jueves, 23 de junio de 2022

En el suelo

 

   Cuando yo era niño no sentía demasiado interés por los asuntos de los mayores, lo digo con total indiferencia. Ellos vivían en un mundo ajeno al mío. Los veía desde abajo y apenas me fijaba en lo que decían, concentrado como estaba en sus ropas oscuras, sus miradas inquisidoras y su falta de interés por mí; por supuesto, yo no hablaba, que bien aprendida tenía la consigna de que fuera de casa lo conveniente era cerrar la boca y estarse quieto. Cuando quería que dijese algo, mi madre me daba un golpecito en la espalda y me animaba a contestar a preguntas relacionadas con el colegio o los recuerdos que tenía o no del vejestorio de turno. A veces, con suerte, acertaba con la respuesta y me daban caramelos o una moneda de cinco pesetas, y acto seguido me dejaban volver a mis cavilaciones, esperando el momento feliz de soltar aquel lastre de los encuentros callejeros fortuitos, que tan a menudo se producían y tan aburridos resultaban siempre. Yo los temía porque parecía que la disposición para la conversación de los adultos era una lacra generalizada e impedía hacer lo más banal de manera certera y eficiente. Tenía la sensación de que les gustaba perder el tiempo y hacérmelo perder a mí.

   Creo que nunca fui un niño normal, si tal cosa existe. Lo digo porque la mayoría de las personas que conozco cuentan que las tardes de su infancia, las vacaciones de verano y el periodo que iba de Reyes a Navidad se les hacían eternas, interminables. Y luego remachan el comentario con la consabida velocidad que alcanzan los años en la madurez y en la vejez, que todos coinciden en lo breve que es la vida y lo deprisa que se pasa el arroz y te cubres de arrugas; de nada sirve invocar a sus dioses del Photoshop y del Botox, pues hasta en eso la gravedad y el envejecimiento celular le ganan la partida al más pintado. A mí, sin embargo, el tiempo siempre me pareció un amigo fugaz y por eso odiaba que me lo hicieran perder los adultos en la rúa publica cuando ya tendría que haberme comprado los zapatos o puesto la inyección el médico. Tan atareado estaba y tan poco provecho les sacaba a mis obligaciones diarias, que muchas veces no hacía nada sólo por no estresarme pensando en todo lo que dejaba sin resolver. Fue por entonces que mi padre, que ya daba muestras de conocerme bien, pronunció la agorera frase de que su hijo no iba a tener tiempo ni para morirse.

      Mi rareza de niño dejó de serlo en cuanto los demás crecieron. Hay una edad, que generalmente suele ser la adolescencia, en que todos los seres humanos nos convertimos en unos extraterrestres de lo más sorprendente: no solo somos raros por nosotros mismos, sino que además nos gusta juntarnos con otros especímenes similares. Antes la diversidad era manifiesta y recibía nombres muy variados, pero ahora, prácticos que nos hemos vuelto, con la palabra frikis los englobamos a todos y no se escapa ni uno. Rodeado de aspirantes al éxito pese a su acné, la extrema delgadez o su contraria, y la falta de curiosidad por la verdadera dimensión de la realidad, recuerdo esa época como un ciclo efímero en el que florecen en la necedad el amor, la bondad y la geometría de los cuerpos gloriosos. Luego, ya no.

   Como yo, todos mis contemporáneos tuvieron la desdicha de crecer, algunos más y otros menos, y poco a poco se pusieron al nivel de los ojos de las personas que, de niños, veíamos desde las distancias del suelo como aves picudas y desdeñosas. Las obligaciones, los valores, las órdenes más o menos tácitas, nos convirtieron en seres parecidos, similares los unos a los otros, excepto los casos que se salían a toda velocidad por la tangente y que no merecían más que reproches y responsos. Daba lo mismo si vivías a toda velocidad para hacer un bonito cadáver o si te lo tomabas con calma para acartonarte el día de mañana en un sofá con vistas a un televisor coronado por una flamenca, porque la existencia en cualquier caso iba a ser breve y decepcionante, como hubiéramos sabido de haber dedicado la adolescencia a leer filosofía y no a bailar hasta el amanecer practicando posturas con o sin precauciones.

