lunes, 17 de marzo de 2025

Catálogo de facistoles

 

 

Cruje la madera en las tardes de primavera
y las beatas que fatigan el coro con sus rezos
asisten, turbadas, al ímpetu de la memoria de la savia.
Sus corazones susurran las antiguas melodías
de la música a capela, las vetas de la carne
se sostienen sobre un armazón de notas:
sándalo, palosanto, cedro del Líbano, caoba,
que bien pudieran ser bálsamos o perfumes orientales,
pues visten de nostalgia los duelos, los confortan,
en una cascada salvaje de aerolitos encendidos.


¡Qué desazón tan lenta, qué desgarro inesperado
el de las fibras salpicadas de ascuas palpitantes!
En bibliotecas y museos, ajenos al comején del siglo,
duermen el sueño de los justos, en silencio turbio,
los libros miniados, los historiados volúmenes
que un día se iluminaron con el oro de los reyes
y en el atril vencieron sus lomos de cuero guarnecido.
Apenas nadie interpreta los laberintos de sus hojas
y comprende los delicados trasuntos del bosque,
donde pían los pájaros exóticos de roncas voces.


Y qué alegría estalla en las copas de los árboles
cuando se retira Selene ante la diosa de rosáceos dedos!
Si la tristeza se destila en odres amargos de crudeza,
de entraña negra y sombra taciturna, aborrecida,
para la luz y la mañana se engalanan los torrentes,
corren palpitantes de ansia y vida aguas abajo,
inventando los salmos, concibiendo los himnos
que sonarán después en las presas eléctricas.
Un hormigueo recorre la espina dorsal de los orfebres
que trasmutan el rayo en cuentas y diamantes.


Los catálogos pueden recoger el número, la calidad,
el estado de conservación y su manufactura,
con una precisión arqueológica que raya en la demencia:
colección de mariposas, sarta de perlas refulgentes,
repertorio de grillos que no frotan sus patas en la noche.
Pero los facistoles se resisten, firmes, a la condena
y se revuelven inesperadamente en sus troncos secos,
agitando brevemente la existencia de las sombras,
exigiendo de la memoria ritmos y armonías,
negando el imperio del olvido y los silencios.

 

(Este poema obtuvo el Segundo Premio en el XVI Encuentro de Poesía "Premio José Carlos Capparelli" en Buenos Aires en 2014. Asimismo ha sido traducido al valenciano y publicado en el llibret "Sintonía 2024" de la Falla Plaza Elíptica de Gandía)

domingo, 2 de marzo de 2025

La plataforma

 

