lunes, 30 de enero de 2012

Los útiles del alquimista (2010)


Mi amiga Mercedes Osuna hizo este cartel para promocionar mi segundo libro, "Los útiles del alquimista", publicado por la Fundación María del Villar Berruezo en 2010. Hoy, como conmemoración de la visita 1000 a este blog de los cristales rotos en el edén, lo comparto con vosotros. Espero que os guste.

miércoles, 25 de enero de 2012

La nostalgia


La primera vez que sentí nostalgia, si no lo recuerdo mal, tendría ya unos ochenta y cinco años. Ya me habían operado varias veces de corazón, llevaba varias prótesis de diferente tipo y me dolían las piernas incluso cuando estaba tirado en el sofá, intentando ver las imágenes de la televisión y oír los comentarios de los presentadores, pero casi no podía percibir nada, de tan embotados como estaban mis oídos y cansados mis ojos. Y así, después de toda una vida sin echar de menos a nada ni a nadie, mientras los demás se acordaban de un hermano desaparecido misteriosamente, de los años de infancia, del primer amor del instituto o del primer beso con lengua, de repente llegó un día en que comencé a recordar con nostalgia los días del pasado.
Pero no fue tan fácil identificar el sentimiento nuevo. Al principio, de tan intenso como era, me pareció un dolor de cabeza de esos que me taladran el frontal derecho y me dejan hecho polvo para varios días, y después, descartada la cefalea cuando se mezcló el dolor con un malestar de estómago que me recordó de improviso las descargas eléctricas de la úlcera gástrica, pensé que me había dado una descomposición intestinal causada por un virus del agua del grifo, antes de caer en la cuenta, sorprendido y dolorosamente aturdido, de que sentía algo nuevo, inusitado, a lo que no sabía ni poner nombre. ¿Qué le podría contar al médico si le llamaba de urgencia? ¿Era un tema de conversación para mi cuidadora peruana que tenía su aquel de psicóloga o más bien se trataba de una disfunción física de las muchas que me tenían en vilo, incluso sin ser hipocondríaco? No sabría decirlo, así que me senté de nuevo, me abstraje en mis pensamientos e hice inventario del malestar padecido.
La cosa había aflorado cuando, después del puré de patatas de la comida y la manzana reineta machacada del postre, me había permitido dormitar un momento en posición horizontal. No debieron de pasar ni siquiera cinco minutos desde que se me fue la cabeza para adelante hasta que fui consciente de que se me había caído la dentadura durante el sueño. Me costó agacharme hasta llegar a la maldita prótesis, escurridiza como un pez y tan ágil, y nada más ponerme en pie y, antes incluso de que me diera tiempo a lavarla bajo el chorro de agua fría, supe que había soñado con algo que me había gustado, que me había conmovido, que me había hecho recordar un tiempo del pasado más lejano, cuando no había móviles, ni desfibriladores, ni prótesis de cadera: en el sueño estaba en un bar con mi padre, viendo cómo jugaba al tute cabrón con unos amigos, y él estaba joven, lleno de vida, con su sempiterno Farias en la boca, y yo, que no tendría más de quince años, me sentía bien, porque no me dolía ningún hueso, ni me faltaban las muelas, ni me preocupaba tener incontinencia urinaria en situaciones de nervios. Hacía tanto tiempo que mis sensaciones corporales eran tan negativas, tan pesadas, que ya me había acostumbrado al dolor, a no poder subir a un autobús sin ayuda, a tardar veinte minutos en ir hasta la administración de lotería para echar la primitiva, a no poder comer sino de poquitos y todo contado y sin sal, que, de repente, recordé cómo era estar sano, y tener fuerza, y además tener optimismo para lo imprevisto, y me costó un disgusto despertar de aquel sueño tan bonito, ver la dentadura en el suelo, tardar un siglo en recuperarla y una tarde entera en entender, para mi tristeza, que lo que había sentido, mientras dormía, era nostalgia, una terrible sensación de nostalgia, por un tiempo de juventud y de plenitud que no habría de volver nunca más, excepto en sueños, vagos y románticos sueños, tristes consuelos.
Decidí entonces que, ya que no podía matar el dolor, ni abandonar a las prótesis a su suerte, machacaría con todas mis armas aquella fea sensación que me hacía más insufrible el presente, más doloroso, y decidí, contra el criterio de todos, incluso el de mi médico, tomar diariamente unas vitaminas para mantener despierto el cerebro y el cuerpo en equilibrio químico. Y debo decir que, pasados varios años, esa asquerosa nostalgia de mi juventud no ha vuelto a colarse nunca más en mis sueños.

jueves, 19 de enero de 2012

Reino de otro mundo




                                          (A Enrique Agramonte Robles, in memoriam)



