martes, 16 de julio de 2019

Reservado


   Este verano hace un calor de mil demonios, no sabría decir si es más intenso que antes, si es cosa del cambio climático o de mi mala memoria, pero el caso es que me paso el día diciendo que esto no es normal, que sudo más que un cocinero de menú de mediodía y preguntando cuándo llegará el invierno, porque  al menos el frío lo arreglan una buena manta y un caldito caliente. Me entretengo siguiendo los consejos de la radio y la televisión: que si mis dos litros de agua para evitar la deshidratación, que si duchas refrescantes para evitar los golpes de calor, que si sólo salir de casa a primeras y últimas horas, buscando la sombra como un recluso voluntario, y ventilando de noche lo que de día permanece cerrado a cal y canto para que no entren ni las moscas. Vamos, que lo que soy es muy obediente, aunque eso no evite que el calor me agobie más que cuando era joven y piscineaba.
   Mi médico de cabecera, que tiene muy buena intención y sonríe más que receta, me tiene dicho que evite acarrear pesos y que procure coger el autobús urbano cuando vaya a la compra, que sin duda es mejor para mi pobre corazón y mis fatigadas piernas. Luego en la temporada fresca, con la misma calma y la misma sonrisa, me pide que vaya andando a todos los sitios por el bien de mis piernas y mi corazón, como si me hubiera dado la vuelta como a un calcetín. Pero yo obediente, cómo no. Me paso más de media hora en la parada del bus, debajo de la marquesina, con mi gorra de algodón y bebiendo agüita de la botellita, hasta que llega el deseado con su horario de verano, tan laxo que parece que vacaciona. Tardo en subir, que somos muchos los que esperábamos el transporte y, cuando ya estoy arriba, me doy cuenta de que todos los asientos vienen ocupados. Incluso en los reservados, hay una multitud de jóvenes con las piernas al aire y camisetas de tirantes con pectorales turgentes que han tomado los lugares destinados a ancianos, embarazadas y personas con diversidad funcional, para mirar sus móviles y dar grititos de placer cuando les llega un guasap. A ellos no les digo nada directamente, que lo mismo te dicen cuatro frescas que te amenazan con los puños mientras chirrían los dientes. Se lo comunico al conductor, que se balancea al ritmo de Rosalía en su sillón hidráulico y que me pone cara de qué le voy a hacer yo si mi turno es de siete a tres y me queda un mundo por delante.
   No sé qué me molesta más, si la actitud pasota del trabajador o la estupidez colectiva que no entiende que los asientos reservados son exactamente eso: reservados, es decir, que deben estar libres para aquellos viajeros que lo necesiten. No se trata de tener que pedirlos con o sin sonrisa, de exigirlos con mejores o peores modos, de mendigarlos tímidamente como quien debe dar lástima para que le traten con compasión, sino de que estén vacíos a disposición de los ciudadanos necesitados porque la legislación regula sus derechos y protege su bienestar, así que se lo hago saber al señor conductor, tan flamenco y tan choni con sus tatuajes y sus pulseras, y le digo que no conozco más autoridad que él en el autobús, pero que si quiere puedo llamar a la guardia civil para que le sustituya en el cargo. Como si le hubiera puesto un cohete en salva sea la parte, se levanta y desaloja los diez asientos reservados en un decir jesús.
   Mientras nos sentamos las viejecitas y los ancianos, y la embarazada con su nene de dos años, los desalojados nos miran con rencor desde detrás de las pantallas de sus móviles, incluso hay quien dice que nos están haciendo fotos y vídeos para viralizarnos. Desde sus camisetas surgen gritos de piedra que no solo van contra nosotros con lemas que alertan contra el cambio climático, sobre los herederos de la tierra, la destrucción del estado, Enjoy it, Nike y no digas Fulanito Carapolla porque no se deben decir cosas feas e insultantes. Me siento y trato de olvidarme del calor y de la injusticia, mientras el chorro del aire acondicionado me da de lleno en la calva y me pregunto si no será mejor que acabe aquí para siempre, debidamente criogenizado.

lunes, 1 de julio de 2019

Los ojos del pescador



El ayer son las tardes de impreciso color sepia.
Bajo su cielo nostálgico,
los erales pastando por el pazo,
el aroma agreste de la hierba fresca,
y su madre, sobre todo la madre,
envuelta en el turbión de masa y leche.
El ayer es tierra adentro,
fuga hacia lo alto.

