sábado, 21 de enero de 2017

El teatro



   Durante la semana, dedico parte de mi tiempo libre a vicios inconfesables y otra parte a ensayar alguna obrita de teatro con los colegas de la compañía, todos aficionados pero no obstante con un ego que no cabría en Brasilia, la capital de Brasil. No es difícil que entre nosotros salten chispas por cualquier cosilla, que hace muchos años que nos hemos convertido en rivales por un protagonista, un galán joven o un característico: nos hierve la sangre en cuanto al lado del nombre del personaje pone “rey”, “alcalde”, “caballero”… y seríamos capaces de malvender a nuestra abuela por ser el elegido, apto o no, para representarlo. Incluso, las mujeres son mis enemigas en los castings, pues quién mejor que yo mismo para hacer de suegra malvada, prima sexy o dama joven; si es que los hombres en general hacemos en el teatro mejor de mujer, con más matices, que cualquier actriz, por muy bien que actúe y, además, envejecemos mejor.
   Por eso, y porque ya no nos fiamos unos de otros, que son muchos años de ensayos y festivales para aficionados, hace tiempo que decidimos contratar siempre a un director ajeno al grupo para que seleccione la comedia, reparta los papeles de acuerdo a su criterio objetivo y ponga paz y después, si eso fuera posible, gloria entre todos nosotros. Claro está que lo odiamos, con un ahínco casi profesional, pero suele mandar durante toda una temporada y solemos fingir como locos para confundirle y que nos asigne el rol que más nos gusta o para robar el que nos debería haber encomendado desde el principio, cuando llegó ciego de la calle y sin tiempo suficiente para conocernos bien. No sería posible contar la de codazos que doy y que recibo para dejar de ser Campesino segundo y alcanzar, por ejemplo, el de Príncipe, que tiene monólogo, capa y casi corona: no conozco, ciertamente, a nadie más monárquico que un actor en busca de un gran papel.
   Para este año nos ha tocado una comedia exagerada de un cómico italiano de hace casi cien años. Tal vez hayan oído hablar de él, un tipo napolitano que responde al nombre de Eduardo de Filippo y que al parecer es un dramaturgo muy pero que muy bueno y reconocido. La protagonista absoluta es una mujer, que manda más que un teniente coronel y para cuyo lucimiento está escrita toda la obra: y claro, se la tenía que dar a la Luisa, que no ha parado de ponerle ojitos, ponerse mallas ajustadas y renovar su colección de Wonderbra desde que le puso cara al pánfilo del director y se percató de que no era de la otra acera.
   Hoy hemos venido a representarla a este pueblo de la España profunda, dentro de un concurso para compañías aficionadas que ya tiene muchos años y cierto prestigio entre los grupos amateurs. Pero no sé a qué viene tanta fama: el local es pequeño, las sillas incómodas y no se ve nada desde la fila quinta, aquí no han puesto la calefacción desde la Guerra Fría y ningún elemento del ayuntamiento ha aparecido por estas tablas desde que nos han dado las llaves. Nos sentimos como extranjeros tirados al pilón, pero sin pueblo y sin agua. Para colmo hemos tenido que limpiar los restos, repugnantes, de la obra de ayer, que, a juzgar por las manchas de tomate, debió de ser por lo menos “Hamlet” o “Rey Ubú”: era cosa de risa ver cómo al principio nadie quería interpretar el papel de señora de la limpieza, qué raro, pero finalmente, o limpiábamos, o nos rompíamos la crisma en vivo y en directo.
   La función ha sido un éxito. No han venido muchos, y eso que la asistencia era gratis, pero se han reído mucho mucho con las improvisaciones de unos y de otros, y al final nos han aplaudido, nos han gritado varios bravos y hemos saboreado eso que llaman éxito y que es el veneno del teatro: cada uno de nosotros pensábamos que en el fondo nos aplaudían solo a nosotros y lo mismo le pasaba al director cuando ha salido a saludar. No importa que después nadie se acuerde de nuestros nombres, ni que no nos den un premio, ni nada: el teatro está por encima de esos reconocimientos puntuales. Lo importante es que para hacer esta función como la he hecho, una gran interpretación, habría sido capaz de matar y eso me hace más fuerte, el mejor. 