UNO

La grieta en el mármol apenas perceptible.
Se necesita observación, su poco de paciencia,
no temer los embates de la meteorología
y un ánimo a prueba de viernes de dolores,
no renunciar a reconocer la veta
y delatar la mella intrusa en la estatua.
La enésima de héroe a caballo.
Ahora corroída por los excrementos de palomas,
manchas blancuzcas que apenas si permiten ver el bosque.
Otra más que acabará fundida con los musgos,
licuada con los restos inertes de las medusas ancestrales.
Así ha sido y así será el caos tras la forma:
una sucesión perpleja de líneas y de símbolos;
los tiempos grandiosos ya no son
ni sombra apenas de lo que refulgieron.
Para cuando salga la luna llena
se habrá agrietado el corazón del príncipe:
 y dicen las crónicas que como siempre
la golondrina volverá oscura a su tierra de luz.



DOS

Ángel o demonio alado, esbelto como un príncipe,
tu reino no es de este mundo térreo
donde pesan los brazos y se traga saliva irreflexivamente.
Vendidas al mejor postor la leyes de la física,
espacio y velocidad, aceleración y vértigo,
la caja de pinturas ahora es todas y ninguna,
los esenciales amar, temer, partir,
una lista ilegible de nombres y de fechas
que puestos del revés también son masa informe,
un destino abierto para corazón tan líquido.
Demonio alado o ángel de luz,
perdido en la nostalgia de la mecánica cuántica
con una lágrima de sal en la mejilla,
tu reino no es de este mundo.



TRES

Una tarde junto al malecón del puerto,
los besos fríos bajo las sábanas,
los cuadros con motivos de ángeles,
las cervezas heladas bajo las estrellas,
la pulpa y el zumo de naranja,
los viajes imprevistos, la tarde tras el desastre,
dormir a pierna suelta,
bailar versos  de línea hasta el amanecer,
tomar café muy negro con los propios fantasmas,
la cara oscura de la luna,
la peregrinación por hospitales,
los ojos que dan menos y los que dan más,
el corazón del bosque y el baño en la playa,
la soledad al fondo de la alcoba,
una sonrisa antes del desprecio,
una lágrima después de la intensidad.

sábado, 14 de enero de 2012

Las grietas del barro

Como cuando aún éramos jóvenes
y nos extrañaba tanto el color del mar
en los días cenizosos del invierno,
hoy ha vuelto el viento del sur
para aventar con furia los rescoldos.

Leía yo en la galería de poniente
un vetusto volumen de cuentos de amor,
frías las manos y el corazón ardiendo,
cuando un súbito golpe ha fragmentado
en pedazos de barro el tiesto de la entrada;
ha sido volver la página, inesperadamente,
y encontrar entre las hojas tu lisura,
y sentir un latigazo impío en la espina dorsal
ante el seco jazmín venido de tus manos.

Y he recordado, como quien sueña abril,
aquella tarde de golondrinas galantes
en la que fuiste recolectando hibiscos, jazmines,
buganvillas, para ornarte el cabello
mientras pasábamos junto a la playa.
Una de aquellas flores, quizá la más bravía,
la que resistió a mis besos sin caer al suelo
y llegó hasta casa tras la venida de la aurora,
fue la que tú guardaste como prenda de amor
entre las aguas solemnes de este libro.

En esta tarde de lejanísimos recuerdos,
donde se rompen al unísono
las macetas que un día fueron tuyas
y este corazón que aún te pertenece,
miro a lo lejos, como si fuera un ciego,
como si el viento del sur que rompió el molde
pudiera todavía empujarte a ti hasta la casa.

Y lejos de verte traspasar el umbral,
haciendo momos por los trocitos de cerámica
y con esa risa tuya que perdonaba al diablo,
veo tu ausencia antigua en la cristalera
y mi mirada triste reflejada en las hojas.

¿Por qué no regresas, dueña de tus dominios,
a poner en tu pelo el jazmín que te ofrezco?
¿Tanto cuesta restañar las grietas del barro?

Te ofrezco estas letras a cambio de tu risa.

Pero no hay conjuro para mis padecimientos
ni conozco los secretos arcanos del ábrego.

Fuera capaz de recomponer las piezas,
juntar en un mosaico tus fotos perdidas,
rehacer la forma de tu peso en la cama,
y tú volvieras, como por sortilegio cómplice,
a mirarme una vez más desde el baño,
dejando correr el rencor por los sumideros.

Tomo el jazmín entre mis dedos,
delicadamente para que no se rompa
en su fragilidad de venas y de aire,
y trato de revivirlo con mi aliento,
humedecerlo con estos labios
que tantas veces nacieron de tu boca.

Con el conjuro de las palabras del libro,
con la mixtura de la flor y del agua
en el montoncito de los pedazos del tiesto,
barro somos y en barro nos convertiremos,
me asomo a la galería con el corazón roto
y le grito al viento tu nombre,
para que te lleve este mensaje de lluvia.

