jueves, 18 de marzo de 2021

La intimidad

 

 

   De un tiempo a esta parte se ha magnificado más que nunca el derecho a la intimidad que todas las personas, supuestamente, tenemos, aunque los límites de ese concepto son tan variables como los de un desierto de arena sometido a erosión continua por un viento implacable: lo que yo escondo de mí y no quiero que sepas, por fuerza tiene que ser monstruosamente distinto a lo que tú me ocultas con total convicción, no solo en tamaño, sino también en forma, sabor y calorías. Día a día levantamos la cerca eléctrica en la que se freirán nuestros amigos y enemigos cuando osen rozar siquiera el sacrosanto recinto que no les dejamos ni atisbar. Y como los seres humanos estamos hechos sobre todo de silencios, es en ellos donde mejor soterramos nuestros pensamientos y deseos más secretos, si bien hay genios de la exhibición que parecen exponerlos al público, cantando himnos como “¡Qué sabe nadie!” o “¿A quién le importa lo que yo haga?, teniendo, eso sí, la prevención de no ser explícitos y no arrojar el misterio de su existencia, casi siembre banal y crematístico, por la borda. Todo mito se levanta sobre la interpretación torcida y desatinada de una realidad por definición simple, pero debidamente encubierta a las masas, que se convierten en fervientes consumidoras de salsas y aderezos varios.

   Dejando a un lado, pues, a esas estrellas que viven casi más de mostrar su vida social que de cantar (“yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré”) o de las que tratan de construir un universo metaliterario al que nadie le pueda pasar el plumero (“este río desbordado no se puede detener”), la mayoría nos desenvolvemos en el escenario gris de un gran rompecabezas neutro: somos piezas, casi todas similares, con más o menos esquinas, entrantes  y salientes, según un patronaje estándar, nada demasiado original, nada del otro jueves. Y, sin embargo, ¡qué obsesión la nuestra por no ser como los demás, para convencer a todo el mundo de que no somos moneda corriente, mientras tratamos a la vez de proteger, ocultar, salvaguardar, nuestra intimidad de propios y ajenos!

   Algo perverso tiene eso de mirar impunemente por el ojo de la cerradura. Si no fuera así, no resultaría tan común el ejercicio del espionaje, al que tantas personas se dedican con ahínco y emoción desatados: lo importante nunca es lo que se descubre (que en el mismo momento se comenta, se consume y se devora), sino lo que aún queda por desvelar: un hijo secreto, un amante de sexo incierto, un crimen por celos, una carrera fingida, un fracaso bajo la alfombra, el brillo de vidrio de las joyas falsas… Hay tropas de soldados vestidos con bata y zapatillas de casa, comiéndose las uñas por el porvenir de una corista ligera de cascos o de un rapero cuyo principal mérito consiste en saber rimar rey con ley, si es que tal concordancia es aún imaginable. Esa intimidad es, no obstante, demasiado pública; es un tipo de fama que acumula con facilidad miles de euros en las cuentas bancarias y, por ello, hay tantos y tantas cuya aspiración es dar un braguetazo enseñando la ropa interior y un poco de la huchita del culo.

   La verdadera intimidad, ya lo sabemos, es otra cosa y se aloja en terrenos ignotos para la mayoría. Como todos conocemos esa franja escondida de la tierra promisoria que es nuestra propia existencia e intuimos su sordidez, no podemos conformarnos únicamente con la avidez por el dinero de una diva de las lentejuelas o por el aplauso de un insatisfecho buscador nocturno; eso es un negocio de poca monta, una intimidad de cueceleches. Hace falta mucha más sangre, mucho más cuajo, y hasta rechupetear el tuétano, para que nuestro afán se trastueque en un éxito total.