   Con unos pocos ahorros y una ayudita del banco, que me coloca a mí un préstamo al seis por ciento cuando recibe el dinero prácticamente gratis de las entidades europeas, que ya me gustaría a mí quitarme al intermediario de encima y contratar directamente, así se amasan las grandes fortunas en este mundo, sin correr riesgo económico alguno, incluso sin capital inicial, con eso, digo, me compré una plataforma. No vean las caras de horror de los míos. ¡Una plataforma! ¿Pero para qué? Y es que en nuestra sociedad se habla mucho de la libertad de expresión, del emprendimiento y de la iniciativa individual, pero cuando tomas una decisión que solo a ti te compete (bueno, al banco un poco también) ahí están los demás, allegados o no, para decirte enseguida lo equivocado de tu proceder.
   Pues sí, me compré una plataforma. Seguramente sería una inversión ruinosa. No me iba a dar ni un euro. Probablemente tampoco se revalorizaría y, por tanto, no sería posible venderla dando un pelotazo de esos antológicos que producen la admiración de todos y que disparan al máximo los índices de envidia. Como no iba a dar dividendos, ni me iba a convertir en un potentado, en general se me miraba al respecto por encima del hombro, a veces con desprecio, otras con conmiseración, como diciendo que por ahí pulula ese loco, ese inútil, con sus ideas de bombero. Pero a lo que creía, no todo en esta vida se reduce al dinero ni a las ganancias, aunque la mayoría de la gente se afane toda su vida por amasar fortunas para, al final, espicharla igual, dejando una herencia por la que se van a pelear, a veces hasta la muerte, sus afortunados sobrevivientes. Confiaba en que, salvo la plataforma, que nadie querría que se la endosaran ni por asomo, no tendría nada que legar a los pocos que aspiraran a convertirse en mis herederos. Así dejaría atrás muchos menos enemigos, propios o ajenos, lo que era un buen balance, al cabo, para una existencia humana media.
   La plataforma, por más que pareciera una mala idea, poco a poco fue teniendo mejor aceptación, no sé si porque yo me paso de tonto o de bueno. El caso es que, aplicando mis ideas humanistas, de manera generosa y desprejuiciada, todo tipo de fauna se asentó en ella para aprovecharla, que lo gratis llama mucho la atención y no faltan bocas, ni manos, ni pies, para hacerse con su trocito. Es verdad que al principio la tomaron con educación y buenas maneras, pero no es menos cierto que, en cuanto el espacio empezó a escasear, aparecieron los codazos, las amenazas y hasta las expulsiones. Claro que la plataforma es mía y que en última instancia aquí se hace lo que yo quiero, pero por cuestiones de urbanidad tuve que reducir el espacio que me quedé al principio para uso personal, negociar con mis invitados ciertas normas que no les parecían adecuadas y crear un servicio policial que sirviera para poner orden en el caos en el que habíamos terminado viviendo todos casi sin darnos cuenta.
   Ante los primeros signos de aparición de mafias y otros poderes paralelos al mío, que son consecuencia de la maldad intrínseca de ciertos individuos indeseables y asociales, convoqué entre mis fieles una tormenta de ideas para poner orden en el desgobierno. No fue nada fácil, porque para entonces ya se había instalado colectivamente la idea de que la plataforma era de todos y había todo tipo de organizaciones dispuestas a dar la batalla legal para mantener la situación de hecho como un uso y una costumbre debidamente adquiridas. Así que me las vi y me las deseé para ir ganando una a una cada batalla hasta convertirme en el ser más impopular del mundo por impulsar desahucios, deportaciones, expulsiones sumarísimas, evacuaciones preventivas y actuaciones judiciales, que acabaron por establecer una frontera jurídica en los límites de mi plataforma; finalmente no quedó en ella más que quien yo quise, que para eso era mía y la quería a mi gusto.
   Por supuesto, los problemas no acabaron ahí. Los deportados, los expulsados, los desahuciados…, creían seguir teniendo derechos y me denunciaron a los organismos internacionales para que aplicaran las leyes supranacionales a mi pequeña monarquía, porque a esas alturas yo ya había decidido convertirla en reino y dictar leyes que me protegieran, como rey omnipotente, de la voracidad ajena. Poco me importó, la verdad, que iniciaran esos procesos largos y tediosos, llenos de trampas judiciales y administrativas que siempre, siempre, favorecen a los propietarios, porque en el peor de los casos todavía estaba en mi mano convertirme en una autarquía, cerrar fronteras y defenderme con armas, nucleares o no, de cualquier amenaza.
   A estas alturas la plataforma cuenta con buena salud, afortunadamente. Después de tiempos convulsos y decisiones poco acertadas, tras haber superado esas dificultades que las grandes ideas traen aparejadas hasta que la mayoría las asume y las comparte, hoy es un modelo de éxito, incluso económico: da beneficios, reparte riqueza y se ha convertido en todo un paraíso fiscal, de tal modo que hay una lista de espera para ser admitido y puedo decir con todo rigor que en esta plataforma no hay un solo pobre, un solo sin techo, un solo enfermo; aquí nadie nos molesta a los que nos podemos llamar los buenos, los despiertos, los que sabemos aprovechar las oportunidades…
   Sigo pensando que no todo se reduce al dinero o a las ganancias, pero lo que no quiero ya parecer es tonto en una plataforma que es mía y en la que se hace lo que yo quiero. Es lo bueno que tiene el poder. Y en cuanto a quién la vaya a heredar, eso ya no es problema mío: el que venga detrás que arree, que el mundo es de quien lo conquista. Ahí se queden mis enemigos y se maten entre ellos, que nada podrá empañar ya una vida de éxito como la mía.



