirrubias de inverosímiles cinturas,
de bocas aviesamente húmedas.

   Tierra quemada detrás,
a veces un yermo en el que enterrar las turbias fantasías de niño malquerido,
fraguabas pompas de jabón con olor a marihuana, psicótropos
y un arsenal pacífico y liberado de glándulas mamarias
empitonando el horizonte.

   Yo, el más abyecto de los dos, me dejaba hacer,
persistiendo en el estado líquido de la falta de impulso,
en apariencia libre de todo deseo, más allá de las vetas donde quema la vida,
en la catatonia estúpida de quien no conoce ya su sangre:
costra reseca expuesta con indecencia al sol hasta la próxima dosis.

   Incontenible, resolvías los kilómetros a puñetazos,
doblado el volante sobre ti mismo, abollado el azul metalizado,
las marcas de los golpes en mandíbulas y sienes,
en una competición de tiempo y rabia contra un vacío percutiente.
Quien no se domina difícilmente entrará en el reino de las diosas,
te escupía impasible con palabras romas y miradas tuertas.

   Te quedaste finalmente en la cuneta de una vieja curva
entre Oatman y Kingman, frito como un pajarillo en una barbacoa,
señalado brevemente por una columna de humo: en la lengua de los navajos
esa pira funeraria fuera tu conversión en abono para campos de avena,
lejos del reino de la carne del que habías sido extraditado.

   Y aquí estoy, en un grosero hospital de la ruta, inerme.
Yo que no soy ni el camino ni la huella,
sino una agonía de sombras en un suspenso incierto,
me envilezco en mis rituales y me rebozo en la carne,
mientras las marcas desaparecen y resurge el ofidio.
No están destinadas las playas deslumbrantes de California
para este cuerpo redondo y viscoso,
ni hay sitio para mí en el fabuloso Eldorado de diosas áureas
dotadas de carnes blancas y marmóreas.

   ¿Y a dónde regresar cuando se desvela la falacia?

   Como un saco abandonado en un local grimoso,
colgado por los pies entre el universo y la arena,
esponjados mis alveolos hasta donde duelen las costillas rotas
y quebrados los huesos que destilan tuétano inmisericorde,
intuyo que viviré para siempre, o moriré entre polvo y estertores,
cuando me fume voluptuosamente este sapo del desierto de Sonora.

