miércoles, 25 de enero de 2012

La nostalgia


La primera vez que sentí nostalgia, si no lo recuerdo mal, tendría ya unos ochenta y cinco años. Ya me habían operado varias veces de corazón, llevaba varias prótesis de diferente tipo y me dolían las piernas incluso cuando estaba tirado en el sofá, intentando ver las imágenes de la televisión y oír los comentarios de los presentadores, pero casi no podía percibir nada, de tan embotados como estaban mis oídos y cansados mis ojos. Y así, después de toda una vida sin echar de menos a nada ni a nadie, mientras los demás se acordaban de un hermano desaparecido misteriosamente, de los años de infancia, del primer amor del instituto o del primer beso con lengua, de repente llegó un día en que comencé a recordar con nostalgia los días del pasado.
Pero no fue tan fácil identificar el sentimiento nuevo. Al principio, de tan intenso como era, me pareció un dolor de cabeza de esos que me taladran el frontal derecho y me dejan hecho polvo para varios días, y después, descartada la cefalea cuando se mezcló el dolor con un malestar de estómago que me recordó de improviso las descargas eléctricas de la úlcera gástrica, pensé que me había dado una descomposición intestinal causada por un virus del agua del grifo, antes de caer en la cuenta, sorprendido y dolorosamente aturdido, de que sentía algo nuevo, inusitado, a lo que no sabía ni poner nombre. ¿Qué le podría contar al médico si le llamaba de urgencia? ¿Era un tema de conversación para mi cuidadora peruana que tenía su aquel de psicóloga o más bien se trataba de una disfunción física de las muchas que me tenían en vilo, incluso sin ser hipocondríaco? No sabría decirlo, así que me senté de nuevo, me abstraje en mis pensamientos e hice inventario del malestar padecido.
La cosa había aflorado cuando, después del puré de patatas de la comida y la manzana reineta machacada del postre, me había permitido dormitar un momento en posición horizontal. No debieron de pasar ni siquiera cinco minutos desde que se me fue la cabeza para adelante hasta que fui consciente de que se me había caído la dentadura durante el sueño. Me costó agacharme hasta llegar a la maldita prótesis, escurridiza como un pez y tan ágil, y nada más ponerme en pie y, antes incluso de que me diera tiempo a lavarla bajo el chorro de agua fría, supe que había soñado con algo que me había gustado, que me había conmovido, que me había hecho recordar un tiempo del pasado más lejano, cuando no había móviles, ni desfibriladores, ni prótesis de cadera: en el sueño estaba en un bar con mi padre, viendo cómo jugaba al tute cabrón con unos amigos, y él estaba joven, lleno de vida, con su sempiterno Farias en la boca, y yo, que no tendría más de quince años, me sentía bien, porque no me dolía ningún hueso, ni me faltaban las muelas, ni me preocupaba tener incontinencia urinaria en situaciones de nervios. Hacía tanto tiempo que mis sensaciones corporales eran tan negativas, tan pesadas, que ya me había acostumbrado al dolor, a no poder subir a un autobús sin ayuda, a tardar veinte minutos en ir hasta la administración de lotería para echar la primitiva, a no poder comer sino de poquitos y todo contado y sin sal, que, de repente, recordé cómo era estar sano, y tener fuerza, y además tener optimismo para lo imprevisto, y me costó un disgusto despertar de aquel sueño tan bonito, ver la dentadura en el suelo, tardar un siglo en recuperarla y una tarde entera en entender, para mi tristeza, que lo que había sentido, mientras dormía, era nostalgia, una terrible sensación de nostalgia, por un tiempo de juventud y de plenitud que no habría de volver nunca más, excepto en sueños, vagos y románticos sueños, tristes consuelos.
Decidí entonces que, ya que no podía matar el dolor, ni abandonar a las prótesis a su suerte, machacaría con todas mis armas aquella fea sensación que me hacía más insufrible el presente, más doloroso, y decidí, contra el criterio de todos, incluso el de mi médico, tomar diariamente unas vitaminas para mantener despierto el cerebro y el cuerpo en equilibrio químico. Y debo decir que, pasados varios años, esa asquerosa nostalgia de mi juventud no ha vuelto a colarse nunca más en mis sueños.

2 comentarios:

  1. Hombre, Jesús, tampoco hay porque tomárselo así, ¡con lo delicados que son la nostalgia y el pesismismo!

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  2. Me ha gustado Jesús. Me gusta mucho el tono de todo el relato, la forma de contarlo. Hay algo que me ha chirríado un poco, la expresión "hecho polvo", no la habría identificado yo en el lenguaje de una persona de esa edad, que no digo que no puede estar, pero a la hora de escribir la hubiera sustituido por otra que a mí me pareciera más acorde al que yo hubiera creído que es su vocabulario. Sin embargo, está lleno de detalles que me gustan mucho como por ejemplo "la manzana reineta machacada", es que he visto por un momento a mi abuelo, que la tomaba siempre. O todos esos detalles con los que has vestido a su padre, a quién con tres pinceladas le has puesto delante de mí. Está muy bien escrito, te lleva como de la mano por la historia, pausadamente. Muchas gracias por compartirlo. Un beso, Rocío

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