viernes, 27 de septiembre de 2024

La ludoteca

 

   Asumiendo que no queda nadie sobre la faz de la tierra que no sea el feliz poseedor de un teléfono móvil, la población del mundo actual se divide en dos grandes grupos: los que usan Tik Tok y los que, por motivos que no vienen al caso, pasan de esa comunidad global y seguramente lo van a seguir haciendo así caigan chuzos de punta. Entre los primeros, si es usted uno de ellos lo sabrá por experiencia propia, hay algunos que se pasan las horas muertas degustando vídeos caseros de gatos, fauna submarina, bolsos de marca, lucha libre, lugares imprescindibles a donde viajar con o sin pareja, consejos de salud sexual, decoración con flores o perretes (disculpen la palabra, pero es que ahora no usar un diminutivo te puede llevar a ser tildado de xenófobo, homófobo, aporófobo y otras lindezas) a los que sólo les falta hablar idiomas de lo listísimos que son, oiga. De los segundos, me permitirán que les hable otro día en que tenga estómago para morder otros anzuelos y digerir otras redes menos picantes, porque intuyo que me voy a quedar más que indigesto con este festín de comida rápida made in China.

   Lo peor de las redes sociales, aparte de la publicidad masiva y poco eficiente, al menos en mi caso, que exhiben contra los usuarios que no estamos dispuestos a hacer más ricos a los grandes magnates que las explotan en régimen de monopolio super estatal, sin respetar derechos humanos, pagar impuestos ni abstenerse de influir políticamente (por ejemplo, son capaces de blanquear a cualquier loco de pelo naranja de tendencias agresivas y antisociales hasta tratar de hacerlo pasar por una dulce viejecita que te invitará con dulzura a una merienda antes de quitarte la casa y el coche), lo peor, digo, es esa cosa que llaman algoritmo y de la que yo, que ya me perdía en mi bachillerato con los senos, los cosenos y los logaritmos neperianos, no entiendo ni papa, ya sea frita, ya arrugada. El caso es que, a lo que parece, te espían con esas galletitas insípidas y poco recomendables y luego aprovechan para tratar de venderte algo de lo que suponen que a ti te interesa por tus navegaciones sin regreso, es decir, un camión de veintisiete toneladas, un apartamento en San José de Puerto Rico o una combinación de satén con transparencias y diamantes con una modelo que, por el precio, parece incluida en la oferta. Que digo yo que alguna relación habrá entre aquellos senos de entonces y esta lencería contemporánea y, tal vez, de haber estudiado entonces más matemáticas, o filosofía, ahora captaría el correlato como un sabio o todo un informático.

   La cuestión es, que me pierdo en meandros por el delta de las disquisiciones, que mi Tik Tok una mañana se llenó de bebés en todas sus variantes posibles de color, número y habilidades, seguramente por mor de ese algoritmo del que hablaba arriba. Me pareció gracioso; precisamente había estado viendo yo varias veces el día anterior cómo unos mocosos de unos ocho meses de dedicaban a poner caras raras la primera vez que les daban a probar un trozo de limón. Y me había gustado tanto, que acabé enviando el vídeo a algunos contactos del whatsapp, a los que estaba seguro les iba a divertir muchísimo aquel descubrimiento de la primera acidez, preludio de las muchas posteriores que todos tenemos que soportar después en la existencia. Bueno, pues fue ver aquello un día y al siguiente tener a mi disposición, como quien tiene coche y chofer oficiales, un catálogo de niños de toda estirpe y condición: recién nacidos reanimados de urgencia, gemelos en brazos de sus padres, trillizos explorando el mundo desde un ventanal, niños pusilánimes que se asustaban de un cactus imitativo, bebés interactuando con perretes (véase supra), padres y madres desesperados ante la actividad artística de sus vástagos en muebles y paredes o, para poner fin a este dislate, las jornadas agotadoras de una madre con cuatrillizos desde primera hora de la mañana hasta la última de la noche a ritmo de película de Buster Keaton. Que parecía que estaba yo escribiendo una monografía sobre puericultura en el siglo XXI y no explorando una idea porque la tarde anterior me encontré de repente con que no tenía nada que hacer y simplemente tecleé la palabra bebé para entretenerme. Desde entonces no me he podido zafar del algoritmo, del que opino que es más terco que un aragonés y más omnipresente que las deudas bancarias.

