
Desde que
vivo en la ciudad de Los Ángeles, es decir, desde 2019, cinco añitos nada más,
he asistido impertérrito al éxodo incesante de contemporáneos que se marchan
por propia voluntad o que son obligados a dejar la Tierra para trabajar en las
colonias exteriores. La mayoría, no obstante, se van contentos de abandonar un
planeta tan sucio y contaminado, tan maloliente, que no se molestan ni en quitar
el vaho a los cristales de los transbordadores para echar un último vistazo a
esta roca de todos los demonios. Los que nos quedamos lo hacemos por dos
razones principales: porque aquí hacemos falta para mantener el desorden social
y administrativo o porque nuestras enfermedades y peligrosidad social
desaconsejan invertir recursos en nosotros; ambos grupos anteriores, sin
embargo, están interconectados por leyes genéticas y políticas. Me hubiera
encantado haber visto, al menos por una sola vez, la bola azul girando en el
espacio antes de perderme en la negritud de mi destino, pero no será posible.
Son demasiadas las barbaridades a las que he
asistido en mi larga vida, tantas, que no podría enumerarlas aunque quisiera.
De aquella naturaleza exultante, luminosa, de mi infancia, que recuerdo ahora
con nostalgia por su simplicidad, nos fueron expulsando poco a poco la
tecnología, el consumismo y el individualismo, lacras sociales que al principio
parecían deseables porque ofrecían un mundo más cómodo y que, al final, nos
superaron con el agotamiento de los recursos naturales y con la aparición de la
lluvia radioactiva y la contaminación masiva de bebidas y alimentos. Ahora ya
no sirve de nada lamentarse: ni la inteligencia artificial, ni la tan escasa de
los humanos, pueden hacer nada para revertir un proceso que, visto desde este
presente, ha sido un negocio dirigido por necios y sustentado por idiotas.
Debo reconocer que también a mí me
entusiasmaron al principio algunos de aquellos adelantos técnicos, tan
prodigiosos que parecían simplemente milagros: los primeros viajes espaciales,
el desarrollo de la computación cuántica, la generación artificial de obras
artísticas, la erradicación del trabajo y la conquista del ocio universal, la
abolición del dinero…, anunciaban una nueva era para todos, si bien vinieron
acompañados de consecuencias que no supimos prever, como la basura espacial, la
obsolescencia del cerebro humano, el aburrimiento, la falta de ilusiones y el
sinsentido de la existencia cotidiana. Yo me había prestado alegremente a
participar activamente en varios experimentos a cambio de ciertos privilegios,
pero, progresivamente, al principio solo unos pocos insatisfechos, y después
toda la sociedad sin excepción, nos entregamos al ejercicio del escapismo en
todas sus variantes, que incluían, desde la toma de drogas y medicamentos
legales en dosis excesivas, hasta el suicidio. Fue una etapa feliz que terminó,
cómo no, con la desaparición del veinte por ciento de la población y la
erradicación, por falta de reposición, de los medicamentos y sustancias que nos
habían liberado de la angustia vital.
Pasado el síndrome de abstinencia colectivo
y no sin secuelas, algunos comenzaron los planes para buscar un hogar más allá
del sistema solar, mientras otros nos dejábamos llevar, sin rumbo, por un mundo
sin objeto y sumido en una niebla permanente: aún se podía encontrar en el
mercado negro algún licor de destilación artesanal, algún placer inédito,
alguna sofisticación al alcance de quienes no tuvieran ningún escrúpulo en
arriesgar su vida por un rato de plenitud total. Hubo quien murió por beber
anticongelante de aviones, quien se voló la tapa de los sesos con un fusil
tratando de hacer fuego, quien alcanzó un último y lastimero orgasmo enredado
con el cable de una plancha. La aparición de un remedo de policía montada en
coches voladores, un cuerpo de seguridad que nadie supo quién organizó pero que
se dedicó concienzudamente a extraterrar a los habitantes del planeta aptos
para desarrollar un trabajo en el espacio, cambió la situación definitivamente,
aunque algunos nos negamos a participar y nos hicimos de algún modo insumisos.
Me convertí en un individuo antisocial, lo
peor que se puede ser, por secuestrar uno de aquellos coches voladores y
estrellarlo, con sus dos ocupantes, contra un transbordador que estaba a punto
de partir con más de quinientos trabajadores para las minas de Arterón. No
esperaba sobrevivir, ni mucho menos, pero el coche estaba blindado con una
fibra de última generación capaz de atravesar todo tipo de metal sin
deformarse; curiosamente, el transbordador se desintegró en la bruma permanente
sin que nadie del mismo pudiera sobrevivir. Me detuvieron inmediatamente, me
aplicaron una ley sumarísima y, desde entonces, me pudro en este aislamiento
absoluto, atado por una cadena a la pared de un bloque de apartamentos en el
que no vive nadie y por el que ni siquiera transitan ratas ni cucarachas. Sin
agua ni comida. Algunas veces se filtran por las grietas del techo algunas
gotas de lluvia radioactiva y puedo mojar mis labios; otras, recibo la visita
de algún funcionario enviado a certificar, inútilmente, mi muerte.
Ignoro por qué no muero. Ignoro también si soy
inmortal. Es tan poco lo que sé de mí que a menudo fantaseo con la posibilidad
de que alguien me instalara alguna mejora cibernética que me permita sobrevivir
incluso a un desastre planetario. Tal vez por eso superé también al atentado
con el coche de marras. Y puede ser que esté siendo estudiado detenidamente por
una caterva de científicos locos, de esos que andan investigando con la
creación de un prototipo capaz de afrontar con éxito cualquier obstáculo. Si
fuera así, tendrían en mí una baza excepcional para asegurar un futuro a la
humanidad en el espacio exterior.
Claro que eso sería si yo estuviera
dispuesto a colaborar y no a ir a la contra. Y es tan divertido no seguir las
reglas, estrellar sus coches, verlos tan desorientados, pisotear su prepotencia…,
que dudo mucho que puedan sumarme a su causa. Son tan destructivos como yo,
igual de crueles, pero ellos siguen teniendo miedo a la muerte y yo no.