domingo, 2 de febrero de 2025

La desconfianza

 

 

   Todos hemos aprendido con los años a no ser confiados. De niños es posible que nazcamos con una cierta ingenuidad, esa que nos hace tan vulnerables y ridículos, pero se nos pasa pronto, generalmente en cuanto nos dan un sopapo en la guardería o nos arrean un mordisco con saña en el parque del barrio. Es cierto que la mayoría de nuestros mayores nos advierten de los peligros incluso antes de que tengamos algo de conocimiento y nuestro mini universo infantil se llene de lobos hambrientos, sacamantecas y brujas con verrugas, pero también está contrastado que, pese a tanto aviso, es usual tardar muchos años en acabar comprendiendo en qué consiste la verdadera confianza y qué la diferencia de la tontería.
   En los últimos días han sido muchas las personas con las que he hablado con la excusa de la navidad y del inicio del año nuevo para tratar de que no se rompan las relaciones amistosas y sociales por falta de uso. La incomunicación previa, esa que es fácil de achacar a las numerosas ocupaciones de la vida moderna, el estrés y el cansancio, ha dado paso en algunos casos a una actualización que no sé si calificar de previsible o no: muertes súbitas, fulminantes, de personas jóvenes y sanas a las que se les podía  pronosticar una vida larga y tediosa; matrimonios sólidos que se han separado después de años de rutina doméstica y que han derivado en batallas judiciales sanguinolentas por el predominio en la disolución de los bienes gananciales; hijos e hijas que han depositado a sus padres en residencias y se han marchado sin mirar atrás; enfermos graves que no reciben atención de las instituciones porque no disponen de acceso telemático o, peor aún, porque la primera cita disponible para un traumatólogo o para un cirujano no sale en el sistema hasta la primavera de 2026…
   Está claro que lo peor de dejar de ver o de hablar a una persona no es la distancia que se establece con ella (porque como dice el refrán “ojos que no ven, corazón que no siente”), sino la recuperación posterior de esa relación con todas las posibles desgracias de las que la existencia se encarga de ir llenando nuestras sacas. Después de esos meses, de esos años, de ignorancia mutua, tiempos en los que seguimos pensando que los demás son felices y viven en un presente brillante, exultante, el reencuentro trae en muchos casos una cascada de cambios tal que no puede sino asombrarnos, tan hechos estamos a querer creer que nunca pasa nada y que nuestras vidas son inmunes a los cambios cuando son para mal. Y entonces recordamos que nos hemos confiado demasiado, que en el tumulto de las aguas turbulentas nos hemos olvidado de las advertencias aquellas recibidas en la infancia, viéndonos sorprendidos de nuevo por la falta de disciplina, de inteligencia emocional.
   Claro que pocas veces nos hacemos responsables de nuestros fracasos, pues es más sencillo culpar a los demás de nuestras derrotas e insatisfacciones. Así vemos que la mayoría de los desahuciados de la fortuna acusan de su negro destino a los médicos ignorantes, a sus exparejas, a unos familiares desapegados y avarientos, a abogados ineptos y corruptos, y en general a cualquiera que pasara por allí en el momento de la desgracia. Todo antes que hacer un poquito de autocrítica y, tal vez, asumir que no se debería haber puesto tanto crédito en personas que no lo merecían porque, en el fondo, son tan imperfectas como nosotros, que para empezar ni siquiera nos fiamos de nosotros mismos.
   Una de las mejores estrategias contra la infelicidad consiste en no reconocerla, es decir, en no hablar de ella ni a los más íntimos. Para ello no solo basta con aparentar cierta placidez y no conceder a la adversidad ni un centímetro de avance en la propia existencia: hay que negar la de los demás, como quien niega sin empacho que la tierra es redonda, las vacunas protegen y los políticos, todos, roban. Ante las desgracias ajenas hay que endurecerse la piel y blindar con una capa de titanio el corazón, no vaya a ser que una grieta inesperada de sensibilidad nos haga vulnerables de repente, aunque nos ganemos el apelativo, justo por lo demás, de fríos y calculadores.
   Así andaba yo filosofando estos días de lluvia en que los reyes magos traerían sus regalos a los niños de todo el país, inundándonos con una bondad que el resto del tiempo no existe y tratando de protegerme de la confianza en el inicio de un nuevo año que seguramente será tan desagradable y fastidioso como todos los anteriores, porque a lo que se ve no van a terminar las guerras, ni las hambrunas, ni los genocidios, ni los bulos, ni la ignorancia, ni la insolidaridad, ni la soledad no deseada, cuando de golpe he comprendido que también me he confiado demasiado en esta burbuja minúscula y cómoda en la que vivo. Porque todo puede ser siempre peor, mucho peor. Basta con que quien tenga con qué le dé un sopapo a nuestros valores o a nuestra economía, para que la realidad se desmorone como un castillo de naipes. Basta que alguien con mala intención, uno de esos de los que no desconfiamos todavía, se atraviese en nuestro camino con una metralleta o un bazoka para que seamos nosotros los que a finales de año estemos tratando de contar a los demás una nueva desventura.
   Será que no estamos avisados lo suficientemente. O será que aún nos queda algo de tontería.
   