   No obstante, como todo no va a ser negativo, hay algo que le tengo que agradecer a esta red china y es el enorme impulso, la fe, la confianza que ha conseguido implantar en mí ante el futuro de la humanidad, convencido como estaba de que nos íbamos directos y sin solución a la extinción más absoluta. Resulta que el mundo está lleno, hasta los bordes del vaso, de una generación de recién nacidos que vienen con el mando a distancia y el teléfono no ya bajo el brazo, sino implantado en su corteza cerebral de tal modo, que parece que la tecnología no es sino una pieza más de su constitución corporal y espiritual, que aprenden antes a encender o a apagar un dispositivo que a decir papá o mamá. Acostumbrado como estaba a que en este pueblo de la Castilla profunda no hubiera niños desde 1998 y a ir descontando vecinos de los treinta que llegamos a ser, saber que en el mundo hay tanto niño, verlos reír, llorar, caerse y llenarse de moratones, me llena de esperanza y me digo a mí mismo que, al final, puede que aún nuestra vida haya tenido algún sentido: cuando nosotros nos apaguemos, ellos seguirán encendidos, digo yo que al menos hasta que los artilugios se queden sin batería.

 

lunes, 29 de julio de 2024

El espíritu


   Salgo del hotel en cuanto amanece, que en verano y aquí siempre es demasiado pronto. Llevo puesto el síndrome del turista, ese que te tira de la cama al primer atisbo de luz, te aguijonea a desayunar antes de que la turba arrample con el buffet libre y pone alas en unos pies que no son precisamente los de Mercurio. Con mi plano de la ciudad en la mano y la mochila colgada de los hombros, una gorra de guiri que tira para atrás al más pintado, gafas de sol contra las radiaciones y unas zapas cómodas de esas que se han puesto de moda, sólo me falta ponerme un cartel que anuncie a bombo y platillo que soy uno de los miles de turistas que invaden la ciudad. Y me siento dispuesto a descubrir sus maravillas como si fuera el primero y el único que ha llegado hasta esta urbe, a la que maldita la falta que le hace que nadie la descubra.

   Permítanme una digresión al respecto (también pueden, si quieren saltarse este párrafo -o incluso todos hasta el último, que es donde está lo verdaderamente jugoso-): una amiga mía, ya entradita en años y bisoña en viajes por el extranjero, acaba de volver de Turquía y ha llenado Facebook de cientos de fotos del país de Erdogan, alabando las bondades de la tierra, la maravilla de las comidas, el aroma de las especias y los oropeles del Gran Bazar, contándolo con un entusiasmo tal, que pareciera que Marco Polo, ni ningún otro viajero, hubiera realizado jamás una empresa similar, como si ella hubiera revelado por fin al mundo los restos de Sublime Imperio Otomano. Ha concluido que nadie en su sano juicio puede morirse sin visitar Estambul y ha conminado a sus trescientos amigos en la red a que no dejen de visitar la Capadocia. ¿Postureo o catetismo? No soy yo quien tirará la primera piedra…

   A la ciudad a la que salgo con obediencia de lector de guía que no quiere perderse nada importante, lo único que le importa de mi visita es que me gaste el dinero, cuanto más mejor. Observen cómo las autoridades cuentan el éxito turístico en número de visitantes, pernoctaciones e ingresos, y no en otros datos más humanísticos y etéreos, como la satisfacción, la felicidad o la ilusión. Sabemos cuánto gasta de media un visitante por día y cuántos días se queda en la ciudad, pero no cuántos se cagan en la madre que los parió por los robos de los carteristas, las colas interminables en los monumentos y museos o la mala calidad de la comida en las tascas. ¿Quién mide la insatisfacción? ¿A quién le importa un carajo que se marchen contentos, que no borrachos, de un país que presume de su éxito internacional?