Acaso si esta tarde el viento te levanta las faldas
o si te moja el súbito chaparrón del ocaso,
tú sepas que soy yo quien te llama
y se cobija helado junto al lunar de tu pecho.
Que sigo estando en donde me dejaste.
Que sigo siendo el jazmín en tus labios.



 2º Premio del XX Certamen Nacional Poético (Villarrobledo 2010)

lunes, 9 de enero de 2012

El pacto

El viernes por la tarde es mío. Completamente mío. Toño se queda con los niños y los lleva al parque o al cine; los entretiene como mejor le parece, que en eso yo no me voy a meter, encima de que el pobre deja sus pesadas obligaciones en la empresa para estar con ellos al ciento por ciento una vez por semana. Mientras yo, sin tener que darle explicaciones a nadie, utilizo el viernes para lo que me da la real gana: ir a la peluquería, quedar con unas amigas para tomar un café, ir de tiendas o callejear por el centro. Es como sentirse libre de nuevo, como cuando tenía veinte años y podía decidir todos los días. Un lujazo.
   La idea se la debo a mi madre. Bastante había sufrido ella toda su vida con la actitud de mi padre, militar de profesión, para no saber lo que me convenía. “Hija, estos son otros tiempos y no se puede consentir que los hombres no ayuden en casa, pero verás que es bien difícil, hasta en los más dispuestos”. Yo la escuchaba con atención. “Así que desde el primer día, muestra tus cartas, dile qué tareas de la casa esperas que haga solo él y, sobre todo, resérvate un tiempo semanal fijo para ti misma, sin ataduras, para hacer lo que quieras”. Al principio me pareció un consejo raro, si lo que yo quería era estar con Toño siempre, a todas las horas del día y de la noche. Pero luego lo pensé más, y más, y en mis condiciones le impuse que una tarde a la semana, la del viernes como ya he dicho, sería para mí, me pertenecería.
   A Toño le pareció una idea divertida, peregrina. Tal vez por eso la aceptó de buen grado. Al principio de nuestra vida en común se las ingeniaba para tratar de boicotear el pacto: cuando no era una comida con unos amigos, era la invitación a ver una película en una sala de estreno o un circuito spa relajante en un hotelito con encanto. Me costó mantenerme firme, pero no cedí a sus embates. “Que me organice lo mismo, pero en tiempo común”, me decía frente al espejo para reafirmarme en mis trece. “Y, si no, pues no se hace y punto”.
   Nacidos los niños, Alonso y Gonzalo, no varié para nada mi situación doméstica y, ya que trabajaba de lunes a viernes por la mañana, seguí disfrutando de mi tarde libre de los viernes, que era el único rato de verdadera independencia que tenía en mi vida. A mi madre le daba las gracias por aquella brillante idea, sobre todo si era tarde de viernes y nos juntábamos para echar de menos a mi padre y lamentar su ausencia. Hablábamos tanto de él que parecía que aún no se había marchado; al menos era así hasta que empezaba a anochecer y teníamos que volver a la realidad: ella a casa sola y yo, con mi familia, que me esperaba impaciente para cenar juntos y ver una película en la tele.
   Para muchas de mis amigas era una heroína. Ellas tenían que engañar al marido o inventarse excusas para salir de compras y quedar entre ellas, siempre al filo de que las descubrieran en un renuncio y, sin embargo, yo, por mis santos bemoles, había conseguido tener al menos el tiempo libre de una asistenta de las de antes. Alguna intentó pactar algo semejante con su marido, pero no consiguió más que unas risotadas y una amenaza de divorcio inmediato.
   Cuando Toño me dijo que no podía más, que no soportaba los viernes por la tarde y que los niños iban a acabar con su paciencia, le dije que lo comprendía muy bien, que yo me pasaba con ellos, sola, las tardes de lunes a jueves, y a veces, cuando se iba a jugar al tenis con sus amigos, también las de los sábados, pero que, para eso eran los pactos, para cumplirlos. “Y si no te parece bien, pues nos divorciamos y punto pelota”. En su cara quedó patente que no llegaría la sangre al río. Ya dije que la tarde de los viernes es mía, completamente mía, y me parece un derecho tan propio, tan íntimo, que me tendrán que quitar la vida, si fuera necesario, para arrebatármela ahora.

sábado, 7 de enero de 2012

Aceite



Te ungiré con aceite antes del sueño,
perfumada la estancia con incienso.
Te extenderé la mirra por el rostro patricio,
la grasa del búfalo por el torso y el vientre,
y por el sexo, y me detendré
en tus pies pequeños, blancos
como una geisha,
haciendo germinar arroz del arco,
alisando la cordillera tensa de tu cólera.
Te bañaré en esencias, lento,
como un amante sabio que no quiere
finalizar el rito,
te frotaré con aceite antes del sueño,
antes del sueño del aceite.