   Ahora que los más iluminados nos cuentan en los foros de whatsapp que no existen ni el presente ni el futuro, me pregunto para qué nos ha servido este viaje, al menos a la mayoría: en mi caso para poco, lo digo con total indiferencia. No cuenten conmigo para hacer macramé, clubes de lectura, senderismo por la sierra, pan casero o esculturas con corcho de alcornoque. Tumbado en el suelo, los miro y me digo que ni les intereso ni me interesan. No me hagan perder el tiempo. Ignórenme. Total, para lo que vamos a durar…


lunes, 13 de junio de 2022

Premio Nacional de Poesía "Maxi Banegas"

 

El sábado 11 de junio por la tarde tuve el honor de recibir el primer premio del XXV Certamen Nacional de poesía "Maxi Banegas" de Pinoso (Alicante), un premio que lleva el nombre de la maestra y poetisa que tanto impulsó en esa población de la sierra alicantina la cultura entre sus ciudadanos. En la foto estoy entre el alcalde, Lázaro Azorín, y la Concejala del Cultura, Silvia Verdú, quienes me entregaron el premio, dotado con 1.100 euros en metálico y placa conmemorativa, en un precioso acto celebrado al aire libre en el Parque de Santa Catalina.

Fue emocionante para mí, después de más de dos años de aislamiento por la pandemia, poder escuchar en directo a los músicos Darío Montero Iniesta al chelo y Guillermo Mondéjar al piano, y disfrutar de la presentación de Javier Monzó y Soledad Ruiz de la Cuesta, quienes nos hicieron cuestionarnos qué es un poeta, para quién escribe y qué sentido tiene su desempeño artístico.

Pude dirigir unas palabras al público congregado alrededor de la poesía en la tarde de junio y, por alusiones, defendí el papel que la libertad tiene en la poesía y en su comprensión del mundo, pues tanto los autores como sus lectores disponen de la creatividad como forma de crear y recrear el mundo; tal vez en muchos momentos de mi vida no haya podido ser libre, pero en mi escritura siempre lo he sido y eso es para mí de un valor incalculable.

El acto se cerró con la lectura del poema ganador, titulado "Las púas del erizo", un tríptico de poemas oscuros e inquietantes, cuya significación connotativa apela al subsconsciente de cada lector, leídos por los conductores de la ceremonia ayudados por Belén Jara, y con las emotivas palabras del alcalde de Pinoso para con su pueblo y Maxi Banegas, que fuera su maestra en la infancia.

Por cierto, en la foto me veis con doble mascarilla. Si os sorprende, no os olvidéis de que la pandemia por coronavirus no ha terminado aunque ya casi no se hable de ella en los medios de comunicación. No es una simple gripe. Os animo a seguir cuidándoos y a cuidar especialmente de las personas que, como yo, son más vulnerables. Si de verdad íbamos a salir de esta siendo mejores y sin dejar a nadie atrás, todavía estamos todos a tiempo de lograrlo preocupándonos por la salud de todos. No nos olvidemos de que todavía son cincuenta las personas que, oficialmente, mueren por Covid19 todos los días en España.





