Creo que me había levantado de mal café después de unos días en que las noticias son a cada cuál peor, que uno no vive tantos años para que de repente, por unos millones más o unos misiles de menos, el mundo se vaya convirtiendo sin que nadie lo detenga en un terreno pantanoso en que pronto no crecerá nada digno. No me voy a detener en los numerosos motivos que veo y sufro para sentirme más que avergonzado, indignado, consternado, horrorizado, de pertenecer a una civilización, hasta hace poco globalizada, que se comporta peor que lo que lo hacían las tribus de tiempos pasados: a las puertas de una guerra total por los intereses económicos de unos cuantos tipos pijos y ricos, de esos que saben que lo mejor que pueden hacer con el dinero que les sobra es chantajear a los demás hasta quedarse con todos los recursos para su beneficio personal, los ciudadanos de a pie poco podemos hacer para frenar la progresiva escalada de amenazas (guerras, hambrunas, injusticias, totalitarismos…) que van camino de cristalizarse en una realidad distópica.
Digo que me había levantado de mal café. Me imaginaba a todos esos que me acusan habitualmente de estar enfadado con el mundo y de ver la realidad más turbia de lo que es diciéndome que procurara ser más positivo, centrarme en las cosas buenas que muestra la publicidad y tratara de disfrutar alegremente, incluso sin pensar, de la existencia. Algunos hasta me recomendarían un loquero que me administrara una pastillita azul o roja, o las dos, para que volara por los espacios de mi mente como un pajarito feliz y no como un ave de mal agüero. Y es que a la mayoría lo que les disgusta es que los otros estén de mal café, seguramente porque no quieren verse enfrentados a un espejo delator que distorsiona la imagen idealizada que de su propia vida, satisfecha, burguesa, conformista, proyectan como quien posa con morritos y labios seductores para colgar una instantánea más que vulgar en las redes sociales.
Pero ya se me ha pasado el enfado. Ahora las noticias siguen siendo igual de malas, o eso supongo, pero he decidido ignorarlas por activa: ha bastado desenchufar el descodificador de la televisión, apagar el mando de la radio y dejar que la batería del móvil se descargue para desembarcar en una mañana soleada, gélida y pacífica en la que cantan los mirlos del parque y corretean felices las criaturas con sus juguetes nuevos. Yo he quedado con dos amigos para tomarnos un café y celebrar la jubilación que les ha traído la nochevieja mientras se tomaban, sin atragantarse, las uvas de la suerte. No se debería celebrar nada de mal café, decía mi madre, a la que la cafeína le volvía loca y a la que tuvo que renunciar desde muy pronto porque le afectaba negativamente a su sistema circulatorio. Y eso mismo pienso yo, por lo que me he puesto en modo preinteligencia artificial y prerredes sociales para disponerme a compartir un rato de felicidad con mis amigos, esos que por su edad también han conocido tiempos remotos en que no teníamos teléfono, ropa de más, dinero, ni obsesión por acumular aparatejos tecnológicos que a menudo acaban en cajones donde duermen el sueño de los justos.
Mis amigos son dos personas magníficas, claro. Después de más de cuarenta y cinco años trabajando, al fin han conseguido jubilarse a los sesenta y cinco, algo que poco a poco va a ser tan difícil como acertar la primitiva o descubrir la identidad de los poseedores de cuentas opacas en Suiza. Una bicoca para muchos que, claro, no piensan en los dieciséis mil días en que mis amigos han estado esforzándose con mejor o peor salud para levantar en este país un estado democrático, competitivo y solidario, algo que han hecho no solo con su trabajo, sino también con sus impuestos, su activismo social y cultural y su implicación política. Hoy, como contrapartida, pueden quedar conmigo, jubilado como ellos, para tomarse el café y mirar tanto para atrás como para adelante, a ser posible sin miedos.
Como veterano en estas lides de la jubilación me toca educarles para que disfruten al máximo de su nueva vida. Lo primero, les digo, es que no presten oídos a todos los agoreros que pronostican el fin de su nueva situación; ha habido adivinadores de todo pelaje y condición anunciando el fin del mundo desde el año mil por lo menos y aquí estamos todavía, sin que nos hayan herido todavía las espadas flamígeras de los supuestos ángeles del infierno. Lo segundo, les aconsejo, es que no discutan con tontos, que es perder el tiempo: da igual que argumentes o no, que razones o disparates como don Quijote, que te inventes los razonamientos o los plagies, que el idiota seguirá repitiendo como un bot generado cibernéticamente el mantra para el que está programado hasta el agotamiento. Y lo tercero, les conmino, es a vivir de prisa y a dejar no un bonito cadáver, que para eso ya no es momento, sino agotadas las cuentas bancarias y, si es posible, un préstamo impagado en el banco de miles de euros que no pueda abonar nadie nunca jamás.
Y por eso ya no estoy de mal café, la verdad. Que nos hemos conjurado los tres amigos, como si fuéramos los tres tenores, los tres mosqueteros, los tres reyes magos, las tres gracias de Rubens o los tres cerditos del cuento, para no permitir que nos avasallen por pertenecer de pleno derecho a la tercera edad y para gastarnos en vino y en cerveza la paga mensual que vamos a seguir recibiendo hasta que nuestro último médico nos certifique el fallecimiento por fallo cardiaco. O, mejor aún, para gastarnos en farmacia y viajes la paga mensual, para que dicha certificación tarde más de cuatro lustros y podamos resarcirnos de todo lo que hemos sacrificado por un país que sigue siendo nuestro.
