viernes, 14 de agosto de 2015

Fujiyamasplit




-Los occidentales sois ingenuos- me había espetado la japonesa, mientras se subía los trousers como un estibador.
Pero sus provocaciones no le servirían.
“No es tan adolescente como quiere aparentar, casi no tiene mofletes”.
Convertir su ausencia de carrillos en words fue el impulso que necesitaba para abandonar el postre.
Balanceé las piernas, me impulsé con el coxis y me curvé en un estadio olímpico. My last train. Un golpe contra el suelo, varios aplausos furiosos.
“Estoy lejanísimamente, en la región del ajenjo”, me dije para animarme.
But la nipona tarareó la melodía. Llovían dollars americanos.

domingo, 19 de julio de 2015

Cuadriculado



   No se trata de que tenga una vida cuadriculada, sino de que no me gusta improvisar, que no es lo mismo. Se lo digo, doctor, porque usted, en ocasiones, ha puesto en duda mis hábitos y mis costumbres, aunque ahora lo niegue con la cabeza y se sonría con ese gesto de prepotencia que tanto he llegado a odiar en el transcurso de estas sesiones. Usted no lo sabe todo, acabáramos, ni puede conocer a ciencia cierta las ideas que se retuercen por los laberintos de mi mente, día sí y día también. Ni soy un libro, ni me puede usted leer, por más que me trate de convencer de lo contrario. Y si tiene alguna vaga idea del atlas de mi cerebro, se debe, no a su inteligencia, que hasta se podría dudar de que la posea, sino a que en ocasiones le he cartografiado para no desanimarlo del todo algo así como la ruta de la seda de mi pensamiento, aunque le haya puesto trampas en el recorrido como Ayers Rock y el Gran Cañón del Colorado. Sí, me divierte cuando pica y se le queda la cara de atorrado que debía de tener antes de empezar su licenciatura universitaria. Es parte del juego, en el que, ya ve, cabe la improvisación. Pasa que entonces resulta que es a usted al que no le gustan estos giros inesperados del arroyo de la conciencia. Me temo que está usted hecho un alemanote de los pies a la cabeza.
   Le voy a poner un ejemplo: si usted me llama por teléfono dos días antes de la consulta y me propone posponer la cita porque, digamos, ha conocido una muchacha en un bar y en la fogosidad de los primeros encuentros no puede apenas salir de la cama para ir a la ducha o a la farmacia, pues a mí no me importa un pimiento si entra o si sale, cuántas veces y cómo. Cambio la anotación en mi agenda y me quedo tan tranquilo, incluso más porque he tenido la fortuna de atrasar un poco estas estúpidas conversaciones por las que percibo una ayuda social tan exigua como su amabilidad para conmigo. Pero, si por el contrario, se atreve usted a interferir en mi independencia llamándome por teléfono con la absurda intención de adelantar la fecha de la consulta porque, digamos, tiene que atender un asunto familiar en Holanda y las fechas no son negociables, ya sabe asunto de notarios, abogados y administraciones públicas, pues no espere de mí más que una patada en el trasero, porque no habrá nada, pero nada en el mundo, que me haga modificar una cita ya establecida debidamente para que se acomode a sus intereses.
    No, a mí no me importa que me llame egoísta. Es lo que soy y se lo reconozco abiertamente. Yo no vengo a verlo por gusto ni por placer. Estoy aquí porque el juez me impuso esta penitencia si quiero percibir la cantidad con la que malvivo todo el mes; y bastante es que tenga que verle el rostro cada quince días, como para que encima pretenda que lo haga con alegría, colaboración y afecto. Es usted verdaderamente un ser abyecto, entregado como un idiota a esa tonta actividad de tratar de comprenderme, como si eso fuera posible para usted, que no pasaría nunca de las primeras líneas de “American Psycho” porque le ahogaría su falta de ética. El mundo está mál hecho, sí, ya lo sabemos, pero usted no está capacitado para cambiarlo, ni mucho menos para sobrevivir en él más de dos domingos de ramos. 
   Mientras hablaba, usted ha estado tomando notas y dibujando esas extrañas cuadrículas con las que trata de ocultar su nerviosismo ante el desprecio que me merece. Le parecerá mentira pero si lo compara con el de la semana pasada, si es que sabe qué fue de él, verá que es prácticamente el mismo, porque la conversación es prácticamente idéntica y el dibujo también. No me diga que no se ha dado cuenta. Resulta usted bastante previsible, incluso cuadriculado me atrevería a decir, si no fuera porque es ahora cuando me pone ese rictus de mala leche con el que pretende asustarme y me dice amablemente, ¡qué civilizado!, que ya es la hora y que vuelva dentro de dos martes, si no hay cambios. Y usted ya lo sabe: llámeme solo si tiene que posponer la consulta; si no, más vale que no salga a establecer contactos sociales en ningún bar.



