jueves, 6 de junio de 2024

VII Certamen de Poesía Social "Mujer, Voz y Lucha"


   La Confederación General del Trabajo de Castilla y León (CGT) convocó a principios de este 2024 el VII Certamen de Poesía Social “Mujer, Voz y Lucha” con el objetivo de reflexionar sobre la igualdad entre mujeres y hombres, fomentando la participación, sensibilizando y concienciando a la población sobre la necesidad de continuar trabajando para la construcción de una sociedad más justa e igualitaria.

   Cada participante sólo podía enviar un poema de un máximo de 60 versos y que había de estar escrito en lenguaje no sexista. En su temática se debían fomentar las relaciones igualitarias entre mujeres y hombres y tener siempre relación con el papel y la situación de la mujer en cualquier ámbito (familia, trabajo, violencia de género, educación, guerras, social, sindical, etc.).

   El certamen otorgaba un primer premio de 200 euros, un segundo de 150 y un tercero de 100, todos ellos con su diploma correspondiente.

   Mi poema “Un pie descalzo”, de 31 versos inspirado en el cuento de Cenicienta y con temática acorde a las bases del concurso, obtuvo el primer premio.

   El acto de entrega de galardones tuvo lugar el sábado 25 de mayo en la Casa de las Palabras de Valladolid, adonde no pude asistir por encontrarme en esa fecha en el extranjero. Curiosamente, un año antes sí que pude estar presente por estas fechas en la ciudad del Pisuerga, ciudad que siempre me ha acogido maravillosamente, para recoger el V Premio de Poesía “Desconfinados”.

   Mi agradecimiento a CGT de Castilla y León por la convocatoria del certamen, por el reconocimiento y por el trato recibido.

domingo, 19 de mayo de 2024

ABBA y Eurovisión

 

 

 

   Hace cincuenta años el grupo sueco ABBA ganó el certamen de la canción de Eurovisión con una canción titulada “Waterloo” y recuerdo que yo lo vi en el cuarto de estar de mi casa en un aparato de televisión en blanco y negro. Por entonces era bastante común escuchar a grupos de melenudos, así los llamaban los mayores, cantando en inglés, en “guachiguachi” decían con desprecio los adultos, porque desde los Beatles el panorama musical había cambiado mucho, aunque en España todavía triunfaran Antonio Machín, Lola Flores y Marisol. Lo no previsible, al menos en nuestro país, era que, en un festival que hasta entonces se había caracterizado por las victorias mayoritarias de las baladas cantadas en francés y en la más tradicional línea de la “chanson”, triunfara una canción pop, desenfadada, cantada en inglés por un grupo escandinavo con ropajes que recordaban al movimiento hippy. Como por aquel entonces las canciones representantes de las diferentes televisiones nacionales eran desconocidas para el gran público hasta el día en que se interpretaban en riguroso directo y con orquesta ante las cámaras, fue toda una sorpresa, máxime porque ni entendíamos la letra, ni por qué aquellos nórdicos se habían ganado el favor de los jurados. El representante español, el catalán Peret, se quedó en el décimo lugar de diecisiete posibles con una canción con un título tan nítido como plano para un país que suspiraba por cambios políticos y sociales que finiquitaran una dictadura interminable: “Canta y sé feliz”.

   Como contraste, como sabría años más tarde cuando fui capaz de traducir la letra de la canción ganadora, “Waterloo” no era un tema sobre un hecho histórico como parecía indicar el título, sino uno de amor en el que se reconocía la derrota ante una pasión que no puede ser refrenada ni ocultada. Las alusiones metafóricas a Napoleón y a una de las batallas más importantes en la historia de Europa aportan un toque poético que mejora en gran medida una letra intrascendente y llena de rimas fáciles. Claro que la letra de la canción de Peret era mucho peor y, si no, sirva para muestra este borrón: “Si al sol no puedes tumbarte/Y en paz tomar una copa/Decir que estás en Europa/No sirve de ná”. Estábamos todavía a doce años de ser admitidos en la Unión Europea y a muchos más de dejar nuestro complejo de españoles bajitos, morenos y con poco poder adquisitivo.

