martes, 15 de agosto de 2017

Los ojos de Isadora




Psicótropos dudosos nos trajeron
la “belle époque”, nosotros muertos y azules,
insectos bajo la torrentera hipnótica del marino
sin suerte: se cubrió la galaxia de lienzos como rayos
que pintaban amores arrojados a los hielos del Ártico.
Fue el huracán, fue la línea imaginaria
que separa cúmulos y cuásares,
cuando los llantos del “blues” cortaron nuestros ojos
vacíos de mirar opacas entrañas de leones. Balcón
del blanco corazón informe mecía el agua, desabrigados
los amargos licores de las ingles, en un girar de alas
sin gaviotas. ¿Cómo desentrañar quisiera la arqueología
del bronce funerario, una vez se condena la tierra
al polvo del milenio? Reflejó un compás, un círculo,
un instante: “la memoria es la vida”. La vida es memoria
de un ángulo recto que se ha torcido, memoria
de cielos ya no transparentes, un amor triste
que se baila.

miércoles, 19 de julio de 2017

El coche




   Sé que soy un poco raro, no crean. En mi entorno encajo mal, muy mal diría sin temor a quedar retratado. No es que no me gusten los seres humanos, que no me gustan nada, es que además rechazo de plano las innovaciones tecnológicas que nos han convertido en unos peleles al servicio del consumismo, unos inútiles que solo vivimos para ganar dinero y, con él, poder comprar aún más utensilios y cacharros. Claro que hay algunas cosillas que hacen mi vida más cómoda, pero no son por las que la gente de mi generación y otras posteriores se matan de sol a sol: hoy por hoy el agua corriente, las aspirinas y la radio no desequilibran mi presupuesto, y me temo que el de nadie. Vamos, que no soy precisamente un negocio.
   Me gusta ir andando a los sitios, y gracias a ello he aprendido a mirar por dónde voy y he conseguido tener unas piernas fuertes que son la base para una buena salud. Cada día más, en mis paseos sin prisa y a menudo sin rumbo, me cruzo con personas que viven abstraídas en su mundo virtual de smartphones y que ven la vida por una pantalla de pocas pulgadas: me da un poco de lástima ese mundo de likes, selfies y postureo que a menudo esconde tan solo un miedo terrible a la soledad, una huida a fondo, como el horror vacui del arte barroco. No hay nada sano en ese mundo tecnológico que nos impulsa al silencio, a la reconcentración, al aislacionismo, cuando es conocido que el ser humano solo puede ser feliz, o aspirarlo al menos, en su dimensión social y preferentemente solidaria.
   Y aunque no me gusta caer en los brazos de esta sociedad consumista, claro que yo también pago mis peajes, porque de no hacerlo mi vida sería, al menos hoy por hoy, totalmente imposible: tengo mi tarjeta bancaria, mi nómina domiciliada, receta electrónica y coche propio. Algunos quieren ver en este último mi gran contradicción y me restriegan con saña las virtudes del transporte público, como si no supieran lo difícil que es en algunas ciudades como Madrid trasladarse de un punto no céntrico a otro aún menos céntrico. Que si vives en la periferia, por más tranquila que pueda ser tu vida, es imposible que el mundo esté a tu alcance excepto si te vas a donde van todos: al Primark o a El Corte Inglés, que esos puntos sí que están bien comunicados. Y eso por no hablar de los trayectos nocturnos…
   Aún así yo uso muy poco mi coche. Creo que no conozco a nadie al que le guste menos que a mí tener que ir a la gasolinera a repostar: ya no es que me parezca un robo a mano armada por parte del gobierno de turno, que hace años que tengo bien fundada esta opinión, y hasta oiga las monedillas sonar en las manitas del Ministro de Hacienda, por no decir de todos esos gerifaltes que son parte del negocio por tradición familiar y que, además, alardean de tener unas magníficas relaciones con las monarquías árabes, es que también aborrezco el olor a gasolina, el del pan precocido y las promociones de puntos para que tú vuelvas. Y tampoco creo que conozca nunca a nadie al que le guste menos que a mí llevar el coche a una simple revisión: el mecánico trata de ser amable y me habla de pastillas de frenos, líquidos aditivos y cambios de filtros de los que, no solo no entiendo nada, sino que no concibo que puedan interesarme jamás. Cuando me entrega el presupuesto, para mí es como si me diera un manuscrito en sánscrito que hubiera que guardar para siempre en una cueva de la ribera del mar Negro.
   No obstante, lo peor acecha de forma inesperada. Da lo mismo que te sepas los horarios, las costumbres, las dinámicas y las sinergias: un día como otro cualquiera sales de tu casa y de buenas a primeras te encuentras un atasco donde habitualmente hay tres carriles y un tráfico fluido. Pasan los minutos, y hasta las horas, te aburres de beber agua, se te acaban las aspirinas y hasta te hartan las mismas noticias de la radio. Y así, casi sin saber cómo, tragando  humo y pasando calor, viendo cómo otros conductores despotrican contra todo y pegan bocinazos a diestro y siniestro, siendo consciente de que allí no hay orden urbano ni guardias de movilidad siquiera para dar ánimos, abro la puerta y salgo por piernas, abandonando para siempre la última ilusión que me quedaba de no ser un bicho raro.

