De
la calle Mayor a Libreros, corre Miguel a cumplir el encargo de su padre: un
cuartillo de vino, que es para hoy. Hay
un bajel pirata en la costa de la universidad y los berberiscos se han
disfrazado de pastores para representar una comedia de amores no
correspondidos. Apenas si unos pocos frailes mercedarios se han parado a mirar
la tosca pantomima y enganchado de sus haldas se queda Miguelito contemplando
el retablo jovial en lengua bárbara. Un viejo verde, casi sin dientes y de
rostro caprino, se declara a una oronda Aldonza, cuyos remilgos hacen reír al
niño, sobre todo cuando el sexagenario le mete la mano debajo de la camisa a la
ninfa y recibe a cambio un buen mamporro que le acaba quebrando la voluntad. Si
él pudiera escribir esta comedia, no pasaría en Alcalá de Henares, ni sus
personajes serían tan catetos; no, él no compondría el final a palos para hacer
reír a los asistentes y ablandar sus bolsas, sino que amenamente dejaría un sabor
agridulce, para que el público se
deleitara pero también aprendiese. Pasa
con su gran sonrisa el pirata del parche en el ojo pidiendo la voluntad
por el entremés representado y Miguel no puede evitar darle la media blanca al
cómico, que le hace una zapateta para agradecérselo. Cuando vuelva, ahora
despacio, a su casa, pensando en un mundo de corsarios y pastores, caballeros y
princesas, le esperará una buena tunda, algunos gritos, el castigo, que no sabemos dónde tiene el seso este
niño, en qué piensa, pero también el sueño caerá sobre él con la noche y
entonces será Sevilla, la corte, Italia y la más gloriosa jornada que vieron
los siglos, Argel, los ideales del caballero, la libertad y el amor…
miércoles, 24 de abril de 2019
Miguelito y el carro de la farsa
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martes, 19 de marzo de 2019
El reencuentro
Hay días en que todo es absurdo
de tan rutinario. El despertador suena a la misma hora precisa de siempre, el
consabido desayuno prescrito por el nutricionista, el paseo hasta la tienda
para comprar el pan y dar los buenos días a la señora del quiosco de
periódicos, el café solo en el bar de la esquina, el banco al sol y el regreso
a casa a mediodía para preparar con la merecida lentitud la comida. Parecería
que debieran cambiar las noticias, pero son las mismas de siempre, con los
insultos y descalificaciones que, de tan viejos, casi parecen de una vida
anterior a la mía. Me siento como Vladimir y Estragón, esperando a ese señor
Beckett que nunca dijo que me visitaría pero que tal vez sea la solución a
tanta rutina, a tanto absurdo.
Como tantas otras veces me dirijo a la parada de autobús, con la barra
de pan en la mano y el amargo sabor del café todavía en el cielo del paladar,
dispuesto a regresar a mi aburrido mundo doméstico de noticias radiofónicas y
cebolla finamente picada, cuando de repente el corazón me da un vuelco y se
pone a palpitar con emoción. Me ha parecido ver a mi amiga Luci, a la que hace
veinte años que no veo; tomo aire y respiro profundamente, que sé que no vive
aquí, pero la alegría es tanta que por mi boca sale su nombre imparable
mientras espero que sea ella y se vuelva, que no me haya equivocado. Antes iba
de rubia, me digo, pero ahora tiene el pelo más bien rojizo y parece un poco
más baja. Cuando me mira, sonríe y veo que me reconoce, casi lloro de la
alegría, de un modo que solo se puede comparar al doméstico de las cebollas.
Nos alegramos los dos. La última vez que nos vimos fue cuando ella se
fue a vivir a Moratalaz y, ya instalada, nos invitó a ver su piso: fuimos con
nuestros hijos, la pequeña era todavía un bebé que apenas gateaba y ahora está
acabando la universidad y a punto de ingresar en las listas del paro. Sus hijos
también son mayores; el pequeño, que tantas horas se pasaba en nuestra casa
jugando y merendando pan con chocolate, ahora está en Alemania, trabajando en
una multinacional y pensando en casarse con una teutona autóctona, y sin ganas
de regresar para disgusto de su madre, que ya está viuda y a veces se siente
muy sola.
¡Pero qué contentos estamos de habernos reencontrado! Me dice que hace
ya un año que se volvió al barrio y que no sabía cómo encontrarme, que había
pensado en ir a preguntar al ayuntamiento pero que alguien le disuadió alegando
eso de la ley de protección de datos, eso y que tampoco estaba segura de mis
apellidos. Nos intercambiamos los teléfonos, las direcciones, las novedades, en
menos de cinco minutos, pero ninguno de los dos propone al otro tomar un café
aquí al lado, en el viejo café de Lucas: mi autobús llega en menos de dos minutos
y a ella le espera el fisioterapeuta para aliviarle el dolor de las cervicales.