lunes, 18 de febrero de 2019

La propaganda




   A mi alcalde se le llena la boca cada vez que le preguntan, y cuando no, sobre la ciudad tan sostenible que tan eficazmente está liderando para su crecimiento, el de la ciudad, que no el suyo, claro. No hay día en que, aprovechando cualquier micrófono cercano, no proclame al mundo las bondades de una población que crece vertiginosamente apoyada en firmes fundamentos éticos y en la que los ciudadanos son los auténticos protagonistas de su desarrollo. Me consta que hay quien lo admira, quien lo aclama, como los hay que lo aborrecen y lo insultan en tertulias de café o en la intimidad de su familia, pero no hay duda de que eso está siempre en el haber del hombre público, del político honrado o no, tenga o no testaferros. Que pagan justos por pecadores, pues claro que sí, pero los justos son los menos, que ya en tiempos de la Biblia no pudieron encontrar siquiera a diez de ellos entre todo el pueblo de Israel. Y luego tuvo lugar el castigo divino, cuando ya era demasiado tarde para la mayoría.
   No soy pesimista porque sea viejo. Creo que soy pesimista porque hablo poco y pienso mucho, y hace ya tiempo que comprendí que, con caceroladas o no, con opiniones o no, con protestas públicas o no, la mayoría de mis representantes políticos a menudo van a lo suyo, que suele coincidir mucho con las grandes empresas y los súper poderosos bancos, y poco con mis intereses, lo que no quita que muchas veces recurra a las protestas administrativas, las denuncias de irregularidades o la queja ante injusticias flagrantes. Si dejé de ir a clases de mantenimiento para la tercera edad, no fue por pereza, no, sino porque a los pobres viejos nos hacinan en edificios sin calefacción para que se encarguen la humedad y el frío de que nos finiquiten la pensión. Claro que me quejé antes, pero me respondieron brevemente que estudiarían el caso y por lo que sé, ahí siguen los ancianitos haciendo equilibrios mientras les cuelgan inmisericordemente los carámbanos de la nariz. Como para volver…
   Pero todo es siempre susceptible de empeorar, como ya advertía la Ley de Murphy, que pareciera que ya conociera a mi alcalde. El día en que recibí una comunicación en la que se me invitaba a opinar sobre los cambios necesarios para optimizar, así llaman eufemísticamente a los recortes, para optimizar digo el transporte, entonces mismo me eché a temblar, porque lo más probable es que aquello fuera peor que el año de la riada. No obstante, me molesté en responder, argumentando muy bien las necesidades de una población envejecida en una ciudad tan extensa como la mía, tan extensa que está surcada en muchas de sus aceras de agujeros, grietas mortales y falta de pavimento tan notorios, que parece una trampa más para finiquitar más pensiones. Y una vez hechas mis sugerencias, me olvidé del asunto, lo que no es raro, porque pasaron muchos meses en que no pasó nada.
   Un día de buenas a primeras llegaron los cambios en el transporte público. No voy a abundar en detalles que seguro que no les importan mucho a ustedes que sin duda se mueven felizmente en su propio coche. Pero me conformaré con decir que, antes, podía ir directamente en un par de autobuses a mi centro de salud, a la guardería de mi nieta, a las tres bibliotecas, a dos centros comerciales y a las dos sedes del ayuntamiento, y que, ahora, con la optimización del transporte tan bien pensada por el equipo de mi alcalde, no puedo llegar en ninguno ni al centro de salud, ni a la guardería, ni al centro comercial más cercano, sin andar lo que mis piernas ya no me permiten, y eso sin contar que la frecuencia de autobuses es de más de media hora y acaba antes de que termine el telediario de la noche.
   A mi alcalde se le llena la boca con el gran corazón de esta ciudad tan sostenible energéticamente. Y los ciudadanos en general se lo creen, eso sí, mientras se desplazan en más del noventa y cinco por ciento en coche hasta para comprar el pan. A lo mejor, si uno de estos días cogiera el autobús circular para ir del ayuntamiento a la sede del casco, se daría cuenta de que puede tardar más de una hora en recorrer poco más de ocho kilómetros. Claro, que entonces le daría también tiempo de oír las palabras pifia, cagada, coladura, desatino, burrada, con la que se califica a diario su optimización, tanto por usuarios como por conductores. Seguro que la industria del automóvil le está muy agradecida a mi alcalde y a sus bonitas declaraciones.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Carmen



Cipreses, nardos, un estallido de jazmines,
acarician tus manos de verde
primavera. La fuente de la risa
huye, sin prisas, a los pies de las estatuas.
Se reflejan en el estanque azul
de hondos pensamientos, ángeles de piedra,
madres de leche y mármol, una angustia
de tiempos y de muertes. Se escinden mis ojos
en vega y en ciudad, en el desamor de lo perdido,
en fugas de canciones. Todo, dicen, se pasa.
También el amor sin fruto, sus flores
pasionales. Y yo me angustio, bajo las hojas
de la retama en el aroma de los limones,
en el descenso de cantos hacia la triste baranda,
donde ciego de amor
me encontrará el alba.

