martes, 24 de mayo de 2016

Desnudo




   Es cosa de risa lo feos que somos los seres humanos desnudos. Bueno, me corrijo, que lo he dicho casi sin pensar: lo feos que no sentimos cuando estamos desnudos. Son tantos años de culpabilidad religiosa, apostólica y romana, que necesitamos la hoja de parra del Vaticano para sentirnos seguros y a salvo de los demás, como si nuestra propia naturaleza fuese en sí misma pecaminosa, oscura, lasciva y sobre todo ridícula, muy ridícula. Así que nos ponemos la hojita de marras, si es posible de marca prestigiosa y carísima, y la vamos variando durante la temporada por otras similares pero de colores variados, no sea que los demás piensen que somos unos pobretones de aquellos del tebeo. Hay hojas de diseño ultramoderno, con joyas engarzadas, con plumas de pavo real y espejuelos de strass, como hay también idiotas de poco y mucho pelo en la cabeza y en el pecho.
   No obstante, en la vida hay momentos trascendentes e inevitables en que nos tenemos que mostrar sin tanto adorno ante algunos de los demases. Y no me refiero a los momentos íntimos eróticos, que como todo el mundo sabe no son ni mucho menos para luces y taquígrafos: hay quien no se quita la ropa ni debajo de las sábanas, quien no va a la playa para que no se intuya la celulitis debajo del pareo, e incluso quien simula que le han cortado la energía eléctrica de la casa antes que enseñar el comienzo mismo de la hucha. ¡Cuántos hijos se han concebido a oscuras y con aquellos camisones que tenían su agujerito bien discreto para ejercer el uso del matrimonio! Me refería más bien a esos momentos incómodos y desagradables en que por necesidades médicas se tiene que despojar el paciente de todo glamour para asistir a la consulta del urólogo, el ginecólogo o el dermatólogo, y quedan en evidencia, esta vez con toda claridad, las partes pudendas: menos mal que estas situaciones chuscas pasan rápidamente, nos las echamos a la espalda y nos damos un atracón de chocolate con churros en la cafetería más próxima al consultorio médico para olvidar pronto el malestar y el disgusto.
    El resto de la existencia es textil, muy textil. Incluso, cuando en el verano llega el buen tiempo y hay que combatir el calor, cuando se recurre a ropas escuetas y vaporosas por comodidad y necesidad, prima más el concepto de mantener tapadas las vergüenzas que el de sentirnos libres con nuestro cuerpo. Y con nuestra mente. Ha ganado tanto terreno la concepción religiosa del pecado original en nuestra sociedad, que a los nudistas se les ha relegado a cuatro ghettos para que puedan vivir, como los indios de las reservas, su diferencia de a poquitos. En la mayoría de municipios, algunos tan cosmopolitas como Barcelona, te multan por ir desnudo por la calle, aunque ninguna constitución moderna obligue a nadie a tener que comprar ropa: vestir es un derecho, sí, pero ¿puede ser una obligación en una sociedad de personas libres? Así nos lo están legislando, con esas censuras en Facebook, esas multas en las calles y esos dedos apuntando directamente contra la naturaleza humana. Si es que ya está prohibido hasta mear en la calle en un caso de urgencia y hay que encomendarse al santísimo para que no te pillen delinquiendo…  
   Es en este contexto de libertad, fútbol y Telecinco, en el que tenemos que comprender que una mujer semidesnuda en una plaza, una capilla universitaria o en un parque, puede ser llamada puta, bollera y cualquiera otra cosa furibunda, por un representante de la ley que, sin embargo, no se inmuta ante esos políticos bien vestidos y aforados por su vinculación a un partido que visten ropas caras, a veces regalo sucio de sus protectores, y que tratan de tapar sin éxito las vergüenzas de su iniquidad. Algo está podrido en este sistema político y económico en el que el olor a mierda se filtra por la ropa, dejando atrás corbatas de seda y collares de perlas, y nos atufa a todos con un hedor rancio y previsible: no obstante, el pueblo les volverá a elegir, hipnotizado por el glamour de su puesta en escena y sus cuentas en paraísos fiscales, para que sigan perpetuando la injusticia.
   Que detengan este mundo de corrupción ya, que, si no, me bajo en marcha.  Como dice el refrán: “Desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano.”  Y, por cierto, así no me siento nada mal.