jueves, 19 de mayo de 2022

El espejo


   Los seres humanos estamos tan acostumbrados al presente que nos resulta difícil adaptarnos a los cambios. Mientras el mundo sigue girando y los acontecimientos se suceden los unos a los otros a un ritmo vertiginoso, las personas seguimos viviendo en cierto modo en una realidad cuya conformación tuvo lugar en nuestra infancia: diríase que seguimos viendo la realidad con nuestros ojos de niños, de tal modo que, con el paso del tiempo y las lógicas transformaciones consecuentes, sentimos que nos alejamos cada vez más de un epicentro seguro, el cual funcionaba como la palabra “casa” en nuestros juegos infantiles, y nos quedamos en un vasto espacio desolado donde todo es ajeno, hostil e incomprensible. Quién no ha fantaseado alguna vez diciéndose eso de qué pensaría su abuela si viera los adelantos de ahora y pudiera disfrutar de las novedades del mundo, sin pararse a calcular, sin embargo, en qué pobrecita de ella, qué suplicio, porque no habría suficiente plasticidad en su cerebro para asimilar el presente en el que sobrevivimos a duras penas los nietos.

   La ciencia-ficción nos ha enseñado los estragos causados por el tiempo. Nadie en su sano juicio querría despertarse, por ejemplo, en el año 2322 y tratar de entender qué fue de las democracias europeas, del cambio climático y de la rivalidad entre China y Estados Unidos, conceptos que seguramente no sólo estarían superados, sino que incluso solamente interesarían a algunos historiadores, si quedan, dispuestos a naufragar en documentos periclitados y, sin duda alguna, poco apasionantes. Porque la vida de ahora, con sus crisis bélicas, sanitarias, políticas y económicas, ya ha ocurrido de forma similar cientos y cientos de veces, con una monotonía inveterada y una reiteración obsesiva, y no nos ha dejado un aprendizaje colectivo del que podamos sentirnos orgullosos desde la Patagonia hasta Kamchatka. Para salir dignamente del globo cuando nos toque el momento del traslado, no nos es necesario conocer al completo el devenir histórico; seguramente baste con saber que nada de todo cuanto hicimos tendrá un significado en trescientos años, si no antes. Y en esa lucidez, donde puede crecer la irresponsabilidad y arraigar el credo hedonista lo mismo que sustentar al más violento iconoclasta, acabamos viviendo nuestra madurez, sintiéndonos exiliados de nuestra propia existencia, como ciudadanos enviados al ostracismo, no lo suficientemente jóvenes y guapos para merecer el presente y aspirar al futuro. Apenas te apunta una cana y ya no puedes pretender el éxito; esa es la regla inflexible del culto al presente.

   Esto iba yo pensando, con la cabeza perdida en mis elucubraciones, cuando salí el lunes pasado a comprar el pan, una tarea tan irrelevante que apenas tendría cabida en relato alguno y menos en éste que parecía tan trascendente antes de llegar hasta aquí, donde da un giro de realidad y se llena del barro de la última tormenta primaveral. No diré nada de la calidad del pan precocido, congelado y recalentado que en nada se parece al pan candeal de mi infancia y con el que ahora sería feliz, de encontrarlo, una semana entera. Tampoco de los desastrosos efectos de una primavera que lo mismo parece invierno que verano y que ya no viene anunciada infaliblemente por unos refranes tradicionales y acertados, esos que marzeaban, abrileaban y mayeaban antes de quitarse el sayo en su debido momento. Ese lunes me faltaba el pan, la climatología, el pueblo de mi infancia, mis seres queridos y los sueños de entonces, que, como para tantos, son ya del siglo pasado: en el fondo de mí mismo nunca seré un habitante pleno del siglo XXI, anclado como estoy a otro momento histórico que sin duda me otorgó sus valores, haciendo de mí un individuo con sus circunstancias. Ese lunes, digo, que otra vez me voy por las ramas, llegaba al supermercado a comprar el pan con mis eurillos en el bolsillo (no a la panadería de olor atrayente en la que aún podía pagar con pesetas) y me vi, de repente, reflejado en las cristaleras del establecimiento, las cuales, a la luz del sol de mayo, parecían espejos bruñidos, tal vez como los que descubrieron los bárbaros cuando conquistaron Roma (Konstantinos Kavafis dixit) y me vi en toda mi adustez actual: mientras los de dentro y fuera lucían sus sonrisas más corteses mostrando sus dientes blanqueados, sus brackets correctores o sus piezas cariadas, yo todavía llevaba mi mascarilla y me aferraba a una pandemia que la Organización Mundial de la Salud afirmaba a la par que la mayoría de los gobiernos la ocultaban bajo las alfombras de la conveniencia. Entonces lo sentí definitivamente: los otros me miraban con el desdén con que se mira a un troglodita, contoneándose ante un espejo en el que ellos eran los héroes y yo el esperpento reflejado en el callejón del gato. Comprendí que estaba hollando terreno enemigo y sumé otro exilio involuntario a la carga bastarda de los años.