lunes, 3 de julio de 2017

Padre


Me baño en tus ojos azules, prístinos
-como la mecánica de los ritos estacionales,
la terquedad en estado puro-,
y me veo en el azul no limpio de los míos;
me gustaría recuperar aquella caja de pinturas,
mi premio de caligrafía de primaria,
y emborronar con el marrón y el negro
mis iris y mis cejas; dejar atrás
los espacios en blanco del silencio,
la huida amarilla hacia los campos,
la solitaria amapola, y subrayar
la energía del ánimo, la madrugada,
la tenacidad de la vida saludable,
sin complicaciones ni afectos,
manchando de negro los contornos
de la herencia y la genética,
desdibujando el rito,
estampando mi propio exlibris
con letras góticas y negras.

(publicado en "Los útiles del alquimista" -información en este enlace-, Tafalla 2010)



viernes, 16 de junio de 2017

Turismo



   Se acerca el verano una vez más y, como en otras ocasiones, la publicidad empieza con el bombardeo de anuncios en los que jovencitas semi anoréxicas se exhiben en minúsculos bikinis por playas de medio mundo. Es el momento, dicen, de invadir El Corte Inglés y, sin pensárselo, comprarse las novedades en moda estival, para lo que ya se lleva sufriendo debidamente la dieta desde que terminó la Semana Santa, que las lorzas combinan muy mal a cualquier hora del día con el blanco Ibiza de la ropa. Tampoco debe faltar la reserva en el hotel con bufet libre en el que nos garantizamos ya la pelea por el arroz con pollo y la consabida gastroenteritis de todos los años o el alquiler del estrecho apartamento en el que alguno tendrá que dormir en la terraza si no quiere quedarse en casa. Billetes de avión, de tren, puesta a punto del coche, seguros de cancelación y compra anticipada de entradas a monumentos súper solicitados, se convierten en el negocio padre para las agencias de viajes, que ya te programan, aunque llueva a mares, la entrada a la Alhambra el martes 8 de agosto a las 11 y diez de la mañana y pretenden, a la vez, que tú te relajes y disfrutes de tus vacaciones.
   No crean ustedes que estoy en contra del turismo, ni mucho menos. Siendo español y no pensando en marcharme todavía de este paraíso en la tierra que es la piel de toro, no se me ocurrirá, ni muchísimo menos, criticar la principal fuente de riqueza de mi país. Nuestro producto interior bruto depende tanto de la visita de esos extranjeros en pantalón corto y piel blanquísima que todos los años se beben por litronas las sangrías y que aplauden a rabiar en los tablados flamencos, las corridas de toros y los trenecitos turísticos que dan la vuelta a pueblos pintorescos y encalados, que uno piensa que, si no fuera por ellos, nos íbamos a tener que contentar con comer higos chumbos y paisaje. Hemos descuidado la agricultura y la pesca tradicionales, y reconvertido en nada la industria nacional, para regentar esta inmensa sala de fiestas donde se pueden cometer todos los excesos posibles con o sin dinero. La España de la movida sigue bien viva, así que ¡arriba el negocio!
   Cuando se acerca el verano, yo también me quiero marchar lejos, ver mundo y dejar atrás este calor mesetario que en los últimos años ha aumentado tanto que casi ya no quedan ni moscas. Ni la tradicional siesta después de comer, ni las tazas de gazpacho con hielo, ni el moderno aire acondicionado consiguen paliar esta canícula que viene a menudo acompañada de polvo sahariano. Y como no te puedes pasar el día en remojo para no convertirte en un garbanzo, lo mejor es empezar a calcular hasta dónde te llega el presupuesto de este sueldo de antes de la crisis. Descartando todos los países que tienen vigente la pena de muerte por motivos obvios, aquellos en los que las mafias organizan secuestros exprés, los que no recomiendan los gobiernos europeos por falta de seguridad, y los que tienen mayores posibilidades de sufrir terremotos, tsunamis, atentados, plagas bíblicas y rencillas religiosas enconadas, mis posibilidades se reducen a cuatro países europeos que ya he visitado un sinfín de veces y que no me apetecen mucho, la verdad, porque son como España pero con el horario mermado y los precios más caros.
   Y si descarto pasar mis vacaciones en las Rías Baixas, donde ya casi no llueve, o en Málaga, porque no se puede dar un paso sin tropezarse con un chiringuito envuelto en el humo de los espetos de sardinas, el personal abotargado por las litronas de tinto de verano, la gente en casi cueros mostrando las lorzas como quien expone las longanizas en el escaparate de la carnicería, o en cualquier otro punto apasionante de este país de charanga y pandereta también por motivos obvios, después de todo, lo mejor será que me quede en casa soñando con un mundo de luz y color, de paz y armonía, que solo existe en la publicidad.

