
Recuerdo
ahora una conversación de domingo de hace muchos años. Paseábamos un amigo y
yo, ambos no habríamos cumplido aún los doce años, y jugábamos a las
predicciones, como si fuéramos capaces de adivinar el futuro. Hablábamos de
nimiedades sobre las que, seguramente, muchos hemos conjeturado en algún
momento: cuántos años tendríamos en el 2000, a qué planeta viajaríamos de
vacaciones, si sería más apasionante conducir un coche volador o tener una casa
computerizada y autosuficiente en la que todos los trabajos los hicieran
robots... De los asuntos del pasado, sin embargo, no nos preocupábamos:
primeramente, porque los ignorábamos, como es habitual cuando se cuenta con
pocos años, y, en segundo lugar, porque nuestras nociones de historia se
basaban en un batiburrillo de ideas estrafalarias sobre la grandeza de España
en siglos pretéritos que en nada comulgaban con el país tan feo y callado que
percibíamos en las casas, en las calles y en las aulas. Vivíamos en un mundo
gris que miraba con envidia al sueño americano filmado en las películas
mientras comíamos pipas y mascábamos chicle por todo lujo y refinamiento. Sí
nos preocupaba, sin embargo, el futuro próximo: en algún sitio habíamos oído
que, cuando muriese Franco, habría otra guerra y nos temíamos que seríamos
reclutados como carne de cañón, aunque latiese en nosotros un ferviente y
convencido pacifismo.
Recuerdo otra de años después, esta vez ya
en la universidad. Estábamos debatiendo sobre lo humano y lo divino cuando
alguien vino a decir, de manera tajante, que el cine español era, además de
aburrido y repetitivo, banal y mediocre, un ejercicio de ombliguismo
insufrible. Y sobre todas las películas que trataban de la guerra civil, en las
que siempre se contaba lo mismo y de la misma manera. Todos estábamos más que
hartos de oír en nuestras casas el hambre que habían sufrido nuestros mayores y
el miedo a opinar sobre cualquier asunto público porque siempre podía haber
alguien que te podía espiar e ir con el cuento; nos habían educado en el
silencio, en la necesidad de ocultar nuestras ideas y disidencias en lo más
profundo de nuestro pensamiento. Lo que pasaba en el cine era lo mismo que
ocurría en la sociedad civil: se hablaba poco, no se profundizaba nada y se repetían
tópicos y más tópicos sobre un país del que desconocíamos prácticamente todo lo
que había ocurrido en las últimas décadas.
La llegada de la democracia tras la muerte
del dictador, contra lo que creíamos de niños, no trajo un conflicto bélico, al
menos lo que convencionalmente entendemos como tal. La transición a un modelo
democrático se nos vendió como un éxito de todos los españoles, seguramente
amparado en la ignorancia colectiva: así pudo prosperar el pacto de silencio,
de olvido, que nos llevó en breve a formar parte de las instituciones europeas,
de la OTAN y de los países con mayores índices de bienestar, aunque toda aquella
estructura social y política se asentara sobre bases poco sólidas. Y el cine
español, como correspondía a una sociedad ilusionada y en ocasiones crítica,
también se transformó drásticamente: pese a que se siguieron haciendo algunas
españoladas, los nuevos directores apostaron por un camino más personal, menos
complaciente y, sin duda, más arriesgado. Ver España a través de los ojos de
estos creadores nos ayudó a llenar el vacío de una educación sesgada e
incompleta.
Que la transición política española de una
dictadura sombría a una democracia luminosa en sus inicios había tenido sus
puntos negros fue algo que no tardamos mucho en conocer fehacientemente:
bastaron muy pocos años para que la corrupción aflorase de nuevo y a lo grande
en los principales partidos y supiésemos que los beneficiarios del sistema
seguían siendo los de siempre. No abundaré aquí en lo que conocemos
ampliamente: ocultación de la verdad, control y manipulación de los medios de
comunicación social, parcialidad de la justicia, persecución de la libertad de
expresión, inmovilismo y desmontaje progresivo de la sanidad y de la educación,
no son sino la demostración de que el poder se sigue ejerciendo contra la
ciudadanía con impunidad y falta de ética.
Asistimos ahora, con un cansancio que nos es
muy difícil dejar de mostrar, a una crispación sin precedentes, al menos en las
formas: los políticos y los jueces han montado un circo y pretenden que todos
actuemos en él, no sé si de trapecistas para que nos partamos la crisma contra
el suelo, o de payasos, para que se rían aún más de nosotros, mientras ellos,
todos, se compran sin tener liquidez chalets y pisos de lujo, obtienen
másteres que nunca han cursado, reciben compensaciones económicas en paraísos
fiscales por facilitar un contacto o adjudicar un contrato a dedo, defraudan a
Hacienda con asesores de campanillas mientras a nosotros nos conminan a ser ciudadanos
cumplidores con medidas coercitivas…
La última de las fricciones hasta el
momento, después del conflicto catalán, el reparto de poder judicial, la
inutilidad de todos en la gestión de la pandemia, etc., es la polémica creada
en torno a la Ley de Memoria Histórica, que unos quieren derogar y los otros defienden,
sin que, por supuesto, nos hayan preguntado nunca a los ciudadanos qué es lo
que necesitamos y deseamos. Por mi parte, que ya viví el año 2000, que nunca he
viajado a Saturno, ni he visto más robot en mi casa que un teléfono móvil que
me espía a todas horas para quién sabe qué multinacional, tengo que decir que
no creo en el adjetivo histórico aplicado a la memoria, porque es un fuego de
artificio: la memoria, por definición, no necesita apellidos, porque siempre,
sin excepción, se refiere al pasado. Lo que ocurre es que nosotros nunca lo
hemos conocido y lo que nos ha rodeado ha hecho lo posible y lo imposible para
que sea así. Somos desmemoriados e ignorantes y, seguramente por eso, tenemos
este circo de función continua para que nos entretengamos mucho y seamos
perdices.