viernes, 24 de febrero de 2023

Altavoces

 

   Cuando me licencié después de cinco años de estudios, las dos primeras cosas que hice fueron pasarme una semana celebrándolo y solicitar mi título a la universidad, que por entonces, como ahora, cobraba un pastón por emitir el papelito de marras, eso sí, firmado debidamente por el rey reinante pero no gobernante, quien daba fe, qué suerte la mía teniendo en cuenta que ni me conocía ni lo haría nunca, de que era apto para desempeñar ciertos puestos públicos. De la semana de juerga no quedan testimonios gráficos, tengan ustedes en cuenta que, afortunadamente, por aquellos años no existían las máquinas de fotos digitales, los móviles con cámara incorporada ni otros utensilios tecnológicos por el estilo, lo que ha permitido que muchos de mis camaradas de generación y yo mismo podamos contar ahora con una reputación casi intachable, y, sin embargo, sigo conservando en un cajón, planchado por otros documentos como registros de la propiedad, nóminas, títulos bancarios y testamentos sucesivos, el título que define quién soy y quién he sido mejor que ninguna otra posesión.

   Claro que todo no fue tan fácil. Cuando ya convertido por obligación en una persona adulta, en busca de un trabajo remunerado en tiempos de duro desempleo y consciente de que iniciar una carrera profesional resultaba más que imposible sin una buena recomendación, la universidad tuvo la delicadeza de entregarme un título de licenciado con errores de redacción que a mí me parecieron no solo graves, sino intolerables, aunque sus gestores trataron de convencerme de que el asunto no tenía la menor importancia. A mí me sorprendía enormemente que el rey reinante pero no gobernante se hubiera permitido un error así, yo que lo creía por entonces infalible como el papa y muy preparado. ¡Qué decepción sufrí cuando comprobé que se podía colgar de la pared de tu casa un título falsario de una de las universidades más afamadas del país y firmado por la máxima autoridad! ¡Y qué lástima también que lo devolviera! De no haberme obcecado como un burro en la corrección de la chapuza, ahora estaría en posesión de un documento único, muestra de que este país era tan burdo entonces como en este año del conejo chino. Tonto y poco previsor que es uno.

   Lo cierto es que allí estaba yo, en mitad de mi juventud, con un título rectificado a regañadientes de licenciado y con un diez por ciento de los ideales que me habían impulsado a ser periodista: el noventa por ciento se habían ido quedando por el camino mientras desde la tarima de las aulas nos pontificaban sobre el pragmatismo y lo conveniente, que a menudo entraban en conflicto, cuando no en total contradicción, con la verdad, la honestidad y la integridad. En esto consiste mayoritariamente el tránsito de la juventud a la edad adulta: en enterrar definitivamente el mundo de las hadas y de los reyes magos en favor de un universo de números naturales, documentos firmados al pie por testigos o fedatarios y normas de todo tipo que resultan de obligado cumplimiento aunque las desconozcas. No sabía escribir debidamente (de hecho, aun hoy no domino al ciento por ciento el uso de las mayúsculas), no era todavía capaz de maquillar la verdad para adecuarla a los intereses de quien pagara mi salario, ni mucho menos de renunciar a la integridad a cambio de un ascenso imparable por los diferentes departamentos de la empresa y, no obstante, era periodista.

   No les voy a contar aquí todo lo que ha acontecido desde entonces, porque la mayoría lo ha vivido a la par que yo y, si no ha tenido esa desgracia, lo puede investigar en sus fuentes correspondientes. El resumen no exige muchas palabras: todo lo que yo tenía de periodista, ese diez por ciento que había sobrevivido a los catedráticos acomodaticios del sistema universitario, se ha desvanecido absolutamente con los años. No me queda ni gota. Y eso no me ha pasado solo a mí, no, le ha pasado a todo quisque. Cuanto más se avanzaba en apariencia en el desarrollo de un sistema democrático en el que los ciudadanos podían ejercer su derecho al voto y a la libertad de expresión, ciertos empresarios apostaron por el control y la manipulación de algunos medios emergentes (la radio y la televisión privadas, internet, las redes sociales…) para condicionar a sus audiencias en materia de opinión, generando un individuo comodón y tan apesebrado como el propio periodista.

