sábado, 20 de mayo de 2023

Hijos de Caín

 

 

 

   Desde pequeños, desde que tenemos ese impulso natural por llevárnoslo todo a la boca y descubrir a qué sabe el mundo, es decir, desde que somos unos mamones, dicho sea en el buen sentido de la palabra, tenemos que aprender a convivir con la presencia en nuestra vida de la publicidad y de la propaganda. Al principio todo nos parece, además de inofensivo, deseable, si exceptuamos el brócoli, los ruidos estridentes y las batas de los médicos, y tendemos por tanto a echar la zarpa sobre los juguetes de los demás, las sustancias químicas peligrosas y cualquier objeto de colores vivos, sobre todo si nos han advertido de que no los toquemos nunca. Más de una vez nos llevamos una amarga experiencia y un buen aprendizaje por meter los dedos en los enchufes, beber aguarrás o sentarnos en un brasero, que los niños pareceríamos estar inclinados por naturaleza a actividades peligrosas si no fuera porque son los adultos los que nos ponen esos amargos caramelos a nuestro alcance.

   Es cierto que tampoco tardamos demasiado en aprender algunas de las reglas básicas del sentido común: a mayor velocidad es más fácil aterrizar contra el suelo y hacerse laceraciones en las rodillas; lo que más gusta no siempre es lo que mejor sienta, véase un atracón de churros, por ejemplo; los demás pegan, al menos, tan fuerte como nosotros y hacen, al menos, un daño similar cuando se empeñan en sacarnos los ojos, mordernos los mofletes o reventarnos los tobillos. El mal existe porque lo llevamos dentro desde que nacemos, pero necesitamos reconocer cuanto antes que los demás también son hijos de Caín y que están dispuestos a emplear su herencia contra nosotros si no nos andamos listos, aunque eso de la agudeza ya es cuestión de suerte y de cociente intelectual. Además, hay que saber apencar con las complicaciones sucesivas y continuadas de que nos dotan la educación, los preceptos morales y los tabúes, que son como tatuajes que nos imprimen en la frente y donde sólo falta que se pueda leer algo así: “Este es fulanito, un mal tipo que hará todo lo posible por parecerte un encanto y que te acabará traicionando más bien pronto que tarde”. ¡Cuántos disgustos nos habríamos evitado de haber sabido desde infantes que el hombre es un lobo para el hombre y no un inofensivo vegano, lacto-ovo-vegetariano, comedor de frutos secos, algas y otras vainas similares!

   Resultado de la pésima formación que recibimos, en ocasiones con consecuencias para toda la vida, es la falta de recursos que tenemos contra la gran ramera de Babilonia, la desmesurada e imponente puta globalizada al servicio del consumismo más voraz e irreflexivo: la publicidad. Se contonea ante nosotros vestida con juguetes caros cuando somos tiernos, se alimenta de comida basura y nos incita a los placeres prohibidos del alcohol y del sexo cuando sufrimos el acné juvenil, nos promete un paraíso en la tierra si nos hipotecamos toda la vida para comprarnos un chalé adosado y un coche multi tracción, alcanza un orgasmo múltiple cuando nos convence para gastar nuestros ahorros en una segunda vivienda, una vuelta al mundo en crucero o las joyas del tesoro del rey Salomón, antes de dejarnos a los pies de las farmacéuticas y de las residencias cuando ya no nos quedan fuerzas y tampoco mucho dinero, que es en el fondo lo único que le hace mover el trasero.

   Es duro reconocer que somos víctimas de la publicidad y de la propaganda. Aunque pueda parecer que son muy diferentes, porque a la primera le interesaría el beneficio crematístico de la industria que la financia y a la segunda la movería la necesidad de dotarnos como pueblo de valores sólidos y en alza, como la igualdad, la justicia, la solidaridad y demás sustantivos abstractos que nunca se acaban de concretar en hechos demostrables por la ciencia, lo cierto es que son ambas la misma moneda: de oro, sucia y manoseada, maloliente, que pasa de mano en mano como en la copla y que hasta tiene glamour en estos tiempos donde el triunfo les pertenece por incultura propia y ajena a influencers y youtubers.