En el fondo, ni mi comida, ni su cuello, son tan importantes como estos veinte
años que hace que no nos vemos, pero es desagradable romper la rutina y
encontrarnos de nuevo con el parque convertido en jungla, limpiar la maleza,
arrancar los hierbajos del paso del tiempo, desbrozar el terreno para cultivar
la intimidad de la amistad… Desde el autobús la veo alejarse por la acera, a
buen paso, como quien tiene un objetivo y no lo va a dejar escapar. Yo voy en
la misma dirección. Como si tuviéramos prisa por morirnos del todo. En ese
momento, con un ligero desencanto y una
pizca de tristeza, pienso qué lástima de oportunidad perdida, que a lo peor
dentro de veinte años ya ni nos reconocemos.
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martes, 5 de marzo de 2019
En la sesenta y seis
Desangrándome en este pueblo de mala muerte me golpeaste,
y al día siguiente montamos, yo inconsciente,
rumbo al mundo del plástico en el Cadillac Eldorado de tu
padre.
Con la magia de diez dólares de los de antes en los tejanos
y recolectando envases en los márgenes de la sesenta y seis,
California se te figuraba el reino de las sacerdotisas del
cinematógrafo,
un edén de diosas culirrubias de inverosímiles cinturas,
de bocas aviesamente húmedas.
Tierra quemada
detrás,
a veces un yermo en el que enterrar las turbias fantasías de
niño malquerido,
fraguabas pompas de jabón con olor a marihuana, psicótropos
y un arsenal pacífico y liberado de glándulas mamarias
empitonando el horizonte.
Yo, el más abyecto
de los dos, me dejaba hacer,
persistiendo en el estado líquido de la falta de impulso,
en apariencia libre de todo deseo, más allá de las vetas
donde quema la vida,
en la catatonia estúpida de quien no conoce ya su sangre:
costra reseca expuesta con indecencia al sol hasta la
próxima dosis.
Incontenible,
resolvías los kilómetros a puñetazos,
doblado el volante sobre ti mismo, abollado el azul metalizado,
las marcas de los golpes en mandíbulas y sienes,
en una competición de tiempo y rabia contra un vacío
percutiente.
Quien no se domina difícilmente entrará en el reino de las
diosas,
te escupía impasible con palabras romas y miradas tuertas.
Te quedaste finalmente
en la cuneta de una vieja curva
entre Oatman y Kingman, frito como un pajarillo en una
barbacoa,
señalado brevemente por una columna de humo: en la lengua de
los navajos
esa pira funeraria fuera tu conversión en abono para campos
de avena,
lejos del reino de la carne del que habías sido extraditado.
Y aquí estoy, en un
grosero hospital de la ruta, inerme.
Yo que no soy ni el camino ni la huella,
sino una agonía de sombras en un suspenso incierto,
me envilezco en mis rituales y me rebozo en la carne,
mientras las marcas desaparecen y resurge el ofidio.
No están destinadas las playas deslumbrantes de California
para este cuerpo redondo y viscoso,
ni hay sitio para mí en el fabuloso Eldorado de diosas
áureas
dotadas de carnes blancas y marmóreas.
¿Y a dónde regresar
cuando se desvela la falacia?
Como un saco
abandonado en un local grimoso,
colgado por los pies entre el universo y la arena,
esponjados mis alveolos hasta donde duelen las costillas
rotas
y quebrados los huesos que destilan tuétano inmisericorde,
intuyo que viviré para siempre, o moriré entre polvo y
estertores,
cuando me fume voluptuosamente este sapo del desierto de
Sonora.
lunes, 18 de febrero de 2019
La propaganda
A mi alcalde se le llena la boca
cada vez que le preguntan, y cuando no, sobre la ciudad tan sostenible que tan
eficazmente está liderando para su crecimiento, el de la ciudad, que no el
suyo, claro. No hay día en que, aprovechando cualquier micrófono cercano, no
proclame al mundo las bondades de una población que crece vertiginosamente
apoyada en firmes fundamentos éticos y en la que los ciudadanos son los
auténticos protagonistas de su desarrollo. Me consta que hay quien lo admira,
quien lo aclama, como los hay que lo aborrecen y lo insultan en tertulias de
café o en la intimidad de su familia, pero no hay duda de que eso está siempre
en el haber del hombre público, del político honrado o no, tenga o no
testaferros. Que pagan justos por pecadores, pues claro que sí, pero los justos
son los menos, que ya en tiempos de la Biblia no pudieron encontrar siquiera a
diez de ellos entre todo el pueblo de Israel. Y luego tuvo lugar el castigo
divino, cuando ya era demasiado tarde para la mayoría.