   Si la sociedad de la información, con sus redes sociales y sus algoritmos semimágicos, nos ha convertido en datos y en metadatos, si nos ha clasificado en todo tipo de listas y nos ha otorgado un perfil de consumidores válido para empresas y anunciantes, si nos ha cosificado, numerado y delimitado según nos ajustemos o no a un producto, no ha conseguido ni remotamente acercarse a esa intimidad que quiere asaltar de modo legítimo o ilegal, porque los seres humanos tenemos un mundo interno que nosotros mismos no osamos nombrar, admitir o profundizar, sometidos como estamos a una represión omnímoda desde que nacemos. Por eso, cuando una amiga me dijo ayer que le daba miedo que la sociedad tecnológica invadiera su intimidad, le respondí que no se hiciera ilusiones, que no era por ella por lo que se interesaba, que su psique y sus deseos quedaban fuera de los límites frígidos del algoritmo.

 

sábado, 13 de marzo de 2021

Kairós

 

  Cincuenta metros, tan solo cincuenta metros desde mi coche cama hasta el salón restaurante. En el imaginario emocional de los cinéfilos, los trenes nocturnos internacionales son antros lujosos en los que acecha feroz el ojo impío de los espías y el crimen perfecto. Afortunadamente no soy crédulo, ni por mis venas corre tinta en blanco y negro de celuloide rancio, así que ofrezco mi carne ternísima a los vampiros tiznados de carbonilla que se muestren interesados, pero únicamente después de la cena, servida con exquisita corrección por camareros serbios: sopa de marisco, caviar con vodka, ragout de ternera al vino de Wachau y Prinzregententorte de postre.

   Durante el refrigerio, soporto con hastío el cronicón de las hazañas amorosas de una princesa húngara, viuda del que fuera en su juventud gobernador de Ulán Bator, una tigresa blanca que ha destrozado las sábanas de seda ministeriales y monárquicas con sus garras de esparto recubiertas de tafetán dorado. No tendrá juegos en la jungla conmigo. La decepción le teñirá de ocre los párpados pintados de verde, pues quien de veras me interesa es el dragón ruso de aspecto aniñado y mirada turbia que no ha dejado de sonreírme desde que el jefe de sala me ha recibido entre zalemas y halagos. Nada más obsceno que el dinero, ni más servicial que la necesidad de obtenerlo legal o ilegalmente.

   Me zafo de la fiera pretextando el insoportable tedio de los viajes interminables, pero no del militar, que me sale al paso y me aborda resplandeciente con su jerga soldadesca:

   -Disculpe, caballero, no he podido resistir la curiosidad. Me preguntaba cómo va a pasar esta primera noche. Los trenes son tan ruidosos, a veces cuesta conciliar el sueño y las horas pasan lentas sin una conversación grata…

   -Le agradezco su interés, está bien saber que se cuenta con una mano amiga. En general, me basto yo mismo, pues me sostengo más que firmemente sobre mi bastón; véalo bien, de madera de roble macizo y nudoso, pero deduzco que también usted tiene un apoyo similar y que, sin embargo, generosamente se ofrece a compartirlo conmigo.

   -Sí, desde luego, mi bastón y mi desinteresado afecto están a su total disposición.

   Cogidos del brazo, demasiado juntos debido a los estrechos cincuenta metros que separan el vagón restaurante de mi cabina, nos vamos entendiendo en una mezcla de lenguas que a veces nos hacen reír y otras nos llevan a entrechocar los bastones y las rodillas sin orden ni reparo, en un baile de san Vito que preludia los fuegos aéreos de san Telmo.

   Mientras afuera el viento gime contra los bosques fosforescentes por la nieve, en mi departamento construimos un vivac alrededor del fuego con una botella de coñac envejecido y los bastones en guardia contra los elementos. Copa tras copa, la noche nos envuelve bajo su manto oscuro y nos sostenemos firmes, prietos y divertidos, contra la borrachera, en la ebriedad.

