El vacío del desierto resulta
inconcebible. Lo más parecido a perder la vista. Una ceguera momentánea causada
por el exceso de luz. Solo de vez en cuando algunas ramas, como ardiendo en la
distancia, una serpiente huyendo, un oasis traicionero. Las pocas hojas de las
plantas autóctonas están cubiertas cada una con una voraz oruga oscura. Atrás,
la nada absoluta. Camino adelante, la cordillera del Atlas. Y después, con los
pies sangrantes, las casas rojizas en el espejismo de Marrakech. Entrar en la
ciudad inmensa como quien entra en una mezquita para dar gracias al altísimo
por velar por su siervo en un viaje tan terrible y salir, hipnotizado, por el
aluvión de mariposas amarillas oscureciendo el cielo más azul como en días de
tormenta. Cantar, bailar ante el milagro, ante el augurio. Casi se pueden
sentir un poco más allá los confines del continente y el mar, el salto sin red
hacia el archipiélago volcánico. Solo un poco más, un poco más tan solo, para
teñir la voz de nuevos sonidos. Para dejar de avariciar el agua. Y abandonar
para siempre la solitaria hoja, convertido en un prodigio de reflejos
tornasolados y aleteos iridiscentes.
sábado, 7 de mayo de 2016
Inconcebible
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martes, 19 de abril de 2016
Cervantes
Así, como quien no quiere la
cosa, se ha presentado de repente el cuarto centenario del fallecimiento del
autor de “El Quijote”. Hace poco más de diez años celebramos el mismo
aniversario de la publicación de la primera parte de la novela más universal y
tan solo hace un año celebramos lo mismo con respecto a la segunda parte de la
misma obra. Si alguna vez de joven pensé que estos aniversarios serían
espectaculares y relanzarían el interés por el ilustre alcalaíno, sin duda
todas mis esperanzas se han truncado desde ese 2005 en el que el acontecimiento
pasó sin pena ni gloria, máxime cuando los años se han sucedido uno tras otro y
lo poco que queda en la memoria de las gentes es la patética búsqueda de los
huesos del autor para convertir su supuesta tumba en lugar de peregrinaje para
japoneses.
Si ya la vida le sonrió poco al autor de “La Galatea”, que acabó sus
días luchando a brazo partido contra la miseria, lo que faltaba es que
cuatrocientos años después lo rematáramos con un olvido institucional tan
grande y tan grave. Poco se puede
esperar de un país que dedica mucho más tiempo en sus medios de comunicación a
informar sobre la lesión de tobillo de cualquier futbolista que a conocer su
cultura, o que impulsa a sus ciudadanos a recrearse con estúpidos programas de
teleficción en los que supuestamente compiten entre sí cuatro incompetentes por
alcanzar fama como cocineros o bailarines antes que a leer a sus clásicos. La
cultura se banaliza, se desdeña y se pisotea, bajo el aplauso de una masa
enfervorecida por los gurús de la televisión, que nos vienen a descubrir que la
existencia son cuatro días, que hay que disfrutar el presente y no preocuparse
por entender nada, pues la vida no hay dios que la entienda. Y así subsistimos
bajo la presión de una gran capa de estulticia, convencidos de que lo único
importante es tener dinero, medrar sin trabajar y consumir por consumir.
No les voy a decir ahora que lean a
Cervantes, no se teman semejante cosa. Si ya es costoso, aunque pueda ser
muchas veces satisfactorio, sumergirse en la obra de un autor clásico cuando se
tiene cierta costumbre de leer novelas contemporáneas y cierta afición a la
lectura, imagínense lo difícil que puede resultar desembarcar así de repente en
una obra de la complejidad de las andanzas de don Quijote y Sancho Panza:
cuando faltan las referencias idealizadas de la novela de caballerías, los
apuntes mitológicos, los datos históricos de la antigüedad clásica, los
recuerdos orales de los romanceros viejos…, resulta casi imposible entender la
visión pesimista y desencantada, no exenta de socarronería, de nuestro Miguel
más universal.
Para acercarnos a cualquiera de
sus obras, sin embargo, también lo podemos hacer desde una perspectiva que
compartimos al ciento por ciento: tanto nosotros como el autor de “El Persiles”
sobrevivimos en una época de crisis y decepción: Cervantes, que había creído en
el imperio español y se había educado en el optimismo renacentista, no tardó en
comprender que el sueño de aquella grandeza no era sino un espejismo, una
ilusión, acaso una pesadilla, y nosotros, a quienes nos vendieron un día la
esperanza de que España iba bien y nos hicieron creer que éramos ricos porque
sí y que nos lo merecíamos todo porque nosotros lo valíamos, tampoco hemos
tardado mucho en comprender que no existe el país de Jauja y que nadie ata los
perros con longanizas, aunque sí que estamos seguros de que chorizos, lo que se
dice chorizos, hay más que unos cuantos.