lunes, 29 de junio de 2015

Reencuentro



Recorrí más de dos mil ochocientos kilómetros en coche para llegar a las doce de la mañana del día 6 de julio a Pamplona. Podría parecer que huía de algo o de alguien, pero lo cierto es que no quería cumplir los veinticinco años sin alcanzar un sueño: fundirme en rojo y blanco con la ciudad que aprendí a amar en reportajes de viajeros célebres, en bandas de música y en el cine. Viví los encierros en la calle Estafeta, los desayunos de chocolate con churros, el kalimotxo del tendido de sol en la plaza de toros, las noches de borrachera de la parte vieja… Y perdí la noción del tiempo, del mundo, de mi personalidad, hasta el punto de que durante varios días no supe quién era ni dónde había aparcado el coche. Dormía poco y a deshoras; el sitio no importaba y la compañía era tan cambiante como aquella gente con la que compartía las cervezas. No era nadie y, sin embargo, podía alcanzarlo todo tan solo con intentarlo. Cuando la ciudad se deshizo en el postrero pobre de mí, recuperé por fin cierta lucidez: era libre. De ninguna manera llegaría ya a casarme el 10 de julio en Bergen.

jueves, 18 de junio de 2015

La cultura


 Hay días en que uno no gana para disgustos. Se levanta tan contento de la cama, aun habiendo dormido mal, enciende la radio y a partir de ahí todo son malas noticias: que si a fulanita le han imputado por un caso de corrupción, que si no habrá acuerdo para la constitución del nuevo gobierno de la comunidad porque muchos vienen del equipo anterior y están más pringados que el pañal de un bebé, que si van a subir otra vez los precios de la luz, que si los jóvenes siguen abandonando España a la busca de un trabajo digno en cualquier otro lugar del mundo… Lo primero, claro, es calcular cuánta merma supone al raído subsidio de jubilación la nueva tarifa energética y decidir qué lujo, si es que me queda alguno, puedo dejar para no tener que vivir a oscuras, como dicen que subsisten miles de familias en Grecia y algunas aquí mismo. Al no poder prescindir sin serios peligros para mi salud de ninguno de los medicamentos que se llevan una buena parte de mi peculio, esta vez será el café, uno de mis últimos amigos, el que más me anima, el que caerá en esta batalla contra la miseria. Tantos años trabajando de sol a sol para levantar el país y ahora me toca luchar contra las aves de rapiña que, poco a poco y sin guerra civil, están asolando la patria y destruyendo cínicamente a sus habitantes. Me siento víctima de una guerra subrepticia que el gobierno, claro, siempre negará.