viernes, 22 de abril de 2022

Los graciosos


   En algún momento de mi apasionante vida, dejándome llevar por el frenesí, la ambición y la envidia, haciendo caso a Horacio sin conocerlo y practicando el carpe diem como si fuera una religión y no una pseudo filosofía, di por sentado que el mundo siempre sería la misma película en blanco y negro, idéntica sinfonía para sordos y similares noticias entontecedoras en tinta impresa. Todo lo que me rodeaba era demasiado serio y trascendente para prestarle mucha atención, pues quién en su sano juicio, en la flor de la juventud, se entrega por completo a la virtud confiando en un premio, a fiarse de lo divino, para cuando uno ya no pueda reclamar ni ante el arcángel san Miguel, ni ante el mismísimo maestro armero. Les hablo, claro, de una etapa anterior, que a lo mejor todavía recuerdan, en el que hasta rascarse la entrepierna por necesidad y no por gusto era un pecado mortal, no digamos ya otras actividades que siempre estaban en la cabeza de las monjitas y en los labios de todos los curas de los confesionarios. Eran tiempos en que, a poco crédulo que uno fuera, dormía fuera de su cama y se despertaba en el juicio de dios padre, uno y trino, condenado para toda la eternidad al hierro candente de los infiernos.

   Tenía su morbo aquel mundo dual: te veías obligado a elegir entre el alma o la carne, la pureza o la inmundicia, la virtud o el pecado y muchas otras antagonías, que para eso la Teología estaba muy bien estructurada y era materia obligada en ciertas universidades de pago, incluso aunque quisieras ser ingeniero de caminos, canales y puertos. Había quien se sentía en plenitud cuando confesaba sus pecados y luego comulgaba con el alma limpia de polvo y paja, quien era feliz cuando pecaba contra todos los mandamientos del mundo con ostentación y mecanógrafas, y quien, la mayoría, pecaba de noche para arrepentirse de día en un ciclo de incesantes emociones con más picos que una montaña rusa. Nos acostumbramos a que nuestros actos más pequeños eran de una trascendencia tal, que cuando no te asfixiaban por completo y te quedabas chupándote el dedo, acababas por hacer lo que te daba la gana y sin complejos, porque sabías muy bien que, si te arrepentías al final de tus días, el ser supremo te perdonaría todas tus infamias de Fumanchú desaprensivo. Bastaba con recibir al cura en el lecho de muerte y hacer el acto de contrición para que se abriesen para ti las puertas del cielo, por más que hubieras sido un cabrón de libro.

   Las consecuencias de un sistema moral a la vez tan rígido y tan permisivo se pueden ver sin demasiados problemas en las canciones, la literatura y el cine españoles de los años sesenta y setenta, si ustedes tienen suficiente estómago para tales prehistorias: una sociedad paranoica, ventajista y farisaica a no más poder, en la que de puertas afuera se caía de la boca a todas horas un Jesús bendito y de puertas para adentro los tocamientos impuros se acompañaban de cilicios que hicieron felices a los masoquistas durante decenios. Huyendo de tal horror institucional, como decía al principio, algunos nos entregamos a la perversión y al lado salvaje del camino, tomándonos muy en serio la profesión del outsider, vamos, del tío marginal y crápula de toda la vida, tan habitual desde siempre en el formalísimo mundo burgués patrio.