Del libro "Los útiles del alquimista" (2010)


viernes, 23 de marzo de 2018

Estúpidos


   Vivimos tiempos estúpidos. Dicho así, no sé si queda claro lo que quiero decir. A lo mejor es una expresión un tanto ambigua y lo mismo sirve para expresar que nuestra época es un tiempo históricamente absurdo y ridículo, que para concluir que por eso mismo nosotros, los habitantes de estos tiempos, somos tan estúpidos como el entorno en el que nacemos, crecemos, nos reproducimos y nos morimos. O nos matan: lentamente con comida basura o con la contaminación del agua o del aire, más deprisa con la falta de inversión necesaria en investigación médica o en instalaciones sanitarias, a toda velocidad con guerras estratégicas que dejan la tierra regada con la sangre de miles de víctimas civiles que tuvieron la desgracia de quedar en medio de los terroristas del capitalismo contra los de la religión, o cualquier idiotez parecida. El caso es que nos matan, por activa o por pasiva, y que nos dejamos matar mientras nos entretienen con independentismos, banderas y otras baratijas del hombre blanco, que nos ofrece camuflada entre sonrisas y flores de tecnología y progreso el ponzoñoso áspid de su veneno.
   En Occidente parece que vivimos años de democracia. Debemos estar contentos, pues nunca en el mundo ha habido una generación que haya tenido tantos derechos como la nuestra, que haya generado tantos excedentes alimentarios y que haya podido crear con su ingenio y sus ingenieros tantos avances en comunicaciones, transportes y entretenimientos. Por si no nos hemos dado cuenta, ya se encargan los medios de comunicación de masas de recordarnos continuamente lo arduo que fue conseguir este estado de bienestar y luego lo puntualizan, como cuando el tonto remacha el clavito, esos políticos de cualquier signo que piden nuestro voto supuestamente para el bien público, pero que en el fondo tan solo persiguen gestionar el presupuesto, ese que andando el tiempo constituirá la Púnica, el caso Nóos o su puñetera madre, con el dinero en Suiza, los jueces comprados con polvitos de colores y la vida prescribiendo, que es lo natural.
   Y si a alguien se le ocurre indignarse, que ya está bien, oiga usted, de tomarnos el pelo y cobrarnos encima por ello, y sale a la calle, ocupa las plazas y trata de recuperar el poder para el pueblo, que al fin y al cabo es algo más que un voto cada cuatro años y una voluntad cautiva, pues el sistema encuentra siempre el modo de canalizarlo en algo sucio, greñudo, algo que huela a fritanga de Venezuela o de Cuba, a rata de alcantarilla y perro mojado, chirriante sonido de flauta desafinada, para devastarlo y, como mucho, domesticarlo. Que sepa la gente que al fin y al cabo son todos iguales, y lo mismo da ocho que ochenta, que con consignas así lo que no hay es esperanza, mientras la casta invierte en bolsa, educa a sus hijos en universidades extranjeras y brinda con champán francés por la salida de la crisis y sus crasas cuentas bancarias.
   Claro que no todos somos estúpidos. Pero divididos como estamos, fragmentados, sin representantes que nos potencien, tratamos de a poquitos de levantar nuestra vocecita contra el muro de las consignas, contra el Gran Hermano que nos trata de doblegar con series de televisión, la mejor liga de fútbol del mundo, mira quién baila y cómo cocina tu niño en la pantalla. Si un día los jubilados se hartan y salen a la calle para que no les roben las pensiones de su trabajo, ese que recuperó un país de una guerra incivil y de unos gobernantes dictatoriales, enseguida tratan de comprarles con unas chucherías, como si a estas alturas se pudiera acallar la injusticia otra vez con la misma caradura y falta de ética. Pero no los minusvaloremos: suelen timarnos taimadamente mientras nos compran.
   Vivimos tiempos estúpidos. Nunca antes disfrutamos de una sociedad con tantas libertades y de una vida tan muelle y tan plena: poco importa que muchos de nosotros estemos en el paro, que muchos sueldos no lleguen a los mil euros, que los jóvenes tengan que marchar al extranjero para aspirar a una vida mejor, que los ancianos no cobren su subsidio de dependencia, que se condene en democracia a escritores, cantantes, blogueros, tuiteros, gente del Facebook y otros de mal vivir, vagos y maleantes, condenados por decir lo que piensan con la libertad de expresión en la que se supone que vivimos. ¡Esta era la libertad, este era el futuro! Qué tiempos. Qué estúpidos.