domingo, 8 de abril de 2012

Estela

 

   Estela se sentaba en la última fila de la clase y me escrutaba con sus ojos oscuros como si no me hubiera visto nunca. Desde mi mesa hasta la suya habría unos siete metros de distancia. Como no podía acercarme a ella, me tenía que contentar con mirarla y me quedaba sin saber si tenía ojeras o es que se había maquillado con uno de aquellos perfiladores negros que tanto usaba. Lo cierto era que Estela me gustaba, me gustaba mucho, de una manera en que no me había gustado nunca antes ninguna compañera de clase, pero también era verdad que ahí estaba mi penitencia, pues solo compartíamos clase de desdoble de inglés y el resto del tiempo estábamos en aulas diferentes.
    La maniática de la profesora, la Sole, nos obligaba a sentarnos en clase por orden alfabético, por lo que Estela se sentaba con Patricia la roja y yo tenía por compañera a la Chelo, simpática y buena conversadora en inglés, que me mareaba con sus okeis y sus veriguels. Como aquella era mi única oportunidad de verla en todo el día, me había acostumbrado a sentarme de medio lado y a no dejar de mirarla. Con el tiempo, me di cuenta de que Estela también me miraba, supongo que con curiosidad, la mayor parte del clastaim. Pero, aunque yo le sonreía de vez en cuando, con una mirada tierna que la Chelo me reprimía con un codazo in my arm, parecía poco probable que aquella belleza morena se fuera a fijar en mí, uno de los frikis más frikis de la escul, el menos avispado de una colección de adolescentes más lost que la Sole en Níger.
    Me pasé más de dos meses mirándola, sin atreverme a mandarle una notita en una papela arrugada, ni abordarla cuando terminaba la clase, ni a dar un solo paso que me llevara a hacer un ridículo del que ya había leído mucho en los bucs y que era peor que ser fulminado por un rayo. Los frikis tenemos que tener mucho cuidado con la fama, porque siempre es susceptible de empeorar y luego no te queda rincón donde esconderte de las collejas y los inventos verbales de los avispadillos.
    En el recreo, yo me juntaba con mis amigos a jugar partidos con las bolas de aluminio de los bocatas. Como los mayores nos quitaban las pistas deportivas, los cuatro raros de tercero usábamos las alcantarillas como porterías y no veas cómo lo pasábamos. Era el único rato del día en que casi me olvidaba de Estela. Digo almost, porque no la perdía de vista en casi ningún momento: ella, fumando con el rubio del último curso en la valla exterior, o desapareciendo más allá de la fuente de la rotonda con la bacala de mi clase, o refugiada de la lluvia bajo la marquesina del autobús y pintándose las uñas, sola.
    Luego, por la noche, cuando ya había apagado la luz y tardaba en conciliar el sueño, me acordaba de ella. La veía con sus ojos profundos mirándome desde la noche y se me removía en los adentros una sensación dolorosa y punzante que me agobiaba. Era Lady Morgana. Como un espíritu, Estela se transformaba en mi cama en una mujer de carne turbia y aliento peligroso, que me elevaba como si el cielo me succionara con un tornado súbito. Mientras subía, sentía el horror al vacío, pero me preocupaba más saber por qué Lady Morgana se enseñoreaba de mí cada noche con puntualidad maléfica y me convertía en un pelele en ropa de cama. Mientras bailaba en el ojo del huracán, Estela casi no me importaba nacing de nacing, porque me tenía abducido la otra, la loba, la que no tenía que pintarse los ais para traerme la profundidad del bosque hasta el décimo piso de mi edificio. Pero, cuando caía de golpe, la cama chocaba contra el suelo y el sudor se cortaba de repente, era a la compañera de inglis a la que recordaba, y me sentía mejor y me podía dormir cuaitli.