No soy pesimista porque sea viejo. Creo que soy pesimista porque hablo
poco y pienso mucho, y hace ya tiempo que comprendí que, con caceroladas o no,
con opiniones o no, con protestas públicas o no, la mayoría de mis
representantes políticos a menudo van a lo suyo, que suele coincidir mucho con
las grandes empresas y los súper poderosos bancos, y poco con mis intereses, lo
que no quita que muchas veces recurra a las protestas administrativas, las
denuncias de irregularidades o la queja ante injusticias flagrantes. Si dejé de
ir a clases de mantenimiento para la tercera edad, no fue por pereza, no, sino
porque a los pobres viejos nos hacinan en edificios sin calefacción para que se
encarguen la humedad y el frío de que nos finiquiten la pensión. Claro que me
quejé antes, pero me respondieron brevemente que estudiarían el caso y por lo
que sé, ahí siguen los ancianitos haciendo equilibrios mientras les cuelgan
inmisericordemente los carámbanos de la nariz. Como para volver…
Pero todo es siempre susceptible de empeorar, como ya advertía la Ley de
Murphy, que pareciera que ya conociera a mi alcalde. El día en que recibí una comunicación
en la que se me invitaba a opinar sobre los cambios necesarios para optimizar,
así llaman eufemísticamente a los recortes, para optimizar digo el transporte,
entonces mismo me eché a temblar, porque lo más probable es que aquello fuera
peor que el año de la riada. No obstante, me molesté en responder, argumentando
muy bien las necesidades de una población envejecida en una ciudad tan extensa
como la mía, tan extensa que está surcada en muchas de sus aceras de agujeros,
grietas mortales y falta de pavimento tan notorios, que parece una trampa más
para finiquitar más pensiones. Y una vez hechas mis sugerencias, me olvidé del
asunto, lo que no es raro, porque pasaron muchos meses en que no pasó nada.
Un día de buenas a primeras llegaron los cambios en el transporte
público. No voy a abundar en detalles que seguro que no les importan mucho a
ustedes que sin duda se mueven felizmente en su propio coche. Pero me
conformaré con decir que, antes, podía ir directamente en un par de autobuses a
mi centro de salud, a la guardería de mi nieta, a las tres bibliotecas, a dos
centros comerciales y a las dos sedes del ayuntamiento, y que, ahora, con la
optimización del transporte tan bien pensada por el equipo de mi alcalde, no
puedo llegar en ninguno ni al centro de salud, ni a la guardería, ni al centro
comercial más cercano, sin andar lo que mis piernas ya no me permiten, y eso
sin contar que la frecuencia de autobuses es de más de media hora y acaba antes
de que termine el telediario de la noche.
A mi alcalde se le llena la boca con el gran corazón de esta ciudad tan
sostenible energéticamente. Y los ciudadanos en general se lo creen, eso sí,
mientras se desplazan en más del noventa y cinco por ciento en coche hasta para
comprar el pan. A lo mejor, si uno de estos días cogiera el autobús circular
para ir del ayuntamiento a la sede del casco, se daría cuenta de que puede
tardar más de una hora en recorrer poco más de ocho kilómetros. Claro, que
entonces le daría también tiempo de oír las palabras pifia, cagada, coladura,
desatino, burrada, con la que se califica a diario su optimización, tanto por usuarios
como por conductores. Seguro que la industria del automóvil le está muy
agradecida a mi alcalde y a sus bonitas declaraciones.
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domingo, 30 de diciembre de 2018
Carmen
Cipreses, nardos, un estallido de jazmines,
acarician tus manos de verde
primavera. La fuente de la risa
huye, sin prisas, a los pies de las estatuas.
Se reflejan en el estanque azul
de hondos pensamientos, ángeles de piedra,
madres de leche y mármol, una angustia
de tiempos y de muertes. Se escinden mis ojos
en vega y en ciudad, en el desamor de lo perdido,
en fugas de canciones. Todo, dicen, se pasa.
También el amor sin fruto, sus flores
pasionales. Y yo me angustio, bajo las hojas
de la retama en el aroma de los limones,
en el descenso de cantos hacia la triste baranda,
donde ciego de amor
me encontrará el alba.