   En propaganda continua, en publicidad absoluta, vivimos para mal los ciudadanos de las democracias modernas. Aunque nos gustara llevarnos a la boca y paladear el dulce sabor de las consignas de los partidos políticos, hemos aprendido hace ya mucho tiempo que sus discursos sosainas están llenos de promesas que se llevará el viento, como a María Sarmiento, de mentiras amargas que se lanzan al aire a sabiendas de su falsedad, porque lo importante es adjudicarse el voto para cuatro años de infamias, y de fatuidad extrema, ya que nos quieren convencer de que son los únicos preparados para dirigir un país que en el fondo sólo conciben como un granero al que saquear para su hormiguero privativo. Claro que desde pequeños sabemos que sus instintos son tan bajos y miserables como los nuestros y, por eso, tan lobos como miran, ya no nos los podemos creer, digan las sandeces que digan con ese tonito parroquial y melifluo. Llegadas las elecciones, votamos sí, votamos, porque estamos adiestrados para pensar que de algo tiene que servir nuestra aportación, aunque lo hagamos con la nariz tapada y cerrando los ojos porque nos recuerdan al brócoli, a los ruidos estridentes y a las batas blancas, y porque a los que ya no somos tan mamones nos producen violentas arcadas.

martes, 9 de mayo de 2023

IV Premio Nacional de Poesía "Desconfinados"


 

   Este domingo 7 de mayo se falló en la ciudad de Valladolid el IV Premio Nacional de Poesía “Desconfinados” que organiza la Iniciativa Desconfinados desde 2019.

   En esta ocasión, los premiados por el jurado fuimos:

   -Diana Domínguez Pineda, distinguida por su poema “Como tú, como ella” con el Accésit Menores de 18 años;

   -Ruth Iglesias Villafáñez, galardonada por su composición “Azul oscuro casi negro” con el Primer Premio Local Memorial Txema Ruiz de Gordejuela;

   -y Jesús Jiménez Reinaldo, honrado con el Primer Premio Nacional por el poema “Morir de mar y vino oscuro”.

   El acto de entrega del premio tendrá lugar en Valladolid el lunes 5 de junio a las 19:30h. en el Pabellón de la Feria del Libro, así que, si estás a orillas del Pisuerga en esa fecha, será un placer saludarte en persona durante la ceremonia.

viernes, 21 de abril de 2023

Ideologías

 

   El castellano es una lengua muy rica en refranes y expresiones. Siempre hay una ocasión apropiada para decir lindezas tales como no es lo mismo predicar que dar trigo, la avaricia rompe el saco o no confundas el culo con las témporas. A veces, incluso, decimos cosas tales como témporas sin saber muy bien qué significan, que los cambios de costumbres se suceden en la cronología mucho más rápidamente que en el léxico: a estas alturas, la mayoría ya no ayuna ni en Semana Santa, aunque procesione porque hace bonito y los cambios de vestuario siempre emocionan lo suyo; en cambio, a nadie hace falta que le expliquemos qué diantres es el culo porque casi todos tenemos experiencia porque para eso nacemos con uno.

   De un tiempo a esta parte algunos políticos de esos que descuellan por sus largas y potentes luces, no me refiero a los que por las puertas giratorias han entrado en empresas del sector eléctrico, no sean ustedes mal pensados, que yo no pretendo en absoluto ennegrecer una labor tan importante, esos iluminados, digo y me reafirmo, han dado en descalificar los argumentos de los contrarios acusándoles de que sus proyectos y leyes son ideológicos. Tales acusaciones, para mí al menos, resultan más que chocantes, porque cuando era niño me educaron en el pensamiento racional, aunque fuera con poco éxito a lo que se ve, y me enseñaron que ser tonto era no tener idea sobre algo, no lo contrario. Pero ahora, los salvadores del mundo, en vez de acusar al enemigo de ser un imbécil de tomo y lomo, lo acusan de lo opuesto, es decir, de tener ideas, de haberse hecho un pensamiento estructurado y de exponerlo a los demás como si fuera algo importante para alguien. Lo señalan con el dedo y se ríen de él. Pero a quién se le ocurre desarrollar el intelecto… Pensar está sobrevalorado. En un mundo en el que todo está bien, la libertad campa por sus respetos y casi todos los artículos se pueden comprar por cuatro perras, ¿quién es el memo que se hace preguntas que no llevan a ningún sitio? Habrase visto mayor desafuero. A mí ya me tienen convencido.