 


jueves, 18 de febrero de 2021

Supersticiones

 


   Quizás una de las ventajas de hacerse mayor es que con los años se pierden muchas de las certezas que apuntalaban tu vida y te quedas como un equilibrista sobre el alambre, desnudo: no puedes volver atrás (porque la vida ya te empuja con un aullido…) y tampoco vas a pretender quedarte contra el viento, que ya sabes por experiencia que torres más altas han caído y se han hecho pedazos contra las erizadas peñas del suelo, allá lejos; es obvio, pues, está más claro que el aire que apenas notas que respiras, que no te queda otra que continuar pasito a pasito, deslizándote como un minúsculo bichito por el cordel, en pos de un horizonte que conoces pero que, sin embargo, tampoco tienes mucho interés en alcanzar. Convertido así en un deseo, más reptante que andante, superadas ya las diversas fases por las que los filósofos más audaces ya te habían clasificado antes de hacer tu primer pis, a saber, felicidad elemental, certezas inamovibles, relativismo acomodaticio y finalmente escepticismo total, cuando no cinismo gesticulante, las jornadas transcurren ni plácidas, ni tormentosas, ni siquiera en modo ejemplar: transcurren y punto.

   Así se ha simplificado la existencia, de modo global y manifiesto, desde que la Covid19 tuvo la desdicha de aparecer en las exóticas tierras de China y de extenderse como la afición general por las apuestas y las loterías por los paralelos de la esfera terrestre: los ancianos (me refiero por supuesto a los afortunados supervivientes de una pandemia que parece ir dirigida contra su profundo descreimiento y su notorio interés por seguir comiendo pollo y bebiendo buen vino) y los jóvenes, a quienes se les insulta continuamente por su supuesta falta de responsabilidad (cuando ellos y ellas lo único que quieren, como sus mayores, es beber alcohol y comer también mucho pollastre, mucho bollo y mucho filete), todos, pues, habíamos asumido a duras penas que la interrupción de nuestro paseo por el alambre durara un par de meses, tal vez seis, y en cualquier caso no más de un año, y dábamos por justificadamente perdido el año 2020, un bisiestazo con vocación de jodefiestas, un año de miércoles que trataríamos de olvidar pronto recurriendo a las drogas legales de farmacia, supermercado o herboristería, incluso a las no legales si el trauma dejaba una trayectoria ascendente y no cicatrizable.

   Pero lo que no podíamos imaginar, lo que demuestra que nuestros gobiernos siempre manejan información privilegiada y se blindan con sus escudos de seguridad del sí pero no y vuelva usted otro día a preguntar por lo suyo, que lo nuestro ya lo tenemos cocido y colado, es que nos íbamos a ver en las mismas en 2021, el año que habían bautizado como el de la recuperación, y que al paso que vamos acabará llamándose el olvidable, el triste, el disfuncional, un año en el que, sin recaer sobre él el augurio adverso de la negra suerte y las catástrofes librescas, se ha convertido en toda una demostración de magia: ante ustedes desaparecerán las vacunas como si fueran contribuciones y aparecerán infecciones con sabor a mazapán, trozos mal digeridos de uvas y masa de roscón de Reyes, de aquí al verano, por lo menos.

   Por esta suma de desencantos y de malas acciones, cometidas a troche y moche por tantos y tan incontables, no es extraño que a nivel social hayamos dado un salto cualitativo en nuestra disposición en el alambre: ahora todos, aunque tal vez podamos exceptuar a los matasietes que aprendieron a volar y suplantaron a sus mayores para arrebatarles la dosis de vida que les correspondía, estamos retratados en modo escepticismo total, incluso en el de cinismo gesticulante, lo que quiere decir que, lejos de haber aprendido algo de aquellos encierros con aplausos y mirada al tendido, hemos emergido con el culo al aire y las vergüenzas colgando.