viernes, 23 de diciembre de 2016

La libertad



   Había pensado en titular este articulillo con el sugestivo nombre de “El hombre que se sentía cansado de hacer lo mismo todos los días y una mañana dejó de hacerlo”, pero, después de darle unas cuantas vueltas al asunto, agotarme, levantarme un rato para mirar por la ventana y descansar los ojos al menos cinco minutos, rehidratarme y proceder a sentarme todavía con dudas, me he percatado de que es demasiado largo y que no va a caber en los caracteres habituales de titulación. Lo he pospuesto para otro día y para otro medio que me permita una mayor libertad formal, que no está el mundo precisamente para experimentos, ni los lectores le agradecen a uno el esfuerzo por proponer perspectivas diferentes cuando se supone que todo tiene que ser indignación, protesta y lamentaciones. Vamos, que me he autocensurado y he decidido no aventurarme a cambios, al menos por el momento; al fin y al cabo ya no queda nada para el 2017 y lo puedo procrastinar con poco coste hasta las resoluciones habituales para el año nuevo.
   Así las cosas y sin el menor convencimiento, le he puesto el más poético título de “Mariposillas”, aun sabiendo que puede parecer un pelín cursi y caer de lleno en el mundo de los talleres de creación literaria, autoayuda y terapia ocupacional, confiando, sin embargo, en que muchos lectores lo acogerán con curiosidad y una sonrisilla irónica y, claro, no tardarán en leerlo, pensando en las tonterías intrascendentes que escribimos en los medios. De tan banal, no tardarán en olvidarlo, tal vez un tanto confusos porque para nada correspondía el anuncio con lo anunciado, quejosos de las celadas que inventamos para conseguir que nos lean por muy poco que tengamos que decir. Pero este descenso a las catacumbas de la creación me parece en el fondo, cuando ya damos con la roca y ésta no tiene fisuras, una gran inutilidad, como la de los escritores que se autoeditan, muchos en estos tiempos de mercachifles y egocentrismo, y luego se pasan las tardes tratando de timar a amigos y conocidos para que no solo les compren su libro, sino para que lo pongan en los cuernos de la luna de la audacia y la belleza.
   Ciertamente, he tenido que cambiar de título, no sea que me acabe convirtiendo en un acartonado eterno aspirante a las mieles del éxito y eso me termine por amargar el día. ¿Qué tal estaría este “Los hartos”? Teniendo en cuenta la enormidad de personas que conozco que están hasta el moño de interminables jornadas laborales, salarios miserables, jefes explotadores, noticias manipuladas, mentiras gubernamentales, fines de semana de fútbol perenne y telebasura de luxe, sin duda sería un buen reclamo para la minoría que lee todavía, no olvidemos que con el tiempo solo deben quedar las novelas pseudo históricas y las sentimentales rosa o semi eróticas: falta hace ya otro Cervantes que las parodie y las liquide de un certero disparo en la entrepierna. Pero no sé, me da la impresión de que ya he escrito mucho sobre temas tan manidos y me da un súbito ataque de aburrimiento.
   Acabo de cambiar el título anterior por otro que, siendo común, promete mucho más: “La libertad”. Claro que esto de hablar de algo que casi no conozco me parece, cómo decirlo certeramente, una inconsciencia, como andar por un cable y con una pértiga por encima de los rascacielos de Nueva York, a mí, un españolito de a pie que no ha cruzado el charco, tengo un vértigo de mil demonios y aborrezco todo tipo de espectáculos, no digo ya el circo o los debates parlamentarios. A lo mejor me gusta hablar de la libertad porque, allá, muy adentro, la echo mucho de menos: estos sistemas democráticos parlamentarios no solo no son simpáticos, es que resultan muy insatisfactorios. De repente me gustaría dar conferencias subido a un elefante, como dicen que hacía Gómez de la Serna, o embutido en un casco de buzo, como se promocionaba Dalí cuando era Ávida Dollars. Pero los tiempos han cambiado y a los excéntricos los atiborran de pastillas para que no salgan casi de casa. Y yo no quiero acabar en un campo de concentración.
   Finalmente, no sé qué hacer. Estoy sumido en un parón creativo. A lo mejor en el 2017 hago las paces con las musas. Mientras tanto, me voy a hacer libaciones a Baco antes de que también le suban el precio al tinto de garrafa.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Radiobasura



   Tengo la mala costumbre de oír mucho la radio. E incluso de ser fiel casi siempre a la misma emisora, pese a que a ciertas horas del día, y sobre todo los fines de semana, los alaridos de los comentaristas de fútbol la conviertan en un mercado persa o en un plató de televisión dedicado a la telebasura. No podría afirmar, seguramente, que la mayoría de los programas son buenos, ya me gustaría a mí que lo fueran, pero proporcionan un agradable discurrir de las horas creando, a la vez, la estúpida idea de que estás informado de los últimos sucesos mundiales: noticias sobre la bolsa, bombardeos sobre la ciudad de Alepo, sondeos de las elecciones estadounidenses, actualizaciones de la boina de contaminación sobre Madrid… La radio te hace compañía mientras cocinas, haces pis, pones la lavadora, te duchas, friegas los suelos, lees o te cortas las uñas, y lo hace con unos presentadores que parece que siempre están de fiesta, contentos como unas castañuelas, felices de la vida y coleando, de tal modo que, si no tienes tu mejor día, al final te crees que los malos rollos y los problemas te los creas solo tú y que no tiene la culpa el gobierno.