Si
Cervantes tuviera la mala suerte de vivir en esta España de hoy, que le da la
espalda de modo tan flagrante como es obvio, con toda esa caterva de ladrones,
chulos, hipócritas, aprovechados y delincuentes que desde las instituciones han
expoliado al pueblo como en su época Felipe II exprimió a sus súbditos para
construir la Armada Invencible, seguramente tendría un argumento perfecto para
hacer otra novela inmortal: imaginemos a un obrero que de tanto oír hablar de
justicia social y de pactos para la gobernabilidad del país, da en loco y
decide salir a la calle a reclamar sus derechos y los de los demás. Imaginemos
a todo un pueblo saliendo a la calle para exigir esa justicia. A lo mejor don
Quijote nunca estuvo loco y los locos somos nosotros, que nos quedamos en casa
viendo la televisión e ignorando las lecciones de los grandes clásicos.
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lunes, 4 de abril de 2016
La música
Siempre he tenido un oído
enfrente del otro y mis capacidades musicales no han pasado de la percusión de
la primera infancia, cuando resulta divertido golpear el tablero de la mesa con
una cuchara, a la par que se derrama la papilla con la misma prestancia que
tiene el Papa de Roma repartiendo bendiciones “urbi et orbi”. Tal vez por eso
el único instrumento musical que he tenido en mi vida fue un xilófono de teclas
de colores vivos que me trajeron unas navidades los reyes magos de Oriente y
que aporreé debidamente con aquellas dos
curiosas baquetas que traía el kit
hasta que lo rompí o lo extravié, qué sé yo ahora. Años más tarde también llegó
a mis manos una armónica, que era de mi primo, y, aunque soplé y soplé más que
el lobo de los tres cerditos contra la casa de cemento del cuento, no conseguí
más que estridencias y algún dolor de cabeza de familiares que me miraban
torcidamente. Fue entonces, a finales de los años cincuenta, cuando se me acusó
de invocar la lluvia y causar las catastróficas inundaciones de Valencia, pero
yo lo negaré ante quien haga falta como un político de carrera.
Uno de los momentos más
dramáticos de mi infancia fue cuando el profesor de música de la desaparecida
E.G.B. hizo una audición en clase con la intención de formar un grupo musical.
Cuando me tocó repetir una secuencia de notas que me dictó de repente, me miró
como si se hubiese tragado sin masticar un rinoceronte y luego me embistió:
primero me regaló un palmetazo con la regla y luego un bofetón que sonó hasta
en la cocina donde preparaban los filetes rusos. A consecuencia de aquello, en
las clases de música siempre me sentaban al final, me endosaban un triángulo
con su correspondiente baqueta y allí me estaba hasta que le daba un golpecito
o dos y se acababa la sesión. No me lo pasaba mal del todo, porque conmigo
estaban también otros inútiles, armados con platillos, sonajas y bloques, con
los que hasta me divertía. Ni que decir tiene que mis notas en esa asignatura no
me hacían sentirme especialmente orgulloso, pero eran tiempos en que no
valorábamos ni la música, ni la gimnasia, ni casi nada, la verdad. También fue
doloroso cuando se hizo una “master class” para seleccionar txistularis entre los
alumnos de mi escuela y no me invitaron, pero a esas alturas yo ya había
comprendido que era mejor irse con la música a otra parte y prefería jugar en
el recreo al marro antes que oficiar ridículamente como adepto de Euterpe.
Nunca he echado de menos las
tardes que pasábamos en la escuela cantando aquellas canciones raras en las que
Fernando VIII usaba paletó o se moría el abuelo cuando cumplía noventa años y
su reloj de cucú ya no daba la hora. La infancia de uno está llena de tantas
cosas absurdas y sinsentido que para qué las va a añorar, si de aquello no
salieron más que dolores craneales y algún sopapo que otro.
Pero
he aquí que llega un día, un día impensado, imprevisible, inesperado, en el que
vas por ahí sin prestar atención, como un inocente, como un niño, aunque
cargado de años y sordos reumatismos, y de repente suenan los primeros acordes
de una canción, una vieja canción, una de esas que parecía que habías olvidado
para siempre, y de repente despierta en ti un algo antiguo, dormido, extraño, y
entonces, con tan solo unas pocas notas de aquellas que nunca conseguiste
entender del todo, te devuelve de pronto a aquellos tiempos en que tú no lo
supiste nunca pero fuiste feliz, y eran felices todos lo que te amaban, todos
los que te conocían, y la vida parecía detenida en sí misma, como un espejismo.
