miércoles, 1 de abril de 2026

Sepulcros blanqueados

 

   “Continuidad de los parques” es un cuento de Julio Cortázar que me encanta. Como casi todos los cuentos del autor argentino, debería añadir. Sumergirme en sus mundos, en los que la realidad resulta ser la ficción y lo imaginario el universo real para dejar sorprendido al lector en el tránsito, es un placer al que se debe volver de vez en cuando, sobre todo en los momentos de desconcierto o desamparo. El lector del relato arriba mencionado se convierte involuntariamente en víctima de una conspiración amorosa que no pudo prever, pues los límites entre la realidad y la ficción son tan borrosos como los de la naturaleza y la mano humana en un parque: ¿dónde empieza la hoja y concluye la podadora?; ¿dónde se corta la carne y termina el cuchillo? Son preguntas a las que, si difícilmente podrían responder el damnificado y el asesino, ¡cuánto más el lector o el personaje!

   Las reflexiones anteriores me asaltan hoy a la hora de la tostada con aceite de oliva y tomate. Muy poco oportunamente, que, si me distraigo, aunque sea solo brevemente, se me enfría el café con leche y luego ya vale tan poco que se tuerce el resto de la mañana. El caso es que hace tres días me invitaron a participar en una mesa redonda sobre arte urbano en el contexto de unas jornadas culturales de creación artística y literatura social. Y no sé qué hacer, la verdad. Pagar, pagan bien, lo que es interesante por poco común; en general, las concejalías de cultura de ciudades pequeñas y pueblos grandes la mayoría de las veces pretenden que uno asista de gratis, como si no tuviera otras cosas que hacer que desbravar morlacos por pura vocación. Pero, aun así, estoy dudándolo, porque no acabo de ver claros el objetivo literario, el sustento ideológico y el fundamento intelectual del asunto, que tendrá, cómo no, su busilis, pero que a mí se me escapa. 

   Claro que podría aceptar sin más, como hacen alegremente todas esas personas que no tienen principios ni finales, ni remordimientos, ni pensamientos, y que lo mismo dan una conferencia sobre las pústulas serosas de santa Teresa que pontifican sobre las cualidades sanadoras de las bayas de goji; son personas todo terreno, sapientísimas, más preparadas que un rey moderno e insaciables de fama y pasta, hasta el punto de que lo ocupan todo, pueden más que un ejército de tetas y se pavonean de su talento sobre las cabezas infecundas de unos oyentes que los idolatran como al becerro de oro. Pero hace ya mucho tiempo que yo no juego en esa liguilla y creo, modestamente, que hay planes mucho más gratificantes que participar en olimpiadas tan doradas, por lo que, antes de que acabe el plazo de confirmación para la participación en las jornadas, tengo que enviar un correo electrónico declinando la invitación, lamentándome de no poder asistir por compromisos previamente adquiridos y quedando a su disposición para otra ocasión más oportuna, sin decirles, por supuesto, que los cambio por un encuentro con amigos alrededor de una pizza margarita y unas risas bajo la luna llena de un junio irrepetible. ¡Para qué contarles el secreto de la felicidad si no podrían apreciarlo…!

   Arte urbano. Literatura social. Esos son los sintagmas elegidos. Suenan tan bien… Son tan posmodernos, tan creativos, tan sugerentes…, que apenas los oyes y se te llena la cabeza de imágenes a todo color vistas en pueblos y ciudades de todas partes: mariscadoras del Atlántico con su capacho de berberechos, gatos que aúllan a la luz de la luna, trampantojos que simulan edificios que hace tiempo que fueron abatidos, amantes exhibicionistas y flores irreales surgiendo del cemento y confrontando a los cañones de los tanques… Ponen una nota de color en las ciudades, tapando las fealdades de su crecimiento orgánico y desorganizado, como queriendo ocultar la miseria, la incapacidad, los derrumbes de los muros de las patrias quevedescas y quijotescas. Si algo tiene el arte, es que no es natural, no existe per se, no surge de repente como las setas en el bosque otoñal, ni estalla como una supernova en el fondo oscuro de la noche de agosto. Para que exista hacen falta un creador y un observador (que podrían ser el mismo si no fuera un ejercicio de onanismo), individuos no necesariamente cuánticos, ¿o sí?, que lo colapsen, legándolo a la posteridad como un tesoro, una herencia inmaterial o un enigma.

  Todo arte se da en el seno de la sociedad humana que de por sí, por su conformación en clanes, tribus, países y alianzas supranacionales, es siempre urbana al tener que sobrevivir y prosperar de acuerdo con unas normas, unas leyes colectivas que la protegen, o al menos tratan de hacerlo mientras puedan, de la destrucción.

   Lo mismo pasa con la literatura social: ¿qué novela, drama o tragedia, poema, ensayo, diálogo, epopeya, no lo es? ¿Acaso sería posible crear con palabras una obra que no perteneciera a ninguna cultura, a ningún idioma, a ningún estado, de tal modo que se pudiera afirmar de ella que es totalmente asocial? Estoy seguro de que no es posible, porque la literatura implica a un emisor y a un receptor que tienen en común un código y un contexto que les permiten la comunicación (Jespersen dixit).

   Y por eso he decidido renunciar a participar en esa farsa, en esa feria de las vanidades a las que he sido invitado para hacer bulto y contribuir a la confusión, porque estoy en contra de los adjetivos innecesarios: otra cosa sería si me hubieran invitado a hablar simplemente de arte o de literatura, a las que, además, prefiero con mayúsculas. Pero me niego a blanquear con epítetos la fealdad de las ciudades, la injusticia en las calles y la tristeza de los corazones de los habitantes maltratados y doloridos de este 2026 tan desabrido y desasosegante.