jueves, 18 de mayo de 2017

La velocidad




   Cuando estudiaba en la escuela los conceptos de tiempo, velocidad y distancia, convertidos en absurdos problemas de móviles, coches que salían de un punto A y un punto B a distintas velocidades y que tenían que encontrarse, esa era la cuestión, dónde, yo me imaginaba siempre que acababan colisionando estruendosamente, desintegrándose en el acto, no dejando ni los restos, para que mi profesora coja y malhumorada tuviera que aceptar que no había evidencia alguna, prueba alguna, de que el encuentro pudiera producirse. Y qué aburrimiento aquello de que la velocidad es igual a la distancia partida por el tiempo. Verdades universales: el tedio eterno para quien piensa tan solo en jugar por la tarde en el parque mientras se come un trozo de pan con chocolate.
   Ahora que soy mayor y que hace años que me libré de mi profesora de matemáticas, que supongo que todavía andará por el mundo con su trantrán y sus pasitos cortos pero sin haber descubierto aún lo que es de verdad la velocidad, debo reconocer que a mí me gusta conducir una barbaridad y que adoro pisar el acelerador y comerme los kilómetros a bocados. Y también es verdad que maldita la falta que me hacen las fórmulas físicas para encender el motor y salir a quemar goma por las carreteras; necesito dinero para llenar el depósito y tiempo libre para disfrutar del ocio, pero nada de eso me lo han facilitado las horas muertas e inútiles pasadas en la escuela calculando ecuaciones de segundo grado o memorizando las formas verbales del español. Que nadie va y te dice en una cena de amigos que el futuro de subjuntivo de conducir es condujere ni que la velocidad es eso del tiempo y de la distancia, que si alguien dijere esa tontería todos nos quedaríamos como estupefactos, pensando que le ha dado un aire: si la velocidad fuere igual a la distancia partida por el tiempo, qué mal rollo, oye, que éste está zumbao. Y qué ricas están estas almejas.
   A mí lo que me gusta es conducir de prisa, con la música a tope, sin pensar en casi nada más, derrapando, dándole al claxon para hacerme notar. Y dejar el coche donde me pete. Sé que a muchos amigos míos no les gusta mi forma de conducir y que casi nunca se montan conmigo, pero yo lo prefiero, porque estoy hasta las narices de todos esos listillos que te miran con prevención, te sugieren que dejes de mirar al móvil mientras negocias las curvas y te recuerdan cada poco que la velocidad está limitada a cincuenta o que el semáforo está rojo, como si yo no lo supiera. Me salto los pasos de cebra porque se me pasa por el forro y me meriendo las señales de tráfico porque me importan un pito: ya tengo el gepeese para que me avise de los rádares de control de velocidad, que es lo verdaderamente importante. Hace años que en mi coche no monta nadie de mi familia y todos salimos ganando: a mí no me dan la chapa y yo les sigo hablando en las cenas de Nochebuena.
   Pensarán que no sé lo que me hago y que estoy gilipollas, que me habrán crujido a multas y que no tendré ya puntos en mi carné de conducir, pero están errados como burros: ya me encargo yo de que no me cojan en ningún renuncio, que no es tan difícil. Ya se sabe: hecha la ley, hecha la trampa. Hay quien roba un chupachups y le meten un puro, y quien asalta las arcas del tesoro y, sin embargo, le condecoran con la orden del mérito nacional, todo es cuestión de modos y maneras, de fórmulas de esas que no te enseñan en las clases, pero que te abren las puertas de la sociedad aun con las manos manchadas y te cierran las puertas de la cárcel aun con las manos limpias. Me gusta correr con el coche, sí, avasallar, apretar, imponerme en la carretera y comerme los pasos de cebra, parar en doble fila, aparcar en zonas reservadas a minusválidos.., pero, mientras no se demuestre lo contrario, mi honestidad está a salvo y tengo todos los puntos en el carné. La cuestión fundamental es no dejar pistas, desintegrar las evidencias, hacer desaparecer las pruebas, y no quedará ni rastro de los hechos. En ese caso la culpabilidad es igual a la distancia partida por cero. Si yo solo había parado un minuto para sacar dinero en el cajero automático…