Es un momento de plenitud: toda la vida podría tener sentido en sus latidos.
Pero luego la vida empieza a correr de nuevo, desesperadamente, como en las
tontas aventuras de los “Autos locos” y se lo lleva todo por delante. Ahora sí
que sé cómo es el sonido amargo de las cosas cuando desafinan ya sin remedio.
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sábado, 20 de febrero de 2016
Extremaunción
De joven siempre tuve una imaginación desbordante. Durante mucho
tiempo creí firmemente en que no había diferencia alguna entre la
realidad y la ficción, sin duda por el peso de la educación católica que
me diluvió como un maná incesante en los estertores de la dictadura de
aquel gallego de voz meliflua y cuerpo rechoncho, bigotito cursi, y al
que no voy a nombrar porque no quiero amargarme más el día. Lo cierto es
que, si uno cree de niño sin dudar en una cosa tan compleja como es el
misterio de la santísima trinidad y en la sangre licuada de San Jenaro,
sin duda tiene derecho también a tener fe en elfos, condes dráculas y
héroes de la Marvel. Se puede admirar del mismo modo y con la misma
devoción a San Juan y sus alucinaciones conmovedoras del apocalipsis,
con sus rameras sentadas y lúbricas sobre dragones de siete cabezas,
como en el escudo a prueba de granadas y misiles de largo alcance del
Capitán América. Los disfraces de Mortadelo pueden ser tan ciertos como
la sangre derramada de María Goretti.
Sin embargo, no tardé mucho en darme cuenta de que no todo el monte
era orégano, por decirlo con una frase que aprendí en el T.B.O. Al
llegar a la plena adolescencia, habiendo alcanzado de repente el
pensamiento abstracto tal y como describe la psicología evolutiva de
Piaget, dejé de creer en todo lo que no se podía ver y tocar,
desterrando al otro mundo las creencias y fes que me habían alimentado
durante mis primeros años de vida; dije adiós con toda certeza al hombre
del saco y al coco, al ratoncito Pérez y a las películas de Disney, a
los dos evangelios y a las novelas de los cinco, todo de golpe y porrazo
y sin salvar a nada ni a nadie.
Me hice racionalista, marxista, ateo y hasta un poco filisteo. Con mis
pizcas de pragmatismo y socarronería, no tardé en comprender que tan
falsas eran las tres aventuras de don Quijote, como las desdichas por el
desierto del pueblo elegido en busca de la tierra prometida. Me iba yo a
creer que los magos barbudos de antaño convirtieran varas de mando en
serpientes o que fueran capaces de abrir el mar Rojo en dos para que
pasara por él y a lo loco una cabalgata de carnaval… Lo mismo que se
quemó la gran biblioteca de Alejandría y se hundió en las aguas de
proceloso olvido, así desaparecieron de mí el mundo remoto de la
Atlántida, el Triángulo de las Bermudas y las reliquias del apóstol en
Compostela, todo ello fruto amargo y feo de la imaginación, la
superstición y la ignorancia. A ver, si no, por qué no existen hoy los
milagros de tiempos pasados…
Y así he pasado mi vida, entre personas sensatas sin falsas
creencias ni tontas imaginaciones. En el mundo de los abogados, los
registradores de la propiedad, los directores de banco, los comerciantes
de textiles, los representantes de maquinaria industrial y los
pescadores de bajura, no hay apenas tiempo para los asuntos que no se
pueden pesar o medir; como mucho, para ir con la familia a misa los
domingos y siempre con la esperanza de tomarse después un vermú y unas
gambas con gabardina para que la salida de casa salga a cuenta. La
cartera repleta y la vejiga vacía hacen la existencia cómoda y
divertida.
Y ahora que estoy a punto de morirme me viene el cura con la
monserga de que ponga mi alma en paz con dios para, me dice, hacer el
tránsito del buen cristiano. Y le veo con esas ropas negras tan raídas y
esas manos sarmentosas, y es que siento hasta miedo de que pueda
acercarse a mí y, con ese olor a cosa revenida, pretenda siquiera
pringarme con alguno de esos mejunjes que aplican a los pobres
moribundos para congraciarlos con dios. Se lo he dicho de buenas, pero
se ha sentado a la puerta para estar preparado por si cambio de opinión,
como acecha el buitre a su víctima, así que voy a tener que llamar a la
autoridad a ver si le echan y, por esta vez, me deja ser el
protagonista de mi muerte, a la que quiero recibir con los ojos
abiertos, descreído y con el dedo corazón vuelto hacia arriba. Porque si
tuviera que recibir a un ser de ficción para cerrar mi paso por el
mundo, el elegido sería Merlín el encantador envuelto en las brumas del
viejo Camelot.