   La triste realidad es que en estas circunstancias resulta difícil creer en el ángel de la guarda, en la filosofía de Kant, en la declaración de los derechos humanos o en las leyes de la probabilidad, y aún mucho más en las supersticiones que uno se ha ido construyendo en la vida sólo porque le ajustaban bien. Y si ya no puedes creer ni en lo que tú mismo te has fabricado como consuelo en un mundo competitivo, despiadado y desleal, ¿para qué tanto medio de comunicación, tanta red social, tanta noticia, falsa o no? A mí, por ejemplo, me resulta más sencillo creer en la existencia de la decimoprimera dimensión que en supersticiones como la de la integridad de los partidos políticos o de los periodistas. Exagerado que es uno, ¿no?

lunes, 25 de enero de 2021

England, my England


   ¿Quién era aquella mancha azul entre los curas ensotanados y los maestros de todos los años? Por el patio, en aquel luminoso septiembre previo a la muerte del dictador por peritonitis, corría la voz, cantarina, esperanzada, de que tal vez fuera la sustituta de don José María, el profesor de lengua que en aquel año había preferido trocar la sintaxis por la letra de cambio y perfeccionarse en el arte del interés simple y del compuesto. Con él no debía de ir aquello de pasar hambre que se atribuía tradicionalmente al enseñante español y había optado por acomodarse sustanciosamente en una oficina bancaria de las que más pitaban en el barrio. Pero si a su paciencia y sus maneras suaves, tan distintas a las de los padres, a los que enseguida se les desmandaban las manos y no tardaban en darte un pescozón, una torta o un pellizco con giro encarnizado en donde diera, le sustituía aquella aparición rutilante que sonreía entre las caras avinagradas, mal afeitadas en general, tan acartonadas que parecían haberse escapado de un boceto de Velázquez hecho entre borrachos recalcitrantes, seguramente le podríamos dar una segunda, y aun una tercera oportunidad a la subordinación de relativo.

   Doña Marina, la nueva maestra de lengua española e inglesa para mi último curso de la educación general básica, no permitía que le apeáramos el tratamiento, aunque fuera tan joven que bien pudiera ser la prima a la que todos queríamos meter mano en las siestas veraniegas. Lucía siempre unos vestidos largos, como de tela de raso o terciopelo, y se adornaba con unos collares interminables de cuentas multicolores y de vez en cuando alguna flor silvestre en el pelo. Nosotros, que a menudo veíamos en la televisión artistas como Karina y Massiel entonando canciones que luego se hacían muy populares y que no paraban de sonar en las ferias, decidimos llamarla entre nosotros “la hippie” y fantaseábamos sobre cómo habría sido su vida en Londres, si habría conocido personalmente a los Beatles, y si tomaría con sus amigas el té de las cinco tan puntualmente como hacían Peter and Molly en el libro de texto que nos servía para todos los cursos. Nuestro entusiasmo no se correspondía para nada con el menosprecio que merecía doña Marina entre nuestras familias, especialmente entre nuestras madres, que veían en aquel guachiguachi del inglés una cosa sucia, como sebosa y llena de gérmenes, y en su representanta una lagarta que aborrecía la bata blanca y se exhibía sin pudor ante jovencitos indefensos y más que impresionables. Sus comentarios nos dejaban boquiabiertos y algunos pensábamos que éramos hasta un poco lerdos, porque no podíamos ni siquiera imaginar cómo serían sus pezones o su trasero, ocultos como estaban a nuestros ojos por aquella tela tan generosa decorada con lentejuelas bordadas o margaritas cosidas. Lo que nos seducía era, precisamente, lo que no veíamos de ella y, sin embargo, lo que veíamos en casa nos producía alarma, si no verdadera repugnancia.

   Entre todas aquellas horas de lectura del Nuevo Testamento, misas de primeros viernes de mes, recortables para la festividad de la virgen de Lourdes, química orgánica y ecuaciones de segundo grado, Reyes Católicos y disección en vivo de ranas cloroformadas, en aquellas horas largas y apesadumbradas que agotábamos despejando las equis de la adolescencia sin conocer aún el resultado de tanto pecado cometido y confesado, doña Marina se nos aparecía como si aún fuera posible darles una patada a los aburridos domingos de fútbol y cine tolerado y dejarse llevar gozosamente por el vendaval de los deseos inconfesables: cantar en inglés con las chicas de ABBA y luego dormir con ellas, sí, con las dos, en hoteles donde nadie se escandalizaría por su desnudez sobre camas abiertas y luces encendidas. Cometido el pecado, siempre habría tiempo para arrepentirse, decía mi amigo Roberto, que era el más lanzado en cuestiones de amor y de mujeres.