domingo, 23 de abril de 2017

Azul



Lo que me gusta, ahora que ya he perdido las tontas ilusiones juveniles, es estar de vacaciones, mano sobre mano, sin hacer nada, tomándome unas cañitas con calamares mientras miro al horizonte y no se atisba novedad alguna. Si además ese tiempo libre puede ser en verano y puedo aposentar mis reales en un lugar cercano a la playa, una que no esté atestada de gente jugando con niños, palas y frisbies, eso puede parecerse mucho al paraíso. Claro que no estoy hablando de Benidorm, la Manga del Mar Menor ni de Oropesa del Mar, lugares todos ellos que desgraciadamente me parecen el colmo de la chabacanería y lo cursi, eso tan español del quiero y no puedo, la apoteosis del mal gusto, la guerra por la croqueta revenida en los bufés de los hoteles con pensión completa… Que uno se va de vacaciones a descansar del mundanal ruido, no a sumergirse en él como si viviera en un primer piso exterior de la Gran Vía madrileña.
Me dirán entonces que lo mejor será quedarse en casa, porque no hay en nuestro litoral un metro cuadrado libre de la consabida sombrilla madrugadora, la familia con nevera que se reparte gazpacho y tortilla de patata, el abuelito que ronca como un leñador tumbado sobre la toalla de Frozen y la santa que discute con su maromo porque les mira los pechos libres y erectos a las nórdicas desatadas. Es lógico que a ustedes les falte fe, al fin y al cabo viven, vivimos todos nosotros, en un país que se ha acostumbrado a sostener a políticos corruptos, banqueros vividores, artistas mediocres y periodistas domesticados: cuando se consiente tanta mugre, es normal que la porquería se instale en cada rincón de la patria, incluida la playa, que es el experimento sociológico donde se tira a los pobres y los venidos a menos todos los veranos para ver cuánto más son capaces de tragar sin soliviantarse. Pero no se olviden ustedes de que quedan esos pocos sitios exclusivos donde se atracan yates fabulosos, se come marisco de primera y se liga con jóvenes de extrema perfección sin que llegue hasta allí el olor a ajo o a Nivea: esos son los sitios que me gustan y a ellos pertenezco por devoción, lo merezca o no, que eso no lo tiene nadie en cuenta mientras se descorcha el champán de marca y se reparten rayas.
No obstante, mi pasión es el submarinismo y a eso dedico todo el tiempo que puedo. Hay algo emocionante en conducir el yate hasta una isla tan pequeña como remota, atracar en sus aguas frías y solitarias, y zambullirse en ese mundo olvidado para pasar allí las horas muertas. En el momento en que caes al agua y comienzas a deslizarte hacia abajo, mecido por las corrientes, comienzas a ver el espectáculo de algas, peces y esponjas, y esa quietud, ese silencio, te transporta a una suerte de paz universal. Un azul delirante, unas luces secretas. Todo envuelto en una silenciosa cadencia, donde no tienen sentido la invención de la radio, el entretenimiento de los programas televisivos, la vibración del teléfono móvil avisando de la llegada de un mensaje de whatsapp… Ser consciente de que respirar, despacio y profundamente, es vivir, vivir con plenitud, como lo hacen los tiburones martillo, los atunes rojos y los gobios, es quizá lo más gratificante de la inmersión, que acaba, claro, cuando la prudencia avisa de que el oxígeno se agota y hay que regresar a ese mundo exterior de ruido y guerra, a la inconsciencia pesada de los seres terrenales.
Mi espíritu pertenece al mar, a su silencio, y no a este siglo agitado por el ruido tecnológico y la necesidad de no sentirse nunca solo: si se le quitara a esta humanidad entretenida ese contacto falso de las redes sociales y se la dejara sin sus series favoritas, sin sus canciones enlatadas, sin sus juegos estúpidos de frutas que estallan entre luces y puntos, es posible que, de repente, se sorprendiera porque todavía trinan los pájaros en sus ramas, suena el viento en las hojas de los plátanos y a lo lejos, muy a lo lejos, donde dicen que Alfonsina Storni sigue recitando sus versos, allá lejos, se oye cantar al mar.