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jueves, 28 de enero de 2016
Cactus
Cuando me siento a media mañana a tomarme un café con leche junto al
ventanal, lo que más me gusta es que llueva copiosamente. Ver el agua
caer rebotando en los adoquines del suelo, embalsarse junto a los
bordillos de las aceras y saltar como un gimnasta contra el vidrio
cuando la sacude un vehículo precipitado, me reconforta y me recuerda
aquellos tiempos en que yo vivía en una ciudad de lluvia y jugaba a
sacudir los falsos plátanos hasta que volvía a casa completamente
chipiado, calado hasta la pituitaria.
Con el paso del tiempo la lluvia se ha hecho rara en mi vida de
secano, y mis sentimientos de nostalgia por las tardes de charcos y
nubes reflejadas en el suelo han brotado al mismo ritmo que mis canas.
Yo que tenía alma de sireno me conformo ahora con la breve ducha diaria y
estas observaciones matutinas al resguardo del calorcito de la
cafetería. Es como si todas mis ilusiones se hubieran quedado en agua de
borrajas, una baratija que solo sirve para regar cuatro macetas con
cuatro estúpidos cactus.
Me hubiera gustado tanto tener otra vida... Haber sido capaz de
engendrar en mí un monstruo de curiosidad que no se hubiera detenido
nunca ni ante el mayor de los horrores y se hubiera aventurado con
frialdad en un mundo sin prejuicios, con la extrema lucidez de quien no
tiene nada que justificar ni perder. Siempre en busca de la belleza,
incluso en sus formas más groseras o hirientes. Me hubiera gustado tanto
ser valiente…, aunque en el proceso hubiera perdido las manos, o la
lengua, y tuviera que tomar este café con leche haciendo equilibrio con
los muñones o sorbiendo el líquido con la ayuda de una prótesis vulgar.
Al menos ahora no tendría esta sensación de vacío ante el espectáculo
urbano del agua que cae como una maldición sobre esta ciudad muerta,
mientras maduro cómo esviejar los trapos de la decepción.
A veces fantaseo con mis ojos perdidos en la alcantarilla, allí donde
se forma un torbellino feroz que engulle los desechos tras un breve pero
brillante giro. Pienso en salir con los brazos abiertos bajo la manta
de agua y dejarme arrastrar por la corriente como un trozo de corcho,
hasta alcanzar el borde del abismo en el que acabe de naufragar mi
nostalgia. En ese último giro, en esa suprema belleza del corcho antes
de caer por el albollón, habría una pizca de vértigo, como la del niño
que sacude el árbol esperando que caiga, no ya el agua perlada en
minúsculas gotas, sino el universo entero dentro de un agujero negro.
Eso sería suficiente: un instante de densa lucidez, un relampagueo en la
desnudez antes del suicidio ritual. Pero para eso hace falta un valor
que no presta esta cafetería, este café con leche caliente, esta suma de
valores y prejuicios que me conforman desde el final de la infancia.
Ensayo unas pocas palabras, a modo de discurso un tanto peripatético,
para la despedida. Pero lo más que consigo es una sarta de lugares
comunes sobre la vida y la muerte, que me acerca terriblemente a la
sociedad tópica de la que tanto reniego y de la que soy,
desgraciadamente, parte. En este trance preferiría, incluso, no ser
humano, para no parecerme a lo que soy sino superficialmente, pero ni
eso se me ha concedido. Con lo que yo daría por un final redondo y
poético, como el del replicante de Blade Runner, soltando la paloma al
cielo justo en el momento en que reclino la cabeza sobre mi pecho y el
agua arrastra mis lágrimas. Todo esto se perderá como mi carne en el
barro, me digo, como mis cenizas en la brisa marina, para nada, lo cual
es desconsideradamente lógico porque para nada sirve.
A refugio de la lluvia termino muy a pesar mi café con leche y abono
en la barra el euro con setenta que me piden. Rechazo el vasito de agua
que me ofrece obsequiosa, yo diría que con maldad, la camarera, sin
presentir que no solo no obtendrá con ello mi propina, sino que invocaré
al destino para que le alcance una muerte seca y repentina. Menos mal
que he sido previsor y me he traído un paraguas gigante que me dieron en
una promoción de Coca Cola. Por esta vez, parece, tampoco me voy a
mojar.