   Estaba el otro día ordenando concienzudamente los calcetines de los cajones de mi dormitorio, cuando algo de las ondas hertzianas captó mi atención inopinadamente. Acababan de interrumpir una anodina tertulia de expertos sobre la (increíble) recuperación económica, para dar paso a una felicísima señora que traía noticias (¿noticias?) de una conocida cadena de hipermercados: los televisores de muchas pulgadas estaban de oferta durante tres días a precios increíbles y te los financiaban sin intereses y te los llevaban a casa en veinticuatro horas. Antes de que me decidiera a encargar uno como quien pide una pizza margarita, me asaltó desde el transmisor otra señora encantada de haberse conocido que traía testigos de que en su clínica una amargada treintañera había perdido veinte kilos sin pasar hambre (increíble) en menos de dos meses y que ahora estaba también feliz como unas pascuas y ligera como una lombriz. Antes de que me decidiera a llamar a ese teléfono que me rescataría del aburrimiento de los calcetines para llevarme al éxtasis de la plenitud física, llegaron seguidos una conocida actriz ofreciéndome una solución para mi cuarto de baño, un dúo de cómicos promocionando las cien mejores rancheras de la historia, un barítono ofreciendo el oro y el moro por el alquiler de mi vivienda, un abogado llamándome indirectamente tonto por no haber reclamado todavía el dinero de las preferentes bancarias y un charlatán de telediario ofreciendo las acciones de una multinacional de la telefonía… No pude seguir escuchando: apagué la radio antes de que me quisiera vender el planeta Marte, un camión para transporte internacional o el champú que usa el presidente para tener esa prestancia aterciopelada (increíble).

   Desde entonces mi concepción de la programación de la radio ha cambiado radicalmente; soy más consciente que nunca de la abrumadora presencia de la publicidad en su parrilla de programas y, claro, he buscado un antídoto: en cuanto la detecto por sus músicas animadas o por sus voces súper optimistas, dejo lo que estoy haciendo y la apago. Me doy un tiempo razonable antes de volverla a conectar y evitar así los comerciales de loterías, apuestas deportivas online, ofertas de alimentación del día y remedios contra el olvido, pero para mi desgracia no siempre es suficientemente razonable y la tengo que volver a apagar.
   Ni que decir tiene que esta actitud no es la más conveniente si uno pretende seguir estando entretenido con la radio: en mi caso, ahora, en mi casa se pasa más tiempo apagada que encendida. Mis amigos me dicen que qué quiero, que la publicidad es la que paga los programas y la hace rentable, y que sería imposible que existiera sin ella. Supongo que tienen razón y que mi postura es demasiado radical para los tiempos que corren, pero lo cierto es que no quiero seguir prestando atención a supuestas informaciones (increíbles) sobre lociones contra los piojos, coleccionables vintages de latas de cacao y reediciones de discos imprescindibles de grupos de antes del cambio de milenio. A lo mejor el silencio actual no sirve para nada, es más que posible, pero estoy seguro también de que tanto comercial publicitario (increíble) tampoco me va a permitir alcanzar la trascendencia.