lunes, 20 de marzo de 2017

El gato


  Soy uno de esos pocos españoles que, cuando se sientan a ver la televisión, ven documentales de todo tipo, aunque no sean los de la Dos. Seguramente ya me habrán catalogado de aburrido: a algunos les parecerá mal que pierda mi tiempo en ver estúpidos programas de costumbres animales, descubrimientos científicos o análisis psicológicos del homo technologicus (me los imagino animándome a escribir una novela histórica, entrenar la maratón de Nueva York o frecuentar bares para solteros en busca de compañía, y, claro, me da la risa, cómo no); otros, por el contrario, no podrán comprender por qué pierdo el tiempo en teorías pretenciosas que no sirven ni para aliñar una lechuga y tratarán de convencerme en la importancia del mero entretenimiento, como si la telebasura de “Sálvame”, “First dates” o la de la tertulia sabatina de la Sexta le fuera como anillo al dedo al homo imbecillitas del siglo XXI. Admito que puedo ser denso, incluso poco común, pero desde luego no estoy aquí para complacerles a ustedes, les guste o no.
   En uno de esos documentales tuve mi iniciación a la física cuántica, como otros tienen la suya en el sexo gracias a la pornografía de la sesión X del Canal Plus o en la cocina aprovechando los memorables consejos de “Masterchef Junior”. El caso es que, a nivel extremadamente minúsculo, el mundo no es como lo vemos, ni mucho menos: cuanto más pequeñas son las micro partículas, menos obedecen a las cuatro leyes generales de la física elemental. Y para que lo entendamos los más profanos se nos cuenta la conocida historia del gato encerrado en una caja con una cápsula de veneno fatal: según la teoría cuántica, el gato está a la vez muerto y vivo, o lo que es lo mismo, maúlla esperando a que lo saquen mientras yace muerto además en el fondo del cartonaje. Entonces, solo al abrir la caja, descubriremos que el gato está vivo o muerto, pero esa experiencia bien podría ser la contraria si mirásemos en otro momento del espacio-tiempo. Una vez abierta la caja, ya no habrá vuelta atrás, bien sea para la vida, bien para la muerte del triste felino.
   No me creerán si les digo que, desde que tuve conocimiento de esta realidad dual, mis creencias y mis esperanzas se han trastocado radicalmente, como si se me hubiera aparecido el mismo dios y me hubiera tirado del caballo, como a San Pablo. Me pasó la noche de claro en claro, dándole al cacumen, como aquel viejo hidalgo al que le dio por leer novelas de caballerías y más tarde por subirse a Rocinante para perseguir el mal en el mundo. Pero, estoy seguro, aún no he perdido la cabeza del todo, aunque se me ocurran ideas de lo más peregrino para aplicar al bien común la dualidad cuántica. Por ejemplo, en ese mundo físicamente posible, existe la doble posibilidad: Donald Trump existe, sí, pero a la vez no porque ya se ha tomado el veneno; Mariano Rajoy es presidente, sí, pero a la vez ya ha perdido las elecciones porque los españoles ya lo hemos puesto en el lugar que se merece, es decir, en la calle; el autobús de la plataforma ultraconservadora y populista de Hazte Oír está a la vez en un garaje precintado por el juez y en un desguace de Meco; el obispo de Las Palmas de Gran Canaria es a la vez un carcamal de ideas dudosas y una drag queen vestida de pastora a la que le gusta que le fustiguen el trasero con un látigo de látex…
      Cada noche me voy a la cama con la secreta esperanza de que la física cuántica sea verdad y que al abrir la caja, perdón, los ojos, al nuevo día, ni Trump ni Rajoy sean presidentes, los populistas ultraconservadores estén enterrados en sus cavernas y el obispo de Las Palmas esté triscando con las cabras y tirando al monte, que es lo suyo. Si la física cuántica dice que es posible, y dice que lo es, aunque en el día a día los borregos se dejen llevar al matadero con la amenaza de que es mejor callar que rebelarse, aún no he perdido la esperanza en este universo de traca y muy señor mío. A lo mejor, mañana, matamos al gato.