   Si me preguntaran ahora qué es lo único verdaderamente imprescindible para ejercer la noble tarea de periodista bien, les respondería que, idealmente, basta con la verdad, que es lo único que hoy por hoy no aparece ni en pintura en los medios de comunicación de masas. Porque, cuando lo cierto resulta incómodo o no conveniente, simplemente se le hace desaparecer en un mar de confusiones junto con certezas relativas, noticias falsas y datos intencionadamente manipulados. Quien más grita o miente, pues tiene el control mayoritario de los altavoces, acaba por imponer su discurso, el cual está al servicio del pagador y no del usuario.

   Si la verdad se la trae al pairo, pues muy bien, está usted en su derecho. Pero si no, haga como yo, aléjese de los altavoces, de todo ese ruido que nos trata de aturdir con sus fanfarrias de inspiración militar y alienante, y recupere el silencio, el sosiego, la tranquilidad, antes de que invadan, a golpe de talonario o por la fuerza, los escasos oasis de autenticidad con sus chirridos desafiantes.

 

viernes, 20 de enero de 2023

La manzana

 

   Dice el refrán que lo que no mata, engorda. La sabiduría popular resume así la historia del hambre de todo un pueblo, el español en este caso, sin necesidad de recurrir a lecturas más sesudas de nuestra literatura, como la del pobre Lázaro de Tormes alimentándose de una cebolla cada cuatro días al servicio del clérigo de Maqueda o la de tantos personajes que nos estremecen por las penosas circunstancias de su vida de ficción. De la miseria, de eso tratan gran parte de nuestros clásicos, opuesta, claro está, a la magnificencia y al boato de los que disfrutaban las clases privilegiadas, ese escaso uno por ciento para el que no existía placer no alcanzable, ni deseo no satisfecho. Por eso tenemos tan arraigada la idea de que siempre habrá ricos y pobres, una convicción que procede de la observación de la realidad y de los múltiples sermones que desde los púlpitos querían persuadirnos de la existencia de una voluntad divina que amparaba a sangre y fuego, con las torturas inquisitoriales y la quema de brujas si eran pertinentes, la monarquía, la desigualdad social y la obligación a la sumisión ante los poderosos. Y así malvivían nuestros antepasados, la mayoría: flacos y necesitados, pobres pero honrados.

   Afortunadamente, me dirán, los tiempos han cambiado y aquellos tiempos de calamidades y hambrunas han pasado. Ahora es una mayoría la que toma sus cinco comidas diarias y muchos los que tienen que recurrir a dietas y cirugías para no padecer el exceso de peso y la obesidad, incluida la mórbida. ¡Cuántas muertes no se producen al año por una mala alimentación! No obstante, más vale que a nadie se le ocurra decirle a la ciudadanía que debería comer menos carne y evitar los alimentos azucarados o con exceso de sal, porque le saldrá su genética de hambriento perpetuo y hasta amenazará con defender violentamente su derecho a zamparse una hamburguesa dudosa con patatas grasientas y bebida pringosa. Que se puede renunciar a la libertad de conciencia, a la de pensamiento y hasta a la sexual, que podemos ser clones los unos de los otros, pero no estamos dispuestos a que se nos restrinja la libertad de consumir en los supermercados y en los bares lo que nos dé la gana. Faltaría más.

   El precio de la prosperidad lo conocemos muy bien y, sin duda, estamos dispuestos a pagarlo religiosamente mientras podamos. Claro que sabemos que aún quedan pobres, que todavía hay quien padece hambre en esta sociedad del bienestar y que son muchas las organizaciones gubernamentales o no que se dedican a atender a los miserables que se han quedado fuera del sistema. Podemos colaborar, incluso, con ellos, mientras nos quejamos de los subsidios a los parados, de la subida del salario mínimo interprofesional o del aumento de los impuestos, como si la miseria no tuviera que ver con nosotros, aunque paguemos con nuestra vida y con la de los demás la suma infinita de nuestras contradicciones.