viernes, 27 de diciembre de 2024

Al tablero

 

 

   Después de tantas veces puesta la vida por mi ley al tablero, me parece que ya tengo la potestad, y si no me la puedo tomar libremente, de aventurar una interpretación de las interrelaciones entre las normas del orden y la anarquía del caos, que es en el fondo una explicación del cosmos. ¿Para qué existimos si no es para la consciencia? ¿Qué sentido tendría la aventura vital si no estuviera al final el conocimiento o, al menos, un sucedáneo? Como todos ustedes saben el tablero, que es terreno de juego o campo de batalla, está conformado por sesenta y cuatro escaques, la mitad blancos y la otra mitad negros que se alternan geométricamente formando un dibujo que se ha dado en llamar ajedrezado. Sobre él se enfrentan dos ejércitos, dos enemigos irreconciliables, formados cada uno desde tiempo inmemorial por dieciséis figuras, las mismas para cada bando, que difieren solamente en su color y cuyo valor y calidad dependen no solo de sus cualidades sino también de su posición durante la batalla.
   De niño me gustaba la leyenda hindú que hablaba de aquel ingenuo rey que se comprometió a entregar a un astuto matemático un grano de arroz, en progresión geométrica, por cada uno de los escaques del tablero, sin sospechar que la cifra, astronómica, no podría ser satisfecha con todas las riquezas de su reino. Me gustaba porque establecía una relación y una distancia entre el juego y la realidad: si en el primero las combinaciones, una vez tenidas en cuenta las distintas piezas, podían ser infinitas, la segunda a su vez, desconociendo las manos que nos manejan, tampoco tendrían principio ni fin. Un juego dentro de otro, tal vez dentro de otros que se ramificarían en un sinfín de partidas en las que todos somos piezas y jugadores y cuyas reglas tratamos de entender mientras damos pasos adelante o al lado, miramos los movimientos de los otros, nos comen o somos comidos o promocionamos en octava en una metamorfosis cuyo objeto apenas intuimos.
   Tras las consideraciones anteriores, poco importa si las piezas son de madera o de marfil, de plástico o de jade de tres colores, porque no afectan a la inmanencia del juego. Tampoco procede la valoración que desprecia a la contienda con el argumento de que es imposible que exista una guerra entre dos adversarios que concuerdan en las reglas al ciento por ciento, aduciendo para ello que no existiría razón para el enfrentamiento entre ambos; lo cierto es que la confrontación no se da en el propio tablero, sino fuera de él, en un espacio y un tiempo que también son variables por las leyes de la física que los rigen.