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viernes, 18 de diciembre de 2015
Tiempos modernos
Cuando era pequeño me gustaba ir al cine los domingos y me divertían
tanto las películas en blanco y negro como las de color. Creo que nunca
se me hubiera ocurrido decir que el cine de Charlot me parecía antiguo o
que las películas de El Gordo y el Flaco estaban pasadas de moda; en
todo caso me hubiera ganado un buen soplamocos por no valorar
debidamente el genio de los demás. Ni entonces ni ahora me parece que
las películas de los grandes del cine mudo fueran antiguallas que no
merecieran mi atención; más bien al contrario, aun hoy me encanta
revisar de vez en cuando “El maquinista de la general” de Buster Keaton o
la magnífica “El gran dictador” de Chaplin, tan llenas de valores,
certezas y fe en el futuro del ser humano. Nada me indigna más, ahora
que estoy en el otoño de mi existencia, que esos niños repelentes que
consideran antigua una película de 1999 y que se niegan sistemáticamente
a conocer su pasado, como si hubieran nacido espontáneamente en una
lechuga galáctica.
Es cierto que los tiempos han cambiado mucho. Si mis abuelas
levantaran la cabeza se sorprenderían con todo ese ejército de zombies
que llevan la suya agachada y fija en la pantalla del móvil, sin
enterarse de los lugares por donde pasan ni de las caras de las personas
con las que se cruzan todos los días. También se alegrarían, claro, con
esto de la democracia participativa, ellas que se pasaron parte de sus
vidas bajo una dictadura que todavía no ha sido condenada unánimemente.
Desgraciadamente apenas tuvieron alguna vez derecho al voto, lo que no
quiere decir que no tuvieran conciencia política. Llamadas a las urnas
hoy, no creo que votaran con miedo a perder comodidades materiales,
ellas que tuvieron tan poco y tanto se esforzaron para vivir con
dignidad de su trabajo. Dudo que fueran conservadoras, dudo que apoyaran
un gobierno de corruptos, prevaricadores y ladrones pensando que así
garantizaban su exigua pensión de viudas. Dudo que fueran cobardes. Pero
su integridad y su entereza ya no serían de estos tiempos.
El sistema político de esta España antigua y señoritinga se ha quedado
bastante obsoleto. Es más antiguo que el cine mudo. Se lee uno
cualquier novela de Pérez Galdós y se encuentra que en el siglo XIX ya
existía esta mamandurria de partidos políticos alternantes que cambiaban
cíclicamente para que no cambiase realmente nada. Y lo que es peor,
para que después de tantos años de alternancias, la sociedad se viese
inmersa en una crisis tan seria como para que todo el país entrase en un
coma generalizado que, no sé por qué, tanto se parece al que ahora
mismo nos sacude y nos acongoja.
Y será porque no me resigno, pero no me parece que ejercer el voto una
vez cada cuatro años sea realmente una democracia participativa, más
cuando el voto lo secuestran los partidos para sus fines particulares
mientras dicen que los legitimiza el resultado en las urnas. Si voto a
un partido, no quiero que durante cuatro años haga lo que quiera con mi
papeleta; yo quiero tener la oportunidad de controlar, supervisar,
gestionar mi elección y, si fuera el caso, retirar el apoyo a quien
miente, manipula y roba amparado en él.
Por eso soy partidario de una reforma global de la democracia para que
sea realmente participativa; ahora que todos tenemos móviles, acceso a
internet, wifi y mil formas de comunicación tecnológica, ahora que
tantos de nosotros no despegamos la cara de la pantalla de la tablet,
del ordenador, del smartphone, ahora sería un buen momento para una
revolución tecnológica y política de primer orden: para que esta
democracia lo sea realmente y no secuestre los votos de los ciudadanos,
propongo que todas las leyes del gobierno decisivas sean votadas inmediatamente online por todos los ciudadanos de nuestro país, para que el ciudadano decida realmente.
Las elecciones cada cuatro años son un mal pasado, un tiempo antiguo,
que debe ser superado cuanto antes. Seguro que nuestros políticos no
quieren que decidamos tanto y eso es porque prefieren gobernar sin
nosotros como en el despotismo ilustrado. Pero yo quiero tener la
dignidad de mis abuelas y vivir entre gente honrada y comprometida, con
la fe en el ser humano del cine mudo, alejando del poder a todo aquel
que no merece nuestra confianza. Exijo una política moderna y
transparente para un país que se merece ya salir del siglo XIX y de esta
alternancia de poder rancia y desvergonzada.