sábado, 7 de mayo de 2016

Inconcebible




El vacío del desierto resulta inconcebible. Lo más parecido a perder la vista. Una ceguera momentánea causada por el exceso de luz. Solo de vez en cuando algunas ramas, como ardiendo en la distancia, una serpiente huyendo, un oasis traicionero. Las pocas hojas de las plantas autóctonas están cubiertas cada una con una voraz oruga oscura. Atrás, la nada absoluta. Camino adelante, la cordillera del Atlas. Y después, con los pies sangrantes, las casas rojizas en el espejismo de Marrakech. Entrar en la ciudad inmensa como quien entra en una mezquita para dar gracias al altísimo por velar por su siervo en un viaje tan terrible y salir, hipnotizado, por el aluvión de mariposas amarillas oscureciendo el cielo más azul como en días de tormenta. Cantar, bailar ante el milagro, ante el augurio. Casi se pueden sentir un poco más allá los confines del continente y el mar, el salto sin red hacia el archipiélago volcánico. Solo un poco más, un poco más tan solo, para teñir la voz de nuevos sonidos. Para dejar de avariciar el agua. Y abandonar para siempre la solitaria hoja, convertido en un prodigio de reflejos tornasolados y aleteos iridiscentes.

martes, 19 de abril de 2016

Cervantes



   Así, como quien no quiere la cosa, se ha presentado de repente el cuarto centenario del fallecimiento del autor de “El Quijote”. Hace poco más de diez años celebramos el mismo aniversario de la publicación de la primera parte de la novela más universal y tan solo hace un año celebramos lo mismo con respecto a la segunda parte de la misma obra. Si alguna vez de joven pensé que estos aniversarios serían espectaculares y relanzarían el interés por el ilustre alcalaíno, sin duda todas mis esperanzas se han truncado desde ese 2005 en el que el acontecimiento pasó sin pena ni gloria, máxime cuando los años se han sucedido uno tras otro y lo poco que queda en la memoria de las gentes es la patética búsqueda de los huesos del autor para convertir su supuesta tumba en lugar de peregrinaje para japoneses.
   Si ya la vida le sonrió poco al autor de “La Galatea”, que acabó sus días luchando a brazo partido contra la miseria, lo que faltaba es que cuatrocientos años después lo rematáramos con un olvido institucional tan grande y tan grave.  Poco se puede esperar de un país que dedica mucho más tiempo en sus medios de comunicación a informar sobre la lesión de tobillo de cualquier futbolista que a conocer su cultura, o que impulsa a sus ciudadanos a recrearse con estúpidos programas de teleficción en los que supuestamente compiten entre sí cuatro incompetentes por alcanzar fama como cocineros o bailarines antes que a leer a sus clásicos. La cultura se banaliza, se desdeña y se pisotea, bajo el aplauso de una masa enfervorecida por los gurús de la televisión, que nos vienen a descubrir que la existencia son cuatro días, que hay que disfrutar el presente y no preocuparse por entender nada, pues la vida no hay dios que la entienda. Y así subsistimos bajo la presión de una gran capa de estulticia, convencidos de que lo único importante es tener dinero, medrar sin trabajar y consumir por consumir.
    No les voy a decir ahora que lean a Cervantes, no se teman semejante cosa. Si ya es costoso, aunque pueda ser muchas veces satisfactorio, sumergirse en la obra de un autor clásico cuando se tiene cierta costumbre de leer novelas contemporáneas y cierta afición a la lectura, imagínense lo difícil que puede resultar desembarcar así de repente en una obra de la complejidad de las andanzas de don Quijote y Sancho Panza: cuando faltan las referencias idealizadas de la novela de caballerías, los apuntes mitológicos, los datos históricos de la antigüedad clásica, los recuerdos orales de los romanceros viejos…, resulta casi imposible entender la visión pesimista y desencantada, no exenta de socarronería, de nuestro Miguel más universal.
    Para acercarnos a cualquiera de sus obras, sin embargo, también lo podemos hacer desde una perspectiva que compartimos al ciento por ciento: tanto nosotros como el autor de “El Persiles” sobrevivimos en una época de crisis y decepción: Cervantes, que había creído en el imperio español y se había educado en el optimismo renacentista, no tardó en comprender que el sueño de aquella grandeza no era sino un espejismo, una ilusión, acaso una pesadilla, y nosotros, a quienes nos vendieron un día la esperanza de que España iba bien y nos hicieron creer que éramos ricos porque sí y que nos lo merecíamos todo porque nosotros lo valíamos, tampoco hemos tardado mucho en comprender que no existe el país de Jauja y que nadie ata los perros con longanizas, aunque sí que estamos seguros de que chorizos, lo que se dice chorizos, hay más que unos cuantos.
    Si Cervantes tuviera la mala suerte de vivir en esta España de hoy, que le da la espalda de modo tan flagrante como es obvio, con toda esa caterva de ladrones, chulos, hipócritas, aprovechados y delincuentes que desde las instituciones han expoliado al pueblo como en su época Felipe II exprimió a sus súbditos para construir la Armada Invencible, seguramente tendría un argumento perfecto para hacer otra novela inmortal: imaginemos a un obrero que de tanto oír hablar de justicia social y de pactos para la gobernabilidad del país, da en loco y decide salir a la calle a reclamar sus derechos y los de los demás. Imaginemos a todo un pueblo saliendo a la calle para exigir esa justicia. A lo mejor don Quijote nunca estuvo loco y los locos somos nosotros, que nos quedamos en casa viendo la televisión e ignorando las lecciones de los grandes clásicos.