   Asumo, pues, que soy un jugador y soy una pieza. Como tú, como todos, nos guste o no. Como pieza no ocupo la posición que me gustaría, sino la que se me ha asignado desde un principio sin preguntarme por mis gustos o mis deseos, y me desenvuelvo dentro de unos límites marcados por la geometría y la estrategia, fuerzas que trato de comprender y dominar, aunque rara vez me sienta dueño de mi destino, seguramente porque nunca lo soy. Como jugador, tengo una personalidad mucho más definida e incluso he podido desarrollar tácticas, teorías y tratados con el objetivo de salir ganador de la competición, al igual que mis adversarios, aunque siempre estemos todos sometidos a las reglas, que son inalterables, una suerte de tiranía feroz que nos devora y, por tanto, también nos cosifica.
   En esa dualidad entre la libertad y la esclavitud, una especie de determinismo enfrentado al libre albedrío clásico, quedan resquicios para la rebeldía: se pueden cometer voluntariamente errores de bulto y entregar la partida en apenas cuatro movimientos, o lanzar un ataque irreflexivo hasta dejar arrasadas las fuerzas propias sin apenas compensaciones o, incluso, dejar de mover las piezas hasta perder por agotamiento del tiempo concedido para el lance; ninguno de ellos, sin embargo, reporta beneficio, pues enseguida empieza otra batalla y se parte a ella con el lastre del fracaso, la ignorancia y la indolencia. Ya dije hace un rato que existimos para la consciencia y que es el conocimiento lo que nos hace un poco menos esclavos, así que el desprecio y la negligencia no son cualidades aptas para el juego.
   Yo creo que ahora soy un jugador más lúcido. Tuve, claro está, mis errores de juventud por mero desconocimiento de las reglas y de sus implicaciones. Recuerdo que fue muy poco lo que me enseñaron de niño, apenas unas cuantas normas, y yo me lancé a la aventura con un juego despreocupado y agresivo; muchas fueron las veces en que sucumbí ante un rival más experto y calculador, muchas las ocasiones en que tuve que reflexionar, revisar mis errores y modificar la estrategia, hasta combinar el espíritu audaz con un desarrollo de las piezas más armónico, incluso en ocasiones defensivo, adoptando técnicas que me han permitido sobrevivir hasta hoy y aprender todo cuanto me ha sido posible.
   Aún así duermo mal. Mis sueños están llenos de preocupaciones. También lo están mis horas de vigilia. Me imagino que las reglas no son firmes, que pueden ser cambiadas sin previo aviso por la mano del jugador en un ataque de rebeldía, legítimo pero atroz, y que de repente el tablero pasa a tener cuatro colores, se modifica el valor de las piezas, éstas se distribuyen en un orden aleatorio según un sorteo inicial o se transforman en banqueros, mercenarios, piratas y políticos que se adueñan del terreno con movimientos disparatados y terroríficos. En esos casos todo cuanto he aprendido no tendría sentido alguno, excepto el de la prevalencia del caos sobre el orden. Por si fuera cierta la segunda ley de la termodinámica y éste fuera un sistema aislado que tiende a desordenarse, queden aquí escritas mis conjeturas hasta que el mundo se descomponga y nadie pueda interpretar estas palabras que ahora, todavía, guardan algún sentido.
 

jueves, 28 de noviembre de 2024

El condenado

 