domingo, 25 de septiembre de 2016

La frontera



Sin duda uno de los peores momentos del fin del verano es regresar a la rutina diaria y descubrir que, pese al martilleo de la publicidad prometiendo el paraíso en la tierra, en realidad no ha cambiado nada. Nada de nada. De ese prometido edén, con las figuras juveniles deslumbrando en las playas y el tinto de verano tentando en los chiringuitos con sus cantos de sirenas, poco a poco no queda sino la resaca: hay que rebajar como sea, desde luego antes de las navidades, los cuatro kilos que ahora desbaratan las tallas del armario y tratar de conservar un poco más ese moreno que tanto costó alcanzar y por el que te va a caer la bronca del dermatólogo de nuevo. Puestas las fotos en el Facebook y echas las últimas reuniones con amigos para enseñarles las instantáneas del crucero, debidamente omitidas las de los días de mareo y los de bronca, no queda sino echar el cierre al verano y convertirlo de nuevo en objeto de nostalgia, aunque para ello haya que correr un triste velo sobre el exceso de calor, el inaguantable gentío invadiendo la primera línea de playa y el chunda chunda de los garitos que se convierte en tu desagradable compañero de apartamento quieras o no.
Uno sabe que las vacaciones han terminado el día en que los transportes públicos recuperan esa frecuencia que sin ser buena es adecuada para llegar al trabajo y cuando percibe que los centros comerciales vuelven a estar a reventar sea la hora que sea. Algunos publicistas apelan a la necesidad, no siempre nueva, de llenar el frigorífico, empezar un estúpido coleccionable de tanques de la segunda guerra mundial, aprender inglés de una vez por todas y renovar la suscripción a la televisión de pago para poder ver el inevitable partido del siglo de todas las temporadas. El cerebro se nos descoloca más que con el cambio horario de todos los otoños y todas las primaveras y, mientras tratamos de apurar los últimos baños en la piscina a la vez que vamos sacando chaquetas y mantas de entretiempo, somos habitantes de una frontera cuyos límites no sabemos quién fija ni cuánto durarán en pie.
Y como una maldición nos alcanzan también los problemas económicos. No solo hemos gastado más de la cuenta en rebajas, comilonas, gasolina, habitaciones de hotel y souvenirs, sino que no hemos tenido en cuenta, porque de esta no se hace publicidad, que en septiembre llega otra cuesta, una gran cuesta arriba, en la que pesan como fardos los uniformes escolares y los libros nuevos adaptados a la Lomce y fabricados a mayor gloria de las editoriales. De repente hay que desembolsar una media de 250 euros por niño para adquirir los libros y será mejor hacerlo sin quejarse mucho, pues ya se sabe y se asume que la única posibilidad de tener un futuro mejor es, desde luego, tratar de superarse en los estudios, porque todo lo demás está cerrado a cal y canto para los pobres. Los centros comerciales y las librerías se llenan de los devotos de esta última posibilidad de éxito social, que encargaron con tiempo los volúmenes y se marchan a casa con cajas y bolsas repletas, aunque nadie sepa aún cómo serán las temidas reválidas que están vigentes y podrían mandar al limbo escolar a los estudiantes que no las superen.
Esos mismos centros comerciales ofrecen en ocasiones algunos cómodos créditos que permiten a todos los incautos que no han tenido las debidas reflexión y prudencia el acceso a unas cantidades suficientes para llegar a fin de mes, al menos por ahora. Pero una mirada superficial ya permite comprender dónde está su negocio: en un tiempo en que el dinero no produce intereses bancarios, estos créditos rápidos tienen una rentabilidad muy alta, que en algunos casos se convierte directamente en usura, y no son sino una forma más, desvergonzada y legal, de explotar a los más necesitados. También ellos se mueven en esa frontera de ladrones y pistoleros que acaban por imponer la ley del más fuerte: poco importa ahora que meses después ese préstamo para libros o para llenar la nevera se acabe por convertir en un impagado, una deuda lacerante, el inicio de un expediente de desahucio, mientras el dinero no vale nada y la cultura, para colmo, está infravalorada.

domingo, 28 de agosto de 2016

Los que bailaban


Los que bailaban yacen bajo la colina.

Algunos delincuentes han cartografiado la ciudad
y la han llenado de líneas y de puntos,
donde, dicen, se puede robar mejor
a los incautos.
Y hemos caído en sus redes,
con la misma facilidad que los tranvías
nos hurtan el sonrojo.

Es inevitable dejarse matar al pie de las estatuas.

¿Acaso tú podrías dibujar mejor esta cuadrícula,
superar su magnífica geometría,
y evitar que las niñas buenas se suiciden
arrojándose a los pozos?

Siempre fue el amor un accidente enojoso.
Algo que ocultar a la familia del muerto.
Un asunto turbio
que pasará al olvido si no se mienta demasiado.

Pero el mar se fabrica sus propias pesadillas
y acaba por levantarse insomne.
¿Qué era yo antes de ser esta muerte?
¿Acaso no bailaba un pentagrama mojado
con los pies desnudos?
Y en su busca
              qué nostalgia no habré de sentir
              ahora que estoy roto en la ribera,
trepa por los cipreses de Monsanto
para asomarse al parque de Placeres:

y me roe las tabas
insaciable.

lunes, 1 de agosto de 2016

Es inútil



Es inútil, doctor, que me busque las venas.

Ya solo tengo barcos,
naves viejas y negras
que me surcan de pies a testuz,
dejando una estela de delfines a mi espalda.
Si se fija bien, verá los chapoteos descuidados
a la altura del coxis
y algunas ballenas taponando la carótida.

Pero sangre,
lo que se dice sangre,
no me queda.

Si acaso fuera imprescindible para sus análisis,
búsquela en las paredes de la Alfama,
rastréela en las tabernas junto al Tajo,
despíntela de los azulejos
donde zurearon las palomas torcaces
de mi amor por Lisboa.

Nada más tengo.
Ya le he dado hasta la nostalgia de sus calles.
El resto es una historia de amor
tan intenso,
que no ha dejado en pie
ni el ardor de la sangre.

Ya solo tengo barcos.
Y el mar para desgarrarme.