   Mi día transcurre con la monotonía esperable una vez que asumo mi condición de ente pasajero en un entorno hostil: paso más tiempo esquivando a los turistas que abarrotan las calles que caminando, haciendo colas para comprar títulos de transporte que viajando, esperando al guía que nos va a enseñar el palacio al grupo de cuarenta adultos más niños que recorriendo los salones sociales y los dormitorios antes privados… Más que en un día de asueto y diversión, parece que me he metido en un escape room sin salida o en la casa del terror del parque de atracciones. Supongo que por experiencias así es por lo que está tan extendida la idea de que lo mejor de un viaje es el regreso al hogar.

   El momento de la comida se convierte también en una odisea: todos los locales, incluso los que no vienen recomendados en las guías, están atestados, pese a los precios abusivos. En algún sitio deberían avisar de que es imposible hasta agenciarse una simple hamburguesa de plástico en la franja del mediodía. Para los más dinámicos queda la opción de comprarse un bocata en un chino, o un perrito caliente en un puesto callejero, o un helado de colores chillones, y probar suerte, que no necesariamente todos estos alimentos portan salmonella o E. coli y a lo mejor no acabas descompuesto del todo.

   Hay un momento del día en el que ya estoy casi derrotado, en el que siento que me falta la energía, tal vez por el calor, tal vez por la decepción. Pero, aun así, no me doy por vencido, que yo he venido aquí a convertir esta experiencia, como dicen ahora los especialistas en marketing, en un recuerdo imborrable, y decido salirme de los caminos trillados y vivir mi propia aventura: acabo en un barrio de las afueras, donde las casas son bajas, están llenas de grafitis y no se ve ni medio turista. Es la primera vez en todo el día en que siento cierta inquietud, como si el entorno no fuera seguro. Pero, al contrario de lo que me figuraba, la gente es amable, me orienta, me cuenta anécdotas de su vida, me acompaña un rato, me hace reír y me pregunta qué demonios se me ha perdido allí. Esa comunicación con los demás, esa franqueza, acaba siendo lo mejor del día, ese recuerdo que seguramente no olvidaré nunca.  

   Ya de regreso en mi hotel, cansado y con la perspectiva de tres días más en este destino que tan bien me vendieron en la agencia de viajes, sin que nadie materialmente me haya robado la cartera ni el móvil, me pregunto por qué me siento tan engañado. Me ofrecieron experiencias personalizadas y las he tenido, aunque hayan sido tan poco motivadoras. Me vendieron la exclusividad y me arrojaron a las calles como a otros miles de ilusos. Me doraron la píldora y yo me la tragué. A lo mejor tendría que haber elegido un destino no recomendado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, en el que uno no tenga tantas certezas, aunque eso pueda costarle la vida, porque tanta seguridad no puede ser buena para el espíritu. 

martes, 25 de junio de 2024

Burbuja

 


   Después de un año largo sin vernos, los cuatro supervivientes del curso de COU que todavía vivimos en la ciudad que nos vio nacer hacemos por fin un esfuerzo y quedamos para comer en un restaurancito del centro, uno de esos que hasta hace poco eran tranquilos e íntimos, pero en los que ahora hay que hacer una reserva con mes y medio de antelación y rezar a todos los santos para que no la cancelen, que te quedas en la calle, nunca mejor dicho. El sitio no es nada del otro mundo, no se vayan a pensar que somos ricos o que queremos tirar la casa por la ventana; el local ofrece un menú del día al alcance de funcionarios y oficinistas, y, además, cuenta con una terraza que ocupa media calle y en la que, quien más quien menos, se toma una cañita en esta España dentro de otra España tomada al asalto por turistas y aficionados al fútbol. Pues bien, en este paraíso alcohólico y paellero, deseado por millones de seres que no han tenido la suerte de venir al mundo en su mismo centro como nosotros, quedamos los cuatro cuando podemos.