   Llevo toda la vida en el corredor de la muerte. Da igual si soy culpable o inocente, porque lo cierto es que nada ni nadie me va a sacar de este laberinto que está compuesto de un solo pasillo y varios cubículos a los lados. Las reglas son pocas y, sorprendentemente, claras: se nos prohíbe mirar hacia atrás con el argumento de que nada existe a nuestra espalda y se nos conmina a caminar siempre hacia adelante con la promesa de, tal vez, un milagro. Así pues, dependo de la memoria para contar mi historia real, como os sucede a todos vosotros, lo que me permite a mí, que no soy adicto a la verdad ni a la conciencia, variarla a voluntad cada vez que la reviso, buscando perspectivas un día más poéticas, otro más existencialistas y alguna vez, incluso, derrotistas, lo que me reporta comentarios negativos de iluminados, e iluminadas, que se permiten pontificar sobre lo humano y lo divino sin que nadie les haya preguntado nada.
   Naturalmente, yo respeto, porque no me queda más remedio, todas las opiniones. Quizá mi vida dependa en última instancia de no enemistarme con nadie, no en vano se dice que este pasillo está lleno de topos, espías dobles, asesinos y comisarios, además de los condenados comunes como yo, sin que sea posible diferenciarlos entre sí, de tan caótica y confusa como se quiere la virtualidad del presente. Incluso yo, que no dudo de mí mismo, podría ser un infiltrado, un traidor, un chamán…, y estar aquí para vengar más que para ser vengado. Juego con unas cartas marcadas que solo muestran su revés, así que ignoro finalmente si tengo o no una buena mano. El tiempo lo dirá y, entonces, serán otros los que escribirán mi obituario, o mi vituperio merecido, o mi loa más que inesperada, algo que en ningún caso yo conoceré y que ni remotamente me importa.
   Detenernos en el pasillo está terminantemente prohibido, como antes en los cines lo estaba comer pipas, chicles y similares, supongo que para que no lo pongamos todo perdido de churretones de Coca-Cola, palomitas de maíz y vómitos de regaliz negro, que la peña tiende a apalancarse en cuanto le das la mano y se toma el brazo como si no hubiera un gobierno. Cuando no deseas avanzar, que es casi siempre, porque al final está la silla eléctrica o la inyección letal con sus desagradables cantos de sirenas, la única opción que tienes para que no te arreen hacia adelante como a un borrego es colarte en uno de los cubículos laterales y hacerte un hueco, al fondo si es posible, para que no te echen cuando está demasiado lleno. Los cubículos son desiguales, no sujetos a norma y un tanto peculiares en su olor, que el jabón no es precisamente un artículo muy popular.
   De todos los cubículos anteriores el que recuerdo con más cariño y menos precisión es el de la niñez. Y el más nauseabundo de todos, con sus acosos y machirulos, sus incógnitas y logaritmos, es el de la adolescencia, cuando aún te crees que la sentencia de muerte no es real y que cualquier día despertarás del sueño pasajero para evitar definitivamente al eterno. Los subsiguientes son todos una verdadera mierda (perdón por la vulgaridad en este texto tan alegórico y de pretensiones elevadas) y no merecen apenas que los describa, porque están perlados por el sudor de la frente, el parto con dolor y la vivienda con hipoteca. En todos, para nuestra desgracia más que para nuestra fortuna, estamos acompañados por una caterva de condenados que a veces se hacen los simpáticos y otras los bestias: como además no se sabe si son también topos o comisarios, te abstienes de eliminarlos con el mango de una cuchara de palo o de inutilizarlos con un arpón de cazar ballenas, no sea que se acelere la consumación de la pena y te empujen pasillo arriba hasta cruzar la línea de salida. Pero ganas de hacerlo no te faltan, como muy bien sabéis también vosotros.
   Los tipos más raros son unos que se dedican a pensar todo el rato. En vez de hacer rayas en las paredes, como hago yo, o a agujerear el suelo buscando la intimidad de los cimientos, o de trepar al techo para ver qué hay más allá del ventanuco que nos separa del resto del mundo, los raros cavilan y cavilan, y luego van escribiendo unos cuadernos de letra ilegible donde, se dice, está contenido el sentido del pasillo, el orden de la mampostería astral y los destinos de todos y cada uno de nosotros. Hasta tratan de explicar las extrañas sombras que una vez en el solsticio de verano y otra en el de invierno se ven en el muro de enfrente y que todos observamos como si fuera una proyección cinematográfica de estreno, es decir, que nos encanta por curiosa, pero que olvidamos sin más a los cinco minutos.
   Me han sacado tantas veces de los cubículos a empujones y tantas otras me han hecho avanzar por el pasillo, también a empujones, que ya no me quedan por delante más que un par de cubículos, donde, según se dice, se asientan la nostalgia y el dolor de huesos, la fragilidad y la maledicencia. No obstante, antes de alcanzar ese nivel que bien podríamos llamar antesala de la muerte, o fase de negación última, o consuelo de los afligidos, o perdón de los pecados, o arrepentimiento del alma, o lavado de cerebro, o escepticismo definitivo, espiritualidad curiosa y hasta despedida del placer, adiós compungido y efímera iluminación, como condenado a la pena máxima, con justicia o sin ella, voy a seguir garabateando las paredes con miles y miles de rayas, para avisar a los incautos, porque, aunque no lo parezca, esto está lleno de comisarios, traidores y espías dobles. No abundan, sin embargo, los milagros.