Hoy la quimera viste un traje azul marítimo.
Entre sus pliegues, los bancos de jureles
esperan su sentencia en nasas ambiciosas
y el océano huele a lonja,
al salario en forma de sal,
con su tiranía de vidas y muertes ahogadas.
Hoy esperan unos ojos de mujer morena
en la ventana encendida de un puerto.
  
Mañana cerrarán sus ojos verdes en lo oscuro.
Llevará prendido el perfume esenciado de la madre,
el ámbar sensual de la mujer del puerto,
y en las retinas, el perfil perla de los acantilados,
el grito corrosivo de las gaviotas,
el oleaje sembrado de ondinas y sirenas,
y el amor del fuego, que curó las heridas
y le hizo padre, abuelo luego.
Mañana el mar, con su perfume de sales
y vidrieras, embalsamará las redes de su corazón,
y atará el amor de sus puntos cardinales
al vaivén pleno del agua en la marea.

                                                                              

jueves, 20 de junio de 2019

La dieta



   Después de una larga semana de sacrificios y renuncias ha llegado el sábado. Nada más levantarnos hemos atacado la báscula, tal vez esperando en lo más profundo de nosotros que la dieta no haya dado ningún resultado y poder mandar a tomar por saco al endocrinólogo y sus pautas, pero para nuestra sorpresa los dos hemos perdido peso, ella un kilo y medio y yo, uno y setecientos gramos. Va a ser verdad que la poción mágica funciona y que combinada con el ejercicio físico, moderadamente enérgico, produce efectos milagrosos. Los pantalones hoy me aprietan un poco menos y me veo la cara como más confianzuda, más como quien, después de más de sesenta años de batallas perdidas contra el señor descontrolado que vive dentro de mí, ya se hace con las riendas de su vida y su nevera.
   Para celebrarlo reservamos en un restaurante caro, siguiendo claro está los consejos de nuestro nutricionista que nos da permiso cuando el éxito es evidente para reforzarnos en nuestra guerra de Troya particular, un merecido premio, como el mismo dice, a nuestra constancia. Compartiremos un entrante, libre elección para el segundo plato y nada de postre, que el café es un excelente cierre de celebración antes del toque de queda de la crema de guisantes y la lechuga viuda con su cucharada única de aceite de oliva virgen extra.
   Mi mujer está entusiasmada: la mesa es ideal y la carta tiene una pinta tan buena que aturrulla sus sentidos. Antes de que me dé tiempo de abrir la boca ya ha decidido que vamos a compartir la ensalada de brotes con queso fresco de cabra, frutos rojos, beicon y costrones con vinagreta de naranja y mostaza. Según ella, es lo más parecido a lo que tomamos en casa y seguro que el dietista lo aprobaría a ojos cerrados. En mi cerebro veo alejarse en el horizonte los canelones de setas, bechamel de trufa y tomate frito casero que me habían levantado el ánimo. Pero antes de que me dé tiempo de recuperarme, me espeta que de segundo me debería pedir el lomo de bacalao asado con asadillo de pimientos y alioli de azafrán, y que ella quiere un solomillo de ternera con mousse de foie, boletus y jugo de Pedro Ximénez. Cuando estoy a punto de responderle como se merece, llega el maitre y nos pregunta si ya sabemos qué vamos a tomar. Mi mujer dice que sí, y encarga la ensalada con suficiencia y mucha amabilidad, y antes de que continúe la interrumpo para preguntarle a él si me recomienda las migas con huevo frito, chorizo, torrezno y uvas. Cuando me dice que es uno de sus platos emblemáticos y uno de los más solicitados en el restaurante, le digo con suficiencia que lo quiero de segundo, mientras miro la cara de bacalao reseco que se le ha quedado a mi señora ante mi maniobra de emergencia. Y ya de paso le pregunto si me puede servir también una copa de vino de Rioja sabiendo que el alcohol lo tengo totalmente borrado de la lista, pero un día es un día, me justifico. Mi santa esposa, a punto de estallar de ira, pide de segundo su solomillo y una botella de agua con gas, que remarca sílaba por sílaba mientras me escruta con una mirada oblicua y anticipadora de tormenta con aparato eléctrico. Nada más irse el maitre, me pregunta si me encuentro bien, que he pedido con el ansia de un hambriento, de un Carpanta cualquiera, y me espeta que no estamos como para aguantar insubordinaciones. Le recuerdo que mi segundo plato era de libre elección y que, si quiere un animalito domesticado, que se compre un gato. Mientras el silencio se apodera de nuestra mesa, hago mis libaciones con vinito de Rioja al dios Baco  y a la salud de mi santa y de mi nutricionista.
   No hablamos mientras compartimos la ensalada, ni mientras ella engulle el solomillo y yo doy buena cuenta de las migas. Me siento tan animado que pido una segunda copa de Rioja. El mundo, después de una semana aciaga, por fin me parece un lugar habitable, tanto como para cambiar el café por un tiramisú casero de frutos rojos. Cuando mi mujer se levanta indignada ante mi arrojo y se permite llamarme inconstante y traidor, le muestro la mejor de mis sonrisas y eructo con fruición. Al menos hoy no voy a pasar hambre.