   El éxito del grupo ABBA en Eurovisión se vio respaldado poco después con una carrera meteórica llena de éxitos. Ninguno de los ganadores anteriores o posteriores han logrado el reconocimiento ni la influencia que el cuarteto sueco consiguió desde su fundación en 1972 hasta su separación en 1982. Que ésta no fue definitiva para alivio de sus seguidores, se demostró con la publicación del disco “Voyage” en 2021 y el reenganche del grupo a las giras mundiales con un show de avatares; además, su influencia había seguido viva en la memoria de varias generaciones gracias al éxito mundial del musical “¡Mamma mía!” desde 1999 y de las dos películas que serían su secuela en 2008 y 2018. Y no olvidemos que Eurovisión, el festival de los festivales por antonomasia, ha tenido ganadores de la talla de Sandie Shaw, Céline Dion y Katrina & The Waves, por citar sólo a algunos de ellos, y que la ganadora de 2023, Loreen, lo hizo con una canción que en más de una nota suena demasiado ABBA para no ser un homenaje que roza, si no lo es, el plagio.

   Cincuenta años después del triunfo de “Waterloo” en Brighton el festival de Eurovisión se celebra en Malmoe (Suecia), lo que se podría entender, bondadosamente, como una feliz coincidencia, o tal vez, maliciosamente, como una programada conmemoración del éxito del propio certamen para darse pisto a la par que reconocer el inmenso favor que les hizo ABBA con su memorable canción en un mundo que por entonces aún no estaba globalizado.

   En 2024 las cosas han cambiado mucho y, como es normal, la música también. Basta con hacer una enumeración cronológica para darnos cuenta de que en cincuenta años hemos ido del pop y el rock progresivo al reguetón, pasando por el heavy metal, el punk, la música disco, el acid house, el tecno, el indie, el grunge, el hip hop, y muchos otros movimientos tan efímeros en muchos casos como sus intérpretes. En Eurovisión también ha cambiado mucho el concepto del propio festival: se prima el espectáculo sobre el sonido, para lo que se ha suprimido la música en directo y sólo se ha dejado la voz, aunque se admiten coros pregrabados, y se ha democratizado tanto la participación (que ronda los cuarenta países en dos semifinales y los veinticinco de la final) como la decisión sobre el ganador (que eligen al cincuenta por ciento, o eso dicen, el voto del jurado profesional y el del público de todo el mundo). Por otra parte, nadie espera ya que el triunfador del certamen se convierta en una supermegaestrella del mundo de la canción; se da por hecho que la mayoría de los países se presenta con una propuesta que busca sorprender y recabar unos votos inmediatos, pero también que, terminado el festival, la mayoría de los participantes pasaran al olvido o, como mucho, al recuerdo en su país de origen en su calidad de eurovisivos, de lo que tal vez puedan vivir el resto de su existencia.

   Así las cosas, yo no sé quién ganará Eurovisión este año cuando escribo estas líneas, aunque estoy seguro de que no será la música, porque ni está ni se la espera. Eso sí, el homenaje a ABBA no puede llegar en un momento más oportuno y gracias a ello podremos reflexionar sobre lo que fue este festival y lo que ahora es. O como diría la letra ganadora de 1974 (y el que lo quiera entender que lo haga): “Siento que gano cuando pierdo”.

lunes, 22 de abril de 2024

Sin apellidos

 

   Recuerdo ahora una conversación de domingo de hace muchos años. Paseábamos un amigo y yo, ambos no habríamos cumplido aún los doce años, y jugábamos a las predicciones, como si fuéramos capaces de adivinar el futuro. Hablábamos de nimiedades sobre las que, seguramente, muchos hemos conjeturado en algún momento: cuántos años tendríamos en el 2000, a qué planeta viajaríamos de vacaciones, si sería más apasionante conducir un coche volador o tener una casa computerizada y autosuficiente en la que todos los trabajos los hicieran robots... De los asuntos del pasado, sin embargo, no nos preocupábamos: primeramente, porque los ignorábamos, como es habitual cuando se cuenta con pocos años, y, en segundo lugar, porque nuestras nociones de historia se basaban en un batiburrillo de ideas estrafalarias sobre la grandeza de España en siglos pretéritos que en nada comulgaban con el país tan feo y callado que percibíamos en las casas, en las calles y en las aulas. Vivíamos en un mundo gris que miraba con envidia al sueño americano filmado en las películas mientras comíamos pipas y mascábamos chicle por todo lujo y refinamiento. Sí nos preocupaba, sin embargo, el futuro próximo: en algún sitio habíamos oído que, cuando muriese Franco, habría otra guerra y nos temíamos que seríamos reclutados como carne de cañón, aunque latiese en nosotros un ferviente y convencido pacifismo.