sábado, 26 de octubre de 2024

El insumiso

 

   Desde que vivo en la ciudad de Los Ángeles, es decir, desde 2019, cinco añitos nada más, he asistido impertérrito al éxodo incesante de contemporáneos que se marchan por propia voluntad o que son obligados a dejar la Tierra para trabajar en las colonias exteriores. La mayoría, no obstante, se van contentos de abandonar un planeta tan sucio y contaminado, tan maloliente, que no se molestan ni en quitar el vaho a los cristales de los transbordadores para echar un último vistazo a esta roca de todos los demonios. Los que nos quedamos lo hacemos por dos razones principales: porque aquí hacemos falta para mantener el desorden social y administrativo o porque nuestras enfermedades y peligrosidad social desaconsejan invertir recursos en nosotros; ambos grupos anteriores, sin embargo, están interconectados por leyes genéticas y políticas. Me hubiera encantado haber visto, al menos por una sola vez, la bola azul girando en el espacio antes de perderme en la negritud de mi destino, pero no será posible.

   Son demasiadas las barbaridades a las que he asistido en mi larga vida, tantas, que no podría enumerarlas aunque quisiera. De aquella naturaleza exultante, luminosa, de mi infancia, que recuerdo ahora con nostalgia por su simplicidad, nos fueron expulsando poco a poco la tecnología, el consumismo y el individualismo, lacras sociales que al principio parecían deseables porque ofrecían un mundo más cómodo y que, al final, nos superaron con el agotamiento de los recursos naturales y con la aparición de la lluvia radioactiva y la contaminación masiva de bebidas y alimentos. Ahora ya no sirve de nada lamentarse: ni la inteligencia artificial, ni la tan escasa de los humanos, pueden hacer nada para revertir un proceso que, visto desde este presente, ha sido un negocio dirigido por necios y sustentado por idiotas.

   Debo reconocer que también a mí me entusiasmaron al principio algunos de aquellos adelantos técnicos, tan prodigiosos que parecían simplemente milagros: los primeros viajes espaciales, el desarrollo de la computación cuántica, la generación artificial de obras artísticas, la erradicación del trabajo y la conquista del ocio universal, la abolición del dinero…, anunciaban una nueva era para todos, si bien vinieron acompañados de consecuencias que no supimos prever, como la basura espacial, la obsolescencia del cerebro humano, el aburrimiento, la falta de ilusiones y el sinsentido de la existencia cotidiana. Yo me había prestado alegremente a participar activamente en varios experimentos a cambio de ciertos privilegios, pero, progresivamente, al principio solo unos pocos insatisfechos, y después toda la sociedad sin excepción, nos entregamos al ejercicio del escapismo en todas sus variantes, que incluían, desde la toma de drogas y medicamentos legales en dosis excesivas, hasta el suicidio. Fue una etapa feliz que terminó, cómo no, con la desaparición del veinte por ciento de la población y la erradicación, por falta de reposición, de los medicamentos y sustancias que nos habían liberado de la angustia vital.

   Pasado el síndrome de abstinencia colectivo y no sin secuelas, algunos comenzaron los planes para buscar un hogar más allá del sistema solar, mientras otros nos dejábamos llevar, sin rumbo, por un mundo sin objeto y sumido en una niebla permanente: aún se podía encontrar en el mercado negro algún licor de destilación artesanal, algún placer inédito, alguna sofisticación al alcance de quienes no tuvieran ningún escrúpulo en arriesgar su vida por un rato de plenitud total. Hubo quien murió por beber anticongelante de aviones, quien se voló la tapa de los sesos con un fusil tratando de hacer fuego, quien alcanzó un último y lastimero orgasmo enredado con el cable de una plancha. La aparición de un remedo de policía montada en coches voladores, un cuerpo de seguridad que nadie supo quién organizó pero que se dedicó concienzudamente a extraterrar a los habitantes del planeta aptos para desarrollar un trabajo en el espacio, cambió la situación definitivamente, aunque algunos nos negamos a participar y nos hicimos de algún modo insumisos.