Por la tarde y para olvidar, me voy un rato al casino. No tengo la cabeza ya para jugar al dominó, por lo que me siento un rato a ver cómo se desenvuelven otros y la cara que se les queda cuando no pueden endosar el seis doble. Estoy a gusto porque, afortunadamente, ya no se puede fumar en la sala de juegos y gracias a esa ley el casino poco a poco ha dejado de oler a humedad y a humo rancio. El que quiera fumar, puede salirse un rato a la calle y darle allí al vicio, que hace falta ser idiota, me digo, para quemarse la salud mientras el gobierno saquea las carteras de los enganchados a la nicotina. ¡Vaya ruina de droga legal! En el casino se está bien: en invierno tienen una buena calefacción, organizan charlas y hasta nos dan algunos regalos promocionales. El año pasado, sin ir más lejos, hubo un mes en que nos llevamos a casa maquinillas de afeitar, pañales, desodorantes, latas de fabada de las de abrir y calentar, y hasta participaciones de lotería por asistir a una charla sobre la Thermomix. No nos tocó ni el reintegro, pero esa semana tuvimos al menos una ilusión.
Con el tiempo y la costumbre, es la verdad, me he hecho un especialista en muestras gratuitas y regalos promocionales. Se ahorra mucho dinero con un poco de imaginación y algo de jeta. Lo mejor es lo de asistir a las inauguraciones de exposiciones: quedo con un par de viudas que no se pierden ninguna y, juntos los tres, como si fuéramos expertos compradores, nos presentamos en la muestra con la mejor de las devociones; con una actitud casi mística, ensalzamos los cuadros, que casi siempre son de manchurrones de lo más colorido o de paisajes cursis, caballos de color canela y mujeres desnudas que no se sabe hacia dónde miran. Nosotros, en cambio, no le quitamos ojo al catering y generalmente nos vamos a casa cenados y satisfechos. Alguna vez hasta dando algún traspiés por causa del tinto.
Esta tarde, en el casino, hacia las siete, se presenta un libro de poesía que ha publicado la concejala de asuntos sociales. Creo que viene acompañada del editor, con el que algunos dicen que tiene un lío, y del presidente de la asociación de escritores del municipio, con el que se rumorea que también tiene un affaire. Oficiará de maestro de ceremonias el presidente del casino, a la sazón también ex marido de la poetisa. Me han dicho que son poemas de amor la mar de irreales, llenos de amor puro y limpios de polvo y paja, que no tienen nada que ver con el mundo que sufro a diario y que está lleno de traiciones, facturas y embargos. Pero al final, me animo, me voy a dar un homenaje de tortilla de patatas y canapés de jamón. ¡Viva la cultura!

lunes, 1 de junio de 2015

Espejo




    Al terminar el capítulo siento un dèjá vu. Me ha parecido que viajo solo en el vagón de cercanías. Me levanto para comprobarlo: en el asiento de detrás encuentro a un único usuario, muy joven, que lee concentrado “Extraños en un tren”. Curiosamente es el mismo que voy releyendo. No tardo en comprender que el chico soy yo mismo, hace muchos años, cuando compré la novela que ahora en mis manos aparece gastada por el tiempo. ¿Y si le informara de todo? Cuando me arrepiento, no me da tiempo suficiente para sustraerme a su mirada perspicaz. Estoy perdido.

(Microrrelato finalista en el II Certamen Solidario de Microrrelatos Ciudad de Redován 2015).




miércoles, 13 de mayo de 2015

XIII Edición de Teatro Mínimo Rafael Guerrero







Esta mañana, 13 de mayo de 2015, he recibido el libro de la XIII edición del "Certamen de teatro mínimo Rafael Guerrero", cuyo premio me fue concedido en el año 2011. No voy a poder asistir a su presentación, que será en Chiclana de la Frontera (Cádiz) el próximo 23 de mayo La obra ya se representó en Chiclana en abril de 2012 y la podéis ver, si estáis interesados, en el siguiente enlace (solo dura unos minutos): http://cristalesrotoseneleden.blogspot.com.es/2013/03/dos-en-un-coche.html

martes, 28 de abril de 2015

Los domingos



 