lunes, 4 de abril de 2016

La música




    Siempre he tenido un oído enfrente del otro y mis capacidades musicales no han pasado de la percusión de la primera infancia, cuando resulta divertido golpear el tablero de la mesa con una cuchara, a la par que se derrama la papilla con la misma prestancia que tiene el Papa de Roma repartiendo bendiciones “urbi et orbi”. Tal vez por eso el único instrumento musical que he tenido en mi vida fue un xilófono de teclas de colores vivos que me trajeron unas navidades los reyes magos de Oriente y que aporreé debidamente con aquellas dos  curiosas baquetas que traía el kit hasta que lo rompí o lo extravié, qué sé yo ahora. Años más tarde también llegó a mis manos una armónica, que era de mi primo, y, aunque soplé y soplé más que el lobo de los tres cerditos contra la casa de cemento del cuento, no conseguí más que estridencias y algún dolor de cabeza de familiares que me miraban torcidamente. Fue entonces, a finales de los años cincuenta, cuando se me acusó de invocar la lluvia y causar las catastróficas inundaciones de Valencia, pero yo lo negaré ante quien haga falta como un político de carrera.
    Uno de los momentos más dramáticos de mi infancia fue cuando el profesor de música de la desaparecida E.G.B. hizo una audición en clase con la intención de formar un grupo musical. Cuando me tocó repetir una secuencia de notas que me dictó de repente, me miró como si se hubiese tragado sin masticar un rinoceronte y luego me embistió: primero me regaló un palmetazo con la regla y luego un bofetón que sonó hasta en la cocina donde preparaban los filetes rusos. A consecuencia de aquello, en las clases de música siempre me sentaban al final, me endosaban un triángulo con su correspondiente baqueta y allí me estaba hasta que le daba un golpecito o dos y se acababa la sesión. No me lo pasaba mal del todo, porque conmigo estaban también otros inútiles, armados con platillos, sonajas y bloques, con los que hasta me divertía. Ni que decir tiene que mis notas en esa asignatura no me hacían sentirme especialmente orgulloso, pero eran tiempos en que no valorábamos ni la música, ni la gimnasia, ni casi nada, la verdad. También fue doloroso cuando se hizo una “master class” para seleccionar txistularis entre los alumnos de mi escuela y no me invitaron, pero a esas alturas yo ya había comprendido que era mejor irse con la música a otra parte y prefería jugar en el recreo al marro antes que oficiar ridículamente como adepto de Euterpe.
    Nunca he echado de menos las tardes que pasábamos en la escuela cantando aquellas canciones raras en las que Fernando VIII usaba paletó o se moría el abuelo cuando cumplía noventa años y su reloj de cucú ya no daba la hora. La infancia de uno está llena de tantas cosas absurdas y sinsentido que para qué las va a añorar, si de aquello no salieron más que dolores craneales y algún sopapo que otro.
    Pero he aquí que llega un día, un día impensado, imprevisible, inesperado, en el que vas por ahí sin prestar atención, como un inocente, como un niño, aunque cargado de años y sordos reumatismos, y de repente suenan los primeros acordes de una canción, una vieja canción, una de esas que parecía que habías olvidado para siempre, y de repente despierta en ti un algo antiguo, dormido, extraño, y entonces, con tan solo unas pocas notas de aquellas que nunca conseguiste entender del todo, te devuelve de pronto a aquellos tiempos en que tú no lo supiste nunca pero fuiste feliz, y eran felices todos lo que te amaban, todos los que te conocían, y la vida parecía detenida en sí misma, como un espejismo. Es un momento de plenitud: toda la vida podría tener sentido en sus latidos. Pero luego la vida empieza a correr de nuevo, desesperadamente, como en las tontas aventuras de los “Autos locos” y se lo lleva todo por delante. Ahora sí que sé cómo es el sonido amargo de las cosas cuando desafinan ya sin remedio.