   Estamos convencidos de que nos lo merecemos todo, como los ratones que encuentran un trozo de queso o de manzana al final del laberinto construido por el investigador científico. Mientras mordisqueamos la dádiva, hay quien nos observa, nos estudia y nos conoce mejor que nosotros mismos. No lo pensamos mientras trabajamos de sol a sol para pagar la letra de la hipoteca bancaria, el crédito del coche o los intereses de la tarjeta, porque nos consolamos diciéndonos que es lo que hacen todos, al menos quienes nos rodean a diario. Y seguimos adelante, constantes pero nunca satisfechos, como el burro al que le azuzan con una zanahoria que no alcanzará. Luego, un día cualquiera, estalla un volcán, una pandemia, una guerra, una crisis energética, o todo a la vez, y el sistema se desajusta: la inflación se dispara y comenzamos a sentir miedo ante un mundo cambiante, en el que nada es gratis ni fácil. Pero ya es tarde: el ratón se acostumbró a encontrar el queso o la manzana al final de un laberinto mucho más pequeño y doméstico y, ahora, hay menos recompensa, muchos más competidores y se reducen las oportunidades individuales ante la curiosidad de los estudiosos. Aún así nos animan mucho, porque toda crisis es una oportunidad, al menos para los más despiertos.

   No seré yo quien critique al ejército de consumistas que han sido sistemáticamente entrenados desde la televisión y las redes sociales para siempre querer más, un poco más. En un planeta de recursos finitos, el crecimiento económico es para mí todos los trimestres una puñalada en la espalda. Pero aún es peor el impacto en la naturaleza: un cambio climático descontrolado, agua de lluvia que ya no es potable, aire contaminado en las ciudades, alimentos llenos de pesticidas y de hormonas, de edulcorantes y aditivos… Pero nadie, incluso ante la evidencia más catastrófica, está dispuesto a cambiar para revertir la situación, pues debe de ser mejor, como dice el refrán, lo malo conocido que lo bueno por conocer. Mientras nos quejamos de los atascos de tráfico para ir al trabajo, abominamos de las zonas de baja emisión de gases por su inoportunidad e insultamos a quien nos obliga a modificar nuestras inconvenientes rutinas, lo cierto es que nos estamos comiendo con ansiedad la manzana envenenada y acabaremos por sufrir la agonía de los necios.

martes, 27 de diciembre de 2022

Un café

 

   Este 2022 termina para mí en el plano literario con otro primer premio, en este caso en la modalidad de microrrelato en Isla Cristina (Huelva). Lo he obtenido en el I Concurso Nacional de Microrrelatos del Centro de Participación Activa para Personas Mayores de Isla Cristina por uno titulado “Un café”.

   Como decía aquel, es para mí un motivo de orgullo y satisfacción, porque escribir es una tarea solitaria, no siempre reconocida y muchas veces incluso un tanto injustificable.

   Agradezco a los organizadores la entrega virtual del premio y el permiso para publicar el texto del microrrelato premiado en este blog; el regreso a Isla Cristina, que tanto me gustó cuando la visité hace años, lo dejo para más adelante, cuando la pandemia de coronavirus esté más controlada y el mundo sea más seguro para todos, especialmente para los más vulnerables, a los que, os insto, no debéis olvidar.

                                                         “UN CAFÉ”

   Cuando cruzó el umbral de la puerta de la cafetería, sintió un escalofrío, como quien se aventura en una zona prohibida.

   Notó que algunos hombres la miraban: ella pensó que la verían insegura, fuera de sitio; la mayoría de ellos, que era una mujer encantadora y hermosa.

   Se sentó en una mesa discreta, cerca de la cristalera que daba al parque, y pidió tímidamente un café con leche.

   Lo paladeó voluptuosamente, como si fuera pecado. Lo dedicó a la memoria de su madre, que nunca entró sola en un bar y que le inculcó a fuego que solo las malas mujeres lo hacían. Pero corría el año 2022, tenía sesenta años y ya no le debía explicaciones a nadie.

   La transgresión sólo le costó un módico euro con cincuenta.