 ¡Qué aburridos son los domingos! Por más que les busque alguna actividad interesante, siempre me resultan monótonos, estúpidamente sobrantes. No entiendo ese afán de las gentes por machacarse en una bicicleta o andando cientos de metros, cronometrando y calculando como anoréxicos el gasto de calorías, para luego juntarse en el bar de la esquina a tomarse unas cañas con aceitunas, patatas fritas, choricillos y boquerones en vinagre; encima, en la calle, de pie y arrejuntados como barraganas, para poder fumar en un espacio de dos por dos y el humo al cuadrado. Y luego, el resto del domingo, mirando la tele desde el sofá del televisor, que no falta el telefilme de serie B con familia maltratada o destrucción del mundo por ondas electromagnéticas, y aún menos el partido de fútbol del siglo, en el que siempre hay al menos dos que se juegan la liga, aunque al final la familia siga maltratada por los impuestos gubernamentales, el mundo no se destroce nunca del todo y el resultado de la liga se posponga otra sempiterna semana más.
   Hubo una vez, cuando era un poco más joven e indocumentada, que traté de sumarme a esta corriente dominical, de descanso sin descanso, pero de mucho aburrimiento y pautas conocidas. Pasé por grupos de excursiones por la sierra, rutas por pueblos pintorescos, bailes orientales, taichí, prácticas de esgrima y estimulación de la musculatura en el agua, para llegar a la conclusión, mientras me tomaba el enésimo aperitivo con los sinsorgas con los que compartía las mañanas, de que estaba hasta los mismísimos de la mens sana in corpore sano y de las cañas con tapita. Y qué decir del desvarío de la televisión por las tardes: documentales de leones rugiendo por el dominio de un trozo de sabana, héroes blancos y musculosos empeñados en salvar a la humanidad del ataque de aliens feos como satanases o de extranjeros de acentos imposibles y más feos aún que los propios aliens, mujeres engañadas por modélicos agentes inmobiliarios que al final tenían una triple vida o trataban de matarlas por eso de la testosterona masculina. Todo un horror, y eso que no veía nada, pero nada de nada, de fútbol.
   Me cansé de esos domingos de huida hacia adelante, en que lo fundamental, parece, es olvidarse como sea del lunes, aunque al final el lunes te alcanza de todos modos como te sorprende la caducidad del pescado congelado y acaba en la basura. Esto no me pasa más veces, me decía, y dicho y hecho: afronté los domingos de otro modo, con otra filosofía de la vida, que es lo mejor para el cutis y el ánimo. Una amiga me invitó en una ocasión a su casa para comer con ella y un grupo de viudas, y luego echar una partida de cartas, de esas larguísimas, en las que te pases horas contando puntos, mirando esquinadamente la cara de tus adversarias para saber quién te la va a jugar y cuándo, sorprendida de lo astuta que puede ser la raza humana con un juego de naipes en las manos. Al principio no entendía nada, ni atendía a la conversación, pero poco a poco, no sin sufrir humillaciones incontables para una novata, me hice con un poco de claridad en el juego y me gané alguna enemistad que otra por reírme en demasía la última.
   Lo peor vino después, cuando también atendí a la conversación de mis santas compañeras de juego. Resulta que, entre punto y punto, antes de asestar sus puñaladas al resto, se dedicaban a hablar de política, eso sí, a un nivel indefinible: sus mayores preocupaciones estaban en ese partido nuevo que les iba a quitar la, congelada pensaba yo, pensión de viudedad y que, según decían, pretendía también quitar la propiedad privada. Ahí fue cuando más me indigné y les di un par de cortes de mangas: no tenían casi para pagar la hipoteca, ni apartamento en la playa, ni dinero en el banco, no tenían dónde caerse muertas, a no ser por una baraja de Fournier que las salvaba de la nada más absoluta, y estaban preocupadas porque les quitaran lo que no habían poseído nunca y nunca tendrán. Qué estúpidas, por dios, qué burras. Acabé por marcharme dando un portazo, porque esa estrategia del miedo tampoco me servía para superar el tedio de los domingos.