sábado, 1 de junio de 2019

La manita


Como todas las mañanas de diario, yendo al trabajo de Aravaca a Pirámides. La A6 me suele recibir con un tráfico pegajoso, del que apenas me libero cuando tomo la salida seis para la calle 30. Incorporarse a menudo exige nervios de acero e ir metiendo el morro a la portuguesa, hasta que me ceden el paso, muchas veces con desgana, otras con odio contenido. La M30 es una lotería: puede salir el setenta y entonces circulas fluido; o cantar el número cero y quedarte inmovilizado, mirando parpadear las luces del coche precedente. Como hoy. Solo que no es materia común: llevo esperando más de veinte minutos a que la fila de vehículos recomience su peregrinaje. En la oficina ya están al cabo y trato de respirar con el diafragma para mantener la calma, para no sentir pánico y huir bonitamente hacia la Casa de Campo. Sobre mí, al fondo el Palacio Real iluminado por un sol cinematográfico, pasan las cabinas del teleférico con su ritmo monótono. Un niño de unos siete años me saluda con su manita; e irremisiblemente siento la comezón de aquellos días en que la existencia era un carrusel de sensaciones, una aventura interminable.

viernes, 17 de mayo de 2019

Los raros



   Miren, como dice una amiga mía que no ha leído mucho, la verdad sea dicha, uno tiene una edad, no importa cuál sea ésta y no pienso por tanto decirla alegremente, que ya tengo el culo pelado de arrastrarlo por los caminos. Que el mundo es una porquería, pues no me cabe duda alguna, pero desde hace siglos han venido los poetas rimando flores con colores y rosas con mariposas y nos han dejado una visión tan, tan cursi, que ahora poco menos que tendríamos que creernos que siempre hay un roto para un descosido y una media naranja, aunque sea pocha y revenida, para todos nosotros. Como si la existencia solo tuviera sentido, si es que lo tuviera en modo alguno, porque durante nuestra vida habríamos de dar alguna vez con nuestra alma gemela, que anda por ahí pululando y esperando el momento, feliz, en que nos tropecemos por fin. Yo no me creo a estas alturas tales ridiculeces, aunque tenga que bregar en mi día a día con todo tipo de adictos al sexo, al enamoramiento y al matrimonio compulsivo, que no saben estar solos ni en el baño y que tampoco me parecen, todo sea dicho, más felices que yo. Más bien estoy de acuerdo con aquella tía abuela por parte de madre que, cuando las mujeres se quejaban de sus maridos mientras tomaban un anís con pastas y esperaban a que aquellos regresaran de la taberna, siempre repetía que era mejor vestir santos que desnudar borrachos.
   Supongo que son ustedes inteligentes y que no les tengo que descubrir ahora que, a mi edad, sigo estando soltero a dios gracias. Claro que llegar hasta aquí, usando debidamente esta palabra que han puesto tan de moda las feministas en estos últimos años, empoderándome de mi cuerpo, mi estado civil y mi posición económica, no ha sido nada fácil. Creo que aún no tenía dieciocho años y lo que más me preguntaban mis familiares en las cenas de nochebuena era si ya tenía novia, como si no tuviera otra cosa que hacer en la vida. Y luego llegaban poco  a poco los remaches para los clavitos: que si mi primo Luisito, que era dos años más joven que yo, ya cortejaba con la hija del tendero y sus padres estaban tan contentos de ver cómo se iba a unir con ellos un patrimonio tan importante; que si la sobrina de Inés se había ennoviado con el médico y poco menos que su vida estaba resuelta para siempre. Yo callaba, sorbía la sopa y pensaba que en dos semanas estaría en la universidad, dedicándome a lo mío, que era estudiar y con el tiempo librarme de sus fincas, sus ambiciones y sus miserias. Por cierto, Luisito se casó con la hija del tendero pero a los veinte años se separaron de mala manera y ella cargó con los tres hijos, el negocio paterno y los cuernos, y a él aún lo están buscando para que aporte la manutención de sus vástagos. Y de Inés, mejor no habló, porque las historias de burdeles son muy sórdidas y no quiero amargarles la tarde.