   Me convertí en un individuo antisocial, lo peor que se puede ser, por secuestrar uno de aquellos coches voladores y estrellarlo, con sus dos ocupantes, contra un transbordador que estaba a punto de partir con más de quinientos trabajadores para las minas de Arterón. No esperaba sobrevivir, ni mucho menos, pero el coche estaba blindado con una fibra de última generación capaz de atravesar todo tipo de metal sin deformarse; curiosamente, el transbordador se desintegró en la bruma permanente sin que nadie del mismo pudiera sobrevivir. Me detuvieron inmediatamente, me aplicaron una ley sumarísima y, desde entonces, me pudro en este aislamiento absoluto, atado por una cadena a la pared de un bloque de apartamentos en el que no vive nadie y por el que ni siquiera transitan ratas ni cucarachas. Sin agua ni comida. Algunas veces se filtran por las grietas del techo algunas gotas de lluvia radioactiva y puedo mojar mis labios; otras, recibo la visita de algún funcionario enviado a certificar, inútilmente, mi muerte.

   Ignoro por qué no muero. Ignoro también si soy inmortal. Es tan poco lo que sé de mí que a menudo fantaseo con la posibilidad de que alguien me instalara alguna mejora cibernética que me permita sobrevivir incluso a un desastre planetario. Tal vez por eso superé también al atentado con el coche de marras. Y puede ser que esté siendo estudiado detenidamente por una caterva de científicos locos, de esos que andan investigando con la creación de un prototipo capaz de afrontar con éxito cualquier obstáculo. Si fuera así, tendrían en mí una baza excepcional para asegurar un futuro a la humanidad en el espacio exterior.

   Claro que eso sería si yo estuviera dispuesto a colaborar y no a ir a la contra. Y es tan divertido no seguir las reglas, estrellar sus coches, verlos tan desorientados, pisotear su prepotencia…, que dudo mucho que puedan sumarme a su causa. Son tan destructivos como yo, igual de crueles, pero ellos siguen teniendo miedo a la muerte y yo no.

 

viernes, 11 de octubre de 2024

Cromatóforo

 

   Tengo la desagradable sensación de que el inspector de policía encargado del asesinato de Margaret Murdock me vigila hoy con más persistencia. Es lo que suele ocurrir a los quince días del crimen: cuando no obtienen pistas y se sienten desconcertados, confían en que seamos los sospechosos los que demos un paso en falso.

   No se me oculta que por las circunstancias soy el principal candidato para el sabueso, así que aprovecho mi experiencia en indiferencia social para no pasar desapercibido. Desarrollo una actividad frenética, confiando en que su estado de acecho se estimule más por el estrés, y le obligo a conducir toda la mañana por una carretera secundaria para darle el gusto de ver cómo me baño en cueros en un lago recóndito. Seguro que pensaba que le llevaba de cabeza al paraje donde aparecería el cadáver y no que le iba a enseñar el culo literalmente.

   Por la tarde, tomo unos perritos calientes en el área de descanso de la autovía, compro unas maletas en unos almacenes y muestro ciertas señales de alarma, como si pensara en salir huyendo. Que se frote las manos, si es tan lerdo. La prioridad de un ser inteligente consiste en marcar, no solo el ritmo, sino también el pensamiento de los demás, para que, cuando crean que te van a dar alcance, tú ya estés de vuelta.

   Dudo si darle un telefonazo por la noche para preguntarle si se lo ha pasado bien, pero puede que le parezca ofensivo, claro. Opto por irme a dormir planificando el día de mañana. Desde que me jubilé y me quedé viudo, este carcamal no se sentía tan acompañado, tan divertido. Le haré morder los viejos huesos de mis canillas hasta que aparezca el asesino, si es que alguna vez lo logran pillar.