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domingo, 29 de noviembre de 2015
Otoños
Los poetas románticos vistieron el otoño con ropajes de hojas caídas y
frutos asados en la lumbre. Eran tiempos de hambrunas y en su mayoría
ellos no las padecían como buenos parásitos de las clases pudientes.
Solo los ricos podían dedicarse a actividades sin sentido práctico, como
la filosofía o el arte; para lo demás, ya estaba el vulgo, encargado de
producir la riqueza a la que no tenía acceso por la injusticia mundana.
Eso sí, la poesía ensalzaba a los rebeldes y alentaba una revolución
campesina, que luego sería obrera y que iba contra los mismos parásitos
que la arengaban desde posturas estéticas y elitistas. Era el romántico
un claro ejemplo de elegancia mundana, clase y hastío vital, lo que no
siempre, por desgracia y como ejemplo de graves contradicciones humanas,
acababa en un suicidio glorioso.
El otoño, no obstante, es un tiempo oscuro, casi lúgubre. A las tardes
brevísimas y los primeros fríos, se unen como en un puzzle las
enfermedades, las depresiones, el desaliento… A nadie en su sano juicio
se le ocurriría empezar una guerra con el inicio del mal tiempo o
confiar en un enamoramiento que no tuviese un porcentaje de horas de sol
más que mediado; a las grandes empresas les convienen los brotes de
juventud, la luminosidad, el brillo efímero de la plenitud física. Tal
vez por eso, y por esa cercanía a la muerte que se presiente hasta en el
refranero (“Por Todos los Santos nieve en los altos”), el otoño viene
acompañado de historias de terror alrededor de la chimenea; cuando todo
está oscuro y el viento ulula entre los árboles del bosque,
los relatos de muertos vivientes y zombies, criaturas arrojadas al mundo
desde los límites del más allá, alimentan las pesadillas de los seres
humanos condenados a largas noches sin sueño en las que crepitan los
muebles y los demonios rondan las cabeceras de las camas de los recién
nacidos.
El otoño es un viejo verde vestido con hojas de parra al que se le ve
el trasero cuando se agacha a levantar las faldas de las mozuelas. Tiene
las digestiones lentas y la cabeza repelada de tiña y mugre. Sonríe con
dos dientes mal pareados y te mira esquinado con un gesto bizco y
desafiante. Se diría que te podría morder como un perro en cuanto le
dieras la primera patada, aunque se dejara la caries en tu muslo. No
parece elegante al modo romántico; más bien, es un defecto derivado del
hambre, los malos hábitos, el exceso de trabajo y la rijosidad. Lo
celebramos como se merece un único día y luego lo escondemos con sus
calabazas y harapos en lo más profundo de los trasteros, de donde no
sale si no es para el cementerio.
Sin embargo, hay quienes creen que ya no hay otoños. La misma gente
que cree en Batman, en dios, en el deshielo del Ártico (como si no
hubiera Antártico también) y en los beneficios para la salud del jamón
serrano (la OMS es mala remala y solo busca torpedear la economía del
país del ibérico y el lacón), te puede decir de buenas a primeras que
estos tiempos ya no son como los de antes: para tal cosa, lo primero es
ser decididamente mayor, pues, si no, a santo de qué se podría hablar
con experiencia de hogaño; y lo segundo es tener mala memoria, porque
mira que no hay cientos de cuadros de otoños verdes y marrones entre los
pintores realistas del siglo XXI, que como todo el mundo sabe son los
que más se venden en las exposiciones porque, junto con las marinas,
quedan muy bien en los salones de las chalets adosados.
Que el otoño existe lo saben mis huesos, que lo anticipan con esos
malestares cíclicos que piden cama y calorcito. Lo aprovechan también
los publicistas, que te venden miles de aparatos para que te quedes en
casa viendo la tele mientras pedaleas, corres o te masturbas bajo la
manta. Es conocido por los ladrones a domicilio, que entran en temporada
baja en cuanto triunfa octubre y cambian las casas por las calles
tumultuosas, los bares y los centros comerciales en fin de semana. Y lo
descubrieron muy pronto, también los poetas románticos, que se sentían
juguetes del viento y se despeñaron con las hojas por paisajes que
comprendían la melancolía y la desesperación.
He tratado de cerrarle la puerta, pero el otoño ya se ha instalado en
la parra del jardín y me temo que no tardará mucho en enseñar las
vergüenzas de la pared desnuda.
