lunes, 5 de enero de 2026

Unos y ceros

 


   El tiempo pasa tan deprisa…, o tan lento..., según se mire, que hoy es ayer, y mañana, también es pasado. En estas profundidades estoy yo divagando mientras como un yogur desgrasado, que a lo mejor fue yogur ayer, pero desde luego hoy ya no lo es, porque solo le ha quedado lo que no le aprovecha a un cuerpo harto de alimentos que no tienen nutrientes, grasas ni sacramentos. ¡Qué nostalgia de otros tiempos! ¡Sobre todo de los futuros, de esos que afortunadamente no conocemos y nos aportan ansiedad y esperanza a partes iguales! ¡Qué más da que en breve sean también un recuerdo, uno tan malo como todos los demás que ya hemos vivido y desaprovechado, si hasta que llega tiene el encanto de lo que está por estrenar y parece que pudiera llegar para remediarnos la angustia vital y el insomnio!

   De niño hubiera querido ser astronauta o filósofo. Hubiera querido, digo, de no haber sabido que tales oficios estaban vedados para la gran mayoría por imperativo legal. Veíamos en las películas antiguas a héroes de todo tipo salvando al mundo de enemigos poderosos y admirábamos en secreto a todos aquellos espías dobles, policías rebeldes, bomberos indisciplinados y militares arrojados, cuya temeridad estaba a la altura de su astucia, su valor a la par que su ética. Pero, hijos de otra época, sin duda menos épica e idealista, nos teníamos que conformar con crecer sabiendo que nuestro papel social se limitaba a mirar por la ventana, pasear por las calles sin rumbo fijo y dormir sin sueño para matar al aburrimiento. Con tales horizontes, no es de extrañar que en nuestra infancia ya no quisiéramos ser nada de nada, pues solo los hijos de los muy afortunados, uno de cada cien mil, tendría un oficio, un trabajo, un sueldo y un poder que perpetuar en sus vástagos. Así que nuestros padres nos educaban para que no quisiéramos ser nada el día de mañana, para que fuéramos como ellos, mientras nosotros en secreto envidiábamos en la pantalla a cuantos tenían un destino y el don de la rebeldía en los genes.

   Nuestro estado de desilusión es producto de nuestras circunstancias, por supuesto. No crean ustedes que nosotros nacimos sin sangre en las venas. Pero a ver quién es el guapo que arremete contra un sistema que te anula del derecho y del revés desde que empiezas a entender lo que te rodea y sale incólume de la colisión con el gran aparato… Domesticados, eso es lo que estamos. Como los gatos. Casi como los cerdos en sus pocilgas: no nos falta el alimento, no tenemos nada que hacer en toda nuestra santa vida más que verla pasar sin objeto e individualmente no contamos para nada hasta el día de nuestra muerte. A diferencia de los cerdos, nosotros no servimos en absoluto, excepto por nuestra labor reproductora, que, por motivos obvios, está limitada al máximo y controlada por unos algoritmos que se escapan a nuestra comprensión. Dicen que hubo un tiempo en que los superordenadores no dominaban el mundo, que estaban bajo el control de los humanos y que las decisiones, muchas de ellas tan estúpidas como los individuos que las tomaban, eran desconcertantes y hasta creativas; pero todo eso fue mucho antes de que nacieran mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos, es decir, en un tiempo mítico y remoto que seguramente tendrá más de ficción que de realidad.

   Con el acceso prohibido a los antiguos fondos de bibliotecas y de archivos digitales, sin conexión plus a la red de datos y careciendo de medios económicos para comprar en el mercado negro los últimos programas de conocimiento inmediato, la mayoría nos pasamos el tiempo especulando sobre el tiempo, el sentido de la vida, la materialidad de lo digital y la espiritualidad de lo físico, dando vueltas a ideas recurrentes y baldías, como las que da un ventilador para enfriar un procesador de datos.

   Nuestras vidas carecen de todo interés. También de ánimo. Son rutinarias, baldías, insuficientes… El sistema nos facilita unos medios básicos, casi precarios: viviendas obsoletas y tristes, que en nada se parecen a los modernos rascacielos bunkerizados donde viven las élites con sus privilegios, y un ingreso mínimo vital que a veces da y otras no para alimentos, ropa y artículos de higiene. A falta de trabajo y de oportunidades en un mundo en que todas las tareas las realizan las máquinas y todas las necesidades las gestionan ellas con programas tan sofisticados que solo los pueden mejorar con análisis de datos que necesitan cálculos casi infinitos y que monopolizan con exhaustividad, nosotros nacemos, comemos mal, nos aburrimos, nos reproducimos (si nos dan permiso) y nos morimos, mientras la vida pasa sin nosotros y nosotros cruzamos un páramo de días y de noches en los que nada puede consolarnos de una vida sin sentido ni propósito.