    Me lo había advertido la Chelo, y también mis colegas del aluminio, que no se me ocurriera dar ningún paso temerario para acercarme a ella, que le gustaban los mayores, que no tenía oportunidad ni siquiera de que me mirara con compasión. Pero yo no las tenía todas conmigo: Estela me miraba durante las clases como si ai fuera alguien y, luego, estaba lo de su transformación en Lady Morgana por las noches, transformación que no me había atrevido a contar a nadie. Ya eran bastante las amenazas de hacerme ver por una psicóloga que mamá me lanzaba cuando no me duchaba en una semana o me aplastaba los granitos del acné, sacando el pus, para que no me lo vieran al día siguiente en la scul. Me lo habían advertido, pues, todos, y además estaba lo de mi madre y su extraña devoción por los saicos. Pero no lo pude evitar y, el mismo día en que cumplía quince años, abandoné las pelotillas de aluminio, los pases de gol y las alcantarillas de la estrit, y la seguí, observen mi temeridad, fuera del recinto escolar, allá donde solo iban los malotes en los recreos para fumar, darse picos y contarse historias sucias. Era peligroso, claro, pero es que Estela era de una belleza que me atraía como las migas de pan a los gorriones y luego estaba lo de su transformación nocturna, que eso era lo más. Yo sabía que tenía que hablar con ella de día, para poder hablar después también de noche. Y tenía que ser en ese orden. Y tenía que ser, porque, si no, preferiría quitarme la vida como la niña tóxica japonesa que llenó de gases los baños de su scul. Todo antes que no tener a Estela, todo antes que perder para siempre a Lady Morgana.
    Ese día tocaba sentarse en la marquesina del autobús a pintarse de negro las uñas de los pies. Me senté junto a ella, sin decir nada. Me miró, me lanzó una breve sonrisa y se descalzó. Como quien está desarrollando un rito, se abstrajo de todo y se pasó más de diez minutos dando pequeñas pinceladas góticas a sus uñas. Nunca había visto yo unos pies más blancos, ni me había parecido el negro más perturbador, que aquella mañana en que mis amigos jugaban al minifútbol y yo creí que me había vuelto a caer del cielo con la ropa de cama. El golpe fue muy fuerte y se me rompió algo dentro, algo como un saco de chicles mascados y revenidos. Me atreví a decirle algo:
    -¿Me dejas pintarte la uña pequeña?
    -Si quieres, claro que sí- me dijo, con un tono de voz tan dulce, que lo mismo era una trampa de miel que un empacho de higos.
    Volvimos juntos hasta la puerta de su clase y quedamos para vernos esa tarde en la explanada de atrás de su casa. No sé ni de qué hablamos, pues la tarde fue muy rara: se hizo muy pronto de noche y se tuvo que marchar a su casa a cenar. Me dio su número de móvil y su cuenta del messenger. Me sentía mayor y un poco confuso: Estela no era como yo pensaba, ni tampoco era igual a la Lady Morgana de mis sueños. ¿Cómo decirlo? No era ni la una, ni la otra. Y era las dos a la vez. Al mismo taim. Creo que en ese mismo momento supe que yo tampoco era solo el lánguido jovencito de la clase de inglés, el friki más destacado de tercero o el torpe in inglis, ese conjunto de disparates en los que siempre había creído. Tenía que tener algo más para que Estela se fijara en mí como un igual, para que no me considerara un majara. Pero, ¿qué sería lo que aquella maravilla había visto en mí? ¿La decepcionaría?
A partir de aquel día, fuimos inseparables: miradas en la clase, paseos juntos por los alrededores del instituto en los recreos, tardes fugaces en los parques, mensajes de móvil, chats por las noches, Estela de día y Lady Morgana de noche, y sobre todo, una tercera mujer que descubrí oculta en aquellos ojos oscuros, una mujer dulce y tierna, llena de ilusiones, necesitada de cariño y confianza, una mujer hermosa y cómplice, que supo construir conmigo una relación pacífica y plena, de amante amiga. Como si fuera tres en una, compleja y sin contradicciones: la colega de clase para el día; la mujer de carne para las noches; y, para el amor, la amiga, la compañera, la cómplice. No sabía yo, cuando la empecé a mirar desde aquellos seven metros de distancia que tan cerca iba a dar con la mujer que me enseñaría que el amor es una fiesta, un estado de gracia, la libertad y la alegría, el sabor al chocolate en los sueños y ojos profundos como besos a oscuras. Algunos me dijeron que el amor me hizo más friki, más bobo, un idiota abducido por una chica calculadora, un hombre bajo la influencia, un calzonazos. ¡Idiotas! Nunca entendieron cómo nos queríamos, cómo nos queremos. Mi estela, My lady Morgana, my friend, mi amante.