      Pero en algún momento del curso de la historia, algunos dicen que si la democracia, otros que si la movida de los ochenta, los más osados que si la muerte de dios -con el retraso de un siglo con respecto a Nietzsche-, el paradigma cambió de golpe y porrazo, dejándonos sin una red de valores que había construido culturalmente el mundo desde nuestros bisabuelos los románticos, y llegó la época de los graciosos, en la que ahora estamos sumergidos hasta el cuello. Si antes todo tenía una trascendencia y nos la tomábamos en serio para rezar y para fornicar, ahora la especie humana adora y sigue en las redes sociales a quienes muestran más ingenio para mofarse de todo, incluso de su mismísima madre. Vivimos en un nuevo mundo dual, en el que la oposición se sitúa entre lo guay y lo aburrido: las masas ríen con quien más insulta, degrada, ningunea y abofetea a sus semejantes, aunque luego juren y perjuren de la violencia, porque un pensamiento, sustituido por el imperio de las emociones inmediatas, no permanece más de tres segundos. Si tus ideas duran más que eso, háztelo mirar: seguramente, como yo, eres aburrido y anticuado, un verdadero plasta y estás en vías de extinción.

 

 

lunes, 4 de abril de 2022

Gusanos de seda

 

 

   A Samuel le regalaron en el cole una caja de zapatos: estaba llena de unas minúsculas bolitas. Eran huevos, cientos de huevos. Si los guardaba en la calidez de su casa, en la primavera saldrían de ellos incontables gusanos de seda, al principio muy pequeñitos, casi como hilos; si los alimentaba con hojas de morera, los vería crecer a ojos vista hasta que se encerrasen en un capullo de seda para convertirse en mariposas. No debería darles hojas de lechuga, porque les sentaba mal y se morían.

   En la ciudad de Samuel era fácil encontrar lechuga; la vendían en todos los supermercados y además era barata. Pero él nunca había visto un moral. A sus ocho años los árboles no habían sido motivo de su interés y no distinguía un falso plátano de una acacia, una morera de un liquidámbar. Por eso le preguntó a su madre:

   —¿Hay algún moral cerca? Necesitaré sus hojas para que no se mueran.

   Pero su madre no supo decirle. Su maestra le dijo que tal vez el jardinero municipal se lo podría indicar pero el empleado no le dio buenas noticias: antes había muchos en los márgenes de la antigua vía del tren, pero los arrancó el ayuntamiento para hacer un camino de recreo destinado a los domingueros.

   Samuel recurrió a la bibliotecaria, que tenía fama de sabia, y ésta le dirigió al patio de la residencia de mayores, donde había cuatro inmensos ejemplares. Claro que tendría que pedir ayuda, porque él solo nunca podría alcanzar las ramas por sus propios medios.

   La directora le dio permiso con la condición de que fuera los sábados o los domingos a mostrar sus gusanos de seda a los residentes; a cambio le rellenaban su bolsa con tantas hojas, que no tuvo que recurrir a la lechuga del supermercado. Cuando los ancianos le veían salir radiante con su preciada carga para la semana, se acordaban de cuando eran niños y tenían esa misma ilusión. Y se quedaban sonriendo bajo la protectora sombra de los morales.

miércoles, 23 de marzo de 2022

¡Azúcar!

 