   Doña Marina, para nuestra decepción, no terminó el curso con nosotros; fue sustituida por don Matías, un cura sesentón con cara de bollo de pan y lengua afilada para combatir la concupiscencia, su tema favorito, al que le dedicó una gran parte del resto del curso poniéndose grana como los tomates y lanzando escupitajos involuntarios al nombrar a Satán y sus maniobras para seducir a los niños inocentes, como nosotros, añadía, mientras escondíamos la manos que horas antes habían estado obrando contra la pureza. Durante algunos días creímos que doña Marina se había puesto enferma; después que la habían echado porque se había atrevido a ensayar una obrita de teatro de Casona con las niñas de octavo; y finalmente nos enteramos, por la madre cotilla y correveidile de Isidoro que todo lo tenía que descubrir y comentar, de que fue por un escándalo, un escándalo tan grande y tan extranjero que no cabía en un país católico como el nuestro: doña Marina había yacido sensualmente de modo incontinente con nuestro ex maestro don José María, a la sazón casado, y vivido en pecado mortal durante todos los meses en que nos dio clase. Fue quejarse la esposa del adúltero ante las autoridades y nunca más vimos a don José María ni a doña Marina, a los que nos imaginábamos levantando negocios y haciendo el amor libre en la Gran Bretaña, la tierra prometida. Y ahí fue cuando decidí licenciarme en inglés y marcharme a vivir de mayor a tierra de infieles, a ver si todavía podía ser feliz también yo.

sábado, 16 de enero de 2021

Un año más

 


   Siempre me ha parecido que el 31 de diciembre está cargado de emociones y de valores simbólicos, que no es un día más en el calendario: la gente planifica durante semanas las reuniones con amigos y familiares, los viajes, el menú de la cena y hasta con qué cadena de televisión se tomará las uvas para dar la bienvenida al año nuevo, como si fueran muy diferentes los escotes de la Pedroche o de la Igartiburu, canalillos  escarchados bajo el relente madrileño. La felicidad, la alegría, servidas en copas de cava (antes decíamos de champán y nos sentíamos más cosmopolitas, cabe incluso decir que tal vez lo fuéramos visto el catetismo autonómico y frentista de los últimos años de nuestra más que manoseada democracia), familias enteras dedicadas al descorche al unísono, dan paso a los brindis, a las canciones del pasado y a unas sobremesas en las que se abusa eufóricamente de los licores, los cantos roncos y los mazapanes de Soto, hasta que se agota la madrugada y uno se acuesta hecho unos zorros y sin ánimo de más alterne.

   Al día siguiente, incluso si no se sufren taladradoras en las sienes, levantarse es un ejercicio arduo porque se sabe, se conoce a la perfección que la fiesta no ha terminado, no, sino que se va a prolongar unas cuantas horas más. En vez de una vida nueva, renovada, llena de resoluciones heroicas (dejar de fumar, perder peso, hacer más el amor…) que no sobrevivirán al aperitivo, en vez del descubrimiento de una fuerza cósmica que te puede llevar a sondear los principios de la mecánica cuántica y volverte del revés como siempre se ha deseado secretamente, se aterriza en un panorama desde el puente ya archiconocido: beatíficamente los melómanos y los melopeos se arremolinan ante el compás del tres por cuatro de los valses de Viena y se dejan arrullar por el frufrú de los tutús en su suave deslizar por las tarimas de la vieja Europa; poco importa que el resto del año los ritmos cambien, en esta mañana del uno de enero la tradición manda que se den palmas, unas palmas chabacanas pero compartidas, en la marcha Radetzky y que seamos ciudadanos del primer mundo entregados al esplendor de las cortes decimonónicas como si aún no hubieran nacido los Beatles ni muerto Amy Winehouse. Y todavía era peor en mi infancia, cuando apenas conocíamos la nieve de primera mano y, sin embargo, nos daban desde la única cadena de televisión una clase magistral de los saltos de esquí en los cuatro trampolines de Innsbruck, como si tuviéramos algo que ver nosotros con aquellos nórdicos de nombres impronunciables que se deslizaban como torpedos hacia la gloria deportiva. Tediosas mañanas del uno de enero, pasando del vals a la nieve por los cerros de Centroeuropa, antes de regresar a la mesa familiar, siempre demasiado pronto, con la cena del día anterior casi sin digerir, y a sus viandas tradicionales y sorprendentemente españolas: menestra a la navarra, bacalao a la baturra y crema catalana, más los consabidos polvorones de Estepa. Tiempos aquellos en que no había códigos de barras, ni denominaciones de origen, y en los que a veces con tener qué comer ya era suficiente para sentirse feliz y contento, como unas pascuas.