   En pocos campos como en el de la educación se libra una batalla campal más encarnizada. Y esto no es de ahora, no. Los escolares y los profesores de este país hemos conocido tantas leyes educativas, todas eso sí con nombres casi idénticos, que seguramente el noventa por ciento no podríamos decir correctamente más de tres o desarrollar sus siglas con precisión. Porque, vamos a ver, usted puede decir así, a bote pronto, ¿qué es la LOMLOE? ¿Y de verdad le ha interesado en algún momento lo suficiente como para habérsela leído en el BOE? En un país en el que hay un cuarenta por ciento de ciudadanos que no leen ni un libro al año, ¿habrá diez ciudadanos justos, justos e ilustrados, que impidan al dios de la Biblia reenviarnos las diez plagas de Egipto?

   Hasta aquí el apartado de las témporas; vayamos ahora con el del culo. Que la literatura se suprime del currículo, pues eso es ideología. Que la filosofía, esa pseudociencia a la que se dedican los ricos aburridos, se elimina de los planes de bachillerato, eso es ideología. Y también es ideología la inclusión de la religión como asignatura en el bachillerato, si computa o no para la nota de la EBAU, la ausencia o presencia de educación sexual en las aulas, la segregación de alumnos y la política de becas ya sea por falta o por sobreabundancia. Todo en definitiva es ideología y, por tanto, nos dicen esas voces potentes y superiores debe ser barrida de nuestros centros escolares. Y yo digo, ¡bravo!, ¡hurra!, acabemos con todo el pensamiento, no sólo con el crítico, en nuestros establecimientos docentes, que nuestros alumnos vivan la paz de la ignorancia en plenitud, porque parafraseando a aquel maestro republicano, y corrigiéndole debidamente, claro, si logramos educar a una sola generación en la apatía absoluta, en el nihilismo más recalcitrante, ya nadie más les podrá robar nunca ese tesoro.

   Volvamos, pues, a ignorar el presente, la situación social, la historia inmediata, las corrientes filosóficas, los postulados científicos, el conocimiento del funcionamiento del cerebro, el propio cuerpo y sus empeños hormonales, que tan infelices nos hacen, y volquémonos todos en lo que de verdad importa y no es ideología, esto es y a saber, los Reyes Católicos, el imperio español en el que nunca se ponía el sol, la reserva espiritual de Occidente, el nacionalsocialismo, los consejos atinadísimos del consultorio de Elena Francis, la virginidad hasta el matrimonio, la misa diaria y la caridad de fin de semana para con los pobres.

   Porque, no se equivoquen ustedes, defender lo que ya está establecido no es, no puede ser, ideológico. Es que no hace falta ni pensarlo ni argumentarlo; basta con asumirlo y salir a defenderlo con una mano en la bandera y otra en la cartera por si te la roban los mendigos o los inmigrantes. Las cosas siempre han sido así y eso es por algo. Y quien quiera cambiarlas con su ideología sabe que nos tendrá en contra con la fuerza que nos dan la tradición y las consignas. Lo que hay que hacer con la ideología es limpiarse el culo, para que brillen limpios y esplendorosos los muros de la patria.

 

 

 

miércoles, 22 de marzo de 2023

Cuatro mujeres


   Como nació en 1936 tiene ya cumplidos los ochenta y siete años y, por supuesto, cuenta con una guerra civil en la mochila solo por haber nacido en España y en el seno de una familia republicana. En su infancia, los más antiguos lo recordarán bien, se crecía con el peso del miedo al diablo, al infierno y a los tocamientos impuros, bajo una presión social que comenzaba en casa y se reconcentraba en la escuela y en la santa misa obligatoria de todos los domingos y fiestas de guardar. Casi todo lo que no fuera una obediencia ciega a los mayores era pecado y enfermaba como la lepra de los proscritos evangélicos, dejándote marcado, más aún si eras mujer, para toda la vida. Por tu culpa, por tu culpa, por tu grandísima culpa, se rezaba en los templos mientras el cura, casi siempre gordo y turbio, se comía la hostia y se bebía el vino frente a un rebaño hambriento y, pese a todo, culpable de todo lo divino y lo humano. Casi la mitad de su vida la ha pasado sometida a un sistema político dictatorial que le negaba su propia autonomía: de la tutela del padre a la del marido, sin otra vida social que no fuera la propia de sus labores y sin atreverse a levantar la voz no fuera a recibir una de las hostias, consagradas o no, de los que tienen la sartén por el mango, es decir, los ricos, los poderosos, los religiosos, los maridos y demás fauna depredadora. Hoy viuda y felizmente libre, mira para atrás y suspira por los casi cuarenta años que le robaron y por los que nadie, nunca, se ha disculpado.