   En cuestión de música soy un poco rarito, que lo mismo me gusta un concierto de música tecno que una ópera barroca, una representación de zarzuela o un concierto del “El consorcio”. Daría lo que fuera por haber escuchado a Julián Gayarre interpretar en directo “Los pescadores de perlas” en el Teatro Real de Madrid y, en su defecto, un concierto de The Smiths en el Manchester de los años ochenta. Y, como romántico que soy, todavía compro entradas, aunque luego la pandemia de coronavirus me impida asistir a muchos espectáculos, para ver a mitos vivientes como Elton John, The Cure o Pet Shop Boys. Valga una presentación tan larga para justificarme un poco, porque también hay mucha música que no me gusta nada y por la que no movería un solo músculo; no pretendo en absoluto buscar su complacencia o su asentimiento a tales preferencias, pues muy bien sé que en materia de inclinaciones artísticas todos somos, además de subjetivos, profundamente ridículos, sobre todo cuando queremos defender a capa y espada lo que nos emociona hasta la conmoción. Por eso no voy a listar las músicas que no soporto ni de lejos y dejo a su imaginación adjudicármelas, si es que quiere perder su tiempo en eso.

   Una de esas músicas, seguro que lo han adivinado por el título, es esa mezcla de ritmos caribeños y africanos que dicen que nació en Nueva York y que lleva el nombre de un complemento indispensable para hacer, por ejemplo, espaguetis a la boloñesa. Y una de sus máximas representantes fue una cantante cubana en el exilio que se hizo famosa en todo el mundo al grito de “¡Azúcar!” y que pretendía llenar la vida de una alegría exultante que nos redimiera de la monotonía diaria, cuando no de la miseria moral o económica del siglo. Si comparada con la despreocupación de los felices años veinte la salsa de Celia Cruz resultaba un tanto postiza, lo cierto es que cientos de infelices buscaron su redención en las academias, donde los bailes de salón clásicos fueron progresivamente sustituidos por la bachata, el calipso o el merengue, hasta tal punto que ahora mismo, si quieres ligar pasados los cincuenta, como no bailes los ritmos antillanos como una peonza, no te comes una rosca. A excepción, por supuesto, de que seas George Clooney o un multimillonario de influencia internacional, que entonces el mundo es tuyo y te lo meriendas hasta fuera de ritmo.

   Claro que yo no venía aquí a perorar sobre música, que especialistas hay que lo hacen mejor y puede que incluso sean menos aburridos. Me disponía a tratar sobre la palabra del título y, sin querer, me he ido por las ramas de la musicología, tanto que, si me descuido, acabo exponiendo los orígenes del tamtam. Lejos de mi intención, por otra parte, está la de ser demasiado crítico con el azúcar, por más nociva que sea para la salud y la causa de tantas enfermedades como, sin ir más lejos, desorganización alimenticia, obesidad, diabetes y caries. Por menos que eso a un conocido ministro del gobierno español le organizaron una campaña en contra por haber cuestionado la calidad de la carne que se produce industrialmente y hasta pidieron los fabricantes del sector su dimisión por tal atrevimiento: y eso, fíjense ustedes, que hace ya muchos años que se recomienda internacionalmente la reducción del consumo de carne roja para evitar males tan extendidos como el cáncer de colon. A veces, es mejor dejar que la población siga disfrutando de sus barbacoas con los amigos y familiares que velar por sus intereses, sobre todo si quieres seguir siendo ministro y hacer algo útil, si te dejan, por el bien común.

   Así que he decidido ser pragmático y no meterme en charco alguno. Uno de los hombres más odiados del país es Julián Basulto, un dietista y nutricionista que desde su blog y otros medios de comunicación nos alerta de mitos, falsas noticias y fraudes alimentarios, y al que yo mismo odio porque ha declarado una guerra sin cuartel contra el azúcar, personificada en la popular y simpática palmera de chocolate. A estas alturas, me digo yo, ya sabemos todos que, si sientes predilección por el sabor dulce, tienes un problema de padre y muy señor mío. Y si la predilección se convierte en adicción, entonces estás perdido definitivamente. Me pregunto para qué me lo tienen que repetir tanto, si cada vez que me como un helado, una magdalena industrial, un trozo de trenza de Almudévar, me siento más culpable que un juez prevaricador. Por eso, después de pensarlo muchas veces, me abstengo de opinar negativamente sobre los gustos de nadie, que no quiero problemas. ¡Viva la carne roja! ¡Viva el azúcar!