2º premio del IX certamen de relatos breves “Conta´m dona”
Catarroja 2009

martes, 27 de marzo de 2012

El dolor de cabeza



   Me levanto por la mañana desfondado, como si el día anterior hubiera hecho miles de abdominales antes de correr un maratón y medio. Medio arrastrándome por el pasillo, obligándome a dar un paso tras otro hacia la cocina para prepararme un café bien cargado que me redima de la falta de energía y del miedo a no poder salir de casa, valoro lo costoso que es estar vivo y lo difícil, como dijera aquel, que es morirse. Si pudiera sumar todos los días en que he necesitado una fuerza sobrehumana para levantarme del lecho y afrontar sin ganas un día más en el mundo, seguramente el total me haría derrumbarme de golpe. Pero lo bueno, o lo malo según se mire, es que se vive de día en día, uno por uno, y el total no acaba de sumar nunca un fracaso completo. Así que siempre hay un motivo para no arrojar definitivamente la toalla, una razón, por instintiva que sea, que obliga a continuar ciegamente.
   Lo malo de hoy es que, para variar, me duele mucho, muchísimo, la cabeza. Repaso el día anterior: no bebí alcohol, no comí en exceso, no me drogué (solo consumí las doce pastillas recetadas por el médico), no me acosté tarde… Vamos, que no tengo motivo alguno para que me martillee así la cabeza, con ese punzamiento inmisericorde en la sien derecha y que parece percutir un poco más profundamente de lo habitual.
   Si me tomo el café y no se me pasa, pienso, tendré que ir a ver al doctor. ¡Con lo lejos que está…! Siento un ataque de pánico, mientras calculo el recorrido desde mi domicilio hasta la consulta, ida y vuelta, y el tiempo espantoso en que tendré que estar aguardando en la sala de espera con gente enferma, portadora de toda clase de bichos, tosiendo y mirándome de reojo, mirándome mal.
-¡Qué angustia de vida!- me digo en voz alta mientras me tomo la tensión y dejo que se deshaga en mi boca, bajo la lengua, un paracetamol de 650 miligramos.
   Después de una hora sentado a oscuras en mi sillón preferido, parece que el dolor ha cedido un poco, al menos lo siento más lejano, bastante más sordo. Pero no me alegro, aún no, pues otras veces, nada más ponerme de pie, me ha dado un latigazo repentino y he tenido que volver a sentarme para no levantarme ya en el resto de la jornada. Es un verdugo cruel y yo su víctima propiciatoria. Tomo aire profundamente, procuro relajarme y, tensando de repente los músculos de las piernas, me pongo en pie enérgicamente, como cuando era joven y no había que pensar en cómo se hacía un simple movimiento.
   Ya de pie, con la situación aparentemente controlada, me detengo por un momento para escuchar el ritmo de mi respiración, el pulso de mis latidos, el estado de mi cráneo... Todo parece ir bien. Tengo la energía que me ha dado el café y la serenidad que me ha procurado el paracetamol, lo suficiente para pensar en salir de casa, pasar un rato en el parque al sol y volver a la hora de comer para tomar la ensalada, la fruta y las pastillas.
   -Tendrías que ir al médico y contarle que te ha vuelto a doler la cabeza- me aconsejo a mí mismo mientras me pongo los zapatos y me dispongo a salir.
   -Tendrías que ir, sí, si no estuviera tan lejos, si no hubiera que esperar tanto y si no te dijera siempre que te encuentra perfectamente, que no hay motivo para que te duela la cabeza y que cultives la felicidad, que el corazón contento hace al hombre longevo y satisfecho. Como si no supieras tú que felicidad no tienes, que te cuesta mucho seguir viviendo y que los días sin dolor son cada vez más raros, que algo no anda bien ahí en tu cerebro y que te sientes carcomido por dentro, como si un millón de termitas te hubiera infestado el cráneo.
   -Pero si vas hoy, tal vez puedan adelantarte el escáner. Seis meses más de espera son muchos, y más en estas condiciones…
   -Seguramente. Todas las veces que lo has solicitado, te ha sonreído y te ha dicho que no podía ser, que lo sentía tanto. Mejor te vas al sol un rato y te pones a rezar para que el dolor no vuelva. Tal vez si lo deseas mucho…

viernes, 16 de marzo de 2012

Rueda de la fortuna




1

Dijo la costurera:

“Tendré catorce hijos,
jamás estaré sola”.