sábado, 20 de febrero de 2016

Extremaunción



De joven siempre tuve una imaginación desbordante. Durante mucho tiempo creí firmemente en que no había diferencia alguna entre la realidad y la ficción, sin duda por el peso de la educación católica que me diluvió como un maná incesante en los estertores de la dictadura de aquel gallego de voz meliflua y cuerpo rechoncho, bigotito cursi, y al que no voy a nombrar porque no quiero amargarme más el día. Lo cierto es que, si uno cree de niño sin dudar en una cosa tan compleja como es el misterio de la santísima trinidad y en la sangre licuada de San Jenaro, sin duda tiene derecho también a tener fe en elfos, condes dráculas y héroes de la Marvel. Se puede admirar del mismo modo y con la misma devoción a San Juan y sus alucinaciones conmovedoras del apocalipsis, con sus rameras sentadas y lúbricas sobre dragones de siete cabezas, como en el escudo a prueba de granadas y misiles de largo alcance del Capitán América. Los disfraces de Mortadelo pueden ser tan ciertos como la sangre derramada de María Goretti.
Sin embargo, no tardé mucho en darme cuenta de que no todo el monte era orégano, por decirlo con una frase que aprendí en el T.B.O. Al llegar a la plena adolescencia, habiendo alcanzado de repente el pensamiento abstracto tal y como describe la psicología evolutiva de Piaget, dejé de creer en todo lo que no se podía ver y tocar, desterrando al otro mundo las creencias y fes que me habían alimentado durante mis primeros años de vida; dije adiós con toda certeza al hombre del saco y al coco, al ratoncito Pérez y a las películas de Disney, a los dos evangelios y a las novelas de los cinco, todo de golpe y porrazo y sin salvar a nada ni a nadie.
Me hice racionalista, marxista, ateo y hasta un poco filisteo. Con mis pizcas de pragmatismo y socarronería, no tardé en comprender que tan falsas eran las tres aventuras de don Quijote, como las desdichas por el desierto del pueblo elegido en busca de la tierra prometida. Me iba yo a creer que los magos barbudos de antaño convirtieran varas de mando en serpientes o que fueran capaces de abrir el mar Rojo en dos para que pasara por él y a lo loco una cabalgata de carnaval… Lo mismo que se quemó la gran biblioteca de Alejandría y se hundió en las aguas de proceloso olvido, así desaparecieron de mí el mundo remoto de la Atlántida, el Triángulo de las Bermudas y las reliquias del apóstol en Compostela, todo ello fruto amargo y feo de la imaginación, la superstición y la ignorancia. A ver, si no, por qué no existen hoy los milagros de tiempos pasados…
Y así he pasado mi vida, entre personas sensatas sin falsas creencias ni tontas imaginaciones. En el mundo de los abogados, los registradores de la propiedad, los directores de banco, los comerciantes de textiles, los representantes de maquinaria industrial y los pescadores de bajura, no hay apenas tiempo para los asuntos que no se pueden pesar o medir; como mucho, para ir con la familia a misa los domingos y siempre con la esperanza de tomarse después un vermú y unas gambas con gabardina para que la salida de casa salga a cuenta. La cartera repleta y la vejiga vacía hacen la existencia cómoda y divertida.
Y ahora que estoy a punto de morirme me viene el cura con la monserga de que ponga mi alma en paz con dios para, me dice, hacer el tránsito del buen cristiano. Y le veo con esas ropas negras tan raídas y esas manos sarmentosas, y es que siento hasta miedo de que pueda acercarse a mí y, con ese olor a cosa revenida, pretenda siquiera pringarme con alguno de esos mejunjes que aplican a los pobres moribundos para congraciarlos con dios. Se lo he dicho de buenas, pero se ha sentado a la puerta para estar preparado por si cambio de opinión, como acecha el buitre a su víctima, así que voy a tener que llamar a la autoridad a ver si le echan y, por esta vez, me deja ser el protagonista de mi muerte, a la que quiero recibir con los ojos abiertos, descreído y con el dedo corazón vuelto hacia arriba. Porque si tuviera que recibir a un ser de ficción para cerrar mi paso por el mundo, el elegido sería Merlín el encantador envuelto en las brumas del viejo Camelot.