   El resto del día, festivo para más señas (si fuera feriado, la gente no podría trasnochar hasta el hastío), se convierte en una guerra contra el aburrimiento del tiempo detenido: incluso antes de los confinamientos perimetrales y los toques de queda actuales, las tardes del día uno de enero siempre han sido un problema para aventureros que no se conforman con volver a ver la enésima proyección de “Pretty woman” en la pequeña pantalla, ni con la repetición de los mejores momentos de la noche con la que nos obsequian desganadamente la mayoría de cadenas de televisión. Bares, cines, teatros, siempre han sido la apuesta perfecta para no tener la sensación de haber desperdiciado el primer día del año; solo faltaba la pandemia de Covid19 para rematar al primogénito del 2021, pues ni los bares están a pleno rendimiento por razones obvias, ni la cultura es completamente segura aunque nos mientan sin convencimiento. En fin, qué forma de empezar década tan rutinaria y falta de sal, tan boba.

   La triste realidad es que, si generalmente podemos recordar cómo terminamos el año, casi nunca nos compensa invertir ninguna de nuestras neuronas en recordar cómo lo empezamos, pues los hombres y las mujeres somos animales de costumbres y no aprendemos ni con setenta mil fallecidos de más a nuestras espaldas: tiramos sin rubor alguno el muerto al hoyo y nos dejamos llevar por oleadas de hábitos y tendencias que apenas hemos reflexionado, y que muchas veces ni siquiera nos hacen felices. Bienvenido pues, un año más, al futuro, consumidores del mundo. Qué lamentable, qué inútil, que sea de nuevo tan parecido en lo esencial a la mezquina panorámica de siempre.

martes, 29 de diciembre de 2020

2020, un año de cine

 

 


    Termina un año anómalo, en el que todos hemos tenido que adaptarnos en mayor o menor medida a un mundo más hostil de lo habitual. La pandemia causada por el nuevo coronavirus, a quien se bautizó con el nombre de Covid19, nos ha obligado no solo a cambiar de hábitos, sino también a aislarnos de los demás, en un intento de salvar nuestras vidas y las de los otros. Sin embargo, hemos podido constatar que el miedo a un desplome económico de gran magnitud ha llevado a los gobiernos de los países del primer mundo, China por supuesto aparte, a apostar por un difícil equilibrio entre el derecho a la salud y el mantenimiento del sistema productivo, de tal modo que, como diría santa Teresa, hemos vivido sin vivir en nosotros y, a la vez, hemos asumido como sociedad riesgos de forma irresponsable, menospreciando las consecuencias.  Ahora, al culminar este 2020, vemos venir la tercera oleada de contagios mientras muchos están celebrando una Navidad que tal vez no ha debido ser tan parecida a la de años anteriores.