   Cuando llego al local, ya está Margarita. Siempre ha sido muy puntual, una de esas virtudes que pueden parecer vicio si se exhibe demasiado. Está enfrascada en su móvil, pasando pantallas con el dedo índice, como si buscara con ansia un anillo perdido. Tengo que llamarla por su nombre para que note que ya no está sola, levante la cabeza y se desanillen sus patitas de paloma mensajera.

   —¡Ay, Luis! ¡Qué alegría! Mira, vengo vestida de uzbeka. Recién llegada del aeropuerto estoy. Que me ha costado más llegar al restaurante desde Barajas que volver a España desde Uzbekistán. ¡Lo imposible que está Madrid con lo de la Taylor Swift! ¿Te gusta mi modelito? Este dos piezas lo compré hace dos días en Samarkanda por nada y menos. ¿A qué me queda bien?

   No hago ningún comentario sobre el vestido y su conjunto abigarrado de colores estridentes que, seguramente, le salvarían la vida en el desierto. A vista de pájaro, claro. Antes de que mi silencio se pueda interpretar como una grosería, llegan Lorenzo y Toña, las dos patas que le faltaban a esta mesa, y Margarita recomienza su monólogo como si yo no estuviera allí:

   —Mirad, vengo vestida de uzbeka…

   Desconecto antes de que me den ganas de invadir la milenaria ruta de la seda con un ejército como el de Atila. Nunca he soportado las repeticiones y así me ha ido en este mundo tan rutinario.

   A partir de ahí nos pasamos toda la comida hablando de viajes y proyectos. A nuestra edad, hasta hace poco, ocupábamos la mayor parte del tiempo hablando de los nietos, los trabajos de los hijos y de nuestros achaques. Pues no daban de sí ni nada las visitas al urólogo, al cardiólogo o al neurólogo; pero, desde el inicio de la pandemia de la Covid19, a la peña ya no le gusta hablar de enfermedades y de pastillas como antes, sino que prefiere, apuntándose tarde, pero poniéndose al día en tendencias globales e inteligencia emocional, eso de vivir el presente como si no hubiese un mañana.

   Por resumir: Margarita, la uzbeka, está recién desembarcada de su aventura medio oriental, a la que se ha ido con trescientos jubilados aprovechando un programa subvencionado por la comunidad y que, visto desde fuera, podría parecer una invasión al Karakum; Lorenzo acaba de regresar de Tanzania, donde ha disfrutado como un loco con el guía que les ha llevado al corazón del Ngorongoro y donde ha podido ver todo tipo de animales salvajes desde el jeep; Toña, para no ser menos, también ha estado fuera, en su caso visitando a su hija, que es directora de finanzas en un empresa de Luxemburgo que se beneficia de las facilidades fiscales del Gran Ducado, y ha vuelto contando maravillas de esa Europa tan civilizada y tan poco parecida a nuestra España dentro de otra España. No me queda, finalmente, más remedio que contarles que yo también estoy recién llegado de una pequeña escapada a Tallin, donde no se me había perdido nada, pero que estaba tan bien de precio en la agencia que no me lo pensé y me marché una semana; con decir que hasta he ahorrado dinero viajando, yo creo que ya lo he dicho todo.

   El fin de la conversación tenía, claro está, que mantener la altura de nuestra actual vida de seres cosmopolitas y curiosos. Que no basta sólo con tener un buen pasar, no, hay que tener inquietudes y evitar que se te caiga la casa encima: el mundo moderno es de los audaces y pertenece por derecho propio a quienes desgastan hasta el asombro las cubiertas de sus pasaportes. Así, Margarita se marcha en tres días a hacer el camino de Santiago desde Roncesvalles con un medio novio que conoció en Milán el año pasado; Lorenzo se sorprende de lo cerca que van a estar, ya que él sale sólo dos días después hacia San Sebastián, donde comienza una aventura en cuatro por cuatro recorriendo la costa hasta el Algarve, en su caso con su tercera mujer; Toña, que dice sentir saudade también, no me entero de qué, se va con su grupo de amigas feministas a Río de Janeiro a ponerse morena de sol y negra de caipiriñas; y yo, que no soy menos en este paradigma moderno que ha hecho de los turistas un puntal económico, tengo ya medio apalabrado un viaje a Malasia con mi prima Merche y sus amigas.