Del libro "Los útiles del alquimista" (2010)
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viernes, 23 de marzo de 2018
Estúpidos
Vivimos tiempos estúpidos. Dicho
así, no sé si queda claro lo que quiero decir. A lo mejor es una expresión un
tanto ambigua y lo mismo sirve para expresar que nuestra época es un tiempo
históricamente absurdo y ridículo, que para concluir que por eso mismo
nosotros, los habitantes de estos tiempos, somos tan estúpidos como el entorno
en el que nacemos, crecemos, nos reproducimos y nos morimos. O nos matan:
lentamente con comida basura o con la contaminación del agua o del aire, más
deprisa con la falta de inversión necesaria en investigación médica o en
instalaciones sanitarias, a toda velocidad con guerras estratégicas que dejan
la tierra regada con la sangre de miles de víctimas civiles que tuvieron la
desgracia de quedar en medio de los terroristas del capitalismo contra los de
la religión, o cualquier idiotez parecida. El caso es que nos matan, por activa
o por pasiva, y que nos dejamos matar mientras nos entretienen con
independentismos, banderas y otras baratijas del hombre blanco, que nos ofrece
camuflada entre sonrisas y flores de tecnología y progreso el ponzoñoso áspid
de su veneno.
En Occidente parece que vivimos años de democracia. Debemos estar
contentos, pues nunca en el mundo ha habido una generación que haya tenido
tantos derechos como la nuestra, que haya generado tantos excedentes
alimentarios y que haya podido crear con su ingenio y sus ingenieros tantos
avances en comunicaciones, transportes y entretenimientos. Por si no nos hemos dado
cuenta, ya se encargan los medios de comunicación de masas de recordarnos
continuamente lo arduo que fue conseguir este estado de bienestar y luego lo puntualizan,
como cuando el tonto remacha el clavito, esos políticos de cualquier signo que
piden nuestro voto supuestamente para el bien público, pero que en el fondo tan
solo persiguen gestionar el presupuesto, ese que andando el tiempo constituirá
la Púnica, el caso Nóos o su puñetera madre, con el dinero en Suiza, los jueces
comprados con polvitos de colores y la vida prescribiendo, que es lo natural.
Y si a alguien se le ocurre indignarse, que ya está bien, oiga usted, de
tomarnos el pelo y cobrarnos encima por ello, y sale a la calle, ocupa las
plazas y trata de recuperar el poder para el pueblo, que al fin y al cabo es
algo más que un voto cada cuatro años y una voluntad cautiva, pues el sistema
encuentra siempre el modo de canalizarlo en algo sucio, greñudo, algo que huela
a fritanga de Venezuela o de Cuba, a rata de alcantarilla y perro mojado, chirriante
sonido de flauta desafinada, para devastarlo y, como mucho, domesticarlo. Que
sepa la gente que al fin y al cabo son todos iguales, y lo mismo da ocho que
ochenta, que con consignas así lo que no hay es esperanza, mientras la casta
invierte en bolsa, educa a sus hijos en universidades extranjeras y brinda con
champán francés por la salida de la crisis y sus crasas cuentas bancarias.
Claro que no todos somos estúpidos. Pero divididos como estamos,
fragmentados, sin representantes que nos potencien, tratamos de a poquitos de
levantar nuestra vocecita contra el muro de las consignas, contra el Gran
Hermano que nos trata de doblegar con series de televisión, la mejor liga de
fútbol del mundo, mira quién baila y cómo cocina tu niño en la pantalla. Si un
día los jubilados se hartan y salen a la calle para que no les roben las
pensiones de su trabajo, ese que recuperó un país de una guerra incivil y de
unos gobernantes dictatoriales, enseguida tratan de comprarles con unas
chucherías, como si a estas alturas se pudiera acallar la injusticia otra vez
con la misma caradura y falta de ética. Pero no los minusvaloremos: suelen
timarnos taimadamente mientras nos compran.
Vivimos tiempos estúpidos. Nunca antes disfrutamos de una sociedad con
tantas libertades y de una vida tan muelle y tan plena: poco importa que muchos
de nosotros estemos en el paro, que muchos sueldos no lleguen a los mil euros,
que los jóvenes tengan que marchar al extranjero para aspirar a una vida mejor,
que los ancianos no cobren su subsidio de dependencia, que se condene en
democracia a escritores, cantantes, blogueros, tuiteros, gente del Facebook y
otros de mal vivir, vagos y maleantes, condenados por decir lo que piensan con
la libertad de expresión en la que se supone que vivimos. ¡Esta era la
libertad, este era el futuro! Qué tiempos. Qué estúpidos.
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