   Como muchos otros, yo he optado por una cuarentena (la palabra del año) preventiva desde el mes de febrero y he limitado mis salidas al exterior a unos pocos paseos por zonas amplias y bien ventiladas, y las imprescindibles visitas a la farmacia. Para las demás adquisiciones he elegido la compra a distancia, y  las tecnologías para el contacto con los demás. Ha sido un año sin reuniones con familiares y amigos, sin conciertos, sin teatro, sin viajes por España y por el extranjero, en el que el cine, la lectura y la música han venido al rescate de las horas de ocio que antes se dedicaban al contacto directo con seres queridos y a conocer mundo. He tenido la fortuna, en el fondo es una suerte, de poder recuperar del pasado algunas películas que en su momento no pude ver o que me pasaron inadvertidas y también de disfrutar de alguna actual de las que se estrenan directamente en las plataformas audiovisuales. Aquí selecciono las diez que más me han interesado de todas las que he podido disfrutar en la placidez del hogar y os recomiendo que las veáis si, como yo, aún no lo habéis hecho:

-“Nunca pasa nada” de Juan Antonio Bardem (1963), todo un clásico que nos muestra a las claras cómo era la tediosa vida de la España de provincias en la grisura de los casi veinticinco años de paz;

- “El crack Dos” de José Luis Garci (1981), segunda entrega de las tres dedicadas al detective Germán Areta y que es hoy por hoy un ejercicio de lucidez, no digamos ya si la valoramos en la fecha en que se rodó;

-“Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)” de Alejandro G. Iñarritu (2014), una maravilla creativa en la que el teatro y el cine, la realidad y la ficción, se entreveran de tal modo que uno quisiera no salir jamás de sus límites;

-“Predestination” de Spierig Brothers (2014), película australiana de ciencia ficción en la que los viajes por el tiempo del protagonista sumergen al espectador en un complejo e inquietante rompecabezas;

-“El Gran Hotel Budapest” de Wes Anderson (2014), deliciosa comedia en la que se recrea la atmósfera elegante de los grandes hoteles de principios del siglo XX a la par que se advierte la llegada de un nuevo orden, asentado en el fascismo, que cambiará la historia para el mal de la mayoría;

-“La llegada” de Denis Villeneuve (2016), una maravilla de la ciencia ficción que explora cómo podría ser el primer encuentro entre la humanidad y una civilización extraterrestre y que apuesta por la filología y por la cooperación para la supervivencia de las especies;

-“Mi obra maestra” de Gastón Duprat (2018), película argentina, intepretada por dos actores magníficos (Luis Brandoni y Guillermo Francella), que destaca por su imprevisible guión y porque nos cuenta la historia, un tanto alocada y original, de una gran amistad;

-“La gran mentira” de Bill Condon (2019), una comedia norteamericana con Ian Mckellen y Helen Mirren, que bien puede representar en esta lista el cine más comercial, el que llega fácilmente a las grandes pantallas y obtiene pingües beneficios gracias a guiones eficaces y sólidos;

-“Oda a Joy” de Jason Winer (2019), una simpática comedia norteamericana que, al margen de prototipos atractivos y normativos, tiene como protagonista a un antihéroe, un joven con una peculiar discapacidad que convierte su existencia en un gran problema, pero que con alegría y determinación puede afrontar dignamente;

-“Historias lamentables” de Javier Fesser (2020), comedia española recientemente estrenada que recuerda en muchos aspectos narrativos y de guion a la magnífica “Relatos salvajes” de Damián Szifrón y que, aunque desigual en sus cuatro historias principales, se culmina con un relato trepidante y una coda perfecta.

Con la esperanza de que en el 2021 podamos recuperar los espacios públicos para asistir a conciertos, películas y representaciones teatrales sin riesgo alguno para la salud, aprovecho la ocasión para enviaros mis mejores deseos y desearos mucha mucha serenidad.

 


 

viernes, 18 de diciembre de 2020

Atraco

 

 

   Los últimos meses han sido una balsa de aceite hirviendo: mientras el mundo se paraba por causa del coronavirus en primavera y luego se aceleraba con el ímpetu vital del verano, hasta el inevitable punto medio de este otoño tuerto en el que la gente vive sin vivir en sí y hace como que no sale para no pasar por casa ni para ducharse, yo me he encapsulado en una burbuja plastificada, acartonada y fosilizada. Ayudado por avances tecnológicos que harían volverse majara a mi abuela si tuviera la desdicha de regresar a este mundo de perpetuo miércoles, he conseguido mantenerme virgen frente a las penetraciones aéreas y carnales del libidinoso virus que no paraba de buscarme la boca; con la inconmesurable ayuda de mascarillas, jabones, geles hidroalcohólicos y mis buenos lingotazos de coñac cuando la desesperación aprieta, este jubilata hasta ha pasado sus buenos momentos haciendo eses por el pasillo y derrapando como un piloto de fórmula uno en la última curva antes de entrar desesperado a vomitar en el inodoro.