Los sobrevivió a todos.

Nadie asistió a su entierro.


2

Quiso el primer ministro
usurpar la corona:

esquinado intrigó
contra todos los nobles.

Los hijos de su esposa
fueron reyes;

los suyos,

no.



3

Con sus faldas de hierro,
la dama acuchillaba
el césped de Inglaterra.

Poco riego en la testa,
mucha sangre en los bajos.

Algunos hombres cresos
devinieron en pobres,

y ningún hombre eximio
mejoró su peculio.

La dama sonreía
prosperando en la danza.


4

Tazas de chocolate,
pastelillos de nata,

de merienda en merienda

el deán de Toledo
engendró varios hijos.

Sin la gracia divina,

los mandó al orfanato
para que no vivieran.

Se comieron al preste,
a las monjitas,
al alcalde,
al rey,
y a las rameras.

El apetito
lo heredaron del padre.

Lo devoraron.


5

El ebanista hizo
un ataúd de haya
para su esposa.

Cuando estuvo acabado,
lo celebró con vino:

“Porque pronto lo estrene
la bruja mala”.

Pedido y otorgado:

con el último sorbo
se ahogó en su vómito.


6

A los dieciséis años
la echó su padre
por vender en la noche
su carne blanca.

Tuvo amigos famosos,

se casó con un príncipe,

no le faltó de nada:

tuvo corona,
honor y doctorado,
esquelas en los medios,
canciones populares,
aniversarios…

Lástima que jamás
aprendiera a leer.

Mas,
¿se perdió algo?


7

Desde el lejano Oriente
se trajo el mercader
mil gusanos de seda.

Aún no tenía el hilo
y ya había aceptado
encargos de la corte.

Serían su fortuna.

Durante cinco años
ni durmió por la noche,
ni durmió por el día.

Cuando la reina
le despreció su seda,
tenía en sus moreras
un millón de gusanos.

Hilo no le faltó
para colgarse.


XXIV Concurso de Poesía “Poeta Pastor Aicart”
(Beneixama 2009)

viernes, 9 de marzo de 2012

Bajo la pérgola

 


Sentados una noche más
bajo la pérgola,
hasta nosotros llegan los ecos
de la vida de otros:
voces apasionadas
(de ira o de deseo),
fragmentos inconexos
de series de humor, telebasura,
noticiarios frenéticos y violentos.

Se apagan en el horizonte
las últimas luces del estío
y el aire de la noche incipiente
huele a jazmines y quimeras.

Sentados una noche más
bajo la pérgola,
en el silencio cómplice
de este amor que es costumbre:
tú, con tus gafas de alambre,
leyendo tu novela,
y yo mirándote como a un retrato
de virgen renacentista.

Ladran los perros a la luna,
embravecidos por el calor
de la presencia de sus amos.
Los grillos chirrían sus estridencias
a las luciérnagas del pozo.

Y yo soy tu sombra en esta noche de junio,
una presencia que vigila el acecho del tiempo
a tus espaldas, por el amor que te ofrendé
cuando de jóvenes -hace ya tanto tiempo-
te amaba con palabras.

Y es que el amor comienza con palabras
-promesas, secretos, proposiciones y deseos-,
y termina, si se alcanza el cenit sin fracaso,

en el silencio cómplice del profundo secreto
de la vida: y mientras tanto,
la vida es una fiesta de semillas,
de brotes y de yemas, en el abril
del fuego y de la guerra.

Sentados una noche más
bajo la pérgola,
tú y yo bajo la noche,
no tenemos más para decirnos
que la caricia de los ojos
en los ojos.

¿Somos dos o somos uno?
¿Nos duplica el espejo de la noche
estival o nos engaña?