   El tiempo pasa tan deprisa, o tan lento, según se mire, que poco importa ya si es ayer, hoy o mañana, porque todos los días son idénticos los unos a los otros y no aportan nada. Son como unos puestos en fila de forma infinita en un teclado: hay un momento en que ya no ves más que unos y a la vez ninguno te importa lo más mínimo porque nadie se puede acostumbrar nunca a ver un uno tras otro infinitamente, orgánicamente, aburridamente. Claro que uno desea que de vez en cuando haya algo diferente, algo que no sea un uno, porque de la variedad surge el ímpetu, la ilusión y el coraje. ¡Pero si hasta los ordenadores basan su lenguaje en una dualidad de unos y ceros…!

  En todo esto pienso mientras le doy vueltas con una cucharilla al yogur desgrasado que me acompaña en este momento continuo y siento la necesidad de hacer algo que no sé concretar, algo que me crea una angustia y una nostalgia que se viene conmigo por la noche a la cama y de día me atormenta en mi vagabundeo por la calle…


 

lunes, 15 de diciembre de 2025

Tres lecciones de resiliencia

 

 


 

 

TRES LECCIONES DE RESILIENCIA

 

 

EN EL PARQUE

 

A estas horas no viene nadie.

Hay una placidez durante la noche

que resulta imposible a la luz del sol,

cuando los monstruos campan a sus anchas.

 

He elegido su banco favorito, el especial,

el que nos niegan a los que son como yo,

para escribir sus nombres y apellidos

uno por uno,

concienzudamente,

para que no quede duda, mientras dure la madera

y la lluvia no borre los trazos de mi pulso,

de quiénes son los acosadores, las fieras,

los energúmenos que nos gritan en las calles

y nos insultan en las redes.

 

He calculado mal,

seguramente no será suficiente.

Tendría que haber escogido un banco

mucho más grande.

 

 

CUERPOS

 

Me esfuerzo inútilmente en el gimnasio,

hago dieta discontinua de forma continuada,

me aplico cremas hidratantes y antiarrugas,

elimino todos los pelos del cuerpo con saña.

 

El espejo siempre denuncia mis miserias:

no estoy tan musculado como los actores

de Hollywood,

mi barriga no luce los abdominales

de un futbolista,

mi cara muestra el acné y las impurezas

de cualquier adolescente,

mis folículos pilosos se rebelan

y revelan, para mi vergüenza,

al austrolopithecus que me habita.

 

No quiero ser el gordito gracioso

de las series,

el simpático y triste amigo gay

que se queda compuesto y sin novio.


 

 

PORNOGRAFÍA

 

Mi profesor de historia del instituto

se indigna cuando llego en pantalón corto

y me lanza pullas, cada vez más hirientes,

por llevar camisetas ceñidas y sin mangas.

 

A él no debería importarle cómo visto,

ni si llevo herrajes en los pantalones

o un piercing nuevo en la lengua o en la axila.

Al ser una escuela pública, no hay uniforme.

Las chicas también visten como quieren:

enseñan sus ombligos a los héroes del 2 de mayo,

lucen sus muslos rotundos bajo las minifaldas

y no disimulan los tirantes de sus sujetadores.

Contra ellas no hay inquina, no muestra indignación:

bastante tiene con contener la baba.

 

La doble vara de medir,

el odio que se disfraza de chiste ingenioso,

la falta de respeto por la libertad que me niega:

eso es lo pornográfico.

 

 (Este poema ha obtenido el XIII Premio Internacional de Poesía "María Eloísa García Lorca" en Melilla 2025 que anualmente convoca y concede la Unión Nacional de Escritores de España)

 

domingo, 23 de noviembre de 2025

A la última

 


   Tengo una amiga de esas que siempre están a la última. Con ella es imposible no saber qué color triunfará en la próxima temporada, qué está definitivamente pasado de moda y qué sería mejor que fueras abandonando para no parecer un muerto de hambre o un cateto. Se lee todas las revistas del quiosco en cuanto salen a la venta, sigue al dictado las recomendaciones de las influencers más cotizadas y no se fía de nadie que no tenga, al menos, quinientos mil seguidores en Instagram.  Su mundo es un delirio líquido, en el que todo o sube o baja, en perpetuo movimiento, de manera vertiginosa, de tal manera que, si cierras los ojos, ya te has perdido. Ni me imagino qué sobresaltos sufrirá cada mañana al despertarse, viendo que el mundo se ha dado la vuelta boca abajo mientras dormía y que hasta el salto de cama con transparencias, si es que lo usa, ya está más que obsoleto.