   Quiso estudiar una carrera técnica a mediados de los años 70, cuando apenas contaba con veinte años, y nadie se lo negó. Su madre trató de encauzarla hacia la enfermería o el magisterio, caminos trillados que no levantaban sospechas ni suponían estigma social ninguno, y estuvo varios años sin dirigirle la palabra por querer ocupar, usurpar, decía, los puestos de los hombres, que por cierto eran sus compañeros de estudios, quienes la contemplaban con desdén y cierta sorna mientras tomaba apuntes de física aplicada o de química inorgánica. Sus profesores fueron, sin duda, más crueles, porque los más benignos la ignoraban y los otros la vejaban y corregían sus exámenes con un rasero que nunca habrían utilizado con el hijo del juez o el nieto del marqués. Hoy es aparejadora y ejerce su profesión a las mil maravillas; de aquellos tiempos difíciles, de la soledad de las pioneras, casi no queda recuerdo alguno en las estudiantes que ahora se pasean por las facultades de Ingeniería o de Medicina con el ombligo al aire y tatuajes varios a la vista.

   Como representante de los primeros integrantes de la Generación Z, habita un mundo tecnológico desde que se levanta hasta que se acuesta, e incluso se mantiene conectada al móvil durante la noche, no vaya a pasar algo importante y se lo pierda. Es atea por la falta de dios, pues no fue bautizada, ni disfrazada para la primera comunión, ni tuvo interés en matricularse en la asignatura optativa de religión; no ha conocido los terrores nocturnos causados por los ejercicios espirituales de los jesuitas ni cree que su cuerpo, ni parte alguna de él, sea sucia y escondible. Le gusta el placer y lo busca. Ha empezado cuatro carreras universitarias y todas las tiene a medias, mientras viaja por todo el mundo con el dinero de sus padres hablando francés, inglés y japonés, de forma tan fluida que la envidian hasta los políticos profesionales, que, en su mayoría, hablan solo español y bastante mal. No tiene prisa para nada porque cuenta con el valor que más se cotiza en el siglo XXI: la sacrosanta juventud. Ya se preocupará del futuro más adelante, si es que alguna vez llega, que nunca se sabe con tanta guerra, pandemia y desgracias climáticas.

   Con tres años ha conocido un mundo cambiante: al principio todos llevaban mascarillas y era difícil saber quién era quién y si todos tenían boca y nariz como las personas de su casa, pero ahora la mayoría ya no las lleva y puede divertirse mirando los enormes apéndices nasales de las personas mayores, a quienes no les gusta, qué raro, sacarse los mocos y comérselos. Casi siempre está enferma; cuando no tiene un catarro, le duele la garganta o le sube la fiebre a casi cuarenta, sobre todo desde que se incorporó a la guardería, por lo que es asidua al servicio de urgencias de su hospital, porque al centro de salud ya no la llevan porque casi nunca hay médico. No le gustan los sanitarios, a los que distingue de buenas a primeras por la bata blanca y porque esconden su nariz bajo unas mascarillas verdes y desagradables. A diferencia de su bisabuela, en su mundo no cabe la culpa ni tiene la obligación de someter su voluntad a la de los hombres; a diferencia de su abuela, podrá elegir sus estudios libremente y nadie cuestionará su feminidad por no seguir los estereotipos rígidos de una élite dominante; a diferencia de su madre vive en un entorno bastante pequeño y repetitivo, en el cual todo es apasionante y ameno. No lo sabe, pero le ampara la libertad de sus mayores y ojalá siga siendo así durante muchos, muchos años.