jueves, 28 de enero de 2016

Cactus



 Cuando me siento a media mañana a tomarme un café con leche junto al ventanal, lo que más me gusta es que llueva copiosamente. Ver el agua caer rebotando en los adoquines del suelo, embalsarse junto a los bordillos de las aceras y saltar como un gimnasta contra el vidrio cuando la sacude un vehículo precipitado, me reconforta y me recuerda aquellos tiempos en que yo vivía en una ciudad de lluvia y jugaba a sacudir los falsos plátanos hasta que volvía a casa completamente chipiado, calado hasta la pituitaria.
Con el paso del tiempo la lluvia se ha hecho rara en mi vida de secano, y mis sentimientos de nostalgia por las tardes de charcos y nubes reflejadas en el suelo han brotado al mismo ritmo que mis canas. Yo que tenía alma de sireno me conformo ahora con la breve ducha diaria y estas observaciones matutinas al resguardo del calorcito de la cafetería. Es como si todas mis ilusiones se hubieran quedado en agua de borrajas, una baratija que solo sirve para regar cuatro macetas con cuatro estúpidos cactus.
Me hubiera gustado tanto tener otra vida... Haber sido capaz de engendrar en mí un monstruo de curiosidad que no se hubiera detenido nunca ni ante el mayor de los horrores y se hubiera aventurado con frialdad en un mundo sin prejuicios, con la extrema lucidez de quien no tiene nada que justificar ni perder. Siempre en busca de la belleza, incluso en sus formas más groseras o hirientes. Me hubiera gustado tanto ser valiente…, aunque en el proceso hubiera perdido las manos, o la lengua, y tuviera que tomar este café con leche haciendo equilibrio con los muñones o sorbiendo el líquido con la ayuda de una prótesis vulgar. Al menos ahora no tendría esta sensación de vacío ante el espectáculo urbano del agua que cae como una maldición sobre esta ciudad muerta, mientras maduro cómo esviejar los trapos de la decepción.
A veces fantaseo con mis ojos perdidos en la alcantarilla, allí donde se forma un torbellino feroz que engulle los desechos tras un breve pero brillante giro. Pienso en salir con los brazos abiertos bajo la manta de agua y dejarme arrastrar por la corriente como un trozo de corcho, hasta alcanzar el borde del abismo en el que acabe de naufragar mi nostalgia. En ese último giro, en esa suprema belleza del corcho antes de caer por el albollón, habría una pizca de vértigo, como la del niño que sacude el árbol esperando que caiga, no ya el agua perlada en minúsculas gotas, sino el universo entero dentro de un agujero negro. Eso sería suficiente: un instante de densa lucidez, un relampagueo en la desnudez antes del suicidio ritual. Pero para eso hace falta un valor que no presta esta cafetería, este café con leche caliente, esta suma de valores y prejuicios que me conforman desde el final de la infancia.
Ensayo unas pocas palabras, a modo de discurso un tanto peripatético, para la despedida. Pero lo más que consigo es una sarta de lugares comunes sobre la vida y la muerte, que me acerca terriblemente a la sociedad tópica de la que tanto reniego y de la que soy, desgraciadamente, parte. En este trance preferiría, incluso, no ser humano, para no parecerme a lo que soy sino superficialmente, pero ni eso se me ha concedido. Con lo que yo daría por un final redondo y poético, como el del replicante de Blade Runner, soltando la paloma al cielo justo en el momento en que reclino la cabeza sobre mi pecho y el agua arrastra mis lágrimas. Todo esto se perderá como mi carne en el barro, me digo, como mis cenizas en la brisa marina, para nada, lo cual es desconsideradamente lógico porque para nada sirve.
A refugio de la lluvia termino muy a pesar mi café con leche y abono en la barra el euro con setenta que me piden. Rechazo el vasito de agua que me ofrece obsequiosa, yo diría que con maldad, la camarera, sin presentir que no solo no obtendrá con ello mi propina, sino que invocaré al destino para que le alcance una muerte seca y repentina. Menos mal que he sido previsor y me he traído un paraguas gigante que me dieron en una promoción de Coca Cola. Por esta vez, parece, tampoco me voy a mojar.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Tiempos modernos