   Claro que me dirán ustedes, y yo les daré la razón como a los tontos con una palmadita nada cariñosa en la espalda, que lo tenía muy fácil: con unos ingresos escasos pero bien asegurados, sin la obligación de asistir a la maldición del trabajo y con la capacidad de decidir no ver a nadie, por muy odiado que sea, así se hunda la bolsa o no venda una escoba ni El Corte Inglés, es sencillo parapetarse en casa como en un búnker, cerrar el grifo a las noticias con o sin gusanera y huir de todos cuantos aún no aprendieron a estar solos: basta con poner el móvil en modo avión, que si te molesta Vodafone u Orange a la hora de la siesta en el fondo es porque aún no has dado el paso de desconectarlos de tu existencia. Algo bueno tenía que poner el contrapunto a los dolores en las rodillas, el reúma añejo y la incontinencia urinaria, ¿no les parece?

   Todo ha ido de tirarse al tren hasta el mes de noviembre. Pero con la nueva consigna lanzada a los cuatro vientos sobre la necesidad de salvar la navidad, como si hubiera venido una horda de bolcheviques a descabezar a san José, violar a la virgen María y robarle los órganos al recién nacido, en mi barrio se ha producido un repentino aumento de pasión pascual y la gente se ha lanzado a consumir calendarios de adviento, adornos musicales con lucecitas y papanoeles de gomaespuma, mientras amontona en sus casas gambones y langostinos, turrones, como si fueran papel higiénico y harina para hornear. Que mientras haya un polvorón, todo es cuestión de polvos, habrá navidad, y mientras haya principios, sobrevivirá la misa del gallo aunque no guardemos las distancias, que el de arriba vela por ti lo mismo en el templo a él consagrado, que en la unidad de cuidados intensivos abierta a beneficio de los socios capitalistas de Capio Sanidad. Van a venir ahora los rojos (como si aún quedase alguno fuera de Venezuela) a fastidiarnos la diversión…

   Bueno, prosigo, que me pierdo y desbarro. Pues es el caso que el día veinticinco voy al cajero a cobrar mi modesta pensión de la Seguridad Social y la correspondiente paga extraordinaria, que es la que me permite reparar o sustituir las reliquias que sobreviven en mi casa al feroz paso del tiempo, y de repente descubro que le han dado una mordida a mi dinero, que ríase usted de los policías corruptos de México o Marruecos. De los escasos dos mil trescientos euros que esperaba, me han ingresado solo mil seiscientos. Y cuando trato de poner luz sobre lo que supongo que es un error, no tardo mucho en descubrir en la prensa afecta al régimen neoliberal que nos estruja que a setenta y cinco mil de nosotros, por no sé muy bien qué cosas de deudas con Hacienda, nos han birlado sin previo aviso un dineral, actualizando la ministra sabrá qué legislación de 2018 que, sorpresas te da la vida, decide ejecutar de repente y por la espalda en 2020. Trato de conseguir una cita en las oficinas de la Seguridad Social, sin éxito porque solo me ofrecen atención telefónica a partir de enero, y de que mi doctor me prescriba un antidepresivo, también sin éxito porque el ambulatorio está cerrado hasta nuevo aviso, por lo que me quedo compuesto, desolado y sin efectivo. Y me vuelvo a parapetar en casa, bloqueando la puerta con el sillón del salón, no se presente también en mi casa el autoproclamado gobierno más social y progresista de la historia de este país y se acabe llevando también por la fuerza el frigorífico. Que a falta de chorizos en mi despensa, los hay a miles atracando a los ancianitos sin escrúpulo alguno, eso sí, diciéndonos que están salvando la navidad para todos.