Resulta extraña la vida:
el dolor de los huesos resulta insoportable
para ir con soltura a cualquier sitio,
ahora que sabemos qué queremos
y no tenemos dudas sobre nuestro destino.
Y ahora que sabemos que el amor es reposo,
y que es la única excepción
a la ley de la entropía,
lo más importante en el conocimiento
de nuestro valor humano,
¡qué sinsabor delicioso no tener que decirlo,
porque tus ojos saben lo que mi boca calla!

La brisa agita los álamos y alerces,
y el río se remansa.
Sentados una noche más
bajo la pérgola,
amándonos en silencio.

domingo, 4 de marzo de 2012

La hipoteca

 


   De mi chalé adosado en la sierra madrileña, lo que más me pesa es la hipoteca, a todas luces indigesta, y la reunión ritual que tiene lugar en el salón, cada noche, a las tres de la mañana. Procuro no asistir, para lo que me dopo convenientemente con un lexatin de tres miligramos y, generalmente, duermo a pierna suelta, como un bendito; por la mañana, recojo los vasos y las botellas, limpio por encima para que no sospeche la asistenta y ventilo el humo denso de los habanos.

    El problema se produce cuando me arde el estómago, me desvelan las preocupaciones vitales y me aflige la falta de intimidad. Entonces oigo las voces en el salón, el tintineo de los hielos en los cubatas y las risas cómplices, y no puedo resistirme a sumarme a la fiesta rutinaria. Abandono el lecho, me sirvo un ron mientras enciendo un pitillo y charlo, charlo como un hombre ilusionado, el resto de la noche, con los fantasmas de mis padres, de mi mujer, de mis hijos, que vienen del reino de las sombras, según dicen, para que no me sienta solo en las horas nocturnas.

lunes, 27 de febrero de 2012

En la Capilla Sixtina

 


En la simetría del quattrocento
italiano, los índices de Adán y de Yahvé
son campos magnéticos, ondas eléctricas.
El Dios viejo y barbado de Miguel Ángel
Buonarroti otorga la vida al hombre inmóvil,
de barro. El índice transmite una orden
muda: nombrad, renombrad, recread el mundo,
creced y multiplicaos
libremente.

Pero el mismo dedo,
el índice que da la vida, se usa para la acusación.

Ojalá no caiga sobre ti, hombre
minúsculo bajo la gran cúpula, la violencia cierta.

Ojalá no se cierren para ti, hombre
indefenso, las puertas blindadas y metálicas
de las prisiones y mazmorras sin luz.

Ojalá no se blandan contra ti, hombre
inerme y sediento de paz, las dagas y alfanjes,
los látigos, las pistolas, de los violentos y extremistas.

Ojalá no te torturen, hombre
desamparado, por tus creencias religiosas
o políticas; ojalá no quemen tus libros por obscenos o indecentes.

Como hombre nacido para la libertad y la vida,
puedo nombrar perseguidores y perseguidos, pero no acuso.

Los acusadores serán también los acusados.

Solo nombro. Nombro el planeta inculto cruzado por el hambre,
la tierra yerma sembrada de arsenales y violencias,
donde difícilmente podemos crecer todos

o multiplicarnos o no

libremente.

domingo, 19 de febrero de 2012

La estima

   