   Más que a una comida, me parece haber asistido a la loa de la explotación consumista del globo terráqueo y sus naciones. Y, mientras me preguntó cuánto durará esta burbuja turística a la que nos hemos visto empujados por el sistema y que hoy por hoy resulta imparable, me tranquilizo especulando con que el próximo crac económico no llegará al menos hasta dentro de cinco años. ¡Carpe diem!

 

jueves, 13 de junio de 2024

XXXIV Premio de Creación Literaria de la Universidad de Cádiz "Antiguo El Drag"

 

   Una de las pocas cosas buenas que ha traído la pandemia de Covid19, al menos en mi caso, es que he tenido mucho más tiempo para escribir en estos últimos cuatro años. Antes del 2020 no es que no escribiera, sino que dedicaba mis ratos libres, que eran muchos en mi situación de jubilado desde 2018, a viajar, ir al teatro, estar con amigos y otras tareas igual de gratas. La aparición del nuevo virus trajo cambios obligados a mi vida y mucho más tiempo para leer, escribir, ver series y películas..., y hasta para cocinar.

   Las consecuencias de todas esas actividades han sido muchas y alguna, en forma de premios literarios, la comparto de vez en cuando aquí con vosotros. La obtención de premios es algo raro y, aún más, que sean casi consecutivos como ha pasado en estos días, pero así son las cosas: impredecibles y sorprendentes. Pido perdón a quien pueda molestar la noticia repetida de un nuevo premio literario: seguiré tratando de escribir bien y también de no presumir en exceso de estos éxitos (que siempre son, como todo, relativos).

   Ayer, 12 de junio de 2024, se falló la XXXIV edición del Premio de Creación Literaria de la Universidad de Cádiz (antiguo El Drag) que convoca anualmente el Servicio de Extensión Universitaria del Vicerrectorado de Sostenibilidad y Cultura y el Área de Deportes del Vicerrectorado de Estudiantes de la UCA entre el 2 de abril y el 13 de mayo de este año. 

   Este programa pretende incentivar la creación literaria y está abierto a la sociedad en general. Con motivo del XXV aniversario del Complejo Deportivo UCA, el Área de Deportes del Vicerrectorado de Estudiantes, se suma a la celebración de este premio.

   El jurado formado por el escritor José Manuel Benítez Ariza, el escritor y periodista Alejandro Luque de Diego y la escritora y profesora de la Universidad de Cádiz Nieves Vázquez Recio, destacó la alta calidad de los trabajos presentados y acordó otorgar los siguientes premios:

 Categoría 1 Tema Libre.

Modalidad 1

Trabajos de narrativa, con una dotación de 500 euros cada uno al trabajo denominado “Peripecia de dos Apátridas”, presentado por Sergio A. Zicovick Wilson.

Modalidad 2

Trabajos de poesía, con una dotación de 500 euros al trabajo denominado “Días en Chauen”, presentado por Francisco José Márquez Sánchez.

Modalidad 3

Trabajos de microrrelatos, con una dotación de 150 euros al microrrelato denominado “Venganza”, presentado por María Oliva Rendón Infante.

Categoría 2 Tema Deportes.

Modalidad 1

Narrativa del deporte, con una dotación de 500 euros al trabajo denominado “Antes de la Perestroika”, presentado por Francisco Javier Pérez Fernández.

Modalidad 2

Microrrelatos deportivos, con una dotación de 150 euros al trabajo denominado “El tonto”, presentado por Jesús Jiménez Reinaldo.

Se puede acceder al contenido de los trabajos premiados aquí