   Pues esta amiga me llama y me propone lo más para estas navidades, que no me lo piense y que me vaya con ella a conocer los mercadillos navideños de Alemania. Tía, que este año lo está rompiendo en las redes y que desgraciado aquel que en enero no pueda contar lo divertido que es tomar vino caliente al relente teutónico y pasearse entre puestos de mercancías exóticas ligando con bigardos que te invitan graciosamente a salchichas con ensalada de patata. Lo de menos es comprar nada, que luego hay que facturar la maleta en el avión y eso está descartado a poca clase que tengas; en cambio, la nieve, los patinadores, las gafas oscuras y la ropa de montaña hasta para cruzar la calle, le dan al plan un toque maestro, de elegancia natural, máxime ahora que no nieva en España por eso del cambio climático y casi nadie puede cantar “Blanca navidad” sin que le dé una terrible nostalgia de las muñecas de Famosa y de la vuelta a la casa para reunirse con su familia bajo el almendro.

   Comprenderán ustedes que una aventura así no es para pensársela ni dos minutos. Y menos con una loca de la compra electrónica que, antes de que digas sí o no, ya ha sacado los pasajes, reservado los hoteles y asegurado nuestras vidas para todo caso de vicisitudes, que no hay nada como la previsión para que viajar, aparte de apasionante, no cause estrés ni te oxide el cutis. Así que, antes de que ella decida por mí y me vea de hoz y coz atrapada en su telaraña, le digo que cuánto lo siento, que qué pena me da y qué lástima haberlo sabido tan tarde, pero es que ya he concertado la visita a mi prima de Salamanca, a la que no veo desde hace cinco años, y que pretende juntar a toda la familia, la que queda después de varios años un tanto funestos, a orillas del Tormes. Que ya sé que no se puede comparar Salamanca con Alemania, ni la vida provinciana de la Castilla interior, tan unamuniana y seca, con el resplandor de la filosofía germánica, que todo lo ilumina y dignifica. Que tenga cuidado, le digo, que los mercadillos no son como esos que se ven en las películas románticas, llenas de gente joven, sana y guapa que va disimulando malamente que están rodadas en agosto en pleno desierto de California, sino unos lugares un tanto siniestros donde una multitud de zombies vestidos de rojo colapsan las calles, se apretujan en los puestos de perritos calientes y mean detrás de las carpas ante la falta de servicios públicos. Eso cuando no te atropella alguna camioneta de terroristas puestos de coca hasta el cogote y siembra el caos entre la muchedumbre, que huye en todas direcciones tratando de llegar al año nuevo para, seguramente, dejarle la pasta a un psicoanalista que le prometerá aprender a gestionar el trauma paranoide surgido del ataque. Para mirar sin comprar, ya está el Primark, y El Corte Inglés, y hasta las tiendas de marca de la calle Serrano, donde peregrinan con la ilusión de ser una Kardashian las cursis de medio mundo mientras cuentan mentalmente los euritos que les quedan en la cuenta bancaria.

   Este alegato final pretendo que sea definitivo. No por su contundencia, que ya sé yo que Europa vive un periodo gris pero mayoritariamente seguro todavía, sino porque creo que mi amiga habrá comprendido que, por un lado, ya estoy comprometida y, por el otro, que la idea de ir a macerarme entre extranjeros por unas calles masificadas por un turismo cada vez más generalizado no me hace la menor gracia. Que para sentir lo mismo, me basta con darme una vueltecita por la Gran Vía madrileña entre visitantes de las más variadas procedencias y lenguas, y, encima, sale mucho más barato.

   Vale, vale, me dice, como quien ya ha captado el mensaje en todos sus niveles de interpretación. Pero, claro, no está dispuesta a quedar por debajo, una vez que ya ha manifestado su interés por la actividad turística puesta de moda por su agencia de viajes favorita, y no tarda en rearmarse como corresponde a una verdadera reina de las tendencias más sublimes y glamurosas. Te mandaré un whatsapp cuando llegue y algunas fotitos, ante las cuales ya verás como cambias de opinión; en el extranjero, sobre todo en Europa, y en Alemania concretamente, la vida se ve de otra manera, de una mucho más grata e intensa, como corresponde a un pueblo lleno de historia y tradiciones ancestrales, a las que ni Madrid ni Salamanca se acercan ni borrachas. Es una pena que seas tan provinciana, tan apegada a la familia y no evoluciones. Qué compasión te tengo, hija mía.

  Y me cuelga sin darme tiempo a darle las gracias, la muy hija de puta. Pues tendrá mucho estilo y estará a la última, pero a mí me parece que ésta todavía no ha salido de la porqueriza.