Cuando era pequeño me gustaba ir al cine los domingos y me divertían tanto las películas en blanco y negro como las de color. Creo que nunca se me hubiera ocurrido decir que el cine de Charlot me parecía antiguo o que las películas de El Gordo y el Flaco estaban pasadas de moda; en todo caso me hubiera ganado un buen soplamocos por no valorar debidamente el genio de los demás. Ni entonces ni ahora me parece que las películas de los grandes del cine mudo fueran antiguallas que no merecieran mi atención; más bien al contrario, aun hoy me encanta revisar de vez en cuando “El maquinista de la general” de Buster Keaton o la magnífica “El gran dictador” de Chaplin, tan llenas de valores, certezas y fe en el futuro del ser humano. Nada me indigna más, ahora que estoy en el otoño de mi existencia, que esos niños repelentes que consideran antigua una película de 1999 y que se niegan sistemáticamente a conocer su pasado, como si hubieran nacido espontáneamente en una lechuga galáctica.

Es cierto que los tiempos han cambiado mucho. Si mis abuelas levantaran la cabeza se sorprenderían con todo ese ejército de zombies que llevan la suya agachada y fija en la pantalla del móvil, sin enterarse de los lugares por donde pasan ni de las caras de las personas con las que se cruzan todos los días. También se alegrarían, claro, con esto de la democracia participativa, ellas que se pasaron parte de sus vidas bajo una dictadura que todavía no ha sido condenada unánimemente. Desgraciadamente apenas tuvieron alguna vez derecho al voto, lo que no quiere decir que no tuvieran conciencia política. Llamadas a las urnas hoy, no creo que votaran con miedo a perder comodidades materiales, ellas que tuvieron tan poco y tanto se esforzaron para vivir con dignidad de su trabajo. Dudo que fueran conservadoras, dudo que apoyaran un gobierno de corruptos, prevaricadores y ladrones pensando que así garantizaban su exigua pensión de viudas. Dudo que fueran cobardes. Pero su integridad y su entereza ya no serían de estos tiempos.
El sistema político de esta España antigua y señoritinga se ha quedado bastante obsoleto. Es más antiguo que el cine mudo. Se lee uno cualquier novela de Pérez Galdós y se encuentra que en el siglo XIX ya existía esta mamandurria de partidos políticos alternantes que cambiaban cíclicamente para que no cambiase realmente nada. Y lo que es peor, para que después de tantos años de alternancias, la sociedad se viese inmersa en una crisis tan seria como para que todo el país entrase en un coma generalizado que, no sé por qué, tanto se parece al que ahora mismo nos sacude y nos acongoja.
Y será porque no me resigno, pero no me parece que ejercer el voto una vez cada cuatro años sea realmente una democracia participativa, más cuando el voto lo secuestran los partidos para sus fines particulares mientras dicen que los legitimiza el resultado en las urnas. Si voto a un partido, no quiero que durante cuatro años haga lo que quiera con mi papeleta; yo quiero tener la oportunidad de controlar, supervisar, gestionar mi elección y, si fuera el caso, retirar el apoyo a quien miente, manipula y roba amparado en él.
Por eso soy partidario de una reforma global de la democracia para que sea realmente participativa; ahora que todos tenemos móviles, acceso a internet, wifi y mil formas de comunicación tecnológica, ahora que tantos de nosotros no despegamos la cara de la pantalla de la tablet, del ordenador, del smartphone, ahora sería un buen momento para una revolución tecnológica y política de primer orden: para que esta democracia lo sea realmente y no secuestre los votos de los ciudadanos, propongo que todas las leyes del gobierno decisivas sean votadas inmediatamente online por todos los ciudadanos de nuestro país, para que el ciudadano decida realmente.
Las elecciones cada cuatro años son un mal pasado, un tiempo antiguo, que debe ser superado cuanto antes. Seguro que nuestros políticos no quieren que decidamos tanto y eso es porque prefieren gobernar sin nosotros como en el despotismo ilustrado. Pero yo quiero tener la dignidad de mis abuelas y vivir entre gente honrada y comprometida, con la fe en el ser humano del cine mudo, alejando del poder a todo aquel que no merece nuestra confianza. Exijo una política moderna y transparente para un país que se merece ya salir del siglo XIX y de esta alternancia de poder rancia y desvergonzada.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Otoños