   Recuerdo otra de años después, esta vez ya en la universidad. Estábamos debatiendo sobre lo humano y lo divino cuando alguien vino a decir, de manera tajante, que el cine español era, además de aburrido y repetitivo, banal y mediocre, un ejercicio de ombliguismo insufrible. Y sobre todas las películas que trataban de la guerra civil, en las que siempre se contaba lo mismo y de la misma manera. Todos estábamos más que hartos de oír en nuestras casas el hambre que habían sufrido nuestros mayores y el miedo a opinar sobre cualquier asunto público porque siempre podía haber alguien que te podía espiar e ir con el cuento; nos habían educado en el silencio, en la necesidad de ocultar nuestras ideas y disidencias en lo más profundo de nuestro pensamiento. Lo que pasaba en el cine era lo mismo que ocurría en la sociedad civil: se hablaba poco, no se profundizaba nada y se repetían tópicos y más tópicos sobre un país del que desconocíamos prácticamente todo lo que había ocurrido en las últimas décadas.

   La llegada de la democracia tras la muerte del dictador, contra lo que creíamos de niños, no trajo un conflicto bélico, al menos lo que convencionalmente entendemos como tal. La transición a un modelo democrático se nos vendió como un éxito de todos los españoles, seguramente amparado en la ignorancia colectiva: así pudo prosperar el pacto de silencio, de olvido, que nos llevó en breve a formar parte de las instituciones europeas, de la OTAN y de los países con mayores índices de bienestar, aunque toda aquella estructura social y política se asentara sobre bases poco sólidas. Y el cine español, como correspondía a una sociedad ilusionada y en ocasiones crítica, también se transformó drásticamente: pese a que se siguieron haciendo algunas españoladas, los nuevos directores apostaron por un camino más personal, menos complaciente y, sin duda, más arriesgado. Ver España a través de los ojos de estos creadores nos ayudó a llenar el vacío de una educación sesgada e incompleta.

   Que la transición política española de una dictadura sombría a una democracia luminosa en sus inicios había tenido sus puntos negros fue algo que no tardamos mucho en conocer fehacientemente: bastaron muy pocos años para que la corrupción aflorase de nuevo y a lo grande en los principales partidos y supiésemos que los beneficiarios del sistema seguían siendo los de siempre. No abundaré aquí en lo que conocemos ampliamente: ocultación de la verdad, control y manipulación de los medios de comunicación social, parcialidad de la justicia, persecución de la libertad de expresión, inmovilismo y desmontaje progresivo de la sanidad y de la educación, no son sino la demostración de que el poder se sigue ejerciendo contra la ciudadanía con impunidad y falta de ética.

   Asistimos ahora, con un cansancio que nos es muy difícil dejar de mostrar, a una crispación sin precedentes, al menos en las formas: los políticos y los jueces han montado un circo y pretenden que todos actuemos en él, no sé si de trapecistas para que nos partamos la crisma contra el suelo, o de payasos, para que se rían aún más de nosotros, mientras ellos, todos, se compran sin tener liquidez chalets y pisos de lujo, obtienen másteres que nunca han cursado, reciben compensaciones económicas en paraísos fiscales por facilitar un contacto o adjudicar un contrato a dedo, defraudan a Hacienda con asesores de campanillas mientras a nosotros nos conminan a ser ciudadanos cumplidores con medidas coercitivas…

   La última de las fricciones hasta el momento, después del conflicto catalán, el reparto de poder judicial, la inutilidad de todos en la gestión de la pandemia, etc., es la polémica creada en torno a la Ley de Memoria Histórica, que unos quieren derogar y los otros defienden, sin que, por supuesto, nos hayan preguntado nunca a los ciudadanos qué es lo que necesitamos y deseamos. Por mi parte, que ya viví el año 2000, que nunca he viajado a Saturno, ni he visto más robot en mi casa que un teléfono móvil que me espía a todas horas para quién sabe qué multinacional, tengo que decir que no creo en el adjetivo histórico aplicado a la memoria, porque es un fuego de artificio: la memoria, por definición, no necesita apellidos, porque siempre, sin excepción, se refiere al pasado. Lo que ocurre es que nosotros nunca lo hemos conocido y lo que nos ha rodeado ha hecho lo posible y lo imposible para que sea así. Somos desmemoriados e ignorantes y, seguramente por eso, tenemos este circo de función continua para que nos entretengamos mucho y seamos perdices.