Uno tiene una edad, y sus nietos también, así que ya asume que solo los verá cuando necesiten algo. De lo contrario se pasarán meses entre celebraciones familiares sin que uno sea testigo de cómo les va saliendo el vello facial o llenan su cuerpo de tatuajes hasta parecer un cuadro étnico. Por eso, cuando mi nieto me pidió, por favor, por favor, que le ayudara con un trabajo de investigación para su grado, para lo que le urgía grabar un audio con mis respuestas a un cuestionario, yo le puse como condición, indispensable, que tendría que volver a informarme de los resultados, investigatorios y académicos, de sus averiguaciones. No tengo yo muchas oportunidades de que me acompañe una tarde cualquiera y me entretenga un rato así porque sí.
Se me había casi olvidado aquella encuesta y hasta el trabajo cuando un día me envió un whatsapp para quedar conmigo. Que tenía que informarme al respecto. Que había ido todo estupendamente y que podía dedicarme un par de horas un viernes antes de irse al tardeo con sus amigos. Y así fue como quedamos en una cafetería para tomarnos también un chocolate con churros como cuando ambos teníamos dieciséis años menos y mucha, mucha más complicidad.
—Mira, abuelo, me han puesto un sobresaliente y ya tengo aprobada la asignatura. Y te tengo que contar las conclusiones, que seguro que te interesan —me dijo con un entusiasmo que solamente le apreciaba en los últimos años cuando jugaba a la play o se enfrascaba en el teléfono móvil, ignorando por activa y por pasiva las sobremesas familiares.
Después de realizar varias encuestas y consultar manuales, estadísticas y datos de internet, había concluido que los actuales hombres y mujeres de la tercera edad, esos que pasan de los sesenta años y que antes se consideraban viejos, reviejos y ultracaducos, podíamos ser todos incluidos, todos, en cuatro grupos principales que, después, también se podían subdividir en otros grupúsculos. Y me retó a saber a cuál creía yo que pertenecía por derecho propio, como si no tuviera yo más mili que un cetme.
Al primero de los grupos lo había denominado “pringados”, porque, según él, hace falta ser tonto de moco para, después de haber pasado toda la vida trabajando como una mula y pagando impuestos como un borrico, llegada la jubilación la tengas que emplear en estar al servicio, agenda en mano, de las necesidades de los hijos, que lo mismo te encasquetan al niño durante su horario laboral, que te mandan con el carrito al paseo matutino o al parque con las fieras cuando ya han vuelto del cole. Y encima tienes que estar contento, porque con los dos progenitores trabajando y sin tiempo para nada, te toca darles la merienda, llevarlos al médico, supervisar los deberes y contagiarte de sus catarros, y es que la sociedad ya no se sujetaría sin los yayos.
El segundo los había bautizado, de manera irónica, como “pluriempleados”, porque se pasan el día de actividad en actividad como las abejas recolectando polen de pistilo en pistilo, si bien para no producir miel ninguna. Cursos de todo tipo (macramé, yoga, ajedrez, inglés, pintura, relajación, taichi, poesía neoclásica, flores de Bach…) y actividades grupales de toda condición (teatro, exposiciones, marchas por la sierra, corales de aficionados, recitales poéticos, figuración en películas, danzas regionales, público de televisión…) les hacen pasar el día entretenidos, a menudo incluso estresados, porque no tienen tiempo ni para descansar los domingos. Su frase favorita es esa que repiten de que no saben cómo antes, trabajando, tenían tiempo para todo, porque ahora las horas se pasan volando y no pueden ni saludar a los vecinos en la escalera.
Como “neoturistas” había designado al tercero de los grupos de ancianetes. Éstos, dependiendo de su nivel económico y del horror a la hostilidad del entorno, huyendo de hijos egoístas y de climatologías adversas, se han especializado en pasar largas temporadas perdidos por el mundo, lo mismo en Benidorm, que en los viajes del Imserso, donde dedican el tiempo a ir y venir por la playa, tomando cañas en los chiringuitos y saludándose sin hablar con extranjeros de pieles blancuzcas y cuatro pelos rubios. Por la noche, además de cenar, se reúnen a bailar como peonzas en las chochodiscos y allí se mueven al ritmo del pasodoble y de las canciones de Karina.
El último de los grupos lo constituyen los “vigilantes”, un grupo muy heterogéneo de observadores cuyo aliciente es supervisar cómo viven los demás, ya sea sentados frente a la televisión, oyendo la radio desde una mecedora, observando a sus convecinos desde los bancos más estratégicos o charlando con los iguales apoyados en las vallas protectoras de las obras públicas. Seguros de haber contribuido con su vida a la mejora de la de los demás, ahora solo esperan que los dejen en paz hasta el último día y, si es posible, sin regímenes, pastillas y visitas médicas, que nada hay más cansado que mover un dedo o levantar un pie sin necesidad.
Cuando mi nieto terminó con el cuarto grupo, y antes de que se atreviera a empezar con las subdivisiones, que ya veía yo que habría mezclas de todo tipo y que por, ejemplo, un vigilante podía a veces ser también un pringado o un pluriempleado un neoturista frustrado, y, lo peor de todo, ante la perspectiva de que aquel mocoso osara clasificarme a mí como si fuera un ejemplar vulgar de una vulgar colección, le dije entre exclamaciones más que ponderativas que qué bonito su trabajo y qué útiles para la humanidad sus investigaciones. Dudo que me entendiera.
—Mira, pago las consumiciones y nos vamos. Que hay fútbol en la tele y tengo que vigilar a los deportistas, no se le vayan a sublevar al árbitro… —y me marché sin mirar atrás, que a mis años el tiempo libre es mucho y a la vez es ya muy poco.