Los poetas románticos vistieron el otoño con ropajes de hojas caídas y frutos asados en la lumbre. Eran tiempos de hambrunas y en su mayoría ellos no las padecían como buenos parásitos de las clases pudientes. Solo los ricos podían dedicarse a actividades sin sentido práctico, como la filosofía o el arte; para lo demás, ya estaba el vulgo, encargado de producir la riqueza a la que no tenía acceso por la injusticia mundana. Eso sí, la poesía ensalzaba a los rebeldes y alentaba una revolución campesina, que luego sería obrera y que iba contra los mismos parásitos que la arengaban desde posturas estéticas y elitistas. Era el romántico un claro ejemplo de elegancia mundana, clase y hastío vital, lo que no siempre, por desgracia y como ejemplo de graves contradicciones humanas, acababa en un suicidio glorioso.
El otoño, no obstante, es un tiempo oscuro, casi lúgubre. A las tardes brevísimas y los primeros fríos, se unen como en un puzzle las enfermedades, las depresiones, el desaliento… A nadie en su sano juicio se le ocurriría empezar una guerra con el inicio del mal tiempo o confiar en un enamoramiento que no tuviese un porcentaje de horas de sol más que mediado; a las grandes empresas les convienen los brotes de juventud, la luminosidad, el brillo efímero de la plenitud física. Tal vez por eso, y por esa cercanía a la muerte que se presiente hasta en el refranero (“Por Todos los Santos nieve en los altos”), el otoño viene acompañado de historias de terror alrededor de la chimenea; cuando todo está oscuro y el viento ulula entre los árboles del bosque, los relatos de muertos vivientes y zombies, criaturas arrojadas al mundo desde los límites del más allá, alimentan las pesadillas de los seres humanos condenados a largas noches sin sueño en las que crepitan los muebles y los demonios rondan las cabeceras de las camas de los recién nacidos.
El otoño es un viejo verde vestido con hojas de parra al que se le ve el trasero cuando se agacha a levantar las faldas de las mozuelas. Tiene las digestiones lentas y la cabeza repelada de tiña y mugre. Sonríe con dos dientes mal pareados y te mira esquinado con un gesto bizco y desafiante. Se diría que te podría morder como un perro en cuanto le dieras la primera patada, aunque se dejara la caries en tu muslo. No parece elegante al modo romántico; más bien, es un defecto derivado del hambre, los malos hábitos, el exceso de trabajo y la rijosidad. Lo celebramos como se merece un único día y luego lo escondemos con sus calabazas y harapos en lo más profundo de los trasteros, de donde no sale si no es para el cementerio.
Sin embargo, hay quienes creen que ya no hay otoños. La misma gente que cree en Batman, en dios, en el deshielo del Ártico (como si no hubiera Antártico también) y en los beneficios para la salud del jamón serrano (la OMS es mala remala y solo busca torpedear la economía del país del ibérico y el lacón), te puede decir de buenas a primeras que estos tiempos ya no son como los de antes: para tal cosa, lo primero es ser decididamente mayor, pues, si no, a santo de qué se podría hablar con experiencia de hogaño; y lo segundo es tener mala memoria, porque mira que no hay cientos de cuadros de otoños verdes y marrones entre los pintores realistas del siglo XXI, que como todo el mundo sabe son los que más se venden en las exposiciones porque, junto con las marinas, quedan muy bien en los salones de las chalets adosados.
Que el otoño existe lo saben mis huesos, que lo anticipan con esos malestares cíclicos que piden cama y calorcito. Lo aprovechan también los publicistas, que te venden miles de aparatos para que te quedes en casa viendo la tele mientras pedaleas, corres o te masturbas bajo la manta. Es conocido por los ladrones a domicilio, que entran en temporada baja en cuanto triunfa octubre y cambian las casas por las calles tumultuosas, los bares y los centros comerciales en fin de semana. Y lo descubrieron muy pronto, también los poetas románticos, que se sentían juguetes del viento y se despeñaron con las hojas por paisajes que comprendían la melancolía y la desesperación.
He tratado de cerrarle la puerta, pero el otoño ya se ha instalado en la parra del jardín y me temo que no tardará mucho en enseñar las vergüenzas de la pared desnuda.