   Cuando mi amigo Pedro cayó en una depresión de esas de caballo, tras una crisis personal y profesional que le cambió la vida en un santiamén, pocos pensaron que podría levantar cabeza, él que siempre había sido tan pasmado y tan pusilánime. Tal vez por eso las pocas amistades que le quedaban le abandonaron poco a poco a su suerte y, lentamente, como el cadáver de un ahogado vagando por las corrientes marítimas, cayó para todos en el más completo de los olvidos. Era como si se lo hubiera tragado el mar.
    Pero Pedro no estuvo ocioso. Cuando se vio olvidado por todos, lejos de sentirse frustrado ante la injusticia y la deslealtad, optó por reconstruirse, inventarse de nuevo, salir a la superficie por sus propios medios y contra sus propios miedos. Su primer apoyo sólido se lo facilitó el psicólogo de la sociedad sanitaria, un hombre insignificante y que hablaba poquísimo, pero que lo mandó unos días a la playa y le puso como tarea, para que no se quedara dormido bajo la sombrilla en cuanto le bajara la tensión, que tomase algunas notas de sus experiencias vitales en una libreta de bolsillo. Mi amigo se lo tomó tan en serio, tan decididamente dispuesto a bucear en sus naufragios personales, que, cuando regresó a la consulta, en vez de ponerle sobre la mesa algunas cuartillas mal arrancadas de la libreta, le facilitó al psicólogo la dirección de un blog que había creado, que llevaba por nombre “Contra corriente” y que tenía cifras poco menos que exorbitantes para un deprimido medio desahuciado: veintisiete entradas, más de doscientos comentarios y casi diez mil visitas en cuatro días.
    Lo suyo fue un puro éxito, un resurgimiento desde las profundidades del abismo, en forma digital y literaria. Abandonando debidamente al psicólogo en cuanto estuvo enganchado a la droga bloguera, y gestionando eficazmente sus memorias personales, cada vez más demandadas por seres anónimos de medio mundo que se alimentaban de ellas, conoció un clímax de creatividad y relativa fama que no pasó desapercibido en otras esferas. No tardó en recibir una oferta suculenta para publicar aquellas memorias en papel del de siempre a la vez que cerrara el blog y descolgara sus textos.
    -No quiero morir de éxito- me dijo un día en que soltó la tecla y cogió el teléfono.
   Y durante un tiempo no supe más de aquel asunto de libros antiguos, editores avezados y producción literaria en la era digital. Pero no tardé en conocer que Pedro, finalmente, dispuesto a conocer la vida de un modo que no fuera siempre el de la pantalla, había acabado por claudicar ante la oferta de una multinacional del cuento. A cambio del blog cerrado, había obtenido un apartamento con vistas al mar y suficiente efectivo para pasarse el día tomando daiquiris y bronceándose junto a la piscina. Le veneraban por aquellos libros, ya tres, que se vendían como rosquillas y, además, la crítica no había sido especialmente cruel con sus pequeñas historias hechas para la conmoción y para la pena. Se ganó su sitio en el mundo económico y en el de la fama.
    Un día acudió a una presentación de su último libro una conocida periodista y le esperó a la salida para invitarlo a cenar en un restaurante caro. Fue una velada agradable para su cuerpo y para su estima, pero a los pocos días ocupaba un lugar inesperado en las páginas más relevantes de la prensa rosa: que si desconocido acompañante, que si famoso novelista, que si su vida era un folletín de Dumas, que si esto y que si lo otro… Su representante, abrumado por las solicitudes televisivas de todo tipo, no paraba de proponerle entrevistas y declaraciones exclusivas de lo más variado, y a cada negativa aumentaba el monto de las siguientes ofertas, hasta tal punto que no tardó en rendirse a la evidencia: les convenía a los dos aceptar uno de aquellos magníficos contratos mientras estuviese subido en la cresta de la ola y sacarían ambos, representante y representado, beneficios que difícilmente caben en la imaginación humana. Así fue cómo mi amigo Pedro, navegando por procelosos mares, llegó al mundo rosa, vendiendo su vida en el papel cuché como antes lo había hecho en el papel literario, pero con una pequeña diferencia: los que antes lo aclamaban por escribir sus miserias en los libros, después lo insultaban por contar lo mismo para el gran público analfabeto. Pero a mi amigo Pedro, y a su representante, les daba exactamente lo mismo.

lunes, 13 de febrero de 2012

Imanes en la nevera






Un gato con un cascabel, la luna con fondo de noche,

un pájaro multicolor, las alas desplegadas,
una casita encalada de blanco, una maceta,
buzones de correos de Londres, el Cafe de la Paix,
un barco a punto de salir de puerto, una flamenca,
algunos cocktails con hielo on the rocks,
una paella, un Don Quijote sin Sancho,
tranvías de Lisboa, azulejos granadinos,
una estrella de mar, varias ovejas de colores,
un Papa Noel, flores del jardín de Monet,
un reloj de estación, un drago milenario,
latas de atún Ortiz, la abuela de las latas de fabada,
el Coliseo romano, el Temple Bar de Dublín,
la puerta de la casa de Shakespeare junto al Avon,
una jarra de cerveza, una niña con flores,
una vaca muy seria con un cencerro muy grande,
cajas con huevos, vino de marca en cajas de madera,
una cruz, una fotografía del acueducto de Segovia,
cogollos de Tudela, un Sanfermín negro,
la Virgen del Pilar dice, libros antiguos cubiertos de polvo,
una zapatilla de ballet, el niño de los Simpson,
un décimo de lotería navideña, un torero,

todos,

todos sostienen la última nota
que escribiste en el papel rayado
del amor de siempre

para dejarme en la nevera.