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sábado, 24 de octubre de 2015
A tiempo
Me cansan los tópicos, me aburren profundamente. No hay nada que
me desmotive más que esa gente que se queda mirando a los ojos con
intensidad, como si de verdad entendiera algo de lo que pasa, para
liquidar las expectativas de una conversación inteligente con un “poco a
poco” o “ya verás cómo se soluciona”. En esas ocasiones estoy seguro de
que un perro me comprende mejor y, además de la fidelidad y el afecto,
no me carga con tales majaderías; un perro como mucho me saca la lengua y
espera que le lance la pelota para ir a recogerla, y hasta se divierte y
me divierte. Pero esa gentuza de frases hechas e ideas publicitarias lo
invade todo y me tortura con sus “que tú puedes” y “más se perdió en
Cuba”, como si a mí me importara un pimiento la geografía mundial, sus
accidentes y clima.
Yo sé que la mayoría, cuando se separa de sus parejas, después de
haberlas amado hasta el abuso, estrujado, exprimido, desecado y
aniquilado, trata de dejarlas atrás lo antes posible, intentando tan
solo conservar el odio a quien no supo valorar la calidad de su persona;
ponen tierra de por medio, ponen de por medio a los hijos para crear un
colchón de desafecto que haga olvidar los tiempos primeros del sexo,
ponen de por medio a los abogados, las sentencias de divorcio, los
acuerdos de negación y menosprecio… “No sabes cómo me maltrataba”, “era
cruel y egoísta”, “me exigía una perfección que para sí quisiera”, “me
hacía sentirme inferior”, “con nuestros amigos siempre me ridiculizaba”…
Las mismas cantinelas para los mismos fracasos, clavos que no sacan
otros y moras cuyas manchan no salen ni con la muerte.
Por eso tengo fama de huraño. No me gusta relacionarme con el mundo
para hacer pronósticos del tiempo, criticar al presidente del gobierno
por más tonto que sea o predecir quién de los de siempre ganará la liga
de fútbol; más bien, en un ejercicio de cinismo, prefiero incomodar a la
concurrencia preguntando yo si recuerdan quién era el ministro de
cultura español en el primer gobierno de Felipe González, si llovió
mucho en la primavera de 1988 o en qué año ganó la liga el Real Betis
Balompié. Reconozco que casi nadie lo sabe o lo recuerda, pero es que
vivimos en un tiempo sin memoria y por eso este pueblo está condenado a
repetir los mismos errores y a que le tomen el pelo los tuertos del país
de Nunca Jamás.
Algunos dicen que soy un rebelde, otros que un misántropo, los más
que estoy “como una cabra” y que me deberían poner la camisa de fuerza
antes de que me estalle la chola y cometa “una barbaridad de esas que
salen por la tele en las noticias”. Lo cierto es que me gusta
expansionarme y salirme del carril preestablecido, ver las cosas del
revés, casi siempre del lado más cómico y darle una patada de vez en
cuando al trasero de la autoridad. No diré que no haya tenido
problemillas, pero eso es lo menos cuando uno decide opinar de verdad y
no callarse nada de nada. Pues no ha llovido ni nada desde que mi madre
me dijera aquello de “tú escucha y calla”.
Pondré un ejemplo, tonto, pero que es muy ilustrativo de cómo se
puede vivir en la cuerda floja, sin red y dando la cara. Desde hace
cuarenta años, cada cierto tiempo me toca renovar el carné de identidad
como a cada hijo de vecino, pero para mí es un momento sublime,
importante, generoso... Me hago una sola foto, la primera que me toman,
sin retoques ni mejoras, y hago veinte o treinta copias, según los
tiempos. Después, a cada una de las personas que han sido importantes de
verdad en mi vida y a las que ya no veo por decisión propia o ajena se
la mando por correo para que vean de primera mano en lo que me ha
convertido el paso del tiempo. Evito decir cosas tales como “mira lo
bien que me ha tratado la vida” o “¿a qué estoy igual que entonces?; si
no quiero mentir, lo que no ocurre siempre porque mentir es muy
divertido, lo que anoto es una verdad como un templo: mira bien la foto y
da gracias a dios, porque de este pobre imbécil es del que te libraste a
tiempo.
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miércoles, 23 de septiembre de 2015
Ma non troppo
La vida es pura rutina, aburrimiento y tedio, hasta que un día deja de
serlo. Nos pasamos media existencia tratando de convertir el caos en
costumbre, haciéndonos a la idea de que hemos domesticado al tiempo y a
la naturaleza, hasta que, de repente muchas veces, o como en un zarpazo
brutal en otras, nos damos cuenta de que estamos enredados en una
telaraña viscosa de acontecimientos raros y nada deseados. Ya nada será
como fue; nosotros, los de entonces, ya no seremos los mismos.