Jesús Jiménez Reinaldo
“Los útiles del alquimista”
Fundación María del Villar Berruezo, Tafalla, 2010 (España)
www.mariadelvillar.com
A la venta en la página web de la Fundación


jueves, 5 de enero de 2012


Este retrato me lo hizo la artista  argentina Liliana Elsa Ficher para el libro "Los útiles del alquimista" 
(Fundación María del Villar Berruezo, Tafalla 2010)

lunes, 2 de enero de 2012

El Manicomio


 

 Me cuesta mucho levantarme de la cama. Hace ya rato que ha amanecido, los rayos de luz se cuelan por las rendijas de la persiana, pero me siento pesado como un fardo, un peso muerto anclado a la cama, hundido en el colchón. Debería levantarme, me digo sin apenas convicción, pero ¿para qué? ¿Acaso tiene sentido? Y van pasando los minutos, las medias horas, mientras voy dando vueltas, girando, reacomodándome en la superficie hostil de la cama, hasta que no la soporto más y me veo de pie, otro día más, como escupido impíamente al mundo desde el teatro de los sueños.
   Lo primero es ir a la cocina, buscar en el cajón de los medicamentos si aún me quedan un par de cápsulas e ingerirlas rápidamente antes de que no comprenda qué hago de pie, de nuevo de pie, para nada. Mientras las tomo con agua, pienso en lo largo que se me va a hacer el día sin nada que hacer: no tengo trabajo, no me quedan amigos, no me trato con la familia, no puedo pagar un terapeuta, no me esperan en ningún sitio… Me trago las pastillas y espero que hagan su efecto, que me den el valor suficiente para lavarme la cara, vestirme de diario y salir a la calle a dar vueltas, con suerte quizás encontrarle sentido al día de hoy.
   Al cerrar la puerta, aún no me he resuelto. Podría coger el tren hasta Guadalajara, ida y vuelta, y pasar así un par de horas largas tan entretenido, viendo caras distintas y paisajes con sol. Pero lo descarto, sale demasiado caro para ir y volver tan solo para perder el tiempo. Lástima, me hubiera gustado tanto… El resto de posibilidades ya me las sé de memoria: sentarme en un banco del parque al sol leyendo un periódico gratuito, caminar hasta el centro comercial mirando al suelo para ver si me encuentro algo útil (un día me encontré un billete de diez euros, aunque lo normal son moneditas rojizas que valen para bien poco), sentarme en la terraza de una cafetería y ver pasar las horas y el mundo desde la mesa, todo por un euro con veinte céntimos, nada más y nada menos que doscientas pesetas de las de antes. Difícil elegir alguna, porque ninguna me gusta más que las otras, solo tengo la necesidad de que pasen las horas lo más rápidamente posible, sentir sueño y volver a mi casa, a dormir otra vez, una jornada más.
   Antes había días en los que también iba a la consulta del médico del seguro. Lo empecé a hacer cuando el psiquiatra me dio el alta y me dijo, dándome una palmadita en la espalda, que a partir de entonces se encargaría de mí el médico de cabecera, que ya estaba bien y que tenía casos mucho más graves que el mío para atender. Sería mi médico el que me recetaría los medicamentos y que no me preocupara por nada, que tendría una vida plena y feliz. Tan contento como estaba, fui a la seguridad social a contárselo a mi médico y este me soltó un par de improperios, diciéndome que ya estaba bien de que a todos los locos los estuvieran dejando en la calle y sin seguimiento, y que él no había hecho el mir de medicina general para acabar cargándose con los pacientes que los demás no querían. No dejó de recetarme los medicamentos, pero las más de las veces lo hacía mediante una enfermera que me recibía en unas escaleras y que me largaba las papeletas con displicencia, como si le incomodase mucho atenderme. Poco a poco el médico del seguro se convirtió en un ser inaccesible para mí, al que no veía ni cuando tenía un fuerte dolor en las vísceras. Las recetas me las seguían dando, pero de un modo totalmente impersonal y, además, cada vez era más alto mi gasto en la farmacia. Genéricos a precio de boutique, decía la boticaria y se reía maliciosamente. En las dos últimas semanas el caso aún ha sido peor: me han cobrado por visitar al médico, aunque a él no lo he visto, pues fue una auxiliar la que me dio las recetas del tratamiento. He tenido que dejar de ir definitivamente, pues no puedo pagar tanto por una simple visita.
   El parque, el centro comercial, las cafeterías… son mi mundo. Ya se me están acabando las pastillas del tratamiento y no pienso volver a por más. Solo espero a tener sueño, volver a casa y que acabe este día tan largo, tan frío.