   Pero, si a los tontos les gustan las tizas, a mi familia le gustaban, al parecer, las bodas. Y he aquí que yo, que los evitaba tanto que solo los veía de uvas a peras, ya viviendo en la ciudad, con mis oposiciones aprobadas, mi pisito propio y disfrutando de la vida como un rajá, tenía que padecerlos en las pocas ocasiones en que las circunstancias nos reunían: bodas, bautizos y entierros. En estos últimos, por lo general, dado el ambiente de desconsuelo al uso, me dejaban en paz, pero en las otras ocasiones no faltaba el inoportuno de turno que apuntillaba que solo faltaba que yo me animara a pasar por el casorio y traer al mundo un par de criaturitas hambrientas. No faltaban las murmuraciones: desde los que sabían de muy buena tinta que yo era un putero hasta los que me tachaban de maricón sin duda alguna. Sin embargo, en todos aquellos años ni uno solo se interesó por lo que realmente pensaba de mi vida y de la suya, lo que sin duda los hubiera dejado mucho más intranquilos y a mí infinitamente más largo que ancho.
   Con el paso del tiempo, gané fama de raro. A mi espalda se permitían criticarme y se decían que era mejor dejarme con mi amargura y mi carácter asocial, que bien se notaba que era un desgraciado, mientras a la cara me reían las gracias casi tanto como me envidiaban los viajes, los coches, la ropa y los caprichos. Cuando comprendí que sufrían como gorrinos en el sacrificio con mis éxitos y la ostentación de dinero, me dediqué a machacarles un poco más, no fuera que todavía se permitieran tenerme lástima. Es mejor que te odien, si no te pueden querer, pero que te odien de verdad, porque con el tiempo te has convertido involuntariamente en el espejo invertido de su propio fracaso.
   Y ahora, a mi edad, resulta que se ha puesto de moda quedarse soltero. Y hasta han importado una palabra extranjera, un anglicismo, para referirse a quienes preferimos dormir solos en nuestra casa y solo compartir con los demás lo que nos da la gana. Singles nos llaman. Antes nos llamaban solterones y dábamos lástima, cuando no murmuraciones, y ahora nos llaman singles y nos mandan catálogos de viajes solo para nosotros. Surgen como setas las empresas que organizan excursiones para singles, cruceros para singles y cursos para singles, empresas que parece que han descubierto que tenemos una cuenta bancaria saneada, mucho tiempo y pocos herederos. En su publicidad siempre nos invitan a gastar generosamente, porque, total, no tenemos a quién dejarles los cuartos, sino es a ellos y a sus pimes. Y no son baratos, créanme.
   Hace poco caí en la tentación y me apunté a una excursión por la sierra un sábado por la mañana. Según rezaba la publicidad se trataba de hacer una caminata por el monte de unas tres horas de duración, de un nivel sencillo y sin más pretensiones. El único requisito era estar soltero y, claro, pagar religiosamente la tarifa. No me pude meter de forma más inconsciente en la boca del lobo: en aquella gira había un predominio de mujeres de diez a uno y enseguida noté que la mayoría no estaba allí para mover las piernas, como yo, sino dispuestas a la caza mayor como monteras avezadas. Fueron tres horas diabólicas, ellas tratando de ser interesantes y yo procurando no ser menos borde de lo que tradicionalmente lo era con mi familia. No imaginaba que la gente fuera capaz de hablar tanto y tantas horas para decir tan poco a la postre. Al fin, en el autobús de vuelta conseguí que me dejaran en paz para lo que usé bonitamente mis cascos de música y la mejor de mis muecas de asco. Ya me pueden esperar, ya, para la siguiente salida…
   No tardé en darme de baja de toda esa porquería de publicidad para singles en la que me habían metido, ofreciéndome unas compañías maravillosas y experiencias únicas, para darme en última instancia los mismos disgustos que me dan en la vida diaria las mujeres, viudas, solteras o casadas, que me pretenden. Miren, yo no soy un single, yo no soy tan moderno. Soy un solterón de toda la vida, raro y evasivo, que prefiero ir a mi aire, hacer lo que yo quiero, no dar cuentas a nadie y disfrutar de lo mío. Que es posible que a veces esté un poco solo, no diré que no. Que otras veces me sienta melancólico, pues tampoco lo negaré. Pero lo que tengo claro clarísimo, meridianamente resuelto, es que no necesito a nadie a tiempo completo ni para mi casa ni para mi vida.  Y con esto yo estoy en mi paz y espero que dios en la de ustedes.