¡No veas qué solos parecen
contra la superficie blanca
los imanes que compráramos juntos!

¡Y cómo sobra su absurda presencia
entre nuestros objetos!

Cada mañana son testigos de mis primeras horas
y de la tristeza con que vivo en tu ausencia.

Y son los últimos que ven cada noche
cómo me tomo el ansiolítico
antes de meterme en la cama,
para buscarte en los límites de la tela y la madera.

Entre todos los imanes,
eliminando las holguras que había entre ellos,
con la dedicación de un artesano,
he conseguido hacer un pequeño hueco,
lo suficiente para añadir un nuevo imán
a esta colección de amor y de años.

Trae el que quieras.
Lo vamos a poner sobre la palabra “adiós”.

Tal vez un bebé en su carrito.
O una paloma blanca con su ramo de olivo en el pico,
o la fruta de la pasión.

Puedes ponerlo con tus manos

suavemente

antes de que te abrace una vez más
y seamos de nuevo el imán y el hierro.



Tercer premio del VII Certamen de Poesía Villa de Herencia
(Herencia 2010)

martes, 7 de febrero de 2012

Nº 27 de la revista "Luces y sombras"


El jueves 9 de febrero, a las 19.15 h. y en el salón de actos de la Biblioteca Manuel Alvar de Madrid (sita en la calle Azcona, 42; metro Diego de León), presentaremos el número 27 de la revista de artes y letras “Luces y sombras”, que este año ha quedado especialmente bien gracias a los ilustradores y a los compiladores literarios. Como sabréis, la revista se edita anualmente en Tafalla (Navarra) bajo el auspicio de la Fundación María del Villar Berruezo y la dirección de Iosu Kabarbaien y quien esto escribe.

Intervendremos en la presentación, entre otros, la coordinadora gráfica Concha Trapero y los escritores Adriana Serlik, Mónica López Bordón, Jesús Aparicio y yo mismo, que haré de coordinador de tan variadas voces.

Os animo a compartir con nosotros este acto en el que por fin sale a la luz el trabajo realizado durante más de un año y a que os hagáis con un ejemplar de la misma en la seguridad que gráficamente y literariamente lo merece.

jueves, 2 de febrero de 2012

Venus en la chimenea

 


Como los gatos, insomne por las noches,
mientras en las viejas canciones ajeno naufrago,
trepas por la espesura de la vieja morada
y te afincas como un meteorólogo loco
en el tejado de la casa, mirando el horizonte.

Y cuando madrugo, la luna ha derrotado al puente
y los pescadores han lanzado sus preces a la laguna,
bajo tu magnética vigía.

Ángel de la guarda,
ángel mío cubierto de la escarcha acristalada,
de las medusas de los mares impíos,
sonriendo, carámbanos y viento,
en el tejado. Venus en la chimenea.

Si supieras que he soñado con tu luz
en los recodos oscuros de Conney Island,
y con tu brillo espeso en los neones
de una noche porteña en Callao,
que va la singladura del lecho desde nuestro río
a la cubierta a dos aguas de la casa…
Un surco de veleros en las escaleras,
una estela de plata en el azul de la pantera.

Has tejido una telaraña protectora
uniendo en un lienzo la marea de estrellas
y la lenta soledad de la vigilia,
y me he acunado en tu melodía de punto,
durmiendo del derecho, durmiendo del revés,
bajo tus ojos.

Faro de los fados de Monsanto.
Tango de arrastre. Venus en la chimenea.


(II Certamen Literario Premio Raphael,Asociación Raphaelista,
Móstoles 2010)