jueves, 19 de marzo de 2015

La absurdidez



Hay un momento en el día en el que no puedo hacer más. No se trata de que no tenga nada que hacer, claro, sino de que estoy tan cansado, tan harto, que todo se me hace un mundo, cuesta arriba, como una tarea de titanes, pero no para alguien hecho de carne y hueso, humano y débil al fin y al cabo, como yo mismo. Habrá quien me tachará de flojo, considerando que sus fuerzas son más y que la vida no le parece tan fatigosa, tan absurda, pero a ese le diría yo que su opinión me importa un pimiento y que, andandito el tiempo, ni se va a sentir tan joven ni tan entusiasmado por la estupidez de la vida diaria. Nada desencanta más que esta sucesión de días y días, unos tan parecidos a los otros, en los que nos aferramos a sobrevivir en una oleada de basura en movimiento, como si fuéramos el insecto caído en el cubo de leche, del que solo saldrá, para su desgracia, con las patitas mojadas y bien estiradas.
Es en esos momentos de cansancio supino en los que me da por pensar en la vida, en mi vida, y no encuentro motivo para la alegría, como si la divinidad me hubiera encargado encontrar cinco hombres justos para no destruir el mundo y yo no fuera capaz de hallar uno ni en mi propia casa. Corruptos, pederastas, usureros, ladrones, difamadores y maledicentes, canallas, violentos y violadores, ultrafanáticos del fútbol y explotadores de niños, toda una caterva que representa a la humanidad como un guante y que se cuela hasta en tu casa gracias a los benditos mercachifles de los medios de comunicación. ¿Para qué mover un dedo? ¿Para qué hacer otro esfuerzo más si siempre hay alguien que se va a beneficiar dolosamente de nosotros, si nos va a machacar a impuestos, deducciones, reducciones de sueldo, aumento de horas de trabajo…? Al menos, los seres humanos de otras épocas tenían fe en un mundo justo, ese más allá que les esperaba para reconfortarles de todas las penalidades sufridas en este charco de sal y mierda. Pero cuando no te queda ni ese consuelo, ¿qué sentido tiene la mera supervivencia, ese fluir de días, uno tras otro, sin mejores perspectivas? Hubo un tiempo en que me dio por meditar, esto es, poner la mente en blanco, respirar profunda y relajadamente, y dejarme llevar por la nada. Quería creer que, si no tenía deseos ni esperanzas, mi parte espiritual, aunque el cuerpo estuviera sobrenadando en la leche descompuesta, encontraría la plenitud, se fundiría con el cosmos, alcanzando un estado de beatitud que podría consolarme del tráfago del mundo y su mercadeo de necesidades. Lo intenté, juro que lo intenté, pero al final siempre regresaba al recipiente de la mala leche, en el que me ahogaba igual que antes, pero sin la fortuna de llegar a morir, que para eso sí que hay que tener dos narices y saber renunciar a todo de forma total y definitiva.
De modo que tuve que afrontar la verdad: la vida me parecía una verdadera mierda, pero morirme tampoco era lo mío. Debía de funcionar eso de lo que hablan algunos científicos y que han bautizado como instinto de supervivencia, un instinto que te impulsa a seguir adelante te pase lo que te pase, por muy desagradable que sea el asunto que te parta en dos como un rayo de Zeus. ¡Viva la gallina con su pepita!, como decía el viejo refrán castellano. O la mosca sin alas, el parado sin subsidio, el viejo sin dientes ni pan duro…
Hay muchos momentos del día, cada vez más frecuentes y más duraderos, en los que me es imposible hacer nada más. Hasta estar sentado en silencio y a oscuras me resulta harto desagradable, porque me toca soportar el peso de mi propia absurdidez, porque no quiero nada ni espero nada, pero mi corazón y mis entrañas siguen funcionando como si aún las necesitase alguien, y se esfuerzan en mantenerme sano y pimpante para nada, en lucha franca y desigual con mi propia conciencia. Cada latido me parece la dolorosa demostración de que la vida se empeña en perpetuarse, de un modo ridículo, incluso cuando ni hay vida ni deseo de que la haya. Así la muerte resulta esquiva, ajena y poco convincente. Al menos para mí.