A mí me ocurrió un miércoles de enero, después de una noche de liga de
campeones en la que había ganado mi equipo. Lo celebré debidamente
bebiéndome un par de copas antes de irme a dormir a pierna suelta
pensando que ese año sí, ese año por fin ganaríamos la liga de los
campeones. Dormí, ronqué, soñé cosas agradables que ahora no vienen al
caso, y me desperté como se levanta un triunfador: pensando en cómo
entraría en el trabajo con la camiseta de mi equipo como signo de
superioridad. Lo que iban a sufrir con mi alegría, con mi saber estar
comedido, de gente de mundo y éxito. Y si no hablaban, peor para ellos,
porque el tema lo pensaba sacar yo con cada frase; solo era cuestión de
ingenio y de estar como un cazador avezado a la que salta. El resto era a
cuenta de la casa: me lo iba a pasar pipa.
El primer paso era llegar con un aspecto impecable, de dandy, para que
quedase claro quién cortaba esa mañana el bacalao. Pero fue muy raro,
todo muy raro, desde que entré en el cuarto de baño. Por el grifo, en
vez de agua, ese agua insípida que tanto me aburre en general, empezó a
salir un líquido amarillento, ligeramente anaranjado, que yo no sabía si
era pis o los restos de una tormenta. ¿Cómo me afeitaba yo entonces? ¿Y
la ducha matutina? ¿Me esperaba ir hecho un guarro al trabajo y la
mirada despectiva de todos ante la negritud de mi rostro y la falta de
brillo en el pelo? La idea era molesta, estomagante. Pero entonces noté
algo peculiar, un olor como a pimienta, a planta tostada, a burbujeante
alegría, y no tardé en comprender que lo que salía por el grifo, ¡oh
sueño del pobre y del dipsómano!, era una cerveza rubia, concentrada y
sabrosa que estaba diciéndome que me la bebiera gratis y sin
contemplaciones.
Como a las seis de la mañana es muy pronto para empezar a hacer
libaciones a los dioses, al menos en mi casa, me quedé perplejo, eso sí
solo después de empezar a llenar cacharros de plástico y metal por si el
prodigio no duraba mucho, que a la ocasión la pintan calva. Cuando
también la bañera estuvo llena, comprendí que la ducha se había
convertido en una entelequia y que, o me peinaba el tupé con el zumo de
malta, o me iba a trabajar con el pelo pegado tipo mala noche y qué se
le va a hacer, no siempre salen las cosas como uno quiere. En esas
estaba, cuando se me ocurrió que aún no había probado ni una gota del
prodigio y que a lo mejor todo era un espejismo, como en los cuentos de
las mil y una. Me pellizqué varias veces en el muslo, hasta que me dolió
tanto que me pareció que ya estaba bien de hacer el jamelgo, y le di un
sorbito al vasito del cepillo de dientes. No solo era cerveza, ¡estaba
fresquita y era rica rica!
El resto lo cuento porque me lo contaron, pero mejor me lo callaba y
estaría más guapo. Dejé la casa abierta y me la saquearon durante la
ausencia, me salté varios semáforos en rojo y acabé empotrado en el
edificio de la Sony, antes de darme a la fuga por las calles, perseguido
por un ejército de coches policías con sirenas amenazantes. No sé cómo,
porque esto no me lo han dicho, llegué a mi oficina, con la cabeza
sangrando y varios cortes en los brazos, borracho como una cuba y viendo
doble, solo para darme cuenta de que, en mi inconsciencia, me había
olvidado la elástica de mi club del alma y cómo todos se daban codazos
de complicidad. Nadie aceptó mis explicaciones, ni mis familiares ni mis
amigos, y el juez no tuvo en cuenta los atenuantes para su veredicto. A
los ojos de todos he quedado como un farsante, pero les juro que no
miento, que el episodio de la cerveza ocurrió y mi condena es injusta.
Por el amor de Dios, ¡hagan un change.org y libérenme!
viernes, 14 de agosto de 2015
Fujiyamasplit
-Los occidentales sois ingenuos- me había espetado la
japonesa, mientras se subía los trousers como un estibador.
Pero sus provocaciones no le servirían.
“No es tan adolescente como quiere aparentar, casi no
tiene mofletes”.
Convertir su ausencia de carrillos en words fue el
impulso que necesitaba para abandonar el postre.
Balanceé las piernas, me impulsé con el coxis y me curvé
en un estadio olímpico. My last train. Un golpe contra el suelo, varios
aplausos furiosos.
“Estoy lejanísimamente, en la región del ajenjo”, me dije
para animarme.
But la nipona tarareó la